jueves, 30 de diciembre de 2010

La Emilia 94: Ha nacido una estrella (y no la de Belén, precisamente)

Una vez que logré meter el juguetito en mi Ferrari último modelo y desistí de tratar de convencer a Mami de que pusiera las cosas si no en el baúl por lo menos en el asiento de atrás y de que no era necesario andar con la fuente y la botella en la falda y de que ella con la suavidad y delicadeza que la caracteriza me contestara ‘por cómo manejás termina todo en el piso’, estuvimos listas para partir. “¿Siguen viviendo en Devoto?” “Sí, ¿por?” “¿Cómo por, mamá? Para saber adónde tengo que ir.” “Entonces preguntame adónde tenemos que ir. Hablá con propiedad.” “Mirá, mamá, yo sé que estás nerviosa, ansiosa y todos los ‘osas’ que quieras porque hace mucho que no los ves pero dejá de agarrártelas conmigo.” “¿Y quién se la agarra con vos? Siempre tenés una excusa para criticarme.” Pretender razonar con Mami es más difícil que verle los dientes a la Gioconda, ella siempre tiene la última palabra… y la primera y la del medio también. “¿Adónde vamos, entonces?” “La cena es en el country.” La responsable soy yo y nadie más que yo, que hablo y hablo y hablo y después termino en Panamericana un 24 de diciembre a la noche, tortura comparable a que me encierren a escuchar a los Mayumaná durante diez horas. Después de varios ‘andá más despacio’, ‘cuidado con ese camión’, ‘¿no podés escuchar otra música?’, ‘bajá el volumen’, ‘¿siempre manejás así? sos un peligro’, llegamos. Nos recibió Ana María, con su sempiterna sonrisa de propaganda de dentífrico. “Holaaaaaa, chicaaaaaas, pasen, pasen, qué suerte poder pasar Navidad juntos…” Se dieron varios besos ruidosos. “¿Y esa criaturita que Dios te dio, adónde anda?” “Se fue con el padre a buscar a los otros abuelos, deben de estar por llegar en cualquier momento.” Me adelanté a llevar las cosas a la cocina y menos mal que Mami se quedó en el jardín porque si no el niño Jesús no hubiera llegado a nacer este año. “Seguro que ahora llega la desubicada de tu cuñada toda perfumada y maquillada y yo todavía tengo olor a papa porque estuve cocinando todo el día como una yegua y no tuve tiempo ni de darme una ducha todavía…. Hooooolaaaaa, Emilita ¿cómo estás, mi amor? ¡Qué suerte que llegaron temprano!… ayyyy, qué detalle el de tu mami, siempre tan atenta, su típico vittel thoné, qué rico, ¿sigue haciendo la receta de Choly de Berreteaga? No se tendría que haber molestado yo ya hice casi todo el recetario completo que Narda Lepes recomendó para las fiestas.” Así largamos. Zoológico a pleno: tío Roberto, callado como siempre, tía Beba con olor a papa y sombra verde en sus párpados, prima Ani dientes de porcelana, marido color beige, hijo al tono de ambos, suegra con pinta de pedirle disculpas hasta a las macetas con las que se tropieza, suegro con pinta de ser tan divertido como un tratamiento de conducto, Mami a quien no hace falta describir a esta altura, y yo, encantadora aunque nadie se dé cuenta. La cena trascurrió tranquilamente, un compendio de frases pelotudas que tocaron prácticamente todos los temas: yo sé manejar lo que no sé es estacionar… ay, detesto la violencia, venga de donde venga… la política no es sucia pero los políticos sí… no se habla ni de política ni de religión en la mesa… le queremos dar un hermanito a Agustín… la felicidad está a la vuelta de la esquina… esperemos que este año traiga salud que es lo más importante… la plata va y viene… el mejor proyecto es siempre el que está por venir… lo que mata es la humedad… por supuesto que se lo tenés que pedir, el ‘no’ ya lo tenés… poné la tele para saber bien qué hora es… ya son las doce, jo jo jo, feliz Navidad, brindemos brindemos… y llegó el momento de abrir los regalos. “¡Qué buena idea que tuviste, mi cielo, con esto del amigo invisible!”, no pudo evitar decir Mami. “No es cierto que sí, tiíta, pero te cuento un secreto, salvo los que le tocaron a ustedes, los demás los compré todos yo… Y mamá le compró una pavadita al nene, yo sé que se lo pedí a Emi, pero para que tuviera dos paquetitos, ¿viste? ¿no se enojará, no?”. “Pero, no Ani, por favor, ¿quién se puede enojar con vos? Si sos un encanto de persona, siempre tan considerada”. Al tío le tocó un par de zapatos, a tía Beba un perfume Kenzo, a Ana María un reloj, al marido una raqueta, al suegro una loción para después de afeitarse con bolsa de farmacia y todo, la suegra zafó con las cremas que donó Mami, a Mami un desodorante comprado en la misma farmacia que al suegro, y a mí un cd de Montaner al que se habían olvidado de sacarle la etiqueta que decía ‘Obsequio con la compra de un perfume. Prohibida su venta por separado’. Evidentemente, la consideración de Ani es muy subjetiva. Debo admitir que disfruté viendo la cara de Mami ante su desodorante. Aunque no tanto como ella disfrutó de la cara de Beba al darse cuenta de que el pibe revoleaba por el aire su juguete didáctico de quinientas piezas para hacer “brrrrum brrrrum” con los autitos de la pista de su cuñada. “¿Qué me mirás?”, empezó tía Beba. “¿Y vos cómo sabés que te estoy mirando?”, siguió Mami y el Enola Gay sobrevoló la casa de Pilar… y tiró la bomba. “Esto lo compraste vos.” “Mi hija trabaja mucho y yo la ayudo en lo que puedo.” “¿No te parece que un niño de dos años todavía no juega con una pista de autos?” “Bueno, la puede guardar para más adelante, mientras tanto juega con los autitos, mirá cómo se divierte el angelito de dios.” “Tenías que destacarte, ¿no? Alguna te tenías que mandar.” “Pero ¿qué me mandé? ¿Qué culpa tengo yo de que al nene no le guste lo que vos le comprás?” “Resentida, eso es lo que sos, envidiosa.” “¿Envidiosa yo?” “Sí, envidiosa, por la casa que tengo, por la familia que supe formaaar…” “Pero si la casa te la compraste con la plata que me robaste a mí, falluta, de qué hablás, cómo te da la cara.” “¡Falluta! Escuchá lo que me dice Roberto, encima que la recibo a mi mesa, a ella y esa hija fracasada que tiene y soy tan generosa como para además poner ese vittel thoné asqueroso que trae.” Mamá se puso literalmente verde. “Con mi hija no te metas”, dijo con una voz muy parecida a la de Linda Blair en el máximo momento de posesión. “Chicas chicas”, dijo el tío, “que es Navidad.” Y Mami largó el vómito. “Pero qué chicas ni qué navidad ni una mierda, pedazo de pelotudo, metete en tus cosas, con esa cara de vinagre vencido que tenés, decime, ¿cuánto hace que no mojás la chaucha vos?” “Ay, tiíta, ¿cómo le hablás así a papá?” “Pero qué tiíta ni una verga, yo a tu padre le hablo como se me canta el orto, que para eso lo conozco desde mucho antes que vos y la conchuda de tu madre juntas”. “¡¡Me dijo conchudaaaaaaa!!”, gritaba Beba. “Emilia no te rías, hacé algo por favor para calmarla”, me dijo Ana María. “¿Por qué me tiene que calmar? Ahora le pedís ayuda, después de que con esa cara de santa pedorra que tenés vivís diciéndome que es una lástima que mi nena no haya sentado cabeza. ¿Para qué? ¿Para formar familias llenas de hijos de puta como ustedes e incorporar pelotudos como tu marido y tus suegros? Pero por qué no se van todos a cagar… Y este desodorante que me compraste dáselo a tu marido para que se perfume las ladillas que debe tener de tanto cogerse putas cuando se va de viaje de negocios. Vamos, nena.”
Atendió a todos… Mami. Nunca la había visto así y ahora entiendo muchas cosas. No logró su objetivo navideño, pero en el viaje de vuelta, vinimos con las ventanillas bajas escuchando Guns n’ Roses. Algo es algo.

martes, 28 de diciembre de 2010

La Emilia 93: ¡Qué bello es vivir! (sobre todo si mamá está lejos)

“¿Te parece, mamá?” “Por supuesto que me parece, ¿cuánto hace que no nos vemos?” “Justamente por eso te digo.” “La familia es la familia, nena, lo pasado pisado; y además yo a Ana María la adoro y a esa criaturita que tuvo ni te cuento”. Así fue cómo Mami decidió pasar la nochebuena con mi tío, el hermano de mi papá, con el que estuvo siglos sin hablarse porque parece ser que cuando papá murió el taller que tenían juntos estaba al borde de la quiebra y entonces el tío le compró la parte por dos pesos con cincuenta, pero se ve que él sabía manejar las cosas maravillosamente bien porque al año se mudaron, se compraron casa en un country y a partir de ahí van a Miami todos los años. Y Ana María, es la hija, mi prima adorada y perfecta, que no es maestra para chicos sordomudos pero merecería serlo, a quien como ya escuchamos mamá adora… a ella, y al pequeño demonio que engendró, Agustín, a quien Mami trata como a su nieto, compitiendo con su cuñada, la tía Beba, y generando en cualquier momento otro conflicto familiar. Y Mami está convencida de que la adoración es mutua porque Anita la llama para el cumpleaños, pascuas y día de la madre, y cada vez que tiene que salir y Beba no puede ir a cuidarle el pibe. Nosotras, por otro lado, nos detestamos en silencio desde pequeñas. Claro que ella, con sus vestiditos nido de abeja, sabía disimularlo y yo, con mis carpinteros, no. Es que crecimos muy distintas. Yo veía el circo de Marrone; ella, el de Balá. Ella leía a Poldy Bird con la esperanza de que no se le corriera el rimmel; yo, una saga que no me acuerdo cómo se llamaba cuya protagonista era una tal Alicia y que en un libro era drogadicta, en otro prostituta y en otro alcohólica. Yo en la línea rock & roll, ella siempre en la de Paz Martínez y así fue como antes de los veinte se casó y a partir de ahí qué par de pájaros los dos. Total que Mami decidió acercarse nuevamente a tío Norberto sólo para poder pasar la navidad con su hija postiza y su nieto ortopédico. “¿Qué hay que llevar, mamá? “Nada, Bebita me dijo que ellos ya tienen todo organizado.” “¿Be-bi-ta?” “Bebita, sí, ¿por qué?” “No, por nada, por nada… ¿cuándo dejó de ser ‘la yegua mal parida que maneja a tu tío’?” “Basta, es Navidad, no te voy a permitir que uses ese vocabulario”. Ante tamaña contundencia de argumentos no seguí con el tema. “¿Cuántos regalos hay que comprar?” “Ay, no, no sabés la idea brillante que tuvo Ani, ¡vamos a jugar al amigo invisible! ¿No es genial? Esta chica es una luz”. La verdad que sí, no entiendo cómo no la postulan para el Nobel. A ella y al pelotudo que inventó el amigo invisible. “¿Y a mí quién me tocó?” “El nene, pero no te preocupes porque yo ya le compré un juguetito.” Una a favor, me salvo del shopping. A las ocho la pasé a buscar porque quería llegar temprano por si había que ayudar en algo. Toco el portero porque detesta que le avise que estoy abajo con el celular porque dice que es haraganería pura. “Ya estoy, mamá, ¿bajás?” “No, subí que necesito ayuda.” Ojalá el Niño Jesús me traiga un par de pelotas nuevas porque las mías mamá me las rompió hace rato. Y cómo no iba a necesitar ayuda. Para empezar el ‘juguetito’ medía dos metros por uno ochenta. “¿Qué es ese paquetón, mamá?” “Una pista de autos.” “¿Y el otro?” “El que me tocó a mí, para la suegra de Anita, porque yo compré los dos regalos no sé si te acordás”. “Me acuerdo perfectamente, mami, y te lo pagaré en cómodas cuotas como corresponde”. “No me debés nada, hija, por favor.” “No hablaba de plata, mamá… ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Mamaaaaaaaaaaaá!!!!!!!!!!!!” “¿Queeé? ¿Por qué gritás?” “¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Son las cremas que te compré para el día de la madreeeeeeeee!!!!!!!!!!!!” “Bueno, che, yo no las uso, tampoco las voy a tirar.” Me supera, juro que me supera. “Agarrá también el paquete que está en la mesa de la cocina, haceme el favor”. “¿Y esto qué mierda es?” “Bueno, ¿así nos predisponemos a pasar una Nochebuena en familia?” Me reservé el pensamiento. Y el impulso… pasar fin de año en la comisaría por matricidio no estaba en mis planes. “¿Qué es, mamita de mi corazón?” “El vitel thoné”. “¿Pero no dijiste que no había que llevar nada?” “Bueno, tampoco podemos caer con las manos vacías. Aparte el que hace tu tía es horrible, nada que ver con la receta de Choly de Berreteaga que hago yo. Agarrá el vino que dejé al lado también”. Espero que a mí de regalo me hayan comprado una caja de Rivotril.

