miércoles, 25 de abril de 2012

Nudos.

Rara, como encendida dice el tango, ella más bien como apagada. La cabeza repleta de pensamientos absurdos que la inmovilizaban; de listas eternas de tareas que año tras año, indefectiblemente cada dos de enero a la mañana, copiaba a otro papel sin poder tachar ninguna y sin dejar de  agregar otras. No sabía por dónde empezar, ni a realizarlas ni a pensar en lo que le sucedía. Su mente era un ovillo de lana enredado, cuando más desesperadamente buscaba la punta, más nudos encontraba. Año tras año, a medida que las listas aumentaban, la cantidad de gente a su alrededor disminuía. Ya nadie estaba dispuesto a escuchar lo que quizás ella tampoco quería decir. Año tras año, se iba convirtiendo en una especie de fantasma vagando por una ciudad de zombies. Convencida de que había tomado

el rumbo equivocado; de que no se debería haber casado, ni parido hijos, ni comprado una casa, ni tenido amigos. Porque todo eso sólo la había hecho ilusionar y creer en lo que ya sabía sobremanera que no creía. Convencida también de que si hubiera tomado otro camino igual estaría hoy en la misma situación. Segura de que había en ella una falla, un error, de que había nacido con algo de menos. Así se sentía. Esa madrugada, de ese último dos de enero, sin poder dormir aunque los párpados pesaran cada minuto más, sentada en la cocina y fumando sin parar deseando que se le pudrieran los pulmones, cansada de esperar algo que no sabía siquiera qué era, abrió el cajón y sacó la tijera. Sí, en algún momento hay que hacerse cargo de que lo único que se puede hacer con los nudos, es cortarlos. 

martes, 17 de abril de 2012

La Emilia 131: De como el discreto encanto de la burguesía a veces se va al carajo.

Mi amiga Luisiana, ese monumento a la familia feliz y numerosa, se mudó hace poco a un country del orto en la loma del ídem. No entiendo a la gente que se va a vivir a un barrio cerrado buscando tranquilidad, como si eso te lo fuera a dar un alambre. Aparte si igual terminan desayunando clonazepam compuesto, a quién quieren engañar. A mí, la sola idea de tener que subirme al auto cada vez que necesito un puto paquete de cigarrillos me altera el sistema nervioso central, que demás está decir ya bastante alterado lo tengo. Total que el sábado me llamó y me dijo: “Si no me vienen a ver, me voy yo para tu casa con los chicos.” Ante tamaña amenaza a la humanidad, decidimos ir a conocer el tupper en el que se había metido nuestra amiga. Yo por las dudas pasé por el kiosco antes. “¿Te fijaste cómo llegar, Vero?” “No, pero es facilísimo, yo sé ir, te voy indicando.” Por supuesto que nos pasamos de bajada en la autopista, hubo que retomar, pagar otro peaje of cors; una vez que logramos enganchar la salida, seguimos por un caminito de mierrrda que no era empedrado ni asfaltado ni de tierra ni de adoquines ni de una reverendísima garcha, llegamos a la loma del ojete y doblamos, hicimos cinco kilómetros más y estuvimos a las puertas del antro de bienestar y beatitud. El señor de seguridad, lo más parecido a una cara de culo de mandril con hemorroides que vi en mi vida, nos miró mal o, mejor dicho, miró mal a mi batata feroz o, mejor dicho, más que mal, con cara de estar oliendo mierda, decía mi abuelo. No hay nada que me caiga peor que un pelagatos pulguiento que se comporta como un magnate petrolero porque trabaja para ricos. Alcahuetes, chupaculos