miércoles, 21 de diciembre de 2011

La Emilia 127: Duró lo que el sueño de una noche de verano (o lo que un pedo en un canasto, decía mi abuelo)

Y que sea lo que Buda quiera, me dije. Está claro que don Buda no está interesado en ganar clientes. Un abrojo resultó el ferretero. El sábado lo despaché temprano, no quería ninguna frase inoportuna más. El domingo me llama a las 8.30 de la mañana. “¿Me extrañaste?” “¿Quién habla?” “El ferretero de tu vida, cielo.” “El único motivo por el que me podés llamar a esta hora es porque te acabás de enterar que tenés una enfermedad venérea.” “Lo que más me gusta de vos es tu sentido del humor.” Le corté. A las once me volvió a llamar. “¿Querés que almorcemos juntos?” Le volví a cortar. A las dos de la tarde me tocó el timbre. No sé cuál será el santo de los ferreteros, pero me cago en él. Le abrí, algo de lo que todavía me estoy arrepintiendo. “Como juega el cuervo, pensé que podíamos mirar el partido juntos mientras tomamos unos mates y, ya que estamos, divertirnos un poco en el entretiempo.” “O sea que me vas a dedicar quince minutos, un programa de la hostia el tuyo. Pasá pero mate no te cebo ni en pedo.” Fui testigo de un espectáculo francamente desagradable. El tipo sacudía las piernas, se inclinaba sobre la tele cada vez que su equipo avanzaba, metía las piernas entre las rodillas y gritaba “Nooooooooo”; al mismo tiempo que profesaba frases como: sos un tronco, allá allá que el cinco está libre, centro y a la olla papá, pegale de tres dedos, no le hacés un gol ni al arco iris, y otras trascendencias por el estilo. Iban perdiendo, así que del entretiempo olvidate. Por suerte, me llamó Vero. “¿Qué andás haciendo?” “Estudiando el comportamiento del homo si ganamos erectus.” “Estás con el ferretero, te lo dije.” Le corté. Detesto el telodije. Retiro el ‘por suerte’. Terminó deprimido y con ganas de que lo escuche. “Ah no, querido, ahora te vas a tu casita, hablás con tus amigos, te descargás, le prendés una vela a don Lorenzo Maza y, cuando te vuelva a funcionar el martillo neumático me avisás.” Y si te he visto no me acuerdo, pensé, me dejé engatusar por una remera que seguramente ganaste en una rifa de la Cámara Argentina de la Arandela pero no me engancho nunca más. Nunca, siempre, todo, nada, palabras que habría que erradicar del vocabulario porque una se las termina tragando. Porque lo peor que puede tener un tipo son destellos, con los que una se engaña y por culpa de los cuales cree ver fuegos artificiales y termina dándose cuenta de que es un simple chasquibúm del orto. Como me pasó la tarde en que estaba sacada con Mami, con quién si no, porque me recontrarepudrió el santo día para que armara el arbolito y no paró hasta que me mandó uno por radiotaxi. Ya lo he dicho, el que inventó el refrán el burro coge por insistidor se inspiró en Mami. Estaba yo mirando el adefesio blanco (ya me explayaré en otro momento sobre el tema de los colores navideños) y justo me llama. “Tengo la solución, en tres minutos estoy en tu casa.” Se cayó con un hacha para ayudarme a decorarlo, esos detalles me pueden. El problema es que ya que estábamos (frase