Estaban mis tíos Roberto y Beba, Ana María, su marido Armando (a quien no sabría cómo describirlo, bastará con decir que ‘el prende y apaga’ de Lepegüe le parece divertido), el niño Agustín y los suegros de Ana María con quien ella se lleva maravillosamente bien, por supuesto, ya que adora a su suegra. Si se compraran la casa en la pradera serían la Familia Ingalls a pleno. Son tan antifisiológicamente felices que dan lástima. En cualquier momento se enferman. Relatar lo que aconteció después me demandará una energía que en este momento no tengo. De sólo recordarlo, me agoto. Quedará para después.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Gente rara...

Hace un tiempo, recibí este mail un tanto extraño…
“Hola Adriana,

leo habitualmente información en la red sobre las hemorroides y he visto que publicaste un post en el que haces referencias a este problema aquí: http://adriana-menendez.blogspot.com/2010/09/la-emilia-82-tienes-un-e-mail-te-lo.html: "a vos, te deseo lo mejor. Ojalá que tu mujer se dedique a cocinar sólo comida étnica picante y que sufras de hemorroides por el resto de tus días y que tu mamá, que tanto te cuida y a la que no le podés decir que no a nada, insista en ir a verte todas las mañanas para untarte con pomada Manzán." Casualmente hace unos meses comencé una web sobre los tratamientos que existen para las hemorroides y no consigo que despegue, quizás sea por la temática tan delicada. Con mis otros dos proyectos sobre la caída del pelo y las varices voy mejor, te animo a que los conozcas. De cualquier forma no me desanimo y busco mejoras. Me gustaría saber si te importaría convertir la palabra "Hemorroides", que tienes en el post, en un enlace hacia mi blog. Para mi seria de gran ayuda y para poder devolverte el favor te propongo que me envíes un texto breve (de unas 100 / 150 palabras) sobre tu pagina o la temática del mismo para publicarlo junto con un enlace en mi blog noticias que tiene un PR5. De cualquier forma muchas gracias por tu atención y felicidades por tu blog. Un abrazo y gracias de antemano por tu colaboración.”
… me reí un poco, por supuesto que no contesté ni puse ningún link en mi blog que te derivara hacia el estudio de las hemorroides, y me olvidé del tema. Hasta que hace sólo un par de días…
Hola, leo habitualmente información en la red sobre las venas varicosas y he visto que publicaste un post en el que haces referencias a este problema aquí: http://adriana-menendez.blogspot.com/2010/12/la-emilia-89-no-hay-nada-mas-lindo-que.html:"y yo, en eso, tengo master. La cena transcurrió entre conversaciones de política, economía y fútbol, por parte de ellos; y de calorías, comidas light, dietas y de cuánto pesan, por parte de ellas, todas con cara de que sus vidas no son precisamente un festival erótico. Que a Fulanita la operaron de los juanetes y que a Menganita de las várices. H" Hace unos meses comencé una web sobre los tratamientos que existen para las varices y no consigo que despegue, quizás sea por la temática tan delicada. Con mis otros dos proyectos sobre la caída del pelo y las hemorroides (también delicada) voy mejor, te animo a que los conozcas. De cualquier forma no me desanimo y busco mejoras. Me gustaría saber si te importaría convertir la palabra "Varices", ... bla, bla, bla (léase mismo texto que el anterior)

Por favor, con todo respeto a los pacientes que sufren várices, hemorroides o caída del cabello, que alguien le explique a esta muchacha que si uno no entra a un blog de hemorroides no es porque no se anime y que, de paso y aprovechando la navidad, le regale una brújula, o un mejor buscador, o algo que le provea algo de diversión (porque vamos hombre que andar leyendo “habitualmente información sobre venas varicosas” no es precisamente lo que yo llamaría una joda loca). Yo por mi parte, trataré de no usar la frase “caída del pelo" en ninguno de mis futuros posts. Hay mucha gente extraña dando vueltas por el éter.

lunes, 20 de diciembre de 2010

La Emilia 92: American Beauty and The Beast.

Llegamos y, después de pasar por el check in más largo de la historia, nos ubicamos en dos habitaciones. Yo, en un instante de ilusión, di por sentado que una era para nosotras y la otra para los niños. Pero, como si dormían todos juntos nos echaban, a una fue Luisiana con los varones y a la otra yo con las dulces niñas. Que se llevan bárbaro, por supuesto. La de doce no puede parar de decirle estúpida a la de nueve todo el tiempo. Un encanto. Abrí el frigobar. Sólo agua mineral. Mickey Mouse no toma whisky. Cuando empezaron a pelearse por la cantidad de cajones que le correspondía a cada una, recordando a Jean Piaget, les dije “Salgo un rato. Si cuando vuelvo no está toda la ropa ordenada, se las tiro a la mierda y van a tener que ir a ver al Pato Donald con el culo al aire”. Mi organismo, a falta de algo más fuerte, gritaba desesperadamente por una dosis de nicotina. Salí a la puerta y prendí un cigarrillo. Pero me olvidé que estábamos en el país donde te cuidan la salud. Después te dan de desayuno panceta frita con aceite de búfalo bizco pero ya se harán cargo del colesterol en otro momento. Se me acercó un negro fortachón que trabajaba en el hotel (sí, dije negro, denuncienmé a la ONU) que, como diría un amigo español, tenía menos pelo que el coño de una muñeca (por no decirle pelado del orto y que ya la denuncia pase al Tribunal de La Haya) y, con un tono tan amable que invitaba a darle una flor de trompada y dejarlo escupiendo chocolate por dos horas, me dice que si quería fumar me tenía que acercar a un ‘smoking point’. “Pero si estoy afuera”, le contesté con una lógica irrefutable. Lógica que evidentemente el tipo se pasó por el quinto forro de sus testículos achicharrados. Con la simpatía que me caracteriza lo mandé a la reputísima madre que lo parió y caminé hasta el bendito ‘smoking point’ a juntarme con otros parias. Lo peor es que los que pasan te miran como con asquito. Incluso una mina, grande ya, blanca en canas, pedazo de pelotuda con las orejitas de Minnie en la cabeza, tuvo el tupé de pasar por mi lado y con su mejor cara de abuela buena de Disney decirme “No deberías fumar, te hace mal”. “Y vos no deberías dejar la medicación, vieja ridícula”, le contesté. Así empezaron cinco días inolvidables. Perseguimos muñecos hasta el hartazgo para pedirle autógrafos y sacarnos fotos con ellos, tomamos la merienda con princesas felices, nos mareamos hasta el vómito en las montañas rusa (todavía estoy preguntándome por qué carajo le dicen rusas), asistimos al espectáculo de La Bella y la Bestia, vimos monos, gorilas y jirafas, casi me trompeo con Mini y le destrozo su vestido a lunares porque después de treinta minutos de cola la muy yegua se fue y no nos firmó un carajo (y al otro día tuvimos que hacer otra media hora), nos persiguió un yeti, fuimos en una nave espacial a Marte, almorzamos al lado de una Torre Eiffel de veinte metros de altura, no pude lograr entenderme con la china que vendía hot dogs y le puso ketchup a mi pancho nomás, volamos en la alfombra de Aladín, nos desplomamos trece pisos en un ascensor, vimos toneladas de películas en tresdé, nos sacamos fotos con Jack Sparrow, subimos a la calesita del príncipe Encantador, volvimos a volar con Dumbo, me dormí mirando Toy Story en cuatrodé (como si con tres no fuera más que suficiente), Pinocho nos sirvió una pizzas asquerosas, testeamos un auto de carrera, Stitch me quiso abrazar y como le di un codazo en el estómago se reprimió, bajamos por una rápidos y se me mojaron hasta los calzones, me persiguió Tigger porque parece que lo caliento más que Winnie the Pooh, visitamos la casa de Minie, la cocina de Minnie, la habitación de Minnie, el living de Minnie y el baño de Minnie, Mickey salió hasta del inodoro cada vez que levantábamos la tapa para saludarnos, muchos desfiles, mucho espíritu navideño y muchas otras maravillas por el estilo.

