miércoles, 15 de enero de 2014

Minas, demasiado minas 8: Las tres.


No saben qué... Tal vez sólo...
Un despertar. Un mover. Un mero provocar.
Una confusión.
Agua
Tierra
Fuego
Todo todo mezclado
Todo no, falta el viento, falta el aire.
El árbol que se ve desde la ventana, cualquiera de las tres, tiene la silueta siniestra de un niño asesino. Los árboles, como las nubes, cambian de apariencia eternamente, aunque no haya viento. Éste no. Imprevistamente estúpido, ridículo e inmóvil.
Y aterrador.
Da una sombra que duele. ¿Será ahí donde duermen los monstruos?
Una se resiste a ver la vida a través de una pantalla, tanto menos excitante que una persiana entrecerrada. Aunque odie su biografía decide no mendigar la de otros, prefiere convertirse en un agujero negro, tragar y entrar en el silencio.
Otra tiene miedo en las piernas mientras duerme; no, no mientras sueña, mientras duerme, léase bien y entiéndase como pueda. Le llora la mano, el brazo, el pie, el muslo, la concha; se busca los huesos y no los encuentra. En un juego de reflejos, la letra clandestina se le pierde.
La otra escucha que alguien la hiere, no tengo ningún tipo de relación con vos, ni física ni emocional ni nada, le dijo una boca cruel e inmediata y ella se desmoronó. Por un instante. La mayoría de la gente no tiene necesidad de nosotros, ni nosotros de ellos, pensó. No era romántica, sólo húmeda. Convencida de que la ausencia no se recita ni se maquilla, que sólo se sufre, prefiere suicidar parte de su aliento.
A ninguna le importa el árbol que sin embargo pesa, ni el silencio que suda, ni la carnosidad que late, ni el cerebro impaciente.
Saben que hay gente que no da, que sólo recibe; y si no recibe, quita.
Violentas, entrecruzadas, desconocidas.
Manos inútiles secan llantos ya secos.
Revolear cadáveres no es fácil.
El miedo está cerca.
Pero la locura es limpia.
Enloquecer es sólo el comienzo. Tal vez una bendición.
La vida es un largo etcétera.
Engendrarse a sí misma y morir durante mucho tiempo.

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