que estoy repitiendo mucho últimamente, me la tengo que sacar de encima porque me esta trayendo demasiados problemas) se quedó. No digo que, por momentos, no la pasáramos bien, pero por lo general hacía agua, sobre todo y justamente hablando de la manguera. Y esas pelotudeces que tengo yo cuando me quiero hacer la educada... “¿Y si me quedo a cenar?” “Y bueno.” “Es muy tarde, me quedo a dormir, ¿no, gordi? Total mañana es feriado” “Si no roncás.” “Me levanté temprano y te fui a comprar medialunas.” “Só-lo-to-mo-ma-te.” Conclusión, inventario de la tarde: yerba alrededor del tacho de basura, cuchillos sucios en el cajón, puchos enterrados en las piedritas del gato en el balcón, revistas en el baño. Necesité salir a la calle para tomar una gran bocanada de aire y fumarme un pucho en paz. “Me voy al kiosco a comprar una revista que necesito, ya vuelvo.” “Bueno, cielo, mientras me baño.” Las palabras cielo y baño en la misma oración me dieron una puntada en el centro mismo del hígado. Unos minutos más, Emilia, me dije, volvés, y diplomáticamente le decís que se vaya porque te duele la cabeza. Ja, di-plo-má-ti-ca-men-te, otra palabra que no sé para qué carajo uso. Total que el diarero, con una sonrisa que viene practicando desde la época de Rolando Rivas taxista, me da la revista que le pido junto con una que yo desconocía, una tal Tiki Tiki. “¿Y esto qué carajo es?” “Llevaselá, Emilia, al pibe le gusta.” “¿A qué pibe?” “No te hagás la distraída que hoy pasó por acá cuando fue a la panadería. Cómo lo tenés, eh. Cuidalo, mirá que es un buen chico, laburador.” No le dije que hiciera un rollito con la Tiki Tiki y se la fumara por el orto porque estaba practicando mi diplomacia. Sólo la rompí y se la tiré en la cara. Entro al edificio, ya decidida a echarlo a la mierda, y Ramón con un papelito en la mano, me dice: “Emi, ¿me comprás estas cosas? A vos te va a hacer descuento, está como loco el bepi, una cara de contento tenía hoy a la mañana.” Me limité a mirarlo como Carrie, la de la película no la de la serie. “Tá bien, tá bien, yo decía nomás.” Cuando entré al depto todavía estaba debajo de la ducha, corro la cortina. “Pará, Emi, que no terminé.” “Qué pará ni pará, pedazo de pelotudo, qué tenés que andar por todo el barrio desparramando qué, forro.” “Es que estoy tan contento que no puedo disimularlo. Mirá lo que te digo, ya que sos profesora de inglés, ¿no está good lo nuestro?” “¿Good? Qué good, ni good; good bye salame oxidado. Salí de la ducha, y andate o te juro que te capo con el hacha que trajiste.” “No te entiendo.” “No necesito que me entiendas, tomatelaaaaaaaás.” “¿Pero no te das cuenta que nosotros podemos volar como los pájaros?” La que voló fue su ropa, por el balcón. “Y ahora andá y decile a tu amigo Ramón que si te presta un mameluco le hacés descuento de por vida. Salí de mi vista, proyecto de pato descerebrado”, grité mientras revoleaba el hacha como Soledad el poncho.
La entendió y se fue tapándose las bolitas con el papel de las medialunas que había dejado hecho un bollo sobre la mesa. Y bué… tendré que comprar los tornillos en otro lado y no confiar nunca más en Buda.