En resumen, vivimos tanta magia junta que terminé deseando que alguien por favor descongelara a Walt para vaciarle una 38 en la cabeza. Decir que la última noche, estaba en la puerta del hotel el mismo negro fortachón que no me había dejado fumar el primer día y, tratando de practicar su castellano, me dijo “Si quieres puedes venir a fumar a mi cuarto”. Y fui y fumé y me fumaron de lo lindo. Y bué algún tipo de resarcimiento tenía que tener.

viernes, 17 de diciembre de 2010

La Emilia 91: ¿Y dónde está el piloto? (que me quiero ir con él)

“Ni en pedo, Luisiana,” fue lo primero que le contesté, “para esto no cuentes conmigo, si la morsa de tu marido a último momento se te baja del viaje, lo siento mucho, yo no lo reemplazo”. Como sosteniendo mi palabra soy un as, dos días después estaba arriba de un avión rumbo a Disney, con cinco adorables criaturas a mi alrededor. Lucía (12), Valentina (9), Martín (7) y Joaquín y Matías (mellizos, inocentes bestias de 3). Es evidente que tengo un problema, bah, tengo muchos pero uno de ellos es no saber decirle que no a esta piba. Y no me estoy convirtiendo en una de esas pelotudas cuya frase de cabecera es “mi mayor defecto es que no sé decir que no”, no, yo sí sé, creo, pero con ella cuando quiero acordar estoy metida en un quilombo desastroso, no sé cómo hace... Bué, total que subir a un avión cual tropilla de macacos y cargados como ekekos ya es una experiencia de por sí encantadora. Desde el vamos te miran como si fueras leproso y notás que hasta los ateos se convierten y empiezan a rezarle a San Expedito. Ponés tu mejor cara de boluda, te sentás y no mirás a nadie a los ojos. Las criaturas eran, básicamente, muchas. E insoportables, reconozcámoslo. Ojo, yo, en esa vez por mes que los voy a visitar los quiero mucho, hasta les llevo caramelos y todo, como a los monitos. “Mamá, ni loca me siento al lado de los mellizos”. “Mamaaaaaaá, Martín se tiró un pedo”. “Aaaayyy, habló la princesa que caga flores”. “Mamá, mirá lo que me dice”. “Mamá, quiero chizitos”. “Mamá, tengo sed.” “Mamá, decile que no me patee”. “No seas buchona, nena”. “Mamá, ¿me trajiste el osito azul?” “¿Vieron la cara de boludo que tiene el gordo ese?” (uno de los mellizos refiriéndose a un señor que nos miraba con la boca abierta y creo yo planteándose seriamente el suicidio). “Mamá, Matías me pegó el moco en la remera”. “Mamá, ¿cuándo llegamos?” Todo esto ocurrió mientras el avión carreteaba. Lentamente, me fui acurrucando en mi asiento, me puse casi casi en posición fetal y no podía dejar de pensar “Que se queden mudos, que se queden mudos, que se queden mudos”. Cuando el cartel de ajustarse los cinturones se apagó, no me pude contener. Como eyectada por una fuerza superior, me paré y al grito de “Callensé, pendejos de mierrrrdaaaa”, me recibí… de hija de puta. Porque todos los conchudos que estaba a nuestro alrededor padeciendo lo mismo que yo y deseando no que se quedaran mudos sino que un rayo los fulminara, se convirtieron de repente en carmelitas descalzas que me miraban como diciendo ‘Pero qué exagerada esta mujer, pobres criaturitas la tía que tienen’. Manga de cobardes. Para no seguir quedando como la loca desalmada y desquiciada, me senté y, esta vez en un susurro, les dije “Si no se portan bien, cuando llegamos, lo busco al Ratón Mickey, lo ahorco y les arruino la fiestita.” Los dos del medio no emitieron comentarios, la mayor le dijo a la madre “Mamá, ¿no trajiste un Rivotril para la tía?" Y los mellizos se asustaron durante aproximadamente treinta segundos, de mi cara sobre todo. Hasta que Joaquín dijo “Pero qué vas a matar vos, piba, si Mickey es inmortal”, y todo volvió a empezar. Las mil horas de vuelo restantes (durante las cuales durmieron dos horas cada uno, alternadamente por supuesto, ni para eso se pusieron de acuerdo los hijos de puta, con perdón de mi amiga) resultaron una sucesión infinita de hechos bochornosos. Tuvieron hambre, tuvieron sed, se pegaron, se gritaron, se vomitaron y se cagaron. Impresentables. Todo eso mientras uno de los mellizos relataba todas las películas que pasaron con una locuacidad que Macaya Márquez envidiaría.
Cuando llegamos (yo con los pelos parados, los ojos inyectados en sangre y mi genitalidad oxidada) estuve a punto de gritar que traía una bomba para que me deportaran de inmediato. Pero cuando se está en el baile, decía mi abuela… Y, de golpe, apareció la magia. Un grupete de princesas nos guió hasta un micrito del que apareció mi gran amigo Mickey. Y, por obra y gracia del Espíritu Santo, o del cansancio, los niños se calmaron. Hasta se rieron con educación y todo. Parecían normales. Me dije, y bué será así nomás. Por un instante, hasta me entusiasmé. Pensé que si estaban tan contentos no iba a ser tan difícil. No tenía la más puta idea de lo que me esperaba.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

El engaño.


Ahogo. Asfixia. Apuro. Es todo lo que es capaz de sentir. Encima no cree en Dios, ni en la felicidad. Más difícil todavía. Ningún pasamanos de donde agarrarse. Sofocada. Sumergida. Excesiva luz en la cabeza. Busca desesperadamente entretenerse para que la vida pase de una buena vez. Con los ojos cerrados y los dientes apretados. Sabe que la inteligencia que posee no es suficiente como para meterse un balazo en la cabeza, y que la cobardía es demasiada como para tirarse a las vías. Tendría que cortar lazos, pero ni a eso se anima, teme caer en un vacío infinito y nauseabundo. Se mimetiza con los demás y hace lo que el resto. Convencida de que cediendo logra resistirse. La paradoja es que lo ha hecho tan bien que todo el mundo esta convencido de que ella es feliz.

domingo, 5 de diciembre de 2010

La Emilia 90: Bless my ass.

Ya todos saben del amor que me inunda los intestinos cuando recibo cadenas de mails. A esta altura del año, son todavía más insoportables, si es que eso es posible. Acabo de recibir una que dice: “Buenas Nuevas! (no sé por qué este encabezamiento ya me malpredispone) Una bendición viene hacia ti (que siga de largo nomás) en forma de mejor trabajo (no me gusta trabajar, me quiero ganar el loto y dedicarme a mi deporte favorito 'rasquing the cachuch'), una casa (con mi depto me arreglo), un casamiento (andá a la puta que te parió), un bebe (andá a la puta que te parió 2) y libertad económica (algo totalmente incompatible con los últimos dos ítems). Sólo envía este correo a veinte personas (ni en pedo) y confía en Dios” (¿cómo voy a confiar en alguien que dicen que todo lo ve? Chismoso de mierda). O sea, de buenas nuevas, un carajo. Y lo corona una palomita que vuela con un ramito de algo verde en el pico. Lo primero que me viene a la mente es asesinar a la palomita. No son bichos de mi devoción. Creo que tiene mucha mejor prensa que la cucaracha cuando en realidad son muchísimo más sucias, tienen piojos, traen más enfermedades y encima te cagan el balcón. ¿Nunca a nadie se le ocurre enviar bendiciones que traigan chongos y daikiris?

viernes, 3 de diciembre de 2010

El Astrólogo.

“Nuestra civilización se ha particularizado en hacer del cuerpo el fin, en vez del medio, y tanto lo han hecho fin, que el hombre siente su cuerpo y el dolor de su cuerpo, que es el aburrimiento."



de Los lanzallamas, de Roberto Arlt

miércoles, 1 de diciembre de 2010

La Emilia 89: No hay nada más lindo que la familia unita.

Todos tenemos varias caras, facetas… a la sazón (frase que se me pegó después de leer una revista Somos que encontré en la casa de Mami del año ’78) tantas como roles jugamos. Una es amiga, hija, profesora, conocida, ex de alguien (demasiados, a esta altura, la verdad, bueno pero tema para otra ocasión). A veces, se entrecruzan pero nunca es conveniente que todos conozcan todas tus caras, salvo que quieras terminar viviendo sola en el Aconcagua (en la montaña, no sé; pero en Nueva York por ahí, quién te dice, hay veces que hasta me cambiaría el nombre). Así es como para muchos de mis alumnos soy algo así como la princesa Leticia pero un poco más cómica y divertida (para lo que, a la distancia, me parece que no hace falta mucho, y también con el bombón con el que se casó como para que no sea anoréxica… y me estoy yendo de tema de una manera irremontable, cómo estamos hoy, terminala con los paréntesis, Emilia). Bueno, entonces, volviendo, un alumno, Fernando, el médico anestesista, cumplía cincuenta años y me invitó a la reunión que hacía en su casa. Por supuesto que sabía que no iba a ser una noche de jolgorio feroz pero me dije vamos, Emilita, que algo hay que hacer y el pobre muchacho que en diez años ingresará a la tercera edad es aburrido pero muy buen tipo. Aparte parece que, si bien su profesión consiste en dormir gente, él ha decidido despertarse: se compró una moto y empezó a entrenar para correr maratones. Qué tema el de las maratones y los viejos que corren, van a terminar todos con las rodillas hechas mierda; no, no, los de cincuenta no son viejos, depende para qué, bueno pero basta de irme, carajo. Repito, no pensé encontrarme con la fiesta de la espuma pero tampoco con una cena formal para sólo siete personas. Cuando llegué ya estaban todos. Me presenta como su profesora y gran amiga, esas boludeces que se dicen en las presentaciones, no sé qué le pasa a la gente con la desvalorización de la palabra amistad. Fernando, su mujer Cecilia, dos matrimonios de amigos, una amiga de la señora y el hermano mayor del cumpleañero, que era, ¿quién? Por esas putas casualidades de esta puta existencia, aquel que hablaba de dormido y lo mandé a hacer la gran Di Caprio luego de que me comparara con un iceberg. Uót a moument. Dos señores conocidos entre sí, que conocen dos facetas de mí totalmente opuestas. Él se hizo el reverendo boludo y yo, en eso, tengo master. La cena transcurrió entre conversaciones de política, economía y fútbol, por parte de ellos; y de calorías, comidas light, dietas y de cuánto pesan, por parte de ellas, todas con cara de que sus vidas no son precisamente un festival erótico. Que a Fulanita la operaron de los juanetes y que a Menganita de las várices. Hubiese preferido asistir a la elección de la Reina de la Fiesta de la Corvina en San Clemente del Tuyú. Para no decir nada, tomaba vino. Muy mala estrategia la mía, ya que sé sobradamente que el alcohol me suelta la lengua. Igual, tenía la seria intención de reprimirme. Intención que a esta altura debería saber que jamás me sale, pero bué. Lo cierto es que parece ser que el alcohol le suelta la lengua a la mayoría porque, a los postres, empezaron a decirse cosas. Con un cierto dejo de diplomacia, por supuesto, tan educados eran. “Así que te compraste una moto, che, qué bueno, ¿y sabés manejarla?” “El tema va a ser cuando la quieras llevar a Cecilia, ella que nunca se saca las polleras, jajaja”. “Bueno, lo va a tener que hacer para acompañarme.” “¿A esta altura? Vas a tener que ir solo, cariño. Yo ya estoy grande, jejeje.” “Pero te vas a tener que aggiornar, jijiji, te tengo una sorpresa, te compré unos rollers para que hagas un poco de ejercicio, mi amor.” “Ay, Cecilia, no te va a venir mal.” “¿Me estás llamando gorda, querida?” “De ninguna manera, pero un poco de movimiento no le viene mal a nadie.” “Yo ya me muevo bastante con todas las cosas que tengo para hacer. Acordate que no cuento con dos empleadas como vos, corazón.” “Es una lástima, así podrías dedicarte un poco más a vos.” “¿Me estás llamando descuidada?” “Chicaaaas… chicaaas….”, saltó el señor mayor. “¿Chicas qué?”, le contestó Cecilia con una sorpresiva postura digna de un barra brava de Excursionistas. Está claro que no se hace, es boludo, de otra manera sabría que hay conversaciones en las que no se debe intervenir. “No sean escandalosas, que tenemos visitas”, insistió. “Por mí no se preocupen,” aclaré por las dudas. “Aaaaay, habló el que nunca levanta la voz porque es cuuuulto y mira History Chaaaannel.” Cecilia estaba a full y la cosa se estaba poniendo densa. Las minas que hacen cheesecake y toman clases de tenis con el profesor del country cuando toman vino se vuelven extremadamente peligrosas. “Pero ¿por qué no dejás de sacar tu Blackberry a cada rato? ¿La querés impresionar a la señorita? No te gastes, cuñadito, no está a tu alcance.” El boludo, con la sangre todavía chorreándole del ojo izquierdo, contesta: “Estoy esperando un mail importante, cuñadita, y para tu información, a ella ya la impresioné hace rato.” Cuatro inquisidores pares de ojos maquillados se clavaron en mí. Le dediqué una oración a San Baco y me tomé lo que quedaba en la copa de un trago. “¿Qué? ¿La conocés?”, intervino mi alumnito. “¿Nunca te cuenta la teacher lo que hace los fines de semana?” Ok, ahora recuerdo, además de hablar de dormido era un pelotudo contundente. Cecilia, mirándome cual Linda Blair, abrió la boca y juro que se podía ver que desde su campanilla iba floreciendo una catarata de lava. Evidentemente, para las señoras que hacen brownie casero, que una se coja al hermano del marido también es peligroso. No me pude contener más, una hace lo que puede. “¿Qué querés que les cuente? A ver, ¿que roncás? ¿que cantás Vox Dei mientras dormís? ¿o que antes de volver a estar en la cama con vos prefiero dedicarme al estudio del aparato reproductor del ombú?” Se escuchó un colectivo y femenino “uuuuuuu”. Cecilia cerró la boca y me miró de otra manera. Como con un dejo de satisfacción en los ojos. “Bueno, Emilia, me parece que te estás pasando de la raya,” dijo Fernando. “Y que le tenés que hablar así a la chica, vos, degenerado, dejá que se exprese con libertad, es joven.” Vamos las chicas. “¿Degenerado yo? Pero si se la volteó él.” “Bueno, no se peleen por mí, por favor.” “Qué tierno lo tuyo, Emilia, encendés la mecha y después querés que no haya fuego.” “Si el que contó fuiste vos, estúpido, que le echás la culpa a ella. No te da vergüenza, podría ser tu hija, viejo verde.”
Lo que siguió fue una caterva de improperios varios entre ellos tres que los demás escuchábamos en un respetuoso silencio. Que son los dos iguales que tu padre, viejo de mierda que no paró de meterle los cuernos a tu madre, que por otra parte se volteaba al jardinero, que bueno que mejor que no era como la tuya que le chupaba el cirio al cura y ni hablar de tu abuela que se la daba a la cocinera, y que decís si tu bisabuelo no dejó oveja virgen en el campo de Brandsen. Tan ensimismados estaban que no se dieron cuenta de que los invitados nos fuimos levantando de a uno para escaparnos. Basta de socializar con mis alumnos. No hay que mezclar, decía mi abuelo.

