miércoles, 25 de octubre de 2017

8. Padre, ¿por qué me has abandonado? (o,mejor dicho, ¿por qué no me abandonas de una puta vez?)


Mirá que yo no soy de muchas palabras telefónicas, pero mandar un mensaje que sólo dice ‘hola’ es muy pedorro; qué se supone que una deba contestar; no se supone nada, Emilia, ese es el punto; mentira, siempre se supone que hagamos algo; y si vos siempre te cagás en las suposiciones; bueno pero esta vez qué sé yo, a lo mejor; a lo mejor qué, es de cuarta, que se cague esperando; sí la verdad que esos mensajes vacíos que no dicen nada; ¿y si justo se quedó sin batería?; ¿cuándo te pusiste tan boluda?... Sumergida en estas conversaciones con todas mis personalidades estaba cuando me llama Claudia, amiga recientemente separada. “Negri, este sábado la nena está en casa, ¿no querés venir a cenar y nos miramos una peli?” “¿El Rey León 25, por ejemplo?” “¿No te enteraste? Ya van por el 42. Dale, boluda, venite, y te quedás a dormir.” “¿A-dor-mir?” “Hacemos un pijama party como los chicos.” “Voy a obviar ese comentario.” Total que para no seguir mirando el teléfono, fui. Comimos una pizza viendo Frozen, la nena se durmió, terminamos la botella de malbec que llevé, atacamos el Bailey’s, quedaba poco, seguimos con un licor de mandarina espantoso pero bueno es lo que hay, y entre brindis y brindis nos pusimos al día y, con The Walking Dead de fondo, vaya dios a saber por qué terminamos justamente hablando de religión. “No tenés que ser tan atea, nena, en algo hay que creer.” “No soy atea, soy agnóstica.” “Es lo mismo.” Claudia siempre fue de simplificar las cosas. “Y cómo hago para ser agnóstica por la mitad, ¿eh? Aparte, quién te dijo que no creo en nada.” “Sí, Vero me contó lo de la bruja.” “Tampoco la pelotudez.” “¿En qué creés?” “Qué sé yo” “Para mí que vos tenés un problema con los químicos de tu cerebro. Tu cerebro genera más que los del común de la gente, por eso estás así.” “La próxima vez que vaya al médico me hago análisis de sangre de cerebelo, ¿querés?” “A vos te falla la válvula reguladora, la tenés como todo el mundo pero no la dejás vivir a la pobre. Sufrís de exceso de pensamiento.” “Creo que llegó el momento de irse a dormir y dejar descansar la válvula, estamos teniendo conversaciones de borrachas.” “Dale, escapate, vos cuando no querés escuchar, entendés la mitad.” “Hasta mañana.” “Ok.” Cuando me levanto al otro día, Claudia ya había: hecho el desayuno a la nena, bañado a la misma, cambiado las piedritas de los gatos, sacado a pasear al perro, y ahora armaban un rompecabezas. Inabarcable, yo a la mañana simplemente no hablo. Es todo lo que puedo hacer durante la primera media hora. Claudia me conoce y sólo me dice, “En la heladera hay jugo.” “Yo, mate nomás.”, le contesto. Quince minutos después suena el timbre. “Es XX, me dijo que andaba por acá y que pasaba un ratito.” XX es una amiga de Claudia. Ese es un punto que nunca jamás en la vida entenderé, cómo una amiga de una puede tener otra amiga que es tan distinta a lo que es una. Misterio de la naturaleza. XX es el tipo de mujer que jamás tiene nada de qué quejarse. Yo no sé cómo hacer para soportar tanta felicidad. Por otro lado se le nota que, como decía mi tía abuela, hace mucho que no le ve la cara a dios. La verdad, seamos sinceras, si yo fuera dios tampoco me dejaría ver la cara por XX. ¿Ves? Yo, si se la viera más seguido, por ahí dejaría de ser un poquito agnóstica. Mirá por dónde casi me vengo a convertir. XX entra y yo, para no interrumpir y que no interrumpan mis quince minutos restantes de silencio, me retiro al living. “No es necesario que te vayas, Emilia, no vamos a hablar de nada que no puedas escuchar, quedate.” Me tiro en el sillón y para evitar la tentación de inmediatamente prender el teléfono agarro el primer libro que encuentro en la mesita ratona. Pero XX es integradora, seguidora como perro de sulky decía un amigo de mi abuelo; ese tipo de personas que no sabe hablar y mucho menos callarse. “Entonces venimos nosotras para acá, dale Clau así charlamos las tres. ¿Qué estás leyendo, Emilia?” “Agarré el libro del Horóscopo Chino.” “Ay, ¿y qué sos Emilia?” “Serpiente.” “Ay, qué feo, ¿y vos creés en esas cosas?” “Un poco.” “¿Y por qué creés en esas supersticiones?” “Porque prefiero creer en éstas y no en que un señor bajó del cielo y nació de una mujer que nunca fue penetrada.”
“Ay, ¿y no creés en ningún santo? Yo soy devota de San Expedito.” Entre tantos 'ay', tantas palabras, tanta religión, tantas cosas, me traicionaron los químicos. “Yo cada vez que puedo, le prendo una vela a San Poronguito pero últimamente no me está escuchando mucho.” “Ay, vos insistile, que a la larga siempre te escuchan.” Qué sé yo, hay gente rara, como los que te mandan mensaje sin esperar respuesta la puta madre carajo.

