lunes 2 de noviembre de 2009

Don Raúl.

“El hombre porteño (...) es hombre de pocas palabras, que calla sin otorgar, hombre que se resiste a destruir la unidad de sus sentimientos y de sus preocupaciones y a envasarlos en esas estrafalarias cajitas llenas de traiciones que son las palabras. Las palabras son juguetes peligrosos. El porteño las manipula, las baraja, se divierte con ellas, le gusta oírlas tejidas en frases, pero él no las emplea como mediadoras de asuntos importantes, es decir, no las emplea para clasificar a sus semejantes, al hombre. Con un cuidado inconsciente y sorprendente, evita anatemizar las personas, lapidarlas con adjetivos irrevocables. Sopesa las acciones y no los ejecutores. De preferencia, dice: “Jugó bien" y no “Juega bien". “Fue generoso" y no “Es generoso".


de El hombre que está solo y espera, de Raúl Scalabrini Ortiz.

viernes 30 de octubre de 2009

Máquina de Arte.

Propuesta interesante la de poner una ficha en una antigua expendedora de cigarrillos y sacar una pequeña obra de arte.  Se le ocurrió a la gente de Vía Postal hace unos años.  Y hace unos meses convocaron, junto con el Centro Cultural Recoleta, para una muestra con motivo del Bicentenario. Mi amiga, la Mori, la misma que me insistió para hacer un blog, (con la que recomiendo que se pongan en contacto porque se está lanzando como agente cultural y es un fenómeno) me convenció y me presenté. Y me eligieron. La serie se llama “Vidriera irrespetuosa”. La idea es unir una frase muy reconocida con imágenes de personajes o hechos que aparentemente no tengan nada que ver entre síEstos son los dos bocetos que mandé:

“La base está".



“No habrá ninguna igual. No habrá ninguna".



Ahora a pensar nada más y nada menos que otros cincuenta!!

jueves 29 de octubre de 2009

La Emilia 32: Puedes dejarte el sombrero puesto (y, en realidad, el resto de la ropa también)

“Decime, ¿no dijiste que estar enamorado es querer hacer feliz al otro todo el tiempo?”. “Sí”, le contestaron. “Entonces, ¿por qué no te vas a la mierda? Vas a ver lo feliz que me pongo”. Y… Vero cuando se enoja es brava. La prima se volvió al campo pero, pequeño detalle, se olvidó de decirle que se iba al muchachito con el que vivió una profunda historia de amor de tres días. Y tanto llamar a lo de Vero para saber algo de la prima, se terminó enamorando perdidamente de mi amiga. Lo conocemos poco, pero sí estamos seguras de que es enamoradizo el chico. También sabemos que pretende convertirse algún día en un intelectual porque lee todos los domingos la columna de Beatriz Sarlo en la revista Viva y porque no le gusta el fútbol y aprovecha para ir al super cuando juega Argentina porque no hay nadie. Lindo, pero chiquito, en demasiados aspectos. “Qué levante tu prima, eh.” “¿Viste? Bueno, igual convengamos en que le viene bien todo lo que se presenta.” “¿Será que es gauchita porque es del campo?” “No sé, boluda, una vez escuché que hay distintos tipos de libido, ella lo tendrá plástico, qué sé yo.” “¿Plástico? ¿Existe eso? Cagamos, yo creo que lo tengo atrofiado.” “¿Querés a la noche venir a casa a comer una pizza?” Cortamos y me quedé pensando en los distintos tipos de libido. Yo no sé si atrofiado no será mucho, pero estresado lo tengo seguro, no… tampoco, lo tengo pensador… ese es mi problema, mi libido piensa mucho y de tanto pensar se vuelve indiferente. Pobrecito, está un poco afligido en realidad. Tampoco tengo de qué quejarme, siempre me moví más o menos dentro de los carriles habituales… aunque no me vendría nada mal cruzar alguna que otra línea amarilla cada tanto. Veré que hago en el futuro. 
Total que no me voy a andar preocupando tanto por lo que va a pasar, si no, me pierdo lo que está pasando ahora, que es… nada, la puta madre. Soy una especie de película mal subtitulada, mi cerebro dice una cosa, mi boca otra y más abajo se lee algo totalmente distinto y, lo que es peor, últimamente he estado rodeada por mucho analfabeto. Mejor, me dejo de joder y me empiezo a preparar para ir a lo de Vero. Nos tomamos unas cervezas y hasta por ahí brindamos por la prima y todo. Ahijuna. 