martes, 23 de noviembre de 2010

Ausencias y algo más.


Abre pesadamente los ojos. Más pesadillas que de costumbre. Apaga el despertador y, sin ganas, se da una ducha rápida. Mientras el agua corre no puede dejar de mirar hacia arriba con miedo a que algo extraño le caiga encima. “Debo de haber soñado algo así y no me acuerdo”. Desayuna un café y una aspirina, y trata de arrancar. La oficina, insoportable. Las medias le aprietan las rodillas, la pollera la cintura y el cuello de la polera la ahoga. Quiere llenarse la cabeza con las frases sueltas que va escuchando a su alrededor. Es inútil, hay cercos que no cierran nada. Toda la tarde buscando y buscando sin saber qué. Conviviendo con una violencia casi inconciente; contra el cadete, contra la computadora, contra el mismo muchacho amable que todos los días les trae el café. Cuando ve el número que la está llamando, mira el calendario, reconoce la fecha y entiende. Atiende el celular, aunque no quiera escucharla. Saludo de rigor. “Parece mentira, hija, ya hace un año. No sabés cómo lo extraño. A él y a vos”. “Yo no, y llamame Mariana, por favor. Es muy loco que justamente vos pienses que hay algo que parece mentira cuando todo lo es.” “¿Alguna vez lo vas a perdonar?” “Seguís sin hacerte cargo de nada. Esto ya no tiene que ver con el perdón, disculpame”.
Cuelga, saca el portarretrato que tiene en un cajón del escritorio y llora cada lágrima que un año antes no salió. Por las mentiras, por la vida robada, por las cachetadas, por la sospecha confirmada, por los años sin hablarse, por la sonrisa estúpida que se le dibujó en la cara cuando le dieron la noticia, por el silencio, por el tiempo perdido, y por cien motivos más. Los malos siguen siendo malos después de muertos, lo sabe, pero aún así es el que la crió. Y sigue llorando, ahora porque le da bronca llorar.

viernes, 19 de noviembre de 2010

La Emilia 88: La fiesta inolvidable (y un tanto etílica).

“¿Qué te vas a poner a la noche?” “El piyama, si tengo ganas de cambiarme.” “Nena, tenemos la fiesta.” “¿Qué fiesta, Natalia?” “La de Olga Álvarez Zabala, ¿no te acordás?” La locóloga cumple cincuenta años y, ya casi recuperada del abandono de su marido decidió ‘tirar la casa por la ventana con una mega fiesta para hacerle frente a esta patología del vacío que estoy sufriendo’ (sic). Yo estaba en la pelu cuando la invitó a Nati y, sí, me dijo ‘venite vos también’ pero la verdad es que no me lo tomé muy en serio. “¿Te parece, Natalia? Ni la conozco.” “Pero obvio que me parece, ¿tenés algo mejor que hacer?” “¿Me tenés que meter el dedo en el culo de esta manera?” “Te paso a buscar a las diez y media”. Las amigas son así. Ni bien entramos, la loca, enfundada en una especie de catsuit plateado y con un vaso con un líquido azul en su interior, nos saluda a los gritos. “¡Qué suerte que vinieron, chicaaaaaaaaaaaaaas! ¡A divertirse, a divertirse, a recuperar nuestra dignidad subjetiva!” Y se va a saludar a otros. Hay mucha gente en el lugar. “¿Dónde nos instalamos, Emi?” “Allá está la barra.” Daiquiri número uno. Observamos que hay dos grupos bien definidos: pendejos amigos de los hijos de la cumpleañera, viejos chotos que se hacen los idem, las mujeres no nos interesan. Los pocos de nuestra edad están en pareja. Ante la obviedad de encontrarnos en el horno y ante la leve posibilidad de deprimirnos decidimos tomar nuestro daiquiri número dos. Se nos acercan dos galanes cancheros, jeans, camisa blanca, tres botones desbrochados, zapatillas (blancas también), mano en el bolsillo, uno más vale grandote, el otro morocho, tipo Víctor Bo y Ricardo Bauleo bah, gracias a San Pantaleón no trajeron a Mojarrita. “¡Pero qué suerte encontrarnos dos chicas tan lindas por acá! Hola, chicas, yo soy Bebe y él es Pichón.” La última vez que escuché una frase así fue en una película de Zully Moreno. “Hola”, dijo mi amiga, “yo soy Natalia y ella Emilia” y, acostumbrada como está a entablar conversaciones de la nada gracias a la gimnasia adquirida en su negocio, agrega, “soy la estilista de Olga, ¿y ustedes?” “Amigos de la vida”. Y dale con el teleteatro. “¿Y vos qué sos, Emilia?”, me pregunta no estoy segura si Bebe o Pichón. “¿De qué trabajo me querés preguntar? ¿O qué estudié?” “Sí, por supuesto”, y me mira con cara de ‘y qué otra cosa iba a ser’. “Profesora de inglés”. “Pero qué interesante”, contesta con el énfasis que pone un estudiante de teatro de primer año cuando recita a García Lorca. “Tal vez podrías darme unas clases”. “No creo, tengo todos los horarios ocupados”. “Pero mirá que habías resultado arisca”. “Si seguís hablando como mi abuelo entro en convulsiones”. La sonrisa se le cerró un poquito. “Qué lástima, vos me podrías enseñar inglés y yo a suavizar ese carácter áspero que tenés”. “¿Ah sí? ¿Y cómo?” “Yo soy potencialista”. Casi me atraganto con el canapé. “Po-ten-cia-lis-ta. ¿Y eso qué es?” “Tengo un gran potencial individual y trato de liberarlo, de atesorar buenos momentos, de valorar el espíritu. ¿Me entendés? No sé cómo explicarte.” “Ok, mejor no me expliques nada porque puede ser potencialmente peligroso.” Qué le vamos a hacer. Con la muy femenina excusa de ir al baño, nos libramos de los señores. Daiquiri número cinco. Caminamos por el salón. Pasamos cerca de un grupo de mujeres y escucho la frase “A mí los hombres tienen algo que me gusta mucho”. “Sí, una flor de poronga”, le digo a Natalia creo que en voz baja pero a juzgar por la cara de la mujer de trajecito beige que la dijo me temo que no. Largamos la carcajada y seguimos viaje. Daiquiri número siete. Vemos bailar a Olga, lo más parecido al Boxitracio que vi en mi vida. Nos acercamos y bailamos con ella tratando de imitarla. Olga debe de ir por el trago número quince. “¿Ves esa mina que está ahí, Emilia?” Le digo que sí con la cabeza. “Le acaba de descubrir al marido un cuerno gigante.” “¿Uno solo? Se casó con un unicornio la pelotuda”. Olga no lo puede creer y siente que me ama y me lo dice. “Me purificás la mente con tu abordaje transpersonal, Emiliaaaaaaaaaa, le agradezco a Freud haberte conocido.” No hay que mezclar. Daiquiri número diez. A esta altura las tres hemos formado un trío inseparable. Me siento un rato a descansar y a mirarlas. Se me acerca un tipo, anteojitos, rulitos, flaquito, todo en él remite al sufijo –ito. Me empieza a hablar y yo contesto vaya una a saber qué. Evidentemente y por su cara me está contando su historia. Como no le contesto nada y lo miro fijo pero él no se percata de que es porque soy incapaz de generar un mínimo gesto con mi cara, piensa que me interesa lo que me está diciendo. De golpe, recuerdo y reacciono, “Necesito una Coca Cola”. Él, muy caballero, llama al mozo. Me agarro dos vasos y hago fondo blanco con ellos. Ahora sí puedo continuar. Y puedo escuchar. “Lo que yo quiero es una mujer que tenga que ver con mi propia historia, ¿me entendés?” “¿Y por qué no te casás con tu mamá? Bah, si tenés una hermana también sirve”. “Me refería a una chica divertida, que encaje con mis amigos.” “¿Pero vos te pensás que las minas somos un Rasti, boludo? Además vos, con esa pinta, ¿qué concepto de diversión barajás? De-ja-te-de-jo-der”. Me uno al dúo dinámico y continuamos bailando. Daiquiri número doce. Olguita sigue contándome de sus amigas. “Esa de allá tiene cuatro hijos, es presidente de la Fundación de Niños con Esclerosis Psicosomática, tiene cinco mil amigos, hace gimnasia todos los días y pastafrola casera, todo el mundo la adora, ¿qué opinás?” “Que el mundo está lleno de fallutos, Olguita, y que tu amiga tiene menos rock and roll que el Paz Martínez”. Brindamos con nuestro daiquiri número catorce acodadas a la barra. Se nos acerca la que había dicho que le gustaba algo de los hombres y seriamente increpa a Olguita. “No te conviene juntarte con este tipo de gente, Olgui, es evidente que esta mujer es una generadora de toxinas, no dejes que te las pase a vos.”

