jueves, 17 de mayo de 2012

Por ahora.

Cansada, incómoda, fastidiosa, inquieta, irritada e irritante, sentada en el sillón del living, los ojos bien abiertos, la mente bien cerrada, sostenía en la mano un cochecito de madera que le habían regalado cuando cumplió diez años, hacía ya veinte. Todo en algún momento te puede ser útil, le había enseñado el padre. Generaciones de asignaturas familiares se le vinieron encima. Tanto unas como otras, las generaciones y las asignaturas, la acosaban como fantasmas desesperados y hambrientos, que la hacían guardar hasta las cosas más superfluas, horribles, traídas por personas que no recordaba. Fantasmas que no la dejaban convencerse de que no todo se puede reciclar, de que no todo se puede aprovechar, que la obligaban a aferrarse a lo que debía soltar. Empezó a hacer un recorrido mental por toda la casa y se vio rodeada de muebles viejos, sillones, camas donde otras personas habían dormido y desparramado sus cuerpos y fluidos. Tenía que quemar todo. Ni siquiera regalarlos la salvaría, no había tiempo, una urgencia contenida le explotaba de golpe. Vomitó. Vomitó todo lo que no había vomitado en muchos años. El nudo en la garganta ya apretaba tanto que creyó que podría cruzar esa tentadora línea que nos separa de lo siniestro y matar. Descuartizar, despellejar, cortar en pedacitos, hervir, freír, arrancar uñas, dientes, ojos; y después, casi como si nada, volver a la normalidad. Pero era imposible, como imposible es matar a los muertos, que siempre terminan viviendo más que los vivos. 
Guardó todos sus planes, proyectos e hipótesis, se sacó el maquillaje, se planchó el traje que usaría al otro día en la oficina, se lustró los zapatos y se fue a dormir, no sin antes guardar otra vez el cochecito. Todo en algún momento te puede ser útil, Martincito, le había enseñado el padre. Hay que hacer exactamente lo que corresponde, día por día. Por ahora.

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