viernes, 19 de diciembre de 2008

el del Lauchi

De eso se trata: de ser o no ser salvaje.
Facundo - D. F. Sarmiento








No había una vez. Nunca había habido una vez para el Lauchi. Ni una vez, ni una casa, ni un padre, ni nada. Ocupaba una casilla de cartón con la vieja. Y eso era todo. Algunos vecinos, los más antiguos, decían que era su abuela. Ella hablaba poco y él nunca preguntó nada.
Vivían de una escasa pensión que cobraba Everilda, de lo que les daban los vecinos y de las monedas que el Lauchi juntaba haciéndoles algunos mandados o cortándoles el pasto. Diarios, latas, sobras de asados, ropa con agujeros, autitos sin ruedas, barajas viejas, vestidos de fiesta con quemaduras de cigarrillos, todo iba a parar a la casilla. El lunes era el mejor día; el panadero – de quien las malas lenguas decían era su tío – le regalaba las facturas que no había vendido el domingo.
La maestra que vivía al lado del almacén, recién ascendida a asistente de dirección, se mostraba preocupada por el futuro del Lauchi.
-Un chico que no sabe leer ni escribir queda afuera de todo – solía decirle con la mejor de las intenciones.
Él la escuchaba, aunque no entendía cómo podía quedar afuera de todo si nunca había estado adentro de nada. Le traía viejos formularios de la escuela o papeles escritos de un solo lado para que practicara del otro, mitades de lápices y crayones que los alumnos se olvidaban en el colegio.
-Vos practicá en estas hojitas, que si estudiás y te esforzás, lo demás viene solo.- Siempre decía más o menos lo mismo. Pero como nunca le explicaba qué practicar, en qué esforzarse ni qué vendría, con Everilda usaban todo eso para prender el fuego.
Los demás chicos de la cuadra se juntaban todos los sábados a jugar a la pelota en el baldío de Matanza y Chascomús. El Lauchi se pasó años mirándolos desde la esquina. De a poco, se fue acercando hasta llegar al límite no marcado de la cancha. Parado con las manos en los bolsillos, hacía dibujos en la tierra con los pies, masticando algún pasto y siempre listo para alcanzarles la pelota cuando se les iba. Hasta que un día falló uno y le preguntaron si se animaba. Fue al arco. A partir de ahí, cada tanto, cuando faltaba alguno, lo dejaban entrar.
El Lauchi tenía ganas de jugar siempre, y se ganó un lugar a los golpes. Literalmente a los golpes. Una tarde, se acercó a Jorge, el cabecilla del grupo, y le propuso:
-Yo me paro delante de cualquiera para que me pegue tres minutos sin parar, un round entero. Yo no hago nada, no contesto quiero decir. Si no me caigo, juego y el que me pegó se queda afuera.
Les pareció divertido, novedoso, y aceptaron.
Impávido, recibía uno tras otro los golpes. De pie. Como si fueran moscas. Terminaba jugando todos los sábados y ya no les pareció tan divertido, ni mucho menos novedoso. Entonces Jorge le dobló la apuesta.
-Hoy viene a jugar el Chino, el de la otra cuadra, te parás adelante de él y, si te lo bancás, jugás siempre.
Grandote el Chino. La primera piña en la boca del estómago lo dobló al medio, pero no se cayó. La segunda le entró de lleno en la mandíbula y lo ayudó a enderezarse. Se le hizo un corte arriba de la ceja derecha y le empezó a sangrar la nariz. Escupió un diente. Los brazos inmóviles al costado del cuerpo, sin cerrar nunca los ojos, ni siquiera cuando tenía el puño encima. Recién como a la décima trompada soltó una lágrima. Le hicieron trampa, fueron más de tres minutos, pero no lo pudo voltear.
Se limpió la cara con la remera y dijo:
-No quiero ir más al arco, ahora juego de cinco.
No se animaron a decirle que no. A los doce años, el Lauchi se ganó por primera vez algo de respeto.
Poco a poco se fue integrando al grupo. Después del partido iban al kiosco, compraban gaseosas, alguna que otra cerveza y lo invitaban. Como a ellos los padres no los dejaban fumar, el Lauchi les compraba los cigarrillos y se quedaba con dos por paquete. Hablaban de chicas, de fútbol, de autos.
Un sábado la cuadra amaneció alborotada. Era el cumpleaños de quince de Claudia, la hija del dueño del corralón. En el kiosco, después del partido, no se habló de otra cosa. Los chicos conocían a todas las compañeras de la escuela de la hija de don José; el Lauchi escuchó en silencio la descripción de todas. Por fin dijo:
-Qué bien la vamo’ a pasar, ¿no?
-¿La Claudia te invitó a vos también? – le preguntó el Chino.
-¿Cómo no me va a invitar si juego a la pelota con ustedes? ¿Somos amigos o no? Aparte, yo ya fui varias veces de la Claudia a cortar el pasto.
-Eso no tiene nada que ver, che, obligación no tenía. Cuidá la tarjeta, que no se te pierda entre todas las cosas que tenés en la casilla. Mirá que si no la llevás no podés entrar, eh.
Y la verdad era que no podía perder la tarjeta, simplemente porque no le habían dado una.
Esa noche se paró en la vereda de enfrente, fumó varios cigarrillos. Vio como todos sus amigos iban llegando, y las amigas del colegio de Claudia, y los parientes. A nadie le pedían ninguna tarjeta, así que se mandó. En la puerta lo atajó don José.
-¿Qué hacés acá, pibe?
-Vengo a la fiesta.
-No querido, disculpame viste, pero hoy no te puedo dejar pasar.... entendeme, están las amigas de la Claudia... Mañana te doy unos sanguchitos...
Se quedó otro rato en la vereda de enfrente.
Empezaba a sonar el vals cuando dio media vuelta y se fue a caminar. Primero pensaba llegar hasta el parque de la avenida, pero cuando estuvo ahí, como no estaba cansado, siguió. El paisaje cambió, ya no había casas bajas sino edificios y más autos y carteles. Siguió caminando y llegó al río. No sabía qué había del otro lado, pero cruzó el puente. “Total, perdido por perdido”, pensó.
En el barrio no lo vieron más. Los primeros días se preguntaron dónde andaría. Después, todo siguió igual, y ni siquiera la maestra se acordó de que el Lauchi había empezado a aprender a leer y a escribir.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

