jueves, 5 de octubre de 2017

5. Sweet Home Luisiana


Tengo otra amiga, Luisiana, casada más o menos desde que nació. Y una felicidad que le brota por todos los poros. Luisiana; deprimida, bajoneada y cajoneada. Luisiana, llora. Luisiana piensa que es cornuda. Una vez más. Luisiana llama. También una vez más. Cada vez que hablo con ella sobre este tema me saca una hernia en el cerebro. Ya le expliqué más de una vez que hay preguntas que no se hacen y pensamientos que no se tienen. Pero no me hace caso. Testaruda como toda taurina. Y dale con la astrología. Bruja de mierda, me tomó la cabeza. Vuelvo. Que “Luisi no es la primera vez que te pasa, ya basta”. Que “cómo me decís algo así”. Que “disculpame pero me parece que esta conversación la tuvimos la semana pasada”. “El mes pasado fue, ordinaria”, me contesta. Mis amigas, a veces, me tienen podrida. Me llaman para que les dé mi opinión y después no se bancan lo que les digo. Y eso que digo el diez por ciento de lo que se me pasa por la cabeza. Ya sé que me llaman para hablar y no para que les dé mi opinión, pero entonces que no pregunten, qué mierda. Vuelvo a volver. “Nunca se sabe, Luisi, para qué te vas a preocupar por las dudas; acordate de tu abuela, ojos que no ven, corazón que no siente.” “Lo vi saliendo de un telo con Marianela”. La concha de su tía la renga. El maridito en cuestión es el prototipo de príncipe encantador del subdesarrollo al que cada vez que le preguntás cómo está te contesta ‘quemado’ y se cree importante. Marianela es la secretaria, tiene veinticinco años, está re buena, es re rubia, re boluda, re cool, tiene un re culo. “¿Estás segura de que era él?”, dije en un brillante arranque de lucidez intelectual. “¿Estás pelotuda?, me quiero matar, hijo de puta, me voy a convertir en una piraña en su estómago, esa conchuda vino a mi cumpleaños, ¿entendés?” Me tembló el tujes. Luisiana no putea, planta orégano, albahaca y cilantro en una maceta y hace cheesecake casero; peligrosísima. “¿No pueden venir? Si no, me voy yo para allá con los chicos.” Tiene cinco: una adolescente de doce, una de nueve, uno de siete y los mellizos de dos. “Salgo para allá”. Colgué y llamé a Verónica. “Te paso a buscar para ir a lo de Luisiana, está de atar.” “Emilia, vive en el culo del mundo.” “Dijo ‘conchuda’, andá cambiandoté que en diez te toco el timbre, en el viaje te explico.” “Ok.” En el viaje iba a tener tiempo para recitarle las obras completas de Freud porque Luisiana, como todo monumento a la familia feliz y numerosa que se precie de tal, hace poco se mudó a un country del orto en la loma del ídem, buscando una tranquilidad que no le dio el alambre sino el clonazepam compuesto que se manduca en el desayuno. Total, que ahí estábamos Vero y yo, rumbo al tupper en el que se había metido nuestra amiga. “¿Te fijaste cómo llegar, Vero? Siempre me olvido.” “No, pero es facilísimo, yo sé ir, te voy indicando.” Por supuesto que nos pasamos de bajada en la autopista, retomamos, pagamos otro peaje, logramos enganchar la salida, seguimos por un caminito que no era empedrado ni asfaltado ni de tierra ni de adoquines ni de una reverendísima garcha, llegamos a la loma del ojete, doblamos, hicimos cinco kilómetros más y estuvimos a las puertas del antro del bienestar y la vida sana. El señor de seguridad mira con sospecha mi auto modelo 2000, típico pelagatos pulguiento alcahuete y chupaculos que se comporta como un magnate petrolero porque trabaja para ricos. A pesar de no haber llevado el certificado de la BCG logramos entrar a ese lugar donde las casas son todas casi iguales, los pajaritos cantan, las viejas se levantan y salen a andar en carritos de golf, los pibes andan en bicicleta por el medio de la calle y los padres contentos porque los están ‘criando libres’ y no se dan cuenta de que lo que están criando son generaciones de pelotudos a cuadros que no tienen idea de lo que es un semáforo. A ver, un lugar en el que no se puede tocar bocina es un hospital no un lugar para vivir. Luisiana, que en su juventud se pintaba los labios y las uñas de negro y escuchaba a The Cure, sale a recibirnos vestida con un jogging celeste bebé, zapatillas, nuevo corte de pelo carré prolijísimo y un chihuahua en brazos; y, con una sonrisa a medio camino entre la de Maru Bottana y la de Claudio María Domínguez, dice: “Saludá a las tías, Simón.” Creepy creepy. “¿No estaba de atar, Emilia?” “¿A vos te parece que no?” Nos costó salir del auto, pero no nos quedaba otra. “Pasen, pasen, vamos a tomar el té en la cocina que estamos más tranquilas, hice un budín de limón que me