lunes 26 de octubre de 2009

Humano, demasiado...


Siempre sucede como con Aquiles y Homero; uno tiene la experiencia y el sentimiento vital, y el otro los describe. Un verdadero escritor no hace más que poner palabras a la pasión y a la experiencia de otros; es artista porque es capaz de adivinar muchas cosas partiendo de lo poco que ha experimentado.


de Humano, demasiado humano; de Friedrich Nietzsche.

jueves 22 de octubre de 2009

La Emilia 31: Fever Night Fever Night Fever

Dos amigos que, abatidos por no encontrar el sexo desenfrenado que antes de salir imaginaron conseguirían mientras ensayaban una mirada profunda a lo Clint Eastwood frente al espejo, beben en silencio, acodados en la barra, aburridos pero sin dejar de fruncir el ceño. Otros dos amigos que no paran de hacerle bromas a todas las chicas que pasan y, a juzgar por las miradas que reciben, los chistes son divertidos como una endodoncia. El que está parado con el whisky en la mano sonriéndole vaya una a saber a quién, por lo general de jeans y camisa blanca a rayas celestes y que nunca liga nada. El que se quedó en los setenta, se desprendió la camisa hasta casi el ombligo y se dejó los tres pelos que le quedan hasta el hombro. El grupo de recién divorciadas haciendo que festejan y son felices. La que tiene trescientas horas de gimnasia por semana, no se clava nunca una hamburguesa, ya no sabe lo que es un bombón, y el último alfajor que comió se lo trajo su abuelo de Mar del Plata en el verano del 82. Preciosa y amarga como ruda macho. La que dice que no le gusta llamar la atención y por eso se pone jeans con encajes, blusa blanca escotada y transparente (en lo posible con priedritas brillosas), tacos como zancos, algún toque de animal print, mucho peinado de peluquería, mucha uña esculpida. La que se apoya en una columna, mira… mira… mira… revolea… revolea… revolea… histeriquea… histeriquea… histeriquea… Hombres que miran a mujeres y mujeres que miran a hombres. Más o menos esto es lo que vimos en el lugar que nos recomendó el mozo del restaurante cuando, después de comer, a la prima se le ocurrió ir a bailar y, antes de que yo pudiera abrir la boca, Vero me miró con la típica cara de “no me dejes sola, por favor, viene una vez por año a visitarme y mi obligación es llevarla donde quiera”. Era un lugar de gente un tanto más grande que nosotras. A la prima no le importó. Fue entrar y perderla. Qué sé yo, sudará feromonas la tipa. Tengo un lapsus en mi memoria, no sé cómo pero de pronto estaba bailando, desenfrenada, con Vero y con mi quinta cerveza en la mano. “I was made for lovin' you baby” es sencillamente irresistible. Reaparece la prima, saltando como loca, despeinada, y gritando que había conocido a un cubano increíble pero que no besaba tan bien como el rubio que tenía de la mano. ¿Venderán feromonas en pastillas? Yo en realidad me tendría que dar una endovenosa diaria. Todo pasa muy rápidamente en estos lugares. Por fin se me acerca un muchachito, un poco muñequito de torta pero nada feo. Lástima que abrió la boca. “¿Cómo te llamás?”, me pregunta en un arranque de originalidad y extrema confianza. “Emilia”, le contesto y recuerdo que no debo beber tanto. “Qué lindo, con e de esperaza”, me dice.  “Ah, te gusta Diego Torres, lo nuestro no va a andar, corazón”. Las tres no fuimos al otro lado de la pista, lo dejamos a él y perdimos al rubio en el camino. “No importa”, dijo la prima, “ya me había dado el teléfono, mañana lo llamo”. Seguimos bailando otro rato. Hasta que empieza a sonar Color Esperanza y, como era de esperar, reapareció el muñequito. “Seguidor como perro de sulky”, me dice la prima. “Tu posmodernidad me alucina”, le dije. Me miró y no sé si ella no me entendió a mí o si yo no la entendí a ella. Total, que lo que nos surgió a las dos fue una estridente, borracha y por qué no campechana carcajada. Y sí, cada tanto hay que pintarse la cara.