martes, 13 de diciembre de 2011

La Emilia 126: De tornillos, arandelas y semáforos.

“¿Con el ferreteeerooo?”, gritó Verónica. “Sí, ¿por? ¿Qué tiene?” “¿De qué vas a hablar? ¿De tornillos y arandelas?” “Justamente, de su tornillo en mi arandela, es lo único que me interesa en este momento.” Qué bárbaro, cómo nos ponemos las minas a veces, si no tenemos con qué o, mejor dicho con quién, nos quejamos, si tenemos, es poco, por favor. Como diría una amiga, si no lo quiero pa’ casarme. Bueno, en realidad, para casarme no quiero a nadie, imaginate, un quilombo, ¿qué hago con los gatos? Además, los huevos también tienen vencimiento y despertarse todos los días con el mismo par en tu cama, aún cuando ya huelen a podrido, es un asquito. Total que a las nueve en punto como habíamos quedado, tocó el timbre. “Ya bajo.” “No, esperá, ¿no puedo subir? Te traje algo.” Debo admitir que por un momento dudé, pasan muchas cosas, yo tengo mucha imaginación, tampoco lo conocía tanto, me vi de golpe ensartada por una llave inglesa y lo que es peor, ensartada en el lugar equivocado, qué sé yo, pero le abrí. Cuando llegó arriba y lo vi con la caja de herramientas en la mano, me cagué de risa. “¿Qué hacés, Mr Músculo?” “Pensé en traerte unas flores, pero después me decidí por algo más práctico, por ahí tenés otras cosas para arreglar en tu casa”. Bien, el muchacho empezaba bien. “Por ahora funciona todo, pero dejame pensar un cachito y enseguida te encuentro trabajo.” “Como usted mande.” Seguía bien. Todo indicaba una plácida luz verde, por fin. “Pasá así me esperás mientras me termino de arreglar.” Frase totalmente ridícula porque ya estaba cambiada, peinada y pintada como una puerta, pero una la ha escuchado tantas veces en las películas que la repite. Y el muchacho pasó y se sentó. Desde el dormitorio, mientras finjo estar arreglándome vaya una a saber qué, porque hay cosas que ya no tienen arreglo, le grito: “¿Adónde vamos?” “Donde quieras.” “Ah no, no me vas a hacer pensar a mí, vos invitaste, vos elegís.” “Si por mí fuera nos pedimos una pizza y nos quedamos.” Me pareció una buena idea. Es un clásico, si la sensación térmica reinante es muy alta, se te obnubila el cerebelo, dejás de ver las sutilezas, se te escapan las hijas de puta. Conclusión, pedimos las pizza, y hablamos de boludeces varias mientras la esperábamos, los dos haciendo como que nos importaba lo que el otro decía. Cuando voy a la cocina a buscar una cervezas, me sigue y me abraza por detrás. Yo, la seductora empedernida, salto como araña pollito. “¿Qué hacés, boludo? Me asustaste.” “Te hago el candadito del amor.” Silencio. La luz de pronto viró a amarilla. Y la vi, pero aceleré, pasé rápido, si me hacen la boleta, la discuto, si estaba amarilla, no roja. “Sabés que anda el termotanque, así que te tengo que pagar los repuestos.” “Pagame en especias, mami.”
En otro momento, al escuchar la frase prostibularia por esencia, lo hubiera mandado a hacerse una enema con W40 pero… otra vez la sensación térmica... Y aparte para qué andar peleando siempre… ¿Para qué? Para que no te pasen las cosas que te pasan pedazo de pelotuda, pero no me quiero adelantar. Al pibe de la pizza no le abrimos nunca. De golpe, en medio del quilombo y el revoleo, pone voz de nene de dos años, como mucho, y me dice, “Mamita, ¿me dash la te-ti-ta?” Luz roja, luz roja, luz roja… Lareputísimamadrequeterecontramilpariócarajo, Emilia, cruzala y que sea lo que Buda quiera. Me cago en Buda y sus deseos…

lunes, 5 de diciembre de 2011

La Emilia 125: Desayuno con pitutos y chavetas (no serán diamantes pero algo es algo)