Antes de que la protagonista de la noche llegue a contestar a mí se me escapa un “Pero depilate la pochola con una ortiga, gorrrrrrrrrrrrrrrrda”. Todo sucede al mismo tiempo, Olga que me abraza y grita un “Gracias” sumamente emotivo, ‘Un poco de amor francés’ que suena furiosamente y nosotras tres que nos tiramos de palomita entre los pendejos. Olga tiene pinta de estar menos vacía, y yo también. Mañana, después de un buen jarro de café, la llamo a Nati para agradecerle.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Umberto Ecco: “Podemos insistir en los progresos de la cultura, que son manifiestos y tocan a categorías sociales que antes estaban excluidas. Pero, al mismo tiempo, hay cada vez más estupidez. Los campesinos de antaño no eran tontos por el hecho de que estuviesen callados. Ser cultos no significa necesariamente ser inteligentes. No. Pero hoy todas esas personas quieren hacerse oír y, por desgracia, en algunos casos, solo nos hacen sentir su imbecilidad. Por lo cual podemos decir que la imbecilidad de un tiempo no se exponía, no se dejaba reconocer, mientras que la de ahora ofende nuestros días."


del libro Nadie acabará con los libros, Umberto Ecco y Jean-Claude Carrière (entrevistas realizadas por Jean-Pjilippe de Tonnac)

miércoles, 10 de noviembre de 2010

La Emilia 87: Abarajame la bañera, nena.

Me encuentro con Vero en nuestro “Café de Juan”, ese que tiene un mínimo salón fumador en el fondo al que nadie va y a nosotras nos encanta. Hablamos de lo que hablan dos amigas: la vida, las madres, el sexo, los tipos, el esmalte que me salió re barato y te dura varios días, el libro de filosofía política que terminé ayer, el de Foucault que leyó ella, y las medias siliconadas que te levantan el culo que son un espectáculo. También desollamos a unos cuántos. En el medio de nuestra amena conversación, le suena el teléfono a Vero. “Uf, es el pesado de mi primo, no lo atiendo.” Dos minutos después vuelve a sonar. “Te dije que era un pesado, le contesto si no no nos va a dejar en paz… Hola, sí, qué tal… no, no estoy en casa… con Emilia… ¿qué querés?... ¿y ahora tiene que ser?... en el Café de Juan… Qué sé yo qué Juan, boludo, así se llama el café… sí, ok, chau.” “No me digas que viene para acá”. “Un minuto, están por el barrio y me tiene que traer no sé qué cosa que es importante y parece que no puede esperar.” “Me cago en la puta madre, qué denso… ¿Por qué dijiste ‘están’?” “Viene con Mariana”. “Me rectifico entonces, me cago en la reputísima madre.” Qué parejita, dos muñequitos de torta. Él, convencido de que es un joven empresario en ascenso, vive leyendo sobre técnicas de desarrollo personal, con la ilusión de ‘obtener herramientas para explotar mis talentos’ (juro que es sic). El día que se dé cuenta de que lo único que tiene para explotar son los granitos que le salen en la nariz, se deprime. Ella, cómo decirlo… a ella le cabe la bambula, si viene con una camisa de Wanama incluida mejor, eso sí. Ojo, todo bien, yo también tuve una etapa hippie. Claro que tenía diecisiete años y me duró lo que un pedo en un canasto, pero esa es otra historia, como siempre. Ah, y también es re ecológica, por lo menos en Facebook es fan de Greenpeace. Ah, y solidaria, todos los años dona como diez pesos para el programa Un sol para los niños. Llegan, de la mano, sonrientes, enamorados, espléndidos. Ideales para una foto que ilustre un test de la Cosmopolitan. Se sientan y lo primero que hace el tipo es mangarme un cigarrillo. Es, además de lo antedicho, el típico boludo que dejó de comprar para auto convencerse de que no fuma y vive pidiéndole puchos a los demás. Raza despreciable. Claro que no se priva de mirarte y decir, por ejemplo, “Vos también tendrías que dejar”. “No lo hago para no perjudicarte.” “Es que si me compro me los fumo todos y a lo mejor así dejo, es el primer paso.” “Hace diez años que diste el primer paso y no avanzás, querido, ¿estás seguro que de chico te dieron la vacuna contra la poliomielitis?” Encima, como la novia lo mira mal, lo fuma con culpa, un desperdicio. “Bueno, ¿qué era eso tan importante, primito?” “Nos casamos”. “Pero qué bien, los felicito.” “Gracias, Veeeroooo, sabía que te ibas a poner contenta”, dice la novia que ya habla como si tuviera el tocado puesto, “Por eso no queríamos esperar para traerte la tarjeta, además tenemos otra noticia”. Hay más informaciones para este boletín, mamita. Después me digo ‘No, Emilia, nadie se casa hoy en día por eso, no seas mal pensada’. Me equivoqué. “Es que estamos embarazados,” dice el primo. “Sí, pero la que vomita soy yo, mi amor”, dice ella mostrando colmillitos brillantes, con una sonrisa que Evangelina Salazar envidiaría. “Bueno, los felicito por partida doble, entonces,” dice Vero poseída por el espíritu de la condesa de Chikoff. “Te trajimos la tarjeta, leela en voz alta, así escucha Emi.” Vi venir lo peor. “Nos amamos desde el primer instante en que nos vimos y cada vez que nos miramos sentimos mariposas en el estómago.” Parece que no es suficiente poner ‘Somos Juan y Marta, nos casamos tal día en tal lugar’. La gente busca los lugares más insólitos para hacerse los poetas. “¿Te gusta, Emilia?” “No sé qué decirte, lo más cercano a un insecto que yo he sentido en el cuerpo son hormigas en el culo, pero creo que eso es otra cosa.” “¿Y ya saben cómo lo van a llamar?”, tercia Vero, tratando de impedir lo inevitable. “Quillén si es nena y Pehuén si es varón”, contesta ella. Yo, sin emitir sonido, abro la cartera, saco una libretita que siempre me acompaña y a la que le escribí ‘Ipad’ en la tapa, una lapicera y empiezo a tomar nota. “¿Qué escribís, Emilia?”, me pregunta el primo, pobrecito, era para reírnos después solas con Vero pero ya que insiste.

“Una lista de sugerencias para tus próximos hijos… Temaikén, Kerosén, Terraplén y Almacén, por ahora no se me ocurre más nada”. “Disculpenmén, pero si no me río me ahogo,” dice mi amiga volviendo a ser ella. “No entiendo la burla”. “Pero dejate de joder, pibe, naciste en Boedo, tu viejo es hijo de asturianos, tu abuelo materno es de Calabria y vos no tenés la más puta idea de cuál es la diferencia entre un Mapuche, un Tehuelche o un Mataco”. “Pero yo respeto sus gustos,” dice mientras señala a la novia feliz. “¿Cómo te llamás?”, le pregunto. “Mariana,” me contesta. “No, no, tu apellido”. “Ivanosevich”. Ni el mozo se puede contener. “Repito, de-ja-te-de-jo-der. ¿Y dónde es la ceremonia? ¿En el Lago Titicaca?” Se ofendieron, aunque no tanto como para dejar de aclararle a Vero que en la tarjetita adjunta estaba la dirección del lugar donde hicieron la lisa de regalos. Pero qué gente sensible.

jueves, 4 de noviembre de 2010

La Emilia 86: Sexo (poco), mentiras (demasiadas) y video (repetido).

La serie ‘Lie to Me’ le ha hecho mucho daño a mucha gente, entre ellas a mi amiga Luisiana, que se ha aprendido todos los signos de memoria y no puede parar de tratar de descifrar cada mínimo gesto de la persona que está frente a ella para darse cuenta si le está mintiendo. Insoportable. Sobre todo para el esposo que, aunque como todo el mundo sabe no es alguien a quien yo estime en demasía, no se merece semejante tortura. Inútil por otra parte, porque si hay algo que el tipo tiene es cara de mármol de Carrara y si hay algo que no le importa en lo más mínimo es si los demás le creen o no. Como lo demuestra el hecho de que insista en que la ropa de su bolso deportivo vuelve el ochenta por ciento de las veces impoluta porque “yo no traspiro, mi amor”. De-ja-te-de-jo-der. Total que me encuentro con ella en un bar, con ella que está, una vez más, desesperada. “Me miente, me miente todo el tiempo”. “A veeeer…”. “Traga saliva cuando habla”. “OK, es un baboso, ya lo sabemos, igual es mejor que se la trague y no que te escupa, o que se ahogue, imaginate explicarle a todos los pibes que tenés con él ‘Papi se ahogó con su propia saliva, recuérdenlo bien aunque era un pelotudo’.” “Se toca la cara todo el tiempo, Emilia”. “Bueno, bastante educado, la mayoría de los tipos cuando te habla se tocan la bolas”. “Emilia, prestame atención, no parpadea, mira fijo”. “Es autista”. “No me mira a los ojos”. “¿En qué quedamos? ¿Mira o no mira?” “Y encima tartamudea”. “Con toda esa descripción, lo que menos te tiene que importar es que mienta, querida. El pibe tartamudea, traga saliva y se toca la cara al mismo tiempo que mira fijo al infinito, francamente desagradable, ¿cómo lo aguantás?” “No hace todo eso junto. Vos nunca me tomás en serio”. “Yo a vos te tomo en serio, lo que no tomo en serio es lo que decís, porque me parece una pelotudez, disculpame que te lo diga de esta manera”. “¡Ja! En este preciso instante vos me estás mintiendo, seguro que porque no sabés qué decirme… Mirá cómo inclinás el cuerpo hacia delante mientras me hablás.” “Ligeramente hacia delante, en realidad, era más hacia el costado, me estaba tirando un pedo.” “Ya te salió la ordinaria.” “¿Qué? ¿Vos no te tirás pedos?” “No.” “Sí, claro, y cagás jazmines de la república, ¿ves que vos también mentís?” “No, yo no miento nunca.” “No seas hipócrita, Luisiana, todos mentimos todo el tiempo sino seríamos inadaptados sociales. Bueno, pensándolo bien… Pero no me quiero ir de tema. El punto no es si lo hacemos o no, el tema es por qué, para qué y, como siempre, si hay mala leche o no”. “¿Y vos por qué mentís?” “Básicamente para que no me rompan las pelotas”. “No me contestes así, parece que no te interesara el tema”. “Pero siiiiiií, ¡cómo no me va a interesaaaaaar!”. “La mentira tiene patas cortas, Emilia.” “Sí, pero corre como una hija de puta si quiere, mi amor, así que no te preocupes más. Ya lo hablamos muchas veces, Luisiaaanaaa… no tiene sentido.” “Pero yo sólo quiero saber por qué me miente.” “¡Porque no parás de preguntaaaaaaaar! Lo obligás al tipo. ¿Para qué?, digo yo. Si ya sabés la respuesta. Aceptalo de una vez o mandalo a la mierda, pero terminala. Voy a terminar yo teniéndole lástima a él, mirá.”