viernes 16 de octubre de 2009

Abelardo, el admirado.


“Ninguna historia cuenta una sola historia, ni en los libros ni en la vida. Pero, sobre todo en la literatura, si la historia subterránea no es en cierto modo lo esencial no hay obra de ficción.”

 

del libro Ser escritor, de Abelardo Castillo

miércoles 14 de octubre de 2009

La Emilia 30: Las invasiones bárbaras.

“Dale, venite. ¿Qué vas a hacer? ¿Te vas a quedar sola en tu casa?” Yo sabía que no tenía que ir. Que la intención de Vero era más que buena y generosa. Pero no estaba de humor para bancar a nadie que no fuera yo misma o, como mucho, ella, que es lo más parecido a yo misma que conozco. Pero la carne es débil, dijo mi bisabuela cuando todo el mundo se dio cuenta de que mi abuelo era muy parecido al lechero… uy, qué dispersa estoy hoy… Cuestión, que fui… al cine y después a comer con Vero y su prima, que estaba de visita. La prima es de un pueblo que se llama Cuchú tafí o Tafí cuchú o Tufí Memé, o algo parecido… sólo sé que es lejos y que queda en el campo, ese lugar, como decía no me acuerdo quien, donde las gallinas andan vivas y sueltas revoloteando por ahí. “Pero yo a tu prima la conozco, Vero, es demasiado tranquila para estar conmigo en este momento”. “Justamente, nos va a ayudar a bajar un par de cambios a las dos”. Más que un par de cambios, nos va a poner en punto muerto, pensé. Pero Vero tiene razón, a veces, está bueno juntarse con gente que no tiene mucho que ver con una, para variar. ¿Para qué carajo queremos variar? Y variar, ¿qué?, me pregunto yo. La película… no la que hay que variar, la que fuimos a ver… qué decir, no era mala, de hecho a la prima le gustó, para mí fue total y absolutamente intrascendente. Una de esas comedias donde no esbozás ni una mínima sonrisa, donde el chico pobre, tonto o nerd termina enamorando a la chica más linda e inteligente del barrio a pesar de que ella se estaba por casar con el príncipe de Asturias, y son felices y comen perdices, animal que crece, ¿dónde?, en el campo, será por eso que le gustó a la prima. Ojo que yo no pretendo burlarme de nadie, muchísimo menos en este momento de corrección política mundial en el que estamos sumergidos, el campo es bueno y generoso, tiene la vaca que nos da la leche pero, la verdad, a mí me importa tres carajos. A mí a la vaca traemelá en lo posible arriba de una parrilla y bien jugosa o, en su defecto, teñida de fucsia y en forma de zapatos o cartera. Nos sentamos a comer en un restaurante moderno para que la prima conociera los placeres de la gran ciudad. Una bosta, esos típicos lugares donde te traen un plato que se llama Vieyras del Pacífico Sur con salsa de orégano y chocolate, te cobran cinco millones de dólares y encima no podés fumar. Por supuesto, a la prima le encantó. Pero claro, para ella un pollo al champiñón ya hubiera sido un plato sofisticado. Otra vez, cero prejuicio, válgame dios, pero yo también tengo derecho a expresar mi opinión, qué joder. Como diría mi locólogo, dios lo tenga en la gloria no porque se haya muerto sino porque lo maté yo, no físicamente eso es más que evidente sino estaría hablando desde otro lugar y no desde acá cómo me acabo de ir al carajo me acabo de dar cuenta, tengo el pensamiento enrulado… ¿Tendré que volver a terapia? Como decía, él insistía en que yo vivía aclarando “yo también tengo derecho a…” como si tuviera la necesidad de recalcar… y sí tengo la necesidad, boludo, le decía yo, ¿por qué te pensás que vengo acá? ¿Por qué vos sos lindo? No soy tan boluda (también ya sé que si digo tan es porque un poco boluda me siento, termínenla con tanto inconsciente, mierda). Ahora sí que me fui, me perdí y ya no sé adónde estaba… ah, con la prima comiendo una suprema Maryland. Uf, me aburrí… sigo después.

