jueves, 24 de noviembre de 2011

No sos...

No sos bueno

ni malo

No sos bastante

ni basta

No sos justo

ni desequilibrado

No sos honesto

ni pecador

No sos víctima

ni verdugo

No sos muerto

ni vivo.

Simplemente, no sos.

Me tenés podrida.

martes, 22 de noviembre de 2011

La Emilia 124: Feos, sucios, malos (bastante boludos y muy rompebolas)

Me quedé pensando en las artistas, y digo, a lo mejor, hay otra vuelta. Porque en estos días me dediqué a observar el comportamiento de algunos hombres cuando dejan de trabajar. Están los que se dedican al deporte; juegan al fútbol (golf, tenis, básquet, bolita, whatever), miran fútbol por televisión y hablan de fútbol todo el tiempo sin dejar nunca de rascarse los huevos ni de regar la casa con vasos sucios, tazas de café pegoteadas, ceniceros llenos y ropa en el piso. Igual son un poquito más tolerables que los que de repente corren maratones aunque hasta hace unos meses fumaban dos paquetes diarios y tomaban cerveza hasta en el desayuno. Desarrollan hobbies extraños, a alguno se le da por hacer un curso de vihuela aunque tenga menos oído que una lombriz, se compran una moto, se convierten en expertos enólogos y pretenden que la mujer renuncie a su vestidor para hacerse una bodega, o se les da por la cocina y se enojan cuando toda la familia no salta de alegría porque estuvieron todo el día preparando espárragos blancos atemperados con pétalos de crisantemo.
También están los que se han acercado a la onda zen, lo que implica empezar a convivir con alguien que trata de imitar la cara del subnormal Claudio María Domínguez todo el tiempo, una entrada libre y gratuita a la trompada feroz. Empiezan a comer sano, dejan la harina, la fábrica de pastas se convierte en un antro de perdición y una molleja es un pasaporte al infierno. No se pierden una clase de tai chi ni por putas y suelen jactarse de poder vivir con poco dinero, eso sí, les encantan las cosas caras que compran con lo que gana la mujer. Pretenden que la casa se convierta en una especie de tienda de productos orgánicos y rompen las pelotas porque la mujer no compra mijo para condimentar la ensalada de rúcula. Porque lo cierto es que todos, absolutamente todos, tienen algo en común: rompen las pelotas sin parar. Qué carajo les pasa, me pregunto yo. Entonces, se me ocurre que lo de las minas es más meritorio, tal vez no se crean artistas con mayúsculas, tal vez sea sólo un tipo de terapia ocupacional. Una especie de “en lugar de reventarle el cerebelo de un itakazo, me pinto un cuadrito”. Viéndolo desde ese punto de vista, no está mal.

jueves, 17 de noviembre de 2011

No podía...

Entre otras cosas, volver a formar una pareja. “A mí no me enganchan más, a mí no me engañan más”, se dijo Nacho después de su última separación. No podía saber en ese momento que al poco tiempo aparecería Luz, tan llena de tacos, polleras cortas y sonrisas. Al principio, la trató con la frialdad y la distancia que le dictaba su herida. No podía entusiasmarse. Él hablaba, ella escuchaba. Él perdía algo, ella lo encontraba. Él hacía un chiste, ella se reía. Nada más. Pero las horas de oficina compartidas eran muchas e hicieron su trabajo. Desayunos y almuerzos laborales, reuniones después de las cuales se tenían que quedar solos para terminar alguna presentación tranquilos, llamadas nocturnas para cerrar algún tema pendiente en las que inevitablemente se filtraba algún comentario personal. Poco a poco, casi sin darse cuenta, se hicieron casi amigos, casi cómplices, y Nacho empezó a imaginar que tal vez Luz fuese diferente, que tal vez ella podría, que tal vez ella lo haría posible. Igual se tomó su tiempo. No podía apurarse, cansado de errores como estaba. Hasta que la invitación a cenar resultó inevitable, como inevitable fue que Luz aceptara ir a su casa. Lo que no dejó de producirle una cierta sensación ambigua. Hubiera preferido que la primera vez dijera que no. “No será perfecto pero será”, pensó. Pero no fue.

En un momento dejó de insistir, era inútil. Luz, soportando su cuerpo casi muerto sobre el propio, sólo le dio un par de palmaditas en el hombro, tratando de consolarlo, como una maestra trata de hacerlo con un chico de seis años al que se le rompió el juguete. “No es nada, no te preocupes, a veces pasa”. Fue el tono en que lo dijo lo que le hizo levantar la cabeza de inmediato. Se tiró para un costado y la vio; tan acostada, tan sonriente, tan blanca, tan desnuda, tan fácil y tan imposiblemente penetrable al mismo tiempo, que la escupió. “Y tomatelás, salí de mi casa, pensé que vos ibas a poder, pero sos tan inútil como las demás, pavonean ese culo que Dios les dio al pedo y que no les sirve para nada”, dijo mientras prendía un cigarrillo, con la misma voz que usaba para pedirle un café. Luz, con sus veintidós años, no quiso, no pudo, no se atrevió a decir nada; se vistió, se fue y al otro día renunció. “Me dejé engañar otra vez, no aprendo más, ahora me tengo que buscar otra secretaria”.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

