jueves, 29 de septiembre de 2011

La Emilia 122: De todos los bares...

…de todos los pueblos de todo el mundo, entra al mío el reverendísimo hijo de una gran lombriz solitaria. La verdad que Humphrey no me conoció, si no me hubiera pedido ayuda para romantizar el libreto. Muchas veces había fantaseado con que me sucediera algo así, con encontrarlo de golpe en algún lugar inesperado. Hasta ensayé frente al espejo distintas reacciones. Mirá que hay que estar al pedo. O tener una vida tan llena de jolgorio como la mía y terminar entreteniéndose con una misma. En más de un sentido, la puta madre carajo qué sequía. Me estoy yendo de tema como siempre pero todo tiene que ver con todo, decía Pancho. Qué tipo raro ese, la iba de culto y terminó de catador de yogures. Pero qué te importa, Emilia, y ya empecé a hablar en tercera persona como el Diego, esta cabeza me tiene podrida, es una maldición… bué, ya me terminé de ir al carajo ahora puedo volver. Total que estoy en mi bar de la esquina preferido, con mi café, mi libro, una lapicera, el celular apagado, qué más puedo pedir. Tantas cosas podría pedir pero la verdad sería al pedo. Aparte a quién se las voy a pedir, ¿a Dios? Si el tipo existe me manda a la mierda con la cantidad de barbaridades que he dicho de él, de su madre y de todos sus santos acólitos. Bueno, que piense lo que quiera yo por mi parte pienso que si él es el responsable de todo y creó esto donde vivimos bastante subnormal es. Así que es una relación que no tiene futuro, una más y van… La verdad, me veo en la obligación de aclarar que no me he drogado en el día de la fecha, es que estoy tan bien que me pongo a discutir con alguien que no existe. Si sigo así me hago médium, total tengo tantos muertitos en el placard que a esta altura ya debe de ser un cementerio, podría empezar a practicar. Bueeeeeno, basta... Vuelvo al bar, jamás a la casita de mis viejos, lo único que me faltaría es que también aparezca Mami en este momento. Bingo. ¡Focalizá, carajo mierda! Cuando lo vi, me abataté. Me sentí la más pelotuda de todas las pelotudas con perdón de las pelotudas. Bueno, tampoco les tengo que andar pidiendo perdón, al fin y al cabo para algo son pelotudas. Entra el tipo, a cagarrrme la tarde obviamente, me ve y con la misma sonrisa sobradora de siempre, esa que te ganas de bajarle todos los dientes y dejarlo escupiendo chocolate por una semana como mínimo (hoy estoy tan pacífica que en cualquier momento me canonizan, no estaría mal, pensándolo bien… Santa Emilia de la Cuchufla Casi Oxidada me podrían poner, y después me prenden velas y todo… ¡¡¡Bastaaaaaa!!!) retomo, se acerca a saludarme. “¿Qué tal, Emilia, tanto tiempo?” “Bien, Iturralde, ¿y vos?” En una ciudad como Buenos Aires, con millones de personas gracias a la Virgen de la Caramañola desconocidos, a mí sola me pasa encontrarme con mi ex psicólogo. Dentro de poco me anoto en las olimpíadas de colecciones de ex, y saco la medalla de oro. Mientras transcurrían esos diez segundos en los cuales revolvía mi cerebro tratando de producir un pensamiento coherente para continuar con esa conversación inútil, veo que por sobre los hombros de Iturralde se asoma una mina. “¿No me vas a presentar a la señorita? Mirá que le cuento a la pendeja y te revolea el pibe por la cabeza.” E inmediatamente grita como desquiciada: “¡¡¡¡¡Emiiiiiiiliaaaaaaaaa!!!!” Sí señores, la realidad supera ampliamente a la ficción, era Olga Álvarez Zavala. Me abrazó con la exageración que sólo ella es capaz de sostener. “¿De dónde lo conocés al pelotudo este?” “Es una paciente, una ex paciente”, contestó Itu, imaginando estúpidamente que eso civilizaría a Olguita. “No te puedo cre-er, por todos los santos freudianos, Emi, de la que te salvaste, este tipo sólo te puede llevar al suicidio, no puede analizar ni a una ameba, ¡¡¡es mi ex!!!” “¿¡El reverendo hijo de puta con olor a pata que embarazó a la pendeja y redescubrió el amor?!” “El mismo que viste y calza”, me contestó Olguita en un arranque de modernidad lingüística. “Acabamos de firmar el divorcio, lo hice mierda al forro y con la plata que le saqué ¡¡¡pensaba invitarlas a ustedes a hacer algún viajecito para festejaaaar!!!” Aclaremos que mientras ella decía todo esto, el pobre Itu se iba poniendo cada vez más pálido, no habló más y se guardó su sonrisa sempiterna en el quinto forro del ojete, rogándole al mismo tiempo a Pichón Riviere que le diga qué carajo hacer. Lo vi tan poca cosa de repente, se me desdibujó tanto, que no pude dejar de sentir lástima… por mí, obviamente, por haber pensado en algún momento que ese ganso esmirriado me podía ayudar en algo. Una cae en manos de cada uno la verdad.

