martes, 20 de marzo de 2012

La Emilia 129: R.A., Respiración Artificial.

La verdad es que la moda esta de andar haciendo cursos me tiene las bolas llenas. Vivimos rodeados de bodoques seudo enólogos que lo único que aprendieron es a hacer firuletes con la copa y meter la nariz adentro, de asquerosos que pretenden fabricar cerveza en su propia casa y de chefs de pacotilla que entran en éxtasis ante una hamburguesa de lenteja o un helado de bergamota ácida. Pero ahora hay que soportar algo aún peor: llegaron los fanáticos de la espiritualidad. Todos los días te cruzás con algún boludo al que le cambió la vida porque hizo un seminario donde le enseñaron a respirar. ¿Y hasta ahora qué hiciste, pedazo de nabo?, ¿viviste muerto? Bueno sí, muchos andan por la vida bastante muertitos pero esa es otra historia, como siempre. Toooodos se quieren encontrar consigo mismos, no sé por qué no se encierran en el baño con una Filcar y se dejan de joder. Además, para qué, yo me llego a encontrar conmigo misma y salgo rajando. El otro día nomás en la peluquería de mi amiga Natalia, dónde si no, apareció una que venía de hacer un curso de no sé qué mierda de la conciencia. “No saben chicas lo divino que es, estoy aprendiendo a concentrarme en el aquí y ahora, ¿me entienden lo que les digo? A disfrutar cada momento presente, a gozar de mi respiración.” “¡Qué bueno! Te felicito”, le contestó Nati con esa capacidad impresionante que tiene de seguirle conversaciones pedorras a todas sus clientas; ‘Mierda que gozás con poco, tu marido debe de estar contento’, pensé yo pero no le contesté para no cagarle el negocio a mi amiga. “Y medito, por supuesto, todos los días, porque la meditación es genial, te calma, te reduce el colesterol, te levanta la autoestima, el optimismo, te alivia los problemas bronquiales y además…” “Me decís que te hace crecer las tetas y te levanta el culo y me voy a la mierda”, se me escapó, sorry, juro que estoy tratando de que la cadena no se me salga, pero a veces… “No te rías, Emilia, vos tendrías que hacer algo para abrir más tus chakras”. “Yo el chakra lo tengo recontra abierto, negrita, y por suerte cada tanto alguno que otro todavía me lo quiere llenar”, oops sorry, se me escapó 2, próximamente en el cine de su barrio. “Vos no entendés, pero es absolutamente necesario purificar la mente.” ¿Y si purificás tu interior con una enema de caña Legui y cagás fuego?, pensé pero esta vez no se me escapó porque antes vi que Natalia me miraba con cara de ‘si seguís, me inyecto keratina’. Opté por, simplemente, prender un inofensivo puchito, mi pequeño truco para evitar que se me salte la térmica. “Ah, no, Emilia, perdoname, pero no te puedo permitir que contamines el ambiente con ese veneno que lo único que hace es enfermarnos el prana.” “¿Por qué no dejás que yo me ocupe de mi prana y vos te vas a visitar el de tu hermana?”, se me escapó 3, la saga. “No, Emilia, no es así. Mirá, en este lugar donde voy también dan un curso para dejar de fumar, en la cartera tengo un folleto, ya te lo estoy dando, te va a cambiar la vida te lo juro.”
Por qué será que cualquier cachitrula espiritual botoxeada y lipoaspirada, con cara de necesitar urgentemente que la empernen como mínimo todos los nietos de la troupe de Martín Karadagián, se siente con derecho a decirte que tenés que cambiar tu vida, me pregunto yo. Por qué será que cualquier paspado se cree superior sólo porque leyó tres hojitas de la biografía de Krishnamurti, plantó dos cañitas de bambú en la puerta de su casa y desayuna alpiste, me pregunto yo. Por qué, ya que son tan felices respirando, todos estos cara de bragueta triste no se juntan a hacerlo acompasadamente en un ambiente cerrado hasta que se les termine el oxígeno, me pregunto yo. Me parece que en vez de preguntarme tantas boludeces, vengo a cortarme el pelo otro día y listo, ¿no?

martes, 6 de marzo de 2012

La Emilia 128: Volviendo...

El día que entré a casa convertida en un Ekeko con tacos, me colgaban la cartera del cuello, las llaves de casa del dedo índice, las del auto del meñique, un pucho apagado de la boca, otro encendido de la otra mano, se me caían libros y papeles que trataba de sostener con los codos y las rodillas y, con una sonrisa digna de Evangelina Salazar, le grité a los gatos “holaaaaaaaa, llegó mamaaaaaá”; ese día, empecé a mirar el lavarropas con cariño. Pensé ‘muchos boludos acá no entran y Mami no cabe, es un buen lugar’. Y ahí fui. A mi favor diré que había sido un año duro. Laburé como una yegua en la época de la colonia, atravesé la boda de una amiga con la dignidad de una ameba con hepatitis, me cansé de toparme con cornudos y corneados, abombados que ven la vida a través de un botón que encima está roto, asistí a fiestas de cumpleaños tan divertidas como un tratamiento de conducto, visité el campo y las sierras sólo para confirmar que la naturaleza y yo debemos vivir a una distancia mínima de, digamos, cien kilómetros. Fui invadida por gente que se quiere quedar y una quiere rajar con desesperación y visitada casi médicamente por otros que se rajan y una no sabe cómo pedirles que se queden. Alguno me dejó, otro me plantó, algún que otro subnormal pretendió instalarse y a muchos, por suerte, pude mandar a la recalcadísima concha de su tatarabuela. Porque son mamertos… Mamertos que esperan que los aplaudas porque tienen la necesidad de hacerse los graciosos y ocurrentes todo el tiempo y están convencidos de que dicen genialidades; reyes del vacío, al horno y con papas; abribocas que se la pasan fingiendo orgasmos y que como no tienen las tripas necesarias para patear el tablero se tendrían que someter a una cirugía de rejuvenecimiento de cotorra para dejar de intoxicarle las neuronas a los demás con sus depresiones de pacotilla; pejertos a los que se les deprimió el ganso y para ocultarlo simulan ser profundos mientras se hacen tatuajes en chino hasta en el orto; pretenciosos ridículos que maquillan su brutalidad meándose en público por una película muda y en blanco y negro porque es un homenaje a ese cine que en la reputísima vida de Alá vieron, te muestran las fotos que se sacaron en Jujuy con los coyitas para que vos veas lo buenos que son y, para seguir barriendo la basura debajo de la alfombra de su sucia conciencia y sentirse ciudadanos comprometidos con el mundo, cuando vuelven organizan en Villa Crespo una manifestación en contra de la matanza de sanguijuelas en el Tibet y dejan de comer carne porque no se quieren alimentar de energía muerta, por favorrrrr, muerta tenés la gallina paspado, por más que comas chocolate no vas a cagar alfajores babieca, ojalá que el médico te recete una enema diaria de jugo de ortiga, que se vayan todos a lavar la bolas con limpiavidrios así les quedan brillantes total las tienen de adorno… Listo, me siento más livianita… Y bué, qué le vamos a hacer…Vada a bordo, cazzo!!