viernes, 13 de octubre de 2017

7. Just when I thought I was out...

… they pull me back in, dijo Al Pacino. Me encontré con Sandra a tomar un café. Sandra es una amiga del secundario. No sé si seríamos amigas si nos conociéramos hoy, la verdad es que mucho en común no tenemos; sólo nos une el cariño de una historia, dirían en un comercial de galletitas de salvado. Ayer estaba particularmente monotemática. Su novio su novio su novio. O, más precisamente, la ausencia del mismo dado que todo giraba en torno al hecho de que no la llamaba hacía como dos semanas. Yo que ella me estaría yendo a Jamaica para festejar pero, ya lo dije, somos distintas. Paréntesis explicativo para que no piensen que soy una descreída del amorrr. El novio de Sandra sufre lo que yo llamo S.B.I., Síndrome del Boludo Importante. Características que suele manifestar el genotipo en cuestión:
-estado de wassap: Carpe Diem
-palabra más usada: sustentable
-para el día de la dulzura, te regala un chocolate con un cartelito que dice ‘¿me das un beso?’
-sabe de memoria las canciones de Arjona
-en facebook es miembro de grupos tales como ‘Salvemos al pingüino de Magallanes’ y ‘Ecología en acción’
-pasados los treinta todavía cree que el perro que tenía a los nueve se fue a vivir al campo
-su fantasía sexual más loca es hacerlo sobre la mesa de la cocina
-se bajó una aplicación en el celular para ayudarlo a no ser tan dependiente del celular
-el subtrenmetrocleta le parecía un invento revolucionario