salió riquísimo, aprovechemos que los chicos andan por ahí para chusmetear un poco, acá no los tenés que controlar tanto, viste, hacen lo que quieren.” Siempre hicieron lo que se les cantó el culo estos pendejos, pensé pero no dije, no fuera a ser cosa que Norman Bates despertara de su siesta. “¿Y tu marido no está?”, preguntó Vero. También debe de andar por ahí haciendo lo que se le canta el culo, pensé pero no dije 2. “Ni me hablen. Ahora no sé por dónde anda, salió corriendo hace un par de horas, se fue otra vez de viaje por la empresa, me dijo que a la vuelta hablábamos, tanto avión que se cae en el momento equivocado digo yo… ¿Te contó Emilia que lo vi? Igual yo no me quiero separar eh, ni loca, mucho laburo, los pibes, un quilombo, yo sólo quiero enviudar, es más digno, te juro que lo lloro y todo.” Miré alrededor y como no la vi, tenía ganas de preguntarle dónde había dejado la olla en la que estaba hirviendo el conejito. “¿Saben qué me voy a hacer? Las tetas, miren lo que tengo, dos chupetes que me llegan a la cintura de tanto que me las han chupado, una vida sin tetas es una vida que no merece vivirse, chicas.” Como si fuera poco, a modo de oferta para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero, entra la adolescente. “Mamá, ¿me das plata que me voy al cine con los chicos?” “Pedile a tu padre.” “Mamá, papá está de viaje.” “No tengo la culpa. Mandale un wassap.” “Mamá, ¿estás loca?” La frase justa y necesaria para que la émula de Evangelina Salazar deviniera en Linda Blair. “Mirá, pendeja maleducada, en primer lugar saludá a mis amigas como corresponde y, en segundo lugar, me volvés a contestar y te estampo los dientes contras la pared, ¿me entendiste?” La pendeja salió corriendo y ella vomitó. “Hace catorce años que lo único que hago es limpiar mocos y culos cagados, ¿qué carajo se piensan que soy yo? A ver, Emilia, decime, vos seguro tenés forros en la cartera, ¿no es cierto? ¿Sabés qué tengo yo? Termómetro, Ibupirac, curitas y la receta de una torta de cumpleaños con forma de Transformer… Me estoy ahogando, me estoy ahogando, me estoy ahogaaaando…”, repetía al mismo tiempo que se balanceaba y se largaba a llorar a moco tendido. “Tranquilizate, Luisi,” alcanzó a decir Vero mientras yo trataba de abrazarla, con todo el espíritu de guardavidas que pude encontrar en mi ser. “No me puedo tranquilizar, a estos pendejos, que les juro que los amo con toda mi alma, un día de estos los prendo fuego, un día de estos les voy a dar tantas patadas que les voy a dejar el culo como mandril. ¿Saben lo que les dije el otro día? No me hablen más, esto que ven no es mamá, es un holograma, mamá se fue a Jamaica con un negro y no piensa volver por un tiempo, estoy loca, desquiciada, soy la peor madre del universoooo.” “No, Luisi, no es así”, alcanzó a decir Vero. “Siiiiií es así, no me contradigan, lo único que necesito es que me digan a todo que siiiiií”, y lloraba y lloraba, y nosotras le alcanzábamos pañuelo tras pañuelo. “El turro con el que me casé no puede parar de irse de viaje y traerme perfumes, ya sé que está trabajando pero él termina su jornada laboral y está en la Quinta Avenida y yo me tengo que conformar con salir a pasear por el medio del culo del mundo y con mirar los putos bichitos de luz; pero a ese hijo de puta lo voy a cagar, les juro, tengo todo planeado. Miren lo que tengo acá”, dijo y nos mostró un número de teléfono anotado en un papelito que sacó de adentro de una lata de pimentón español. “Es el número de Gabriel. ¿Qué me miran así? Gabriel González, ¿no se acuerdan? ¡Chicas! Mi novio de la secundaria, lo encontré por Facebook.” Casi me atraganto con la quinta rebanada de budín. Por las santas pelotas de Marquitos Zuckerberg, a cuánta gente más le va a cagar la vida este pendejo. Se ve que de tanto comer lechuga para no engordar, mi amiga se olvidó de cómo se pela una chaucha y se puso nostalgiosa. “Por ahora estamos rescatando algo tierno de la infancia, pero les aseguro que esta vez si me tengo que tirar un tirito me lo tiro.” Mientras que no sea en la cabeza, pensé pero no dije porque no quise dar ideas. “En cuanto encontremos un momento nos vemos, la próxima les cuento.”
Como estaba más tranquila y se había terminado el budín, nos fuimos. “Desde ya te digo, Emilia, que no me enganchás más. No vuelvo ni en pedo a escuchar a esta loca psicótica cuando se garche al compañerito y la agarre la culpa”. “Yo tampoco… salvo que otra vez amenace con ir a casa con los pibes.” “Salvo que otra vez amenace.” Y bué, así somos.

1 comentario:

gabriel dijo...

"Celeste bebe". Sublime.