jueves, 24 de mayo de 2012

La Emilia 133: Mujer soltera busca 2 (y si no busca, la encuentran carajomierda)

Qué costumbre de mierda que tenemos las minas de olvidarnos de lo que nos pasó. Ya sé que la memoria es selectiva, que una no se acuerda de lo que no le conviene decía mi abuela, que a veces una así se protege pero, la verdad… qué sé yo, la verdad no existe. No aprendemos nunca, somos tartamudas psicológicas, amnésicas emocionales, con el tiempo un recuerdo del orto se convierte como por obra y gracia del espíritu santo en un pimpollo de rosa. Ojo, sólo estoy usando una convención, a mí en general todas las flores me parecen una garcha. No hay nada peor que venga un tipo a hacerse el caballero con un ramo de rosas; no, sí, hay algo peor, que llegues a la casa y te reciba escuchando a Luis Miguel, me revienta que se hagan los románticos. En realidad, hay muchas otras cosas peores pero bueno no me quiero ir de tema, algo que como ya a esta altura todos saben, me resulta absolutamente imposible. Siempre me termino yendo al carajo, yo no sé por qué, debe de ser porque de chica… y daaale. Total, que estoy sola en casa, tranquila, leyendo con mis gatos (no, todavía no llegué al punto de creer que mis gatos leen conmigo, ni le leo cuentos a mis gatos, aunque a veces les hablo, también cada tanto los puteo… focalizaaá boluuuda focalizaaá)… bueno que ahí estoy, fumándome un puchito, tomando unos mates, cuando suena el teléfono. “Hola, Emilia, ¿te acordás de mí?” Otra costumbre de mierda que tiene la gente: pretender que una los reconozca por la voz, son todos pichones de Sinatra; a ver, no es tan difícil decir ‘Soy tal y cual…’, por favorrr… Yo para que no se enojen (porque se molestan si no te das cuenta de quién carajo son los hijos de puta) he llegado a sostener conversaciones telefónicas absolutamente vacías sin saber nunca con quién. Por ejemplo: ‘Hola, ¿cómo estás?’ ‘Bien, ¿y vos?’ ‘No me puedo quejar, el laburo bien y la familia también.’ ‘Qué suerte.’ ‘¿Y vos cómo andás con las clases?’ ‘Siempre más o menos igual, justamente ahora estoy entrando a una, disculpame pero tengo que cortar.’ ‘Bueno, hablamos en otro momento, saludos a tu mamá.’ ‘Gracias, chau.’ Listo, quo vadis, vaffanculo. En realidad, quo vadis quiere decir adónde vas, mirá si te lo voy a andar contando a vos que no te conozco, si ni yo tengo la más reputísima noción de adónde voy... Mamita, cómo estamos hoy... Ahora que lo pienso, también me ha sucedido de sostener este tipo de conversaciones con gente con la que me he encontrado cara a cara en la calle… ¿me tendré que hacer ver? Sí, Emilia, pero no por eso, son tantos los motivos que para qué, mejor lo dejamos ahí. ¿Dónde estaba? Ah, sí, el muchacho de la voz intrascendente. Yo sé que estamos en una época en la que hay que mejorar la dinámica humana, la comunicación con los demás, disminuir el estrés y mejorar la calidad de vida, pero como me cago en todo eso, le contesté, “No tengo la más puta idea.” “Soy Julián”. “¿Weich?” “Jajaja, no, el amigo del primo de Vero, hace un par de años tuvimos un encuentro.” No entiendo de qué se ríe la gente, me pasa mucho en el cine eso, cuando todos se descostillan a mí no se me mueve un músculo y cuando… ¡Bastaaaa! Leve, remotiiiísima idea... “Aquella vez, nos pusimos un poco nerviosos, no terminamos muy bien.” Ahora sí, con ese dato te re ubico, bombón, porque a mí no me pasa nunca de ponerme nerviosa con un ñato… “Y entonces pensé que, a lo mejor, si tenés ganás, podríamos volver a intentarlo.” Segundas partes nunca fueron buenas, dice el refrán, pero, vamos, que el período de sequía es más que importante, así que quedamos en que me pasaba a buscar el sábado. Por las dudas, la llamé a Vero. “¿Un amigo de mi primo? ¿De cuál primo?” Listo, para qué insistir, lo veré cuando lo vea, dejémonos sorprender, me dije en un rapto de notable, ilustre y prestigiosa pelotudez. Por otra parte, como en la reputísima vida de Mahoma a mí me va a pasar algo que corra mínimamente por los carriles de lo que la sociedad llama normalidad, un día antes del encuentro, me agarra la lluvia totalmente desprevenida, me empapo, sin un mínimo disfrute de por medio, y al otro día despierto llena de mocos y con una voz de camionero con la que no podía seducir ni a un tatú carreta. Llamo a mi asesora farmacológica. “Hola, Nachalia, shoy Emilia.” “¿Quién? Vos no sos mi amiga, nene, ¿por qué no te vas a hacerle bromas a tu tatarabuela?” Somos todas un encanto. “Shí, shoy yo, toy desfiada.” “¡Estás hecha percha, nena!” “Pod esho te shamo, tengo que salid con un pibe, ¿me podésh ayudad?” “Ya salgo para allá.” Viene a casa, me hace tomar un cocktail de no sé cuántos sobrecitos y pastillas efervescentes y un té con miel y alcohol, receta de su padre que, según ella, no falla nunca. Conclusión, en un par de horitas estaba hecha una reina. Un poquito acelerada, eso sí. Convengamos en que a mi lado Maradona en el mundial de Estados Unidos hubiera parecido una tortuga. Me arreglé y esperé. Cuando bajé, y le vi la cara… esa cara, por las santas pelotas de  Funes el memorioso, ¡¡¡cómo me pude olvidaaaar!!! Me vino todo junto a la cabeza y me quise amasijar. Pero ya era tarde. Ahí estaba el tipo.

4 comentarios:

Qymera Roxz dijo...

Una verborrea iracundamente humorística, las relaciones humanas son así supongo, me gustó tu visión del mundo.

Te sigo, saludos!

Adriana Menendez dijo...

muchas gracias, QYMERA ROXZ! un abrazo

CARMEN dijo...

Es muy intenso y divertido, Adriana.

Me gustó, un abrazo desde Madrid.

Adriana Menendez dijo...

muchas gracias, CARMEN. me alegra que te haya gustado. un abrazo.