Lo trágico es que la boludez es como la entropía, no para de crecer en el universo. Vuelvo, como siempre, no sé para qué carajo me voy si siempre vuelvo, esa es otra historia, ahora Sandra. “Lo que pasa es que debe de estar cansado, trabaja mucho”. “¿Qué hace?” “Es emprendedor.” “¿Y qué emprende?” “No sé, Emilia, emprendimientos supongo.” Emprendedores, desarrolladores, unicornios… qué sé yo, ¿alguien labura en este mundo moderno o yo soy la única pelotuda? Mejor no digo nada. “El tema es que como acaba de separarse, le tiene miedo a un nuevo compromiso; para mí que le gusto demasiado por eso no me llama.” Así estamos, hiper modernas, pero cuando tenemos que justificar el comportamiento pedorro de un tipo nos remitimos a los argumentos que usaban nuestras bisabuelas en la época de la Virgen de la Caramañola. “La semana pasada le mandé mensaje y me dijo que estaba ocupado porque había venido un primo de Madrid. “Ah, no sabía que tenía parientes en España”. “No, yo tampoco”. Silencio piadoso. Terribles, los momentos en que una no sabe qué decir son terribles. “¿Qué hago? ¿Lo llamo otra vez?” “¿Cómo otra vez? ¿Ya lo llamaste?” “Obvio, y me dijo que el viernes que viene no puede, que está ocupado”. “Pero mandalo a la puta madre que lo parió, ¿qué es? ¿Un 0-800 que está siempre ocupado el pelotudo ese?” “No puedo, es un dulce de leche. Cuando hacemos el amor, no sabés, una entrega, Emilia, una entrega.” “Es un tipo, no un servicio de delivery, boluda”.
“Emilia, no me hables así, no sé qué hacer, estoy cansada de estar sola”. Qué le voy a decir. Federico me mandó mensaje. Cada tanto se va y, lo que es peor, cada tanto vuelve. Y siempre me manda al psicólogo. Yo tampoco sé qué hacer. Por ahora, le clavo el visto; que se banque las flechitas azules. Porque yo cuando quiero, soy re jodida. Es lo que decía al principio, cuando pensé que estaba afuera, me vuelven a entrar.

miércoles, 11 de octubre de 2017

6. Parte de la religión

Mi mamá es de esas mujeres que se compran una blusa aunque le quede grande y le chingue por el solo hecho de que esté en oferta. Después, como no sabe qué hacer con el adefesio, me la regala a mí. Y como yo no soy creyente pero cuando dicen que dios me va a castigar, a veces, me asusto, le agradezco y me la pongo. Mi mamá también es de esas madres que adoran alabar a los hijos ajenos. Por ejemplo a Inesita, la hija de su amiga Nora. “Es tan buena, la viene a ver todos los días a la madre”. Inesita es simplemente beige y debe de tener como objetivo en la vida graduarse de telemarketer. Mi mamá lo sabe pero como practica ese tipo de crueldad que nace de la necesidad (de la necesidad de romperme las pelotas a mí de por vida), insiste. “Ayer ya que estaba pasó un ratito a verme a mí por si necesitaba algo y a que no sabés, me instaló el wassap, viste que vos no podés porque