el del abuelo

...it was something to have
at least a choice of nightmares.
Heart of Darkness
Joseph Conrad




Había guardado todo lo sucedido bajo noventa cadenas y setenta candados. Pensó que así podría seguir con su vida normal y hacer las paces con Dios. Pero poco a poco, sin darse cuenta hasta que fue demasiado tarde, las cadenas se le hicieron carne. Se fueron transformando y terminaron por convertirse en anacondas.
Ella las pudo dominar hasta ese día, una semana atrás. Era sorprendente que una mísera, triste y sucia tirita de cartón en la que se dibujaban dos rayitas rosadas tuviera semejante poder. Un positivo que no era otra cosa que la negatividad misma. Impensado. Imposible. Innombrable. Innecesario. El hijo y el hecho repetido una y mil veces que lo había engendrado.
Sintió que las anacondas despertaban, inquietas, fastidiosas, se revolvían y pugnaban por salir a la luz. Quería vomitar, liberarlas. Pero no podía hacerlo de una manera caótica ni desordenada porque entonces no quedaría nada en pie. Ni ella misma. Debía educarlas y mimarlas para que la obedecieran sin cuestionamientos. Tenía que hacerse amiga y enseñarles, como una buena madre, a quien atacar si no, desesperadas y medio ciegas no la reconocerían y terminarían devorándola por ser la única a la vista.
Todos se habían ido de un modo u otro. El padre accidentado y, tal vez, accidental. La madre, que en otro acto de extremo egoísmo, se había muerto cuando ella más la necesitaba. Las amigas que, desde la ignorancia absoluta, sólo demandaban.
El único que siempre estaba era el abuelo. Cuando a los doce años quedó sola, se la llevó a vivir con él. La atendió, se hizo cargo de su educación, le dio la seguridad que le hacía falta. Ella sabía que si estaba el abuelo nada demasiado malo podía sucederle. A cambio, se había comprometido a cuidarlo hasta su muerte y a hablar poco. Por eso no quería decirle nada. Al fin y al cabo, sentía que la culpa era de ella por no haberse cuidado.
Se lo había contado sólo a la vecina, la misma que le vendía los cigarrillos prohibidos, quien, a su modo, trató de ayudarla. Le dio un papelito con una dirección.
-No necesitás pedir turno, llevá la plata nomás. El embarazo es un estado maravilloso, lástima que la consecuencia sea un bebé. Ya vas a tener tiempo más adelante. Tenés dieciséis años nada más, sos muy chica para atarte.
“Tranquilas, queridas, tranquilas”, dijo mientras se acariciaba la panza, tirada en el sofá, los ojos fijos en el techo blanco. “Un último esfuerzo es lo que les pido, nada más”. Hasta que no empezó a hablar en voz alta, no se dio cuenta de la bronca que tenía.
Un sonido seco la sacó de sus pensamientos. El cuchillo que había dejado sobre la mesa la miraba desde el piso. El gato y el abuelo dormían plácidamente en el sillón del living como ella hacía noches no podía. No cabía duda de que era una señal. Dios se lo había puesto ahí a sus pies y parecía gritarle “no seas cobarde, terminá con esto de una buena vez”. Se paró y le dio un beso en la frente al abuelo, despidiéndose. Lo iba a extrañar.
Se vistió y escribió una carta explicando el porqué del suicidio y confesando todo lo que había hecho. Firmó como Bartolomé Miranda.
Cerró todas las ventanas, abrió las llaves de gas y agarró el gato. Salió a la calle, tomó un taxi y en silencio entregó el papelito con la dirección.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Sólo una palabra.