“Chicas, discúlpenme que me entrometa”, dijo el canoso de anteojos y pañuelito al cuello sentado a la mesa de al lado, “no discutan más sobre el tema, si hasta la CIA nos metió el verso de que el hombre llegó a la luna, ¿o no se dan cuenta que es un montaje? Lo hicieron en Jóligud, yo sé lo que les digo.” Como digo siempre, éramos pocos y la abuela parió quintillizos. Lo único que me faltaba era tener que escuchar, a falta de una, a dos desquiciados mentales. Pensé que mi mirada lo iba a llamar a silencio, pero no. “Insisto, no discutan más, no se entretengan con el chiquitaje de la vida, el mayor problema no es la mentira personal, es la pública, ésa es la que te caga la existencia, lo demás se arregla fácil.” Y se paró y se fue. A la final, como decía mi tía Chola, nunca sabés cuándo te podés encontrar con un loco que te haga pensar.

miércoles, 20 de octubre de 2010

La Emilia 85: Mama mia, let me go...

Si están porque están, si no están porque no están. Joden cuando vienen, joden cuando van. Y no podemos vivir sin ellas, aunque ya haga mucho tiempo que estén mirando los rabanitos desde abajo. Tantos tipos de madres como mujeres hay en el mundo. La mía, entre otras cosas, es de las que cada vez que vas a salir te dice que no uses ropa interior vieja por si tenés un accidente. Pero una pone la oreja, y por qué no la cabeza, la quiere, le dice a casi todo que sí aunque más no sea para no escucharla más y la va a saludar y a pasar la tarde con ella ese día en que se ha decretado que hay que celebrarlas. Con un regalito, como corresponde. “Hola, Mami, feliz día”, la saludo mientras le entrego el paquete. “No viniste a almorzar, ¿por qué?” Entro, descongelo la sonrisa, cierro la puerta, la sigo. “Es que no me sentía muy bien, me duele un poco el estómago y prefería no comer”. “¿Hiciste caca?” Una trata, trata, pero es tan difícil. “Sí, mamá”. “¿De qué color?” “¿No vas a abrir el regalo?” “Sí, ahora, igual ya sé lo que es por la bolsa, un perfume”. “Y algunas cositas más, Mami”. Se digna a abrirlo. “Cuántas cremas, qué lindo. ¿Cómo está el gatito?” Un gracias ni por putas. “Bárbaro, mamá, es divino, me encantó que me lo regalaras.” “Cuidalo, eh, que me salió muy caro.” “Sí, mamá, ya me lo dijiste.” “Lo que no te dije es que invité a Mecha a tomar el té.” Mecha es una amiga de mi mamá de toda la vida y, para describirla, bastará con decir que, justamente, es amiga de mi mamá de toda la vida y podríamos agregar que como adorno en la mesa del comedor tiene una imagen de San Cayetano fluorescente. “Viene con sus hijos, por supuesto, que están con ella desde temprano.” El hijo de Mecha, Jorgito, con quien desde tiempos inmemoriales me quieren enganchar, es un boludo de cuarenta años que se calienta con Barry White, que cuando se quiere hacer el pendejo va a la guerra de almohadas en Palermo y que usa frases como “me voy a hacer noni”. Justo para mí. Encima, cada vez que se agacha, no sé cómo hace, pero se le ve la raya del culo, algo altamente erotizante, sobre todo si la misma viene acompañada de sendos pelitos negros. La hija, Jorgelina (porque en esa familia son muy originales) es maestra jardinera, bastante más chica que el hermano, y su máxima aspiración en la vida es que la pasen de salita de dos a salita de cinco. Ah, y algún día casarse y tener muchos hijos para dejar de trabajar. Y mi mamá no entiende por qué no somos ‘mejores amigas’. “¿Por qué ponés esa cara? Siempre se quisieron mucho.” “Mamá, empecé a detestarlos cuando tenía cinco años, no tengo registro de una supuesta amistad anterior a esa fecha”. “No te acordarás pero se llevaban bárbaro. Por lo menos, los invitabas a todos tus cumpleaños.” “Porque vos me obligabas, mamá”. Afortunadamente, sonó el teléfono y Mami no llegó a contestarme nada. Era mi prima, la perfecta de la familia, hija de un hermano de mi papá, que por supuesto llamaba para saludarla. “Hooolaaaa, mi amor, ¿cómo estás, mi cielo?... pero qué bien, muchísimas gracias por acordarte siempre de mí… ya sé, ya sé… ¿y la familia cómo anda? ¿tu marido?... siempre fue un buen chico… pero por supuesto, pasame con ese primor…” Y, dirigiéndose a mí, con una sonrisa que yo prácticamente desconozco, me dice, “Me va a pasar con Agustín, ¿querés hablar con él?” “Ni en pedo, mamá”. Me pone la cara que yo sí conozco y sigue hablando incoherencias. Agustín es el hijo de mi prima, tiene dos años, yo entiendo que pueda parecer sweety hablar con un niño, pero ¿qué carajo puede decir un pibe por teléfono a esa edad? Ajá, ujú, sí, no, y pará de contar. Bueno, en realidad lo que cualquier persona puede decir por teléfono si la que está del otro lado es Mami. Cuando corta, me mira y me dice “Siempre la misma vos”. San Timbrazo me salvó. Entran, saludan, se besan, todos con todos, todos contentos, todos tan buenos… “¿Qué te regalaron, Mechita?” “Una máquina para hacer pan espectacular y una sandwichera, no podría estar más contenta.” “Qué suerte, a mí me tocó un perfume y una canasta con varias cremas, pero yo uso una sola para todo el cuerpo, ¿viste? Pero bueno, qué le vamos a hacer.” El año que viene le compro cinco pomos de Diadermina. “Vamos a la cocina, Mechi, así los chicos hablan de sus cosas y no tienen que aburrirse escuchando a dos viejas.” Para qué, pienso yo, si me puedo aburrir escuchando a dos jóvenes. Jorgelina, tratando de entablar alguna mínima conversación, me pregunta. “¿Tenés Face?” “Sí, pero la verdad mucha bola no le doy.” “Ay, yo no me puedo desenganchar, me hice adicta al Pet Society.” “¿Al qué?” “Al jueguito, ¿vos no jugás al Pet?” “Al pete me gustaría jugar, pero estamos en época de sequía.” “Ay, no conozco el jueguito ese que decís vos, pero este es maravilloso, me ayuda a encontrarme con esa nena divina y amorosa que fui.” “¿Por qué, en la casa de tu vieja no hay fotos tuyas?” “Siempre fuiste tan cómica, Emilia”, interrumpe tan filosófico debate Jorgito, tratando de poner una voz aguardentosa, aunque lo único que haya tomado en su vida sea 7Up y Mountain Dew cuando era niño. “Yo no entendí el chiste, disculpenmé”, dice la maestrita y prosigue, “¿Y tenés novio?” “No”. “Ay, yo tampoco. Salí con un chico un tiempo, viste, pero lo nuestro no iba, nos reíamos de cosas diferentes.” “Mmmmm…”, fue el último sonido que emití. El Guy Williams del tercer mundo, en medio de ese silencio que se había hecho y con una cara que no me atrevería a describir, dice, “Estás muy linda, Emilia”. Lo único que pude hacer fue contestar un simple “gracias”, saludar a todos y huir raudamente, mientras escuchaba a mi madre que de manera sutil gritaba “No te olvides de tomar pastillas de carbón”. No sé, últimamente me termino yendo de todos lados.

viernes, 15 de octubre de 2010

La Emilia 84: Nos siguen pegando abajo (y yo estoy cada vez más verde)

Éramos pocos y la abuela se hizo las tetas. Resulta que tengo un alumno que es medio pesado y de cerebro de lapacho pero de algo hay que vivir. En definitiva, a él no le interesa leer a Shakespeare, sólo le importa que sus CEO amigos lo entiendan cuando dice “manáyement”. Y, por lo que me cuenta (entre paréntesis, los alumnos que me agarran de psicóloga me tienen los huevos al plato) divertirse en los after office, en los after hour, en los happy hour y en todos los hours a los que pueda ir con tal de no llegar temprano a su casa. Qué sé yo, será que tanto antioxidante que toma, tanto alimento orgánico que come, tanto sushi que desayuna, le afecta un poquito el cerebro, porque parece ser que su único objetivo en la vida es ser copado pero no se da cuenta que hasta el momento lo único que ha logrado es haber sido copado por una tremebunda pelotudez endémica. Encima, cada vez que entro a la oficina me saluda con un “qué onda”. Lamentable. “Emilia, tenemos que hablar”, larga apenas cruzo la puerta. Por fin, pensé, vamos, Emilia, que hoy se te da. “Te escucho”. “Estoy enamorado”. No era lo que esperaba pero me sobrepongo. “Qué bueno”, le contesté pero como en el trabajo me contengo no llegué a agregar y a mí qué carajo me importa. “De vos”, agrega el inimputable con una sonrisa que parecía esperar que me arrojara a sus brazos mientras yo lo único que estaba pensando era revolearle los libros por la cabeza. “Fue amor a primera vista, desde la primera clase que te lo estoy por decir, pero como vos en ese momento estabas de novio, no me atreví.” “Y lo bien que hiciste, no conviene mezclar, dice mi vecino el alcohólico.” “Ves, tu sentido del humor me fascina, sos tan distinta a todas las otras mujeres que conozco”. “Sobre todo a la tuya, porque vos estás casado, ¿te acordás?” “Estoy dispuesto a dejar todo por vos”. “No es necesario, te lo pido por favor”. “Emilia, te estoy entregando el corazón”. “Qué divertido, una de las entrañas que más me gusta”. Y… ante tamaña demostración de amorrrrr, era obvio e inevitable que poco a poco se me fuera soltando la cadena. “No me cortes el rostro así.” “No, querido, lejos de mí querer cortarte nada (salvo las bolas, pienso, pero bué), pero mejor dejemos las cosas como están, yo soy la profesora de inglés y vos el alumno”. “Sabía que me entenderías”, dice y se para, pasa del otro lado del escritorio y me toma del mentón. Con la dulzura que me caracteriza, y que suelo reprimir en las clases porque, again, de algo hay que vivir, me paro y digo, “¿Qué carajo te pensás que vas a hacer, idiota?” “Besarte, pensé que habíamos llegado a un acuerdo, ¿no me estás proponiendo que cada uno en su lugar, llevemos adelante una, cómo decirlo, amistad con derecho a roce?” Y, como era de esperar, se me terminó de soltar. “Ah, pero sos más boludo de lo que pensaba, ¿qué pasó? ¿Te levantaste con el pito parado y tu mujer te cortó los ganchos porque anoche llegaste a casa con la corbata de vincha?” “Daale, ¿qué te cuesta?” “¿Qué-me-cues-ta? ¿Vos te pensás que yo soy una organización sin fines de lucro? ¿O que porque no tengo macho me voy a dejar voltear por el primer imbécil que se me cruce?” “Aflojate, no todo es un drama a analizar, Emilia, hay que dejar fluir la pasión.”