andás siempre tan apurada, ella lo hizo en un ratito; ahora vamos a poder estar conectadas todo el tiempo.” Y ya que tiene tanto tiempo y es tan buena, por qué no se irá a alimentar niños a Uganda en vez de proveerte un cordón umbilical tecnológico, pienso pero como siempre no digo. “Es tan buena”, repite. Una madre que se precie de tal siempre sabe qué botón apretar y una hija a la altura de las circunstancias nunca deja de saltar ante el estímulo. “¿Por qué es buena, mamá? ¿Porque no mató a nadie?” “Ahí está, ya tenías que repetir la típica frase de tu padre.” “A papá dejalo en paz, por favor.” “Tu padre hace rato que duerme en paz... Decime, nena, ¿vos cómes milanesas de soja? Porque el otro día leí en una revista que son buenas para el colesterol. ¿Vos te alimentás bien, no? No me mientas.” Es así, mi mamá no usa palabras, usa garrotes. Para reprimir el deseo tanático que me invade, le doy un beso y me voy. No me mientas, me dice, y como no puedo parar de hacer asociaciones boludas, me acuerdo del catecismo que me morfé a los nueve años; así quedé. Entonces, me surgen:
Los Diez Madremientos .
 1. Amarás a tu madre por sobre todas las cosas.
 2. No tomarás su santo nombre en vano, ni la puta madre que me parió dirás.
 3. Santificarás su cumpleaños, una torta le llevarás y las velitas con ella soplarás.
 4. Honrarás a tu madre y a tu madre, a su imagen y semejanza obrarás.
 5. No la matarás, ni siquiera te tentarás.
 6. No fornicarás, sólo te casarás, muchos nietos darás y te joderás, te joderás.
 7. No le robarás.
 8. No levantarás falso testimonio ni le mentirás, jamás, jamás.
 9. No desearás la madre de tu prójimo.
10. No codiciarás las madres ajenas.
Y, ya que estamos…
Los Diez Mierdamientos de la Sociedad Moderna.
1. Estudiarás e independiente serás.
2. Éxito en tu carrera tendrás.
3. Inteligencia demostrarás, pero no tanta, al hombre no espantarás.
3. Que el aspecto no es importante aprenderás.
4. Para ser eternamente joven y flaca a lechuga, manzana y yogurt vivirás.
5. Por no tener celulitis matarás o morirás.
6. Pareja formarás y te completarás.
7. Hijos tendrás y, si es necesario, el diploma en el culo por unos años te meterás.
8. Espléndida siempre estarás.
9. Tu propio dinero ganarás y en tu familia lo gastarás.
10. La palabra frustración no conocerás.
Y, por qué no…
Los Diez Emiliamientos.
1. A dar un paseo en el pito de King Kong a todos mandarás.
2. Sólo si tienes ganas, pareja formarás.
3. Todo lo que quieras cogerás, y si no quieres, no te preocuparás.
4. Alcohol tomarás y algún porro te fumarás.
5. Bondiola masticarás, de la que te guste más.
6. Leerás, muchas películas y series mirarás.
7. Nunca un orgasmo fingirás.
8. Hijos buscarás si los deseás.
9. Trabajarás y tu plata gastarás en lo que te guste más.
10. Joya joya la pasarás, ya verás, o por lo menos lo intentarás.