A veces, muchas, casi siempre, una sola palabra alcanza. El viernes a última hora, sonó el teléfono de mi casa.
-Hola, ¿Adriana?
-Sí...
-Apareció.
Sólo una palabra, no necesitaba nada más.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Sólo un cuaderno.

Es negro. En la tapa le pegué una foto de Marlo Brando como El Padrino y en la contratapa una de Tarantino haciendo como que se corta el ojo al mejor estilo Buñuel. Hace años que ahí escribo todo lo que se me ocurre, lo que escucho, lo que pienso y lo que creo escuchar o pensar, ideas para futuros cuentos, párrafos que a la madrugada parecen brillantes y a la mañana no tienen sentido, sueños que nunca nadie escuchará, mucho menos leerá y tal vez nunca tuve. Es mi fetiche; no puedo ni siquiera empezar a escribir si antes no lo hojeo y leo alguna de esas frases que termino no usando nunca y definitivamente no puedo escribir ni una composición tema la vaca si no lo tengo a mi lado. Lo perdí. Creo que sé dónde pero no estoy segura. Llamé y me dijeron que lo van a buscar pero que no lo vieron. Tengo mucho respeto por el sentido y el peso de las palabras, no voy a decir “me quiero morir” ni “me quiero matar”, básicamente porque no es verdad. Lo que sí es cierto es que durante un tiempo largo cada vez que piense en él voy a llorar. Parece que estuviese hablando de un hombre, pero no, es sólo un cuaderno.

viernes, 21 de noviembre de 2008

el de las chicas.