“Mirá, si yo dejo fluir la pasión en este momento, te capo con el abresobres que tenés en el escritorio”. “Yo puedo asegurarte…” “Lo único que vos me podés asegurar es la in-sa-tis-fa-cción. Además, ¿vos creés que yo puedo tener algo que ver con un tipo cuyo escritor de cabecera es Marcos Aquinis? Haceme el favor, nene, se te venció el yoghurt”. Di media vuelta y me fui a la mierda. Y bué, una clase menos. A lo mejor, aprovecho esa hora y empiezo a ir al gimnasio. No, mejor no. Tampoco la boludez.

miércoles, 6 de octubre de 2010

La Emilia 83: Tirá la cadena.

A los que no tienen un pedo a la vela que hacer y se la pasan mandando cadenas por mail les comunico:

-Si alguna vez alguien logra robarme el auto porque me amenaza con una jeringa me lo merezco por pelotuda.

-El pollo viene con hormonas, sí, ¿y? ¿vos no?

-Soy insensible, la pobre niñita china que padece arteriosclerosis bífida en su oreja izquierda me importa un carajo.

-La carne que vale la pena es la que muge en tu plato, me cago en el síndrome urémico hemolítico y sucedáneos.

-Cuando veo las fotos de ciertos lindos animalitos que me mandás sólo pienso en hermosas carteras.

-No voy a dejar de tomar Coca Cola aunque un científico maorí me asegure que a la larga produce oxidación vaginal.

-Ver que Araceli González sin photoshop tiene tres manchitas en su muslo izquierdo y un mínimo pozo en el derecho no me hace sentir mejor.

-Nena, no me mandés más pelotudeces que George Clooney no te va a tocar el timbre, y si tu deseo es separarte tirale las cosas por el balcón, no le reces noventa y siete mantras al Dalai Lama.

-No necesito asociar al chancho con ningún color para saber cómo es mi personalidad múltiple.

-Si algún día estoy teniendo un infarto y me llego a acordar del mail que me mandaste con los síntomas, antes de morirme te puteo en griego antiguo.

-El ganso no sirve para otra cosa que no sea para hacer paté.

-No necesito leer lo que unos pedorros científicos publicaron en la revista mensual de la universidad de Milkwakee para saber que las amigas te hacen la vida más fácil.

Podría seguir, pero creo que ya es suficiente.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

La Emilia 82: Tienes un e-mail (te lo manda el Unabomber)

Hacía mucho que no iba, pobre. “¿Cómo anda la novia de América?” “¿Por qué no te vas a la reputísima concha que te parió?” “Ah, te peleaste.” Es piola la mina, creo que con el tiempo vamos a ser muy amigas. “¿Y qué te vas a hacer?” “El hara kiri con un bigudí”. “Emilia, no se usan más, si querés te presto este cepillo que larga un líquido especial a base de formol que sirve para reestructurar la columna vertebral del cabello, y aspirás”. “¿La columna vertebral del orto no la levanta?” “Y, por ahí, quién te dice, con probar no cuesta nada. Mientras tanto, ¿no querés que te haga un café? Como llueve, estamos solas.” Le conté todo. “Pero vos, ¿le dijiste todo lo que pensabas? ¿Te descargaste bien?” “Si no lo vi más, ni lo quiero ver por supuesto, ni le atendí más el teléfono, no sabés los mensajes idiotas que me dejó, un compendio de boludeces de alta gama”. “No te podés quedar así, se te va a pudrir todo adentro, Emilia.” “Antes que verlo para descargarme, prefiero tomar un té de bilis, Natalia”. “¿Y por qué no le escribís un mail? Es más fácil, te sacás todo de encima y empezás otra vez.” “No está mala la idea”. “Dale, usá mi computadora”. Una vez que empecé, no pude parar. No sé por qué me enganché con vos, si cuando te vi por primera vez pensé que eras un boludo Bensimon más. Esas pelotitas que dios te dio, te las dio para algo más que para rascarse y producir espermatozoides, pelotudo. Lamento no haberme dado cuenta antes de que te faltaban tres cromosomas. Yo sé que en este momento te sentís un forro (que sos) con “sentimientos encontrados”, ojalá que choquen entre ellos, los sentimientos digo, y te produzcan cáncer de ombligo, sos definitivamente un boludo con balcón terraza al mar. Igual, a vos, que porque hiciste un curso intensivo de inglés de dos meses en una academia de cuarta y cada cinco minutos decís know-how, outsourcing, brain storming y querés que te nombren account manager te pensás que sos bilingüee y no te das cuenta de que las pronunciás para el orto; a vos, que te pensás que sos progre porque vas a comer a bodegones como Miramar; a vos, que aprendiste a coger por televisión con la Rampolla; a vos, que porque te fumaste un porro cuando estabas en la facultad estás convencido de que tuviste una experiencia con las drogas; a vos, te deseo lo mejor. Ojalá que tu mujer se dedique a cocinar sólo comida étnica picante y que sufras de hemorroides por el resto de tus días y que tu mamá, que tanto te cuida y a la que no le podés decir que no a nada, insista en ir a verte todas las mañanas para untarte con pomada Manzán. Ojalá que no puedas convencer a tu mujer de que no llame a tu hijo Obregón Justiniano o a tu hija Teófila Gertrudis, es más, ojalá tengas quintillizos: Hermelinda, Honorata, Isaura, Rambito y Rambón. Ojalá que de lo único que ella pueda hablar por el resto de su vida sea de las ventajas de usar detergente Woolite para lavar las sábanas, que tu máxima diversión de ahora en más sea la paja que te hacés todas las noches mientras mirás Tinelli porque no podés mirar otra cosa porque se te trabó el televisor en ese canal y no se puede apagar y no tiene arreglo y como te echaron del laburo no podés comprar otra tele. Ojalá que cuando veas a tu suegra no puedas reprimir la tentación de prenderte a su pierna como si fueras un pequinés alzado. Ojalá que te quedes pelado, gordo panzón e impotente y que tu mujer en consecuencia no pueda parar de succionarle la tararira al delivery de la pizzería y que una tarde, entre mate y mate y como quien no quiere la cosa, te confiese que el mejor sexo que tuvo en su vida lo tuvo con su ginecólogo, ese al que vos le compraste una caja de vinos como agradecimiento cuando nacieron los quintillizos. Si todo esto es demasiado para vos, rezale un mantra al Dalai Lama para que te ayude y que te garúe finito. Sos el típico boludo que la tiene adentro, y qué adentro que la tenés corazón, por unos cuántos años. Tomás Actimel. Sos tibio. Con cariño, Emilia.
“Listo, lo guardo y cuando tenga ganas se lo envío… Aaaaaaaaaaaaaa, me quiero mataaar.” “¿Qué pasó?” “Apreté enviar boluuuda, le mandé el borradooooooooooor.” “No importa, apurate, apurate que tenés medio minuto para anular el envío.” “¿Qué?” “Dale, dale, rápido, andá a configuración, clickeá labs, no, no herramientas, sí sí, herramientas, no me mires a mí, apretaaá, deshacer el envío… quiero suponer que lo tenés configurado, ¿no?” Me quedé inmóvil. “Me estás jodiendo, ¿vos sos peluquera o doctora en informática?” “Bueno, ya está, Emilia, y aparte, ¿por qué no se lo ibas a mandar?” “Quería revisar que no tuviera ningún error de tipeo. Pero tenés razón, que reciba el borrador y se vaya a la puta madre que lo parió.” Nos quedamos las dos mirando el monitor unos segundos. “Decime, el sábado una clienta cumple cuarenta años y hace una fiesta enorme, ¿no querés venir conmigo?” “Y daaale.”

lunes, 27 de septiembre de 2010

La Emilia 81: Bancate ese defecto.

Bueno, se nos terminó el tiempo. No, no… No me mirés así. Tengo reloj y sé que acabo de llegar pero yo no hablo más. Es otro el tiempo al que me refiero. No tengo más tiempo para perder con vos. Me harté, ya me di cuenta de que no voy a descubrir la pólvora. Y no me mirés con esa cara de “yo ya lo sabía”, no, no sabías un carajo, te lo estoy diciendo en este momento. Ya sé que mi vieja es lo que es y que mi viejo fue lo que fue y que yo soy producto de eso. No hay nada nuevo bajo el sol. Ya sé que prefiero asistir a la Fiesta Nacional de la Frutilla en Coronda antes que pasar más de dos horas seguidas con Mami. Y, ¿qué querés que haga? Es mi vieja, cambiarla, no la voy a cambiar. Y la verdad es que tan mal no la llevo. En definitiva, todo lo malo de este mundo que acarreo se los debo a ellos, pero hay un pequeño detalle lo bueno, aunque sea poco, también. No voy a pasar los próximos veinte años de mi vida analizando por qué me comporté como me comporté o hice las cosas que hice para estar acá, dentro de otros veinte, quejándome pedorramente por lo que no estoy haciendo ahora. Si tenés la fórmula, la receta, la bola de cristal, si tenés tan en claro vos cuál es mi deseo, explicameló y, capaz que hasta me pongo feliz y todo. Pero como no me vas a solucionar nada, me voy a la mierda. Estoy un poquito podrida del bandoneón. Del lamento boliviano. No quiero sostener más libretos, ni siquiera el mío. ¿Qué me escapo para adelante, decís? Y, por lo menos no soy tan pelotuda de escaparme para atrás. “Bueno, usted sabe que puede volver cuando quiera, Emilia”. “Esperame sentado, Itu, si no te vas a acalambrar.”

lunes, 20 de septiembre de 2010

La Emilia 80: La fuerza del cariño (o el cariño a la fuerza)