jueves, 5 de octubre de 2017

5. Sweet Home Luisiana


Tengo otra amiga, Luisiana, casada más o menos desde que nació. Y una felicidad que le brota por todos los poros. Luisiana; deprimida, bajoneada y cajoneada. Luisiana, llora. Luisiana piensa que es cornuda. Una vez más. Luisiana llama. También una vez más. Cada vez que hablo con ella sobre este tema me saca una hernia en el cerebro. Ya le expliqué más de una vez que hay preguntas que no se hacen y pensamientos que no se tienen. Pero no me hace caso. Testaruda como toda taurina. Y dale con la astrología. Bruja de mierda, me tomó la cabeza. Vuelvo. Que “Luisi no es la primera vez que te pasa, ya basta”. Que “cómo me decís algo así”. Que “disculpame pero me parece que esta conversación la tuvimos la semana pasada”. “El mes pasado fue, ordinaria”, me contesta. Mis amigas, a veces, me tienen podrida. Me llaman para que les dé mi opinión y después no se bancan lo que les digo. Y eso que digo el diez por ciento de lo que se me pasa por la cabeza. Ya sé que me llaman para hablar y no para que les dé mi opinión, pero entonces que no pregunten, qué mierda. Vuelvo a volver. “Nunca se sabe, Luisi, para qué te vas a preocupar por las dudas; acordate de tu abuela, ojos que no ven, corazón que no siente.” “Lo vi saliendo de un telo con Marianela”. La concha de su tía la renga. El maridito en cuestión es el prototipo de príncipe encantador del subdesarrollo al que cada vez que le preguntás cómo está te contesta ‘quemado’ y se cree importante. Marianela es la secretaria, tiene veinticinco años, está re buena, es re rubia, re boluda, re cool, tiene un re culo. “¿Estás segura de que era él?”, dije en un brillante arranque de lucidez intelectual. “¿Estás pelotuda?, me quiero matar, hijo de puta, me voy a convertir en una piraña en su estómago, esa conchuda vino a mi cumpleaños, ¿entendés?” Me tembló el tujes. Luisiana no putea, planta orégano, albahaca y cilantro en una maceta y hace cheesecake casero; peligrosísima. “¿No pueden venir? Si no, me voy yo para allá con los chicos.” Tiene cinco: una adolescente de doce, una de nueve, uno de siete y los mellizos de dos. “Salgo para allá”. Colgué y llamé a Verónica. “Te paso a buscar para ir a lo de Luisiana, está de atar.” “Emilia, vive en el culo del mundo.” “Dijo ‘conchuda’, andá cambiandoté que en diez te toco el timbre, en el viaje te explico.” “Ok.” En el viaje iba a tener tiempo para recitarle las obras completas de Freud porque Luisiana, como todo monumento a la familia feliz y numerosa que se precie de tal, hace poco se mudó a un country del orto en la loma del ídem, buscando una tranquilidad que no le dio el alambre sino el clonazepam compuesto que se manduca en el desayuno. Total, que ahí estábamos Vero y yo, rumbo al tupper en el que se había metido nuestra amiga. “¿Te fijaste cómo llegar, Vero? Siempre me olvido.” “No, pero es facilísimo, yo sé ir, te voy indicando.” Por supuesto que nos pasamos de bajada en la autopista, retomamos, pagamos otro peaje, logramos enganchar la salida, seguimos por un caminito que no era empedrado ni asfaltado ni de tierra ni de adoquines ni de una reverendísima garcha, llegamos a la loma del ojete, doblamos, hicimos cinco kilómetros más y estuvimos a las puertas del antro del bienestar y la vida sana. El señor de seguridad mira con sospecha mi auto modelo 2000, típico pelagatos pulguiento alcahuete y chupaculos que se comporta como un magnate petrolero porque trabaja para ricos. A pesar de no haber llevado el certificado de la BCG logramos entrar a ese lugar donde las casas son todas casi iguales, los pajaritos cantan, las viejas se levantan y salen a andar en carritos de golf, los pibes andan en bicicleta por el medio de la calle y los padres contentos porque los están ‘criando libres’ y no se dan cuenta de que lo que están criando son generaciones de pelotudos a cuadros que no tienen idea de lo que es un semáforo. A ver, un lugar en el que no se puede tocar bocina es un hospital no un lugar para vivir. Luisiana, que en su juventud se pintaba los labios y las uñas de negro y escuchaba a The Cure, sale a recibirnos vestida con un jogging celeste bebé, zapatillas, nuevo corte de pelo carré prolijísimo y un chihuahua en brazos; y, con una sonrisa a medio camino entre la de Maru Bottana y la de Claudio María Domínguez, dice: “Saludá a las tías, Simón.” Creepy creepy. “¿No estaba de atar, Emilia?” “¿A vos te parece que no?” Nos costó salir del auto, pero no nos quedaba otra. “Pasen, pasen, vamos a tomar el té en la cocina que estamos más tranquilas, hice