“¿Sabés que toda su vida me hizo sangrar con los tímpanos con Silvio Rodríguez y ahora escucha a Arjona?” “Ah, no te tenía como un boludo tan importante, Itu.” “¡Le decís Ituuuu, qué fantástico! ¿Y vos qué te quedás ahí parado? ¿Qué te pensás? ¿Qué te vamos a invitar a sentarte con nosotras? Tomatelás, no te quiero ver nunca más en mi vida.” “Sí mejor me voy a casa.” “Andá a buscar al nene a la guardería y no te olvides de limpiarle el culo mientras tu mujer hace Pilates, proyecto de Lacan; o, si querés, andate a la mismísima mierrrrda.” Se fue, por supuesto, y nosotras nos pedimos una cervezas para ir planeando el viajecito. Y bué, a lo mejor, quién te dice, este es el comienzo de una gran amistad. Por lo menos, lo que gasté en terapia no fue plata perdida, algo amortizo.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Muchas gracias...

... a la gente de otramerica y en especial a Rodrigo Fino por sus palabras sobre este blog. Me encantó el título: Lo incorrecto, la literatura.



jueves, 1 de septiembre de 2011

La Emilia 121: El imperio contraataca (y la fuerza no me acompaña)

Hay gente que una no quiere ver muy seguido. Se las quiere, se las respeta, está todo bien, bla bla bla y todas las excusas políticamente correctas que podamos dar pero, la verdad, es que con saber que están bien nos alcanza, para qué encontrarnos. Para aburrirse, digo yo, para sufrir, para reprimirse, para hacerse un nudo con la lengua y no contestar lo primero que las tripas te manda a la cabeza. Pero, y los malditos peros me tienen las pelotas por el piso, a veces es inevitable. Porque siempre sucede esto: la persona que vos no querés ver es la que más insiste para verte. Y a una, boluda con cochera propia y baulera importante, le agarra la culpa. Ese adefesio indescriptible que te llena de responsabilidad y te lleva a correr a los lugares más equivocados. Lo peor es que, cuando te agarra la hija de puta, no te suelta. Como Mami, justamente, de quien hacía un tiempito venía zafando poniendo en práctica el ejercicio de convertirme en una especie de anguila en un fuentón con agua jabonosa. Ya me había avisado por teléfono que venía, porque hablar, hablamos; bah, habla ella, yo escucho y si puedo emito algún monosílabo. “Puse un poco de orden en casa y tengo algunas cositas para llevarte”, me dijo. Costumbre de mierda que tiene, cada vez que hace limpieza en su casa, todo lo que ella no quiere guardar pero no se anima a tirar viene a parar a la mía. Y yo me las quedo, por supuesto, ¿por qué? Por culpaaaaaa. Dos bolsas de consorcio llenas trajo la tipa, pensará que entre mis hobbies está el reciclaje. “Igual dejá, después ves todo cuando yo me voy.” Es que ella me quiere entretener, soy yo la que no la entiende. “Ahora, tomamos unos mates y me contás qué es de tu vida. ¿Cómo andás?” “Todo bien, mamá.” “Hace no sé cuánto que no te veo y me querés arreglar con ‘un todo bien mamá’, después dicen que hay que fomentar el diálogo con los hijos, con vos es imposible. No importa, hijita, yo no tengo capacidad de rencor.”
