miércoles, 23 de abril de 2014

Minas demasiado minas 10: Guillermina


Hija.
La que soy, los que tengo.
Madre.
La que soy, la que tengo.
Pensar en hija pensar en madre me lleva a parir.
A ese laberinto en el que te metés desconociendo tu propio cuerpo y del que, loca, no querés salir; a una belleza sucia azul, a descubrirte ignorante, llena de barro, de euforia malhumorada.  Te encanta y te aterra y te aterra y te encanta. Reembolso no hay eso sí.
La partera, el médico, el anestesista, la enfermera, la enfermera auxiliar, el médico suplente, el padre, otra enfermera para atenderlo por si se desmaya, una partera suplente para darle una patada en la cabeza y hacerlo reaccionar si esto sucede, todos pendientes de vos, diciéndote lo linda que estás, lo maravillosa que sos, la luz que irradiás, que fuerza que fuerza que fuerza que fuerza quefuerzaquefuerzaquefuerzaquefuerzaquefuerza...

Lo mirás te confundís quedás como encandilada y de pronto sola, llorando, feliz, y con un alguien prácticamente desconocido cosiéndote la argolla.

Volvés a tu casa y otra vez, todas las personas que hasta hace tres días entraban y te abrazaban y te besaban y te decían que eras la más linda de todas las lindas de todas las fiestas del universo, te pasan por al lado como si fueras invisible y van directamente a ver a esa cosa peluda y/o pelada que expeliste y que lo único que hace es berrear, chupar, dormir y cagar y le agradecemos a dios a Zeus y a Buda que lo haga porque cada vez que lo hace te morís de amor; y en ese momento en que te sentís la más feliz de las más pelotudas de todas las reinas de las pelotudas la única que te toca un hombro y te da un mate, la única para quien seguís siendo más importante es mamá... eso si no te toca una conchuda, porque que las hay las hay.
Mamá.

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