Siete de la mañana, ojos como huevo duro decía mi abuelo. Un día en toda la semana que puedo dormir hasta las diez, la puta madre carajo. No hay nada peor que quedarse dando vueltas, así que me levanto. Abro la heladera, nada para desayunar. Y bué, me voy a tener que bañar y bajar a tomar algo al bar de la esquina. No hay agua caliente, termotanque apagado. Me cago en la reputísima madre que lo parió a José Calorama. Como soy previsora, en algún momento pegué un cartelito en el aparato con las instrucciones para encenderlo. El cartelito dice: ‘es imposible prender este artefacto de mierda, llamalo a Ramón’. Igual, trato. No logro ni una llamita de lástima. No sé de qué me sorprendo, tengo la feromona tan por el piso que no logro encender ni un aparato. No hay manera. Intento una vez, dos, tres, a la cuarta lo cago a patadas y bajo a buscar a Ramón. “No está, Emilia, se fue a pagar unos impuestos, no vuelve hasta la tarde”, me dice la mujer. Este Ramón es un fenómeno, es el único encargado del planeta que tiene que ir a pagar algo mínimo una vez por semana, casi siempre los viernes. Teniendo en cuenta que fuera muy posible que no lo encontrara en todo el día, decido llamar al service. “Buenos días, habla Flavia, ¿en que lo puedo ayudar?” “La.” “¿Perdón?” “La puedo.” “¿Perdón?” “Perdoooón, perdoooooón, ¿te estás confesando, nena? ¿No me escuchás la voz, querida? Soy mujer, ‘LA’ puedo ayudar, ¿entendés ahora?” “Discúlpeme, ¿en qué LA puedo ayudar?” “A ver, corazón, si llamo a un servicio de reparación de termotanque, ¿vos pensás que estoy buscando el Santo Grial? Necesito un técnico.” “¿Qué modelo es?” “¿Quién?” “El termotanque, señorita.” “No tengo la más puta idea.” “Debe figurar en el manual, señorita.” “No me digás más señorita que me vas a sacar loca. Decime, ¿quién carajo guarda los manuales? ¿Qué te pensás que soy? ¿mi abuela?” “En el aparato mismo, debe haber una chapita con el número de modelo.” “No hay ninguna chapita.” “No puede ser, fíjese bien, por favor.” “¿Vos me estás tratando de miope? Tengo el termotanque delante, no hay nada.” “Si no me dice el número de modelo no hay nada que pueda hacer por usted.” Es una lástima no poder cagar a trompadas a alguien por teléfono. Tengo un objetivo, bañarme. “Digo yo, y si me mandás al técnico, ¿él no se dará cuenta de qué modelo es?” “Espere un segundo, no me corte, voy a ver que puedo hacer por usted.” Cinco minutos escuchando a Waldo de los Ríos, son unos hijos de puta. Vuelve Flavia. “El lunes entre las ocho y las catorce el técnico pasa por su casa. ¿Direcciooón?” “Hoy es viernes, mi amorrr.” “Nuestros técnicos están todos ocupados en el día de la fecha.” “A ver si me entendés, nena, no tengo agua caliente, me quiero bañar.” “Señorita, si quiere anote el número de reclamo, el lunes entre las ocho y las catorce un técnico pasará por su domicilio.” “Encima de bañarme tres días con agua fría me tengo que quedar seis horas esperándolo, ¿vos te pensás que yo me rasco la argolla? ¿que no tengo nada para hacer más que esperar a tu técnico del orto?” Me cortó, loca de mierda. Por suerte mi ángel de la guarda me toca el timbre. “¿Qué te anda pasando, Emilia? Me dijo mi mujer que me andabas buscando.” (Vengo medio mal de ángeles últimamente) “¿Qué te pasó a vos? ¿Te dejaron plantado?” “¿Por?” “Nada, yo me entiendo, y vos también me entendés pero te hacés el boludo. No importa… Ramón, se me apagó el termotanque, ¿lo mirás, por favor?” Diez minutos mirando el aparatejo en cuestión sin pronunciar una palabra. “Ramón, hay que prenderlo, no hay que hacerle cirugía cardiovascular.” “Emilia, tenés el orificio del piloto tapado.” “Podría contestarte tantas cosas, Ramón, pero sólo te voy a preguntar si lo podés destapar.” “Sí, es una pavada, pero aparte, la termocúpula está suelta, necesitaría una virola, y ya que estamos purgamos el aire de la tubería y de paso habría que cambiar este niple que está oxidado.” “¿Cuándo aprendiste a hablar chino vos?” “Si querés te anoto lo que necesito, vas a la ferretería y en un par de horitas tenés agua caliente.” “Y bué, ya que estamos.” Y sí, Ramón es definitivamente mi ángel de la guarda.
Entro al negocio en cuestión y me recibe un muchacho que tenía puesta una remera que decía: ‘Rompeme el corazón no las pelotas’. Interesante. “Hola, ¿qué necesitas?” Le entrego el papelito como si fuera muda, era bastante musculoso. “Tenés problemas con el temotanque.” “Entre otras cosas.” “Bueno, vamos a tratar de resolverte lo que podamos.” Mientras revolvía cajoncitos, me dice: “¿Sos del barrio? No te había visto nunca por acá.” “No soy asidua concurrente a ferreterías.” “Mal, muy mal, los ferreteros somos expertos en solucionar problemas.” “Ah, ¿sí? Mirá vos qué bien.” “¿Viste?”, me dice y mientras envuelve todos esos cachivaches y pitutos que me pidió Ramón en papel de diario agrega: “Te propongo algo, vos te llevás todo esto, no me pagás, y mañana a la noche, mientras comemos algo y nos tomamos una cerveza, me contás cómo te fue, si te sirvieron las cosas me pagás, si no me las devolvés y, ya que estamos, me contás tus otros problemitas a ver si puedo hacer algo.” Y bué, ya que estamos…