No sé por qué pondría un punto final después de la palabra ‘capacidad’. Mejor me callo. O trato de conformarla. Le cuento entonces de mi experiencia en las sierras. Para qué. No sé para qué insisto, Mami es imposible de conformar. “¿Ves cómo sos? ¿Cuántas veces te pedí que me acompañes a Salta a ver a la virgen y te negaste? Pero claro, a la señorita la invita su amiguita a ir a las sierras y va contenta y campante.” “No fui contenta mamá, pero Vero estaba mal, necesitaba que la acompañara.” “Y cómo te pensás que estoy yo.” “Por la manera en que rompés las pelotas estás bárbara, mamá.” Se enojó y se fue, un encanto Mami. Rápida como un rayo, pasa y te fulmina la guacha, o te deja rodeada de dinosaurios. Como el jean que usaba a los dieciséis años; no sé qué puedo hacer con él, llorar amargamente nada más. Esta mina me quiere mandar al psicólogo, es evidente. Pero no me va a ganar, voy a hacer catarsis por otro lado, las carpetitas que ella bordaba cuando era soltera se las voy a poner a los gatos de frazada. Y ese acolchado impresentable que tejió al crochet en cuadraditos de colores será la alfombra para limpiarme los pies en los días de lluvia. Qué mierda voy a hacer con la cantidad innumerable de adornitos y elementos inservibles varios que trajo, no sé, creo que el día que tenga ganas de sentirme en la piel de un francotirador me voy a apostar en el balcón y se los voy a tirar al camión que trae mercadería al kiosco de al lado y siempre estaciona en la puerta del garage de mi edificio. No sé por qué piensa que yo puedo tener un mínimo interés en ellos. No sé por qué piensa Mami en realidad. Cada vez que piensa, yo pago las consecuencias. ¿Qué tengo que hacer? ¿Tengo que llorar delante de la muñeca que me regaló mi abuela la muertita? ¿Tengo que mirar con cariño el librito de catecismo? ¿Me tengo que emocionar con mi vestido de comunión? A ver, no es necesario que me traiga el diario íntimo que escribía a los quince años. ¡¡¡¡¡Perdí la llave, mamaaaaaaaaaaaaaaaaaaá!!!!
A veces me pregunto qué mensajes escondidos de mierda me quiere mandar cuando me trae estas cosas. Cuando abrí la segunda bolsa, exploté, no me pude contener y la llamé. “Me querés explicar para qué me traes tu vestido de novia.” Es que a veces los mensajes no están tan escondidos. “Bueno, lo había guardado para vos pero si querés tiralo, hacé lo que quieras, total no creo que lo vayas a usar.” “Mamá, si te detuvieras a pensar por un minuto las barbaridades que decís, te darías cuenta de que no estás bien.” “¿Y qué te dije cuando estaba en tu casa? Y me contestaste una guarangada, como siempre.” “Mamá, ¿por qué no empezás terapia?” “¡Ja! El burro le dice orejudo al caballo.” “Pero, ¿por qué no te hacés un curso de espiritualidad con Claudio María Domínguez entonces, ma-má?” Le corté. Cuando se me pase la culpa de mandarla a la mierda, la llamo.