Lo peor de una ruptura es la comunicación de la misma, sobre todo con mi historial antropológico. Y más que sobre todo, si una se acaba de separar del chico encantador y buen mozo del que se enamoran todas las abuelas del barrio. Porque con un hijo de puta termina cualquiera, es fácil. Pero con el solapado nieto de una gran recalcada, no. Y como en algún lugar del fondo me importa tres carajos lo que piensen, no explico y dejo que me miren con esa cara de vaca atada y piensen “también… con ese carácter”. Que piensen lo que quieran, cuando el bonito adorable y perfecto aparezca con un chupete en la mano derecha y restos de vómito lácteo en el hombro izquierdo, todos se tendrán que meter la lengua en el orto. Y yo los voy a mirar con una mirada que también implique otra cosa. Porque me lo voy a cruzar, me lo quiero cruzar cuando esté cambiando pañales, disfrutando de su paternidad e imposibilitado de relajar ese rictus de felicidad en su rostro. Como si todo esto fuera poco, a modo de oferta para el bolsillo de la dama y la cartera del caballero, mi mamá me llamó para que fuéramos a almorzar. Me olvidé que no le había contado nada. Chán chán, qué momento. “Voy a ir sola mamá.” “¿Por qué?, ¿qué le pasa a Fernandito?, ¿tiene que hacer algo?, seguro que tiene que trabajar.” “No, mamá, con Fernando se terminó todo.” “Pero cómo puede ser hija, este chico era un encanto, ¿qué le hiciste?” Un primor, Mami, siempre pensando lo mejor de mí. Como atravieso una etapa en la que estoy tratando de llevarme mejor con mi progenitora, cosa que no logro, porque para hacerlo tendría que comerme una úlcera del tamaño de la Amazonia soportable únicamente si me conecto por vía endovenosa directamente a la ubre de una vaca, y yo leche no tomo, y con la perspectiva que tengo no voy a tomar por mucho tiempo, uy me fui al carajo, el tema es que tratar trato… entonces, le expliqué todo de una manera formal y civilizada, lo único que me faltaba era ponerle a Vox Dei cantando ‘Todo concluye al fin’ de fondo. Pero Mami es lo más parecido a un martillo neumático. “Mirá, Emilita, dame todas las excusas que quieras, siempre es lo mismo con vos.” “Gracias por el apoyo, mamá.” “No te hagas la irónica conmigo que te conozco bien, ¿en qué querés que te apoye?, ¿en ver cómo dejás que se te escurra la vida? Fijate en Nancy, por ejemplo, tiene tu edad y ya tiene dos hijos. Hay un punto en la vida en que hay que aprender a ser un poquito más tolerante, si seguís así te vas a quedar sola, hija.” Nancy es la hija de doña Nora, la vecina de toda la vida de mi mamá, una chica para quien la máxima expresión de locura y/o aventura es comprarse un repasador distinto todas las semanas y lo peor es que cuando te lo cuenta termina diciendo siempre “yo soy unaaa…”, mordiéndose el labio inferior y poniendo cara de pícara, o de lo que ella considera que es una chica pícara, imayin ol de pipol. “Y siempre hay un punto en la conversación en que te tengo que mandar a la mierda, mamá. ¿Qué se me escurra la vida? Haceme el favor de seguir leyendo a Julia Prilutsky Farni y no me hinchés más las pelotas.” Y le corté. Sanseacabó. Dos horas después la llamé. No sé qué botón se te activa cuando mandás a la mierda a tu madre que si no reculás no podés seguir viviendo. Por suerte no estaba, es más fácil hablar con el contestador. “Hoy no tengo ganas, mamá, pero si querés mañana voy a almorzar.” Más que suficiente. Prendí la tele y me dormí en el sillón. Un rato después, me despertó el timbre. Quién carajo se atreve a venir sin avisar. Qué costumbre de mierda.

Quién podía ser, Mami, la campeona en no respetar espacios. Entra, se sienta. “Mirá, hablé con Verónica y me contó todo lo que había pasado… Entonces, pasé por la veterinaria de la vuelta de casa y justo tenían esto.” Abre el bolso y saca un perfecto, magnífico, soberbio, fenomenal, sublime, deslumbrante, divino gatito siamés, encantador de veras. “A este cuidalo, no vaya a ser cosa que también se te escape, mirá que me salió muy caro.” Y… es Mami… y nunca dejará de serlo.

lunes, 6 de septiembre de 2010

La Emilia 79: Demasiada novedad para un solo frente.

Le tiré, como quien diría, sólo el titular por teléfono. Quince minutos después, tocaba el timbre de casa. “No dormí en toda la noche, necesito una siesta”, dije. “No te preocupes, te espero”, contestó. Cuando abrí los ojos, estaba al lado de la cama. No son muchas las personas que se pueden conectar con el otro así nomás, sin preguntas, sin pretender dar respuestas donde no las hay, sin más, sin menos. Ahí estaba, esperándome, como había prometido. No me falla nunca. “¿Estás un poquito mejor?” “Qué sé yo, Vero.” “Llamó varias veces mientras dormías.” “Que se vaya a la reputísima y recalcada concha que lo parió.” “Por supuesto.” Dos minutos de silencio. “¿Querés que te haga un té?” Qué manía que tenemos las minas a veces, pensamos que con una puta infusión se soluciona todo. “¿Me lo hacés con estricnina?” “Para vos es el té, no para él”. “Entonces no quiero.” “¿Miramos una peli?” “Dale.” Por suerte enganchamos en la tele El mundo según Wayne. Perfecta. La mesita ratona quedó plagada de restos de papas fritas, pochoclos, maníes, chocolates y botellas de cerveza. “¿Sabés que encima de todo se me escapó el gato?” “¡¿El negro?! No te puedo creer, ¿cómo?” “No sé… me piyó una manada de elefantes a mí, ¿sabés cómo lo voy a extrañar? Era mi compañero, lo encontré de casualidad, ¿te acordás? No entiendo por qué se fue”. Y casi casi me pongo a llorar. “¿Me vas a contar qué pasó, Emilia?”
“¿Te acordás que hace un par de meses se encontró con la ex?” “Sí.” “¿Y que nunca me quiso contar de qué hablaron?” “Sí.” “¿Sabés por qué?, porque no hablaron, cogieron.” “Eso es de re libro, Emu, figura en el índice de las Obras completas de Freud. No le des mucha importancia, no creo que haya pareja que no se separe que no vuelva a coger alguna vez, acordate que a mí me pasó lo mismo. Lo desubicado es que el pelotudo te lo cuente, ¿con qué necesidad? Ya me lo imagino, le agarró la culpa y…” “Está embarazada.” “Ojalá se le pudra la poronga al forro ese.” Y… por algo es mi amiga.

jueves, 2 de septiembre de 2010

La Emilia 78: Dejad que los niños se alejen de mí (te lo pido por favor)

Jardín de infantes… ¿a quién carajo se le habrá ocurrido ponerle ese nombre a un lugar donde un montón de seres humanos que no sobrepasan el metro veinte se apretujan para embadurnarse de témpera, plastilina y otras yerbas? Hablando de yerba, ¿las maestras jardineras fumarán? Si no, no entiendo cómo pueden soportar estar todo el día ahí adentro. Volviendo al nombre del establecimiento, creo que lo debe de haber inventado algún boludo que pensaba que toda persona relacionaría la palabra “jardín” con el verde, la esperanza, lo liiiiiiindo que son las plantas… o habrá pensado que los pequeños eran esos divinos retoños, brotes de vaya una a saber qué… Ese sí que se drogaba, y con alta droga, no con un mísero porrito… Total que, a las ocho en punto de la mañana me apersono como me pidió mi amiga en la puerta de la institución donde sus hijos supuestamente se educan, se estimulan y se sociabilizan. Veo a varias personas, entre las que no está la progenitora de los niños en cuestión. La llamo por teléfono. “No, yo no voy, Emilia, los padres no tenemos que ir, sólo los familiares.” “No sabés cuánto te agradezco tamaña demostración de cariño”. Entro y me encuentro con dos especímenes de esos entes adorables que se denominan maestras jardineras, que vaya una saber por qué santa o puta razón viven hablando en diminutivo… el cuadernito, el lapicito, las mamitas, los papitos, los abuelitos, las conchitas de tus hermanitas… Tal vez, después de un tiempo desarrollen una incapacidad para determinar quién es adulto y quién es infante, aunque igual tampoco nunca entendí por qué les hablan así a los pibes… son pibes, no boludos. Con el tiempo, más de uno se convertirá a un boludismo irrevocable, pero para llegar a eso hacen falta años de colegio. A mí me dan un poco de impresión estas minas, me da la sensación de que en cualquier momento pueden sacar una Itaka del bolsillo del delantal y, siempre con una sonrisa por supuesto, empezar a matar gente. Son creepy, por eso disfrutan de estar todo el día con seres que no saben hablar y chorrean moco permanentemente. Freaks o masocas, eso deben de ser. Cuestión que hablan algunas abuelas y cuentan lo que hacen, declaraciones interesantes e inspiradoras como nunca escuché en mi vida. Todo se desarrolla en un ámbito de movimiento y griterío permanente que los bisoños llevan a cabo con total impunidad. Los varones se pegan, las nenas chillan, y a mí me encantaría darles a todos una reverenda y gigante patada en el orto. A esta altura, y dada la sonrisa congelada en sus rostros, ya no me cabe la menor duda de que todos los adultos que se encuentran dentro de la sala fumaron opio antes de ingresar. De pronto, escucho: “Ahora la tía de los mellizos nos va a contar qué hace ella, de qué trabaja”. “No es nuestra tía”, gritan los encantos al unísono. “Pero es como si lo fuera, ¿no?”, les pregunta la maestra. “A casa viene bastante,” contesta uno de los dos, no sé cuál, nunca los distinguí, “pero chocolates no nos trae nunca”. Jajajajajaja, todos se ríen, no sé de qué. Y entre tanta risa, se vuelven a parar, vuelven a gritar, las maestras vuelven a no poder contenerlos y, lo que es peor, se me acercan…peligrosamente. Tengo lo que parecen ser cien millones de criaturas a mi alrededor. Creo que estoy por experimentar mi primer ataque de pánico. En silencio, traspiro. Empiezo a articular lentamente un “bueno, yo soy profes…” cuando no de ellos abre la boca al lado mío y se le escapa el chicle, que cae, por supuesto, sobre mi campera de gamuza. Reprimo un “pendejo de mierda la reputísima madre que te parió”… Sin embargo, dado al silencio de ultratumba circundante, es evidente que no lo reprimí, oops… se me escapó, y a los gritos, para no desentonar. Me miran de una manera incalificable, como si yo fuese la mismísima reencarnación de Cruella de Vil. Escena imposible de remontar. Mortal… Mortal combat. Igual reacciono, se ve que no perdí mis reflejos para todo.

“Ay, chicos, no la conocen? Es la introducción del nuevo hit para el verano de Violencia Rivas. ¿La ubican a ella, no? Me-te-te tu chicle en el cu-u-lo, me-te-te tu chicle en el cu-u-lo…”, les canto, mientras bailo al mejor estilo Club del Clan como si el espíritu de Violeta y el del Club entero me hubiera poseído. Mágicamente, uno empieza a reírse y a bailar. Y todos lo siguen. Y todo vuelve a lo que ellos denominan “normalidad”. Al final, no es tan difícil entretenerlos con cosas interesantes. No sé de qué se quejan, pienso pero esta vez sí que no digo nada. Y otra cosa que pienso es que mejor que este tipo me explique hoy sí o sí qué carajo le pasa porque si no… si no… ¿si no qué, Emilia?