domingo 11 de octubre de 2009

No es literatura... pero es arte.

Minuto 44:

“... la perplejidad, la desazón que no admite respuestas - no se puede gritar, saltar, desgatiñarse -, que te lleva a un segundo de una parálisis perfecta, justo antes de la puteada o la extrema desazón. Ese momento en que lo peor acaba de pasar sin que uno pueda evitarlo de ninguna manera, en que la amenaza acaba de convertirse en realidad, en que ya está.... Ese momento de mierda en que te acaban de meter un gol... "



Minuto 47:
“El grito serio, el que sólo aparece en los minutos trascendentes, como un rugido que surge... Todo el resto es fantasía, firuletes. Ese grito es la esencia, y es guerrero: ese momento en que no importa el tiempo."




del libro Boquita, de Martín Caparrós.

viernes 9 de octubre de 2009

Maldad inocente.

Ella tenía veinte años, quería conocer Egipto, tener aventuras. Él estudiaba antropología, y decía lo mismo. Como era de esperar, se casaron. Él empezó a dar clases en la facultad y ella se dio cuenta de que no estaba con Indiana Jones. No hubo Egipto ni aventuras. Sólo una sucesión continua de reclamos. “Me aburrís”. “Me amargás”. “Nunca tenemos un peso”. “¿Por qué no te vas?” “¿Por qué no te morís?” “No te quiero ver más en mi vida”. Él, siempre imperturbable a sus quejas. Hasta que dijo: “No me provoques más, por favor”.

Fueron sus últimas palabras. No habló más esa tarde. Explotó, ella por supuesto.

“No tenés derecho”. La invadió una especie de crueldad necesaria que no pudo contener. “Siempre mirándome con ojos de buitre, como si yo fuera una momia”. Imbécil fue lo menos que le dijo. “Sacás lo peor de mí”. Confesó sus amantes. “Impotente, mariquita, inútil”. No podía parar. “Te veo y me dan ganas de vomitar”. Tuvo la imperiosa urgencia de tirarle el mundo por la cabeza. “La culpa de todo la tenés vos”. No le alcanzaba con humillarlo, quería más. “Poca cosa”. No lo podía evitar. “Sabés que tengo razón, lo sabés”. Quería una especie de resarcimiento que estaba convencida que merecía. “¿Quién te pensás que sos? Estúpido. ¿Barreda? Pero dejá ese cuchillo donde estaba, haceme el favor. Ni que te fueras a animar.”

Fueron sus últimas palabras. No habló más. Nunca más. Se fue a la facultad caminando, él por supuesto.

jueves 8 de octubre de 2009

La Emilia 29: Chau, no va más.


De: Emilia; Asunto: Gracias, Fede.

Lo único que puse fue el asunto. Ni un hola. Ni un chau. Ni un te mando un beso.

¡Ja!

¿Ja?