La Emilia 123: El talentoso Sr. Ripley se fue de vacaciones ( y la Sra. también)

Es un clásico: mina que deja de trabajar, se dedica al arte. Así andan por la vida, totalmente convencidas de que son escritoras, pintoras, actrices, escultoras. Yo digo, en lugar de esculpir, ¿por qué no se juntan todas en una plaza a escupirse y crean una instalación efímera transguesora de la subjetividad? Seguro que en alguna revistita salen. Porque, a ver, todos tenemos derecho a expresar nuestros sentimientos pero de ahí a querer hacerle creer al mundo entero que sos un pichón de Picasso no reconocido hay un gran camino muchacha (entre paréntesis les pido por favor por este medio a todos los que me conocen que no me rompan más las bolas con el cigarrillo, y ya me fui de tema). No pueden dejar de sacar todo ese caudal de sentimientos encontrados que inunda su espíritu las hijas de puta, está bien, hay que sacarlo todo afuera (me tiene las bolas llenas la primavera, ¿vieron que yo también puedo ser una poeta?) pero que alguien por favor les diga que así como lo sacan lo pueden guardar otra vez en su cajón preferido y que no lastimen nuestros propios sentimientos encontrados. Todo esto viene a cuento porque si hay un lugar especial, antro recaudador de este tipo de especímenes como pocos, ése es la peluquería de mi amiga Natalia. Como María de Lourdes Maribel (a mí en su lugar y con ese nombre no me importaría terminar en naca por parricidio múltiple) que acaba de sacar su primer libro de poemas y en una gran campaña de difusión lo llevó a la peluquería para repartirlo entre las chicas. Y justo entro yo, me cago en las santas pelotas de Bécquer. Apenas crucé la puerta, me atacó; ella, sus cuarenta y tantos años, su bolso con la cara de Kitty y toda esa ropa de marca que combina para la mierda a propósito para dar onda desaliñada. Con toda la locuacidad que me caracteriza en estos casos, dije: “Gracias… Nati, vine para arreglar el tema del viajecito con Olga”. “Le hago el brushing a Mary y estoy con vos, Emi”, dijo Natalia llevando el risorio de Santorini a su máxima extensión. Cualquier día de estos se le rompe pobre. Me senté y, no pudiendo resistirme a la tentación, lo abrí. El mentado librejo se llama “El diablo y la pasión”, le habrá metido los cuernos al marido y se arrepintió, no sé. ‘Libre, como se hace para lograrlo’, empezaba el primer poema en un arranque de terrorismo sintáctico y ortográfico. No sé, nena, preguntale a Nino Bravo. Palabras repetidas ad infinitum: alma, amor, corazón, lágrima, aurora, silencio, demonio (oviusli), pasión (oviusli 2), y angustia (no puede faltar, oviusli 3). Algunas otras frases que lastimaron mis retinas (tengo que estar a la altura): ‘Necesito perderme en un marasmo de selvas translúcidas que conjuren las estrellas con las que copulan mis demonios mientras oradan con lodo mis proyectos desvencijados en mi mente desgastada por huracanes’ (la mierda por favor, esta mina agarró el diccionario, anotó todas las palabras que no entendía y las juntó); ‘Marioneta fugaz, enmudecida, desnuda y enmarañada, la génesis de tu incertidumbre es ese espejo que te lastima’ (operate la jeta y sé feliz de una vez, querida); ‘Días sin vértebras, lágrimas secas (oximoron que Borges envidiaría), cascabel de nostalgia, palabras rehogadas’ (éste evidentemente se le ocurrió mirando el programa de Narda Lepes); ‘Pesadumbre lacustre, siniestra y calva, buceo en mis entrañas pero no encuentro nada’ (bueno, se estará quedando pelada pero por lo menos no sufre de tránsito lento); ‘Espuma abandonada en el tiempo evanescente que diluye mis fantasmas perdidos en la noche devorada; la soledad aúlla en mis horas muertas, colmenas de Apocalipsis me rodean, necesito fugarme a través de laberintos de lluvia’ (pero fugate a la concha de tu abuela, la que está muertita y te aúlla todas las noches para asustarte y que te dejes de joder, por favor); ‘Me pierdo en mí misma, me busco y no me encuentro’, termina el último poema. Le voy a decir a Nati que para el cumple le compremos un Gps. Cierro el librito y escucho que Nati le dice: “Pero, no, Mary, no te tenés que hacer ese tipo de cuestionamientos.” “Es que yo estoy pero no estoy, ¿me entendés lo que te digo, Nati? Igual, yo el único cuestionamiento que me hago es el del escote del vestido”. Palabras dignas de un intelectual de pura cepa. Y bué, es lo que hay, decía mi viejo.