miércoles, 25 de abril de 2012

Nudos.

Rara, como encendida dice el tango, ella más bien como apagada. La cabeza repleta de pensamientos absurdos que la inmovilizaban; de listas eternas de tareas que año tras año, indefectiblemente cada dos de enero a la mañana, copiaba a otro papel sin poder tachar ninguna y sin dejar de  agregar otras. No sabía por dónde empezar, ni a realizarlas ni a pensar en lo que le sucedía. Su mente era un ovillo de lana enredado, cuando más desesperadamente buscaba la punta, más nudos encontraba. Año tras año, a medida que las listas aumentaban, la cantidad de gente a su alrededor disminuía. Ya nadie estaba dispuesto a escuchar lo que quizás ella tampoco quería decir. Año tras año, se iba convirtiendo en una especie de fantasma vagando por una ciudad de zombies. Convencida de que había tomado

el rumbo equivocado; de que no se debería haber casado, ni parido hijos, ni comprado una casa, ni tenido amigos. Porque todo eso sólo la había hecho ilusionar y creer en lo que ya sabía sobremanera que no creía. Convencida también de que si hubiera tomado otro camino igual estaría hoy en la misma situación. Segura de que había en ella una falla, un error, de que había nacido con algo de menos. Así se sentía. Esa madrugada, de ese último dos de enero, sin poder dormir aunque los párpados pesaran cada minuto más, sentada en la cocina y fumando sin parar deseando que se le pudrieran los pulmones, cansada de esperar algo que no sabía siquiera qué era, abrió el cajón y sacó la tijera. Sí, en algún momento hay que hacerse cargo de que lo único que se puede hacer con los nudos, es cortarlos. 

4 comentarios:

Renate Mörder dijo...

Me encantan tus cuentos y este blog!! Un beso.

Adriana Menendez dijo...

gracias, RENATE!! beso

Arturo dijo...

Profunda depresión.
¡Qué vacío existencial sufría la pobre!
Doy fe de conductas de ese tipo, he escrito por ahí:
"He visto morir a quien podía vivir y no lo quiso y también sé de quien quería vivir y no pudo".
No es un juego de palabras, tienen nombres y apellidos.
Muy buen relato, Adriana, creíble por completo y del mejor nivel.
Un saludo cordial.

Adriana Menendez dijo...

muchas gracias, ARTURO. un abrazo