repugnantes, se merecerían… pero no me quiero ir de tema porque igual logramos entrar a pesar de no haber llevado el certificado de la BCG. Por las santas pelotas de Barrabás, qué lugar creepy… Las casas son todas casi iguales, los pajaritos cantan, las viejas se levantan y salen a andar en carritos de golf, los pibes andan en bicicleta por el medio de la calle y los padres contentos porque los están ‘criando libres’ y no se dan cuenta de que lo que están criando son generaciones de pelotudos a cuadros que no tienen idea de lo que es un semáforo, el único espacio en el que florece un pensamiento ahí es en esos canteros prolijos espeluznantes del orto. A ver, un lugar en el que no se puede tocar bocina es un hospital no un lugar para vivir. Pero lo peor estaba todavía por llegar. Luisiana sale a recibirnos vestida con una especie de jogging celeste bebé indescriptible, zapatillas, nuevo corte de pelo carré prolijísimo y en brazos un chihuahua cuya descripción merecería un párrafo aparte. Collar de strass para empezar, remerita leopardo para seguir y botitas color rosa para terminar, después nos enteramos de que hasta le sacó una cuenta en Facebook. Como si esto fuera poco y a modo de oferta para el bolsillo de la dama y la cartera del caballero, la tipa, con una sonrisa a medio camino entre la de Maru Bottana y la de Claudio María Domínguez, dice: “Saludá a las tías, Simón.”… “Emilia, algo tenemos que hacer”, me dijo mi amiga gps antes de bajar del auto. “Sí, Vero, irnos a la mierda, es irrecuperable.” “Mejor entramos.” “Ok.” Nos mostró toda la casa y después nos invitó a pasar a la cocina a tomar el té. “Vamos a estar más tranquilas, hice un budín de limón que me salió riquísimo y así aprovechamos que los chicos andan por ahí para chusmetear un poco, acá no los tenés que controlar tanto, viste, hacen lo que quieren.” Siempre hicieron lo que se les cantó el culo estos pendejos, pensé pero no dije, no fuera a ser cosa que Norman Bates despertara de su siesta. “¿Y tu marido?”, preguntó Vero. También debe de andar por ahí haciendo lo que se le canta el culo, pensé pero otra vez me callé, para qué hablar si estaba Luisiana con tantas ganas de expresarse. “Ni me hablés de ese tipo, ¿sabés lo que me hizo la otra noche? Me tiró el Fernet, no se le hace eso a la mujer con la que estás desde hace tantos años, ¿o no?” Cri cri cri cri cri cri… “Igual no sé por dónde anda, se fue otra vez de viaje por la empresa… tanto avión que se cae en el momento equivocado digo yo.” Cri cri cri cri cri cri… al cuadrado… “No vayan a llevarse una mala impresión, eh, yo no me quiero separar, ni loca, mucho laburo, los pibes, un quilombo, yo sólo quiero enviudar, es más digno, te juro que lo lloro y todo.” Miré alrededor y como no la vi, tenía ganas de preguntarle dónde había dejado la olla en la que estaba hirviendo el conejito. “Lu, no sé cómo decirte esto, pero me parece que vos no estás bien”, dijo Vero con la delicadeza que ameritaba la situación. “¡Cómo voy a estar bien si acabo de matar una cucaracha en el baño! Encima la hija de puta se me encocoritó, se infló, ¿vos podés creer que me hizo frente? Me amenazó la conchuda.” Cri cri cri cri cri cri… a la enésima potencia… “¿Saben qué me voy a hacer? Las tetaaas, miren lo que tengo, dos chupetes que me llegan a la cintura de tanto que me las han chupado, una vida sin tetas es una vida que no merece vivirse, chicas.”

