lunes, 7 de mayo de 2012

La Emilia 132: Volver (no sé si con la frente marchita pero con la cabeza hecha mierda, seguro)

Recordemos que mi amiga Luisiana tiene cinco hijos, hace cheesecake casero, planta orégano y albahaca en una maceta, se mudó hace poco a un country y toma clases de tenis con el profesor del ídem. Si a eso le sumamos que está casada con el príncipe encantador del subdesarrollo al que cada vez que le preguntás cómo está te contesta ‘quemado’ y se cree importante; así, no hay cuerpo que aguante, tenía que explotar en algún momento. “Me tienen harrrrrrrrrrta, podriiiiida, hace catorce años que lo único que hago es limpiar mocos y culos cagados, ¿qué carajo se piensan que soy yo? A ver, Emilia, decime, vos seguro tenés forros en la cartera, ¿no es cierto? ¿Sabés qué tengo yo? Termómetro, Ibupirac, curitas y la receta de una torta de cumpleaños con forma de Transformeeeer… Me estoy ahogaaaando, me estoy ahogaaaando, me estoy ahogaaaando…”, repetía al mismo tiempo que se balanceaba de manera peligrosa, onda Rainman, y se largaba a llorar a moco tendido. “Tranquilizate, Luisi,” alcanzó a decir Vero mientras yo trataba de abrazarla, con todo el espíritu de guardavidas que pude encontrar en mi ser. “No me pueeeedo tranquilizar, a estos pendejos, que les juro que los amo con toda mi alma, un día de estos los prendo fuego, un día de estos les voy a dar tantas patadas que les voy a dejar el culo como mandril. ¿Saben lo que les dije el otro día? No me hablen más, esto que ven no es mamá, es un holograma, mamá se fue a Jamaica con un negro y no piensa volver por un tiempo, estoy loca, desquiciada, soy la peor madre del universoooo.” “No, Luisi, no es así”, alcanzó a decir Vero. “Siiiiií es así, no me contradigan, lo único que necesito es que me digan a todo que siiiiií”, y lloraba y lloraba, se terminó todo el rollo de cocina. 

Nosotras, ante tamaño pedido de que la tratáramos como una loca y viendo cómo su cara pasaba de ser la imitación perfecta de Jack Nicholson en El resplandor a la de Andrea del Boca en Celeste, siempre Celeste, nos limitamos respirar hondo y a escucharla en un respetuoso silencio. “Y al marido perfecto con el que me casé que no puede parar de irse de viaje, a ese turro que me dice ‘bueeeeno, pero estoy trabajando’, la puta que lo parió, como si yo me estuviera rascando la quetejedi todo el día, qué se piensa, la diferencia es que el termina su jornada laboral y está en la Quinta Avenida y yo me tengo que conformar con salir a pasear por el medio del culo del mundo y con mirar los putos bichitos de luz, a ese hijo de puta lo voy a cagar, les juro, tan cagado. Miren lo que tengo acá”, dijo y nos mostró un número de teléfono anotado en una servilleta de papel con dibujitos de granitos de café que sacó de adentro de una lata de pimentón español. “Ajá”, dijimos al unísono. “Es el número de Gabriel.” “¿Qué Gabriel?”, parecíamos Nu y Eve. “Gabriel González, ¿no se acuerdan?” Al ver nuestra cara de no tener la menor idea, gritó con una sonrisa, “Chicaaas, mi novio de la secundaria, lo encontré por Facebook.” Por las santas pelotas de Marquitos Zuckerberg, a cuánta gente más le va a cagar la vida este pendejo, nadie se da cuenta de que es al pedo tratar de enganchar gente por ahí, quién va a poner entre sus intereses que es fanático de los Wachiturros o que su máxima fantasía es casarse con la Tigresa del Oriente y hacer un trío con Wendy Sulca, por favorrrrr. De tanto comer lechuga para no engordar se han olvidado de cómo se pela una chaucha, entonces se ponen nostalgiosas, vuelven al pasado a reencontrarse con sus amores, my Zeus… “Por ahora estamos rescatando algo tierno de la infancia, pero les aseguro que esta vez si me tengo que tirar un tirito me lo tiro.” Mientras que no sea en la cabeza, pensé yo pero no dije porque no quise dar ideas. Bueno, en realidad como decía mi abuela, peor es nada, qué sé yo, si le hace bien, yo no puedo pensar en mi amor adolescente sin vomitar y que me agarre un deseo irrefrenable de irme a vivir a Tanzania… Siempre la exageración, Emilia, si al final no te vas ni a Villa Caraza, dejate de joder, evidentemente yo vine con algo fallado, es al pedo tratar de disimularlo… uy tanto quilombo me terminó pintando el bajón chán chán.

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