un budín de limón que me salió riquísimo, aprovechemos que los chicos andan por ahí para chusmetear un poco, acá no los tenés que controlar tanto, viste, hacen lo que quieren.” Siempre hicieron lo que se les cantó el culo estos pendejos, pensé pero no dije, no fuera a ser cosa que Norman Bates despertara de su siesta. “¿Y tu marido no está?”, preguntó Vero. También debe de andar por ahí haciendo lo que se le canta el culo, pensé pero no dije 2. “Ni me hablen. Ahora no sé por dónde anda, salió corriendo hace un par de horas, se fue otra vez de viaje por la empresa, me dijo que a la vuelta hablábamos, tanto avión que se cae en el momento equivocado digo yo… ¿Te contó Emilia que lo vi? Igual yo no me quiero separar eh, ni loca, mucho laburo, los pibes, un quilombo, yo sólo quiero enviudar, es más digno, te juro que lo lloro y todo.” Miré alrededor y como no la vi, tenía ganas de preguntarle dónde había dejado la olla en la que estaba hirviendo el conejito. “¿Saben qué me voy a hacer? Las tetas, miren lo que tengo, dos chupetes que me llegan a la cintura de tanto que me las han chupado, una vida sin tetas es una vida que no merece vivirse, chicas.” Como si fuera poco, a modo de oferta para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero, entra la adolescente. “Mamá, ¿me das plata que me voy al cine con los chicos?” “Pedile a tu padre.” “Mamá, papá está de viaje.” “No tengo la culpa. Mandale un wassap.” “Mamá, ¿estás loca?” La frase justa y necesaria para que la émula de Evangelina Salazar deviniera en Linda Blair. “Mirá, pendeja maleducada, en primer lugar saludá a mis amigas como corresponde y, en segundo lugar, me volvés a contestar y te estampo los dientes contras la pared, ¿me entendiste?” La pendeja salió corriendo y ella vomitó. “Hace catorce años que lo único que hago es limpiar mocos y culos cagados, ¿qué carajo se piensan que soy yo? A ver, Emilia, decime, vos seguro tenés forros en la cartera, ¿no es cierto? ¿Sabés qué tengo yo? Termómetro, Ibupirac, curitas y la receta de una torta de cumpleaños con forma de Transformer… Me estoy ahogando, me estoy ahogando, me estoy ahogaaaando…”, repetía al mismo tiempo que se balanceaba y se largaba a llorar a moco tendido. “Tranquilizate, Luisi,” alcanzó a decir Vero mientras yo trataba de abrazarla, con todo el espíritu de guardavidas que pude encontrar en mi ser. “No me puedo tranquilizar, a estos pendejos, que les juro que los amo con toda mi alma, un día de estos los prendo fuego, un día de estos les voy a dar tantas patadas que les voy a dejar el culo como mandril. ¿Saben lo que les dije el otro día? No me hablen más, esto que ven no es mamá, es un holograma, mamá se fue a Jamaica con un negro y no piensa volver por un tiempo, estoy loca, desquiciada, soy la peor madre del universoooo.” “No, Luisi, no es así”, alcanzó a decir Vero. “Siiiiií es así, no me contradigan, lo único que necesito es que me digan a todo que siiiiií”, y lloraba y lloraba, y nosotras le alcanzábamos pañuelo tras pañuelo. “El turro con el que me casé no puede parar de irse de viaje y traerme perfumes, ya sé que está trabajando pero él termina su jornada laboral y está en la Quinta Avenida y yo me tengo que conformar con salir a pasear por el medio del culo del mundo y con mirar los putos bichitos de luz; pero a ese hijo de puta lo voy a cagar, les juro, tengo todo planeado. Miren lo que tengo acá”, dijo y nos mostró un número de teléfono anotado en un papelito que sacó de adentro de una lata de pimentón español. “Es el número de Gabriel. ¿Qué me miran así? Gabriel González, ¿no se acuerdan? ¡Chicas! Mi novio de la secundaria, lo encontré por Facebook.” Casi me atraganto con la quinta rebanada de budín. Por las santas pelotas de Marquitos Zuckerberg, a cuánta gente más le va a cagar la vida este pendejo. Se ve que de tanto comer lechuga para no engordar, mi amiga se olvidó de cómo se pela una chaucha y se puso nostalgiosa. “Por ahora estamos rescatando algo tierno de la infancia, pero les aseguro que esta vez si me tengo que tirar un tirito me lo tiro.” Mientras que no sea en la cabeza, pensé pero no dije porque no quise dar ideas. “En cuanto encontremos un momento nos vemos, la próxima les cuento.”
Como estaba más tranquila y se había terminado el budín, nos fuimos. “Desde ya te digo, Emilia, que no me enganchás más. No vuelvo ni en pedo a escuchar a esta loca psicótica cuando se garche al compañerito y la agarre la culpa”. “Yo tampoco… salvo que otra vez amenace con ir a casa con los pibes.” “Salvo que otra vez amenace.” Y bué, así somos.