Justo antes de que el grillo explotara, entró la nena adolescente. “Mamá, ¿dónde están las zapatillas negras?” “No tengo la menor idea, mi amor, ya quedamos en que vos te tenés que empezar a hacer cargo de tus cosas.” “¿Y vos que vas a hacer? No te quiero dejar sin tareas para que no te aburras.” Nunca imaginé que Evangelina Salazar se pudiera transformar en Chucky con tanta rapidez. “Mirá, pendeja maleducada, en primer lugar saludá a mis amigas como corresponde y, en segundo lugar, me volvés a contestar y te estampo los dientes contras la pared, ¿me entendiste?” dijo y ya no pudo parar. Luisiana es de las mujeres que plantan hierbas en maceta, cuando se saca es brava, por no decir peligrosa. Continuará… Cri cri cri cri cri cri…

miércoles, 4 de abril de 2012

La Emilia 130: Feliz domingo para todos.

“Me duele la muela, hijita.” “Y, ¿qué querés que haga, Mami, que sufra con vos por teléfono?’ “Siempre la misma vos”, me dijo y me cortó. Eran las cuatro de la mañana… no tiene paz, esta mina, no tiene paz… Me desvelé, parece mentira pero a esta altura del partido, Mami todavía tiene la capacidad de desvelarme y, lo que es peor, creo que no la va a perder nunca. Total que prendí la tele y justo enganché un par de capítulos de Six Feet Under, excelente programa para calmar mis cucarachas estomacales y después dormir tranquila para despertar descansada a las dos de la tarde y así olvidarme de que era sábado a la noche y de que nunca me había sacado el pijama que me había puesto el viernes a la tarde cuando volví de dar clases y me duché para liberarme de la pelotudez que traía encima. Y ya estoy escribiendo frases de seis líneas con sólo una coma, vamos mal… Continúo… Sin embargo, no pude dormir hasta la hora que se me cantó el orto, ¿por qué? Porque me tocaron el timbre a las ocho y media de la mañana. ¿Quién? Mamiiiiiiiiiiiiii… a quien ya su dolor molar la había abandonado y entraba fresca y campante a mi humilde morada con un ramito de olivo recién bendecido. Cartón lleno. La recibí con todo el cariño que mi cara pudo demostrar. Yo no sé esta mina, ¿dónde carajo estaba en su juventud? ¿No escuchaba a los Beatles? ¿No le correspondería por edad tener amigos hippies? Qué sé yo, me desconcierta. Igual tampoco le voy a andar preguntando mucho sobre su juventud, a ver si todavía me cuenta. Además, no sé qué es peor; nada más insoportable que un sexagenario cantando Rasguña las piedras todo el día y diciendo pelotudeces como ‘seamos realistas, pidamos lo imposible’ a cada rato. “No me digas que todavía estabas durmiendo con este día divino.” “No, mamá, estoy estudiando teatro y ensayaba cómo hacerme la muerta.” “¿Te anotaste en un taller de teatro? Tené cuidado, mirá que en ese ambiente corre mucha droga.” No escucha, la tipa no escucha, y así anda por la vida cagándose en todo lo que una dice. Y lo bien qué hace, pensándolo bien. Yo tendría que aprender un poquito de ella y… ¿qué-es-toy-di-cien-do? Emilia, controlaaaateeee que a lo de Iturralde ya no podés volver, por favorrrr… “Mirá lo que te traje para que te proteja, colgalo atrás de la puerta”, me dice sacudiendo el ramito. Yo para que me proteja hubiera preferido al hermano mellizo de Terminator o, en su defecto, que me trajera un frasco de aceitunas para el desayuno, pero bué, hay que conformarse con lo que hay. Podrida estoy de conformarme con lo que hay, tengo que hacer algo, el problema es que no sé qué carajo, basta, no puedo seguir divagando porque la imagen de Mami con el olivo colma mi cerebelo. “¿Sabés que estaba pensando?” Cagamos, encima piensa… “Que me podrías dar la llave de tu departamento, así cuando vengo temprano no te despierto.” Danger, danger, reprimite, Emilia, no podés sostener esta conversación antes de tomar mate… “Después vemos, mamá.” “¿Después de qué? ¿Qué tenemos que ver? Mirá si alguna vez te pasa algo, como a las viejas esas de la Recoleta, que cuando las encontraron ya hacía dos meses que estaban muertas.” “Qué lindo lo que me contás, mamá… Igual, no te preocupes, Vero tiene llave y vive a cinco cuadras así que cuando el olor le llegue hasta su casa viene con la bolsa de plástico.” “Ah, ella tiene llave y yo no, qué bonito.” De cada dos cucharadas de yerba que trataba de meter en el mate, una iba afuera, ya había logrado que me temblaran las manos, y recién eran las ocho cuarenta. Como no le contesté, se llamó a silencio por exactamente treinta segundos. “¿Qué hacemos hoy a la tarde?” La idea de pasar el día con Mami hizo que me inundara un deseo irrefrenable de pedir asilo político en una escuela de monjas. Y la verdad es que la segunda opción sería menos dolorosa. “Yo me tengo que quedar en casa a releer todo Shakespeare para preparar las clases para la semana, no puedo ir a ningún lado.” “A vos los libros te han cagado la vida, hijita, disculpame que te lo diga de esta manera.” “Sí, los libros, seguro… ¿vos sos tapa dura o tapa blanda?” “Ay, mirá, esos chistes fáciles y estúpidos dejalos para tus amigas.” Es de mármol la tipa, que la parió. “Bueno, está bien, no importa, no importa, ¿viste que viene semana santa?” Me la vi venir, bah no sé de qué me jacto, lo vería venir hasta Andrea Bocelli.
“Ya organicé el almuerzo de Pascuas en casa con Mecha y sus hijos.” Si Cristo viviera, se auto crucificaría para no escucharla más. “Ellos son tan divinos y Jorgito te quiere tanto, tendrías que prestarle más atención a ese muchacho.” Listo, tanto va el cántaro a la fuente… “¿Sabés qué estaba pensando yo, Mami querida? Que vos tendrías que hacer un viaje.” “Ah, siiií.” “Sí, a España, el otro día leí en Internet que hay un pueblo, que no sé bien dónde está, lo voy a buscar y si no existe te lo invento que se llama La concha de la loraaaaaaaaaaa, ¿por qué no te pegás una vuelta por ahí?” “Siempre la misma vos”, dijo y esta vez no me cortó pero se fue. A Zeus gracias. Claro, yo ya estaba desvelada… again.