"Vuela, pensamiento, y diles
a los ojos que más quiero
que hay dinero."
Quevedo


"Hay efectivo".
Alberto Olmedo



-Hola.
-Hola, ¿Maru?
-¿Qué hacés, Clau? ¿Cómo andás?
-Para la mierda.
-¡Eh!... ¿Qué pasó?
-Nada... todo... qué sé yo.
-¿Te estás por indisponer?
-No, no... estoy cansada, todos los días lo mismo. Los nenes en la escuela, Julio en la oficina, yo todo el día sola con Juana, un embole mi vida.
-¿Pero no empezaste tenis la semana pasada?
-Sí, pero no me alcanza.
-Y bueno, buscate otra cosa.
- ¿Vos también te vas a poner como Julio, que piensa que como no trabajo me rasco todo el día? ¿Y a los chicos quién los va a buscar a la escuela? ¿Quién los lleva al pediatra? ¿Quién hace las compras y les prepara la comida?
-Juana, dulce.
-Al pediatra voy yo, che. Y también soy yo la que tiene que pensar qué comprar, hacer la lista y decirle qué cocinar. Porque cada uno tiene sus mañitas en esta casa.
-Entonces estás bastante ocupada.
-Obvio que estoy ocupada. La casa, la escuela, el perro... ¿Y no te pasa a vos que todos piensan que tenés tiempo de sobra y te encajan mandados? "Ay, vos que podés, ¿por qué no te encargás del regalo de la maestra", "Ay, vos que tenés tiempo, ¿por qué no organizás algo lindo para fin de año para el grupo de gimnasia?"
-Todo el tiempo me pasa, pero qué querés, es la envidia.
-El colmo fue el otro día la mina que me hace el drenaje linfático, ¿sabés la que te digo, no? La del spa que abrió hace un par de meses sobre Libertador.
-La ubico, sí.
-¿Fuiste? Es buenísima, te mejora un tocazo la celulitis.
-Sííí. Y también tienen otra mina que te hace lo de las vendas frías y el criógeno que es buenísima. Y ni hablar de la que te hace el velo de colágeno.
-Esa no la probé, ¿ves?
-Te la super recomiendo. Te deja el cutis como un bebé y, si querés, también te saca las manchas.
-La semana que viene empiezo. Bueno, pero volviendo, ¿a qué venía esto? Bueno, no importa, ¿entendés lo que me pasa?
-Gordi, te re entiendo, pero es así, qué le vas a hacer.
-No sé, por lo pronto, estuve hablando con Julio y le dije que esto así no da para más. Yo necesito más atención, que me charle un poco, sentirme más contenida. No puede ser que cada vez que yo le voy con un planteo me diga todo que sí y después no haga nada. Siento que me subestima, ¿me entendés lo que te digo?
-Obvio, si a mí me pasa lo mismo.
-Me parece que le voy a decir que nos separemos, o que por lo menos nos tomemos un tiempo.
-Ay, nena, pensalo. No es fácil nuestra situación, pero peor es estar sola.
-¿Y quién te dijo que me voy a quedar sola?
-¡Epa! Dame detalles.
-Ojitos verdes.
-¿Quién?
-Brazos musculosos.
-No lo ubico.
-El potro del kiosco, nena, el que está al lado del lavadero de autos.
-Ay, cierto, está buenísimo ese bombón. No me digas que te tiró onda.
-Me parece que lo que quiere es que yo le tire otra cosa a él. Te cuento... El otro día cuando fui a hacer lavar la camioneta, me dejó una rosa roja en el asiento. ¿Sabés cuánto hace que Julio no me regala flores? Pero no sé, viste. Es tan pendejo que no sé si fifármelo o adoptarlo.
-Pero divertite, nena, una alegría cada tanto. Un poco de adrenalina. Eso sí, cuidate, no vaya a ser cosa que te pase como a mí.
-¿Qué te pasó? No me digas que te descubrieron lo del profe de salsa, pero si eso fue hace como dos años.
-No, justamente, nunca me descubrieron. Y yo nunca voy a descubrir si Tomasito es Alcolumbre o García.
-Ay, tenés razón, me había olvidado de eso. Bueno, muy morochito no es, así que debe ser Alcolumbre, quedate tranquila.
-Mirá, y si no, me iré a la tumba con la duda.
-Totalmente.... Ay, mirá la hora que es. Me tengo que ir a Pilates. Hablamos a la tarde, corazón.
-Listo, bonita.
-Gracias por escucharme. Te quiero mucho.
-Yo tampoco.

martes, 18 de noviembre de 2008

Autobombo.

La revista EL ARCA DIGITAL hizo el siguiente comentario en su último número:





Huracán en la garganta
Adriana Menendez
Nuevohacer- Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 2008

Trece historias bastan para revelar la capacidad narrativa de Adriana Menendez. En ellas se encuentra todo lo que debe conformar una buena pieza del género. Brevedad. Concisión. Conceptualización. Ligereza en el tono. Belleza en la expresión y buen remate final."Huracán en la garganta" es una explosión de sentimentos exponiendo pequeñas anécdotas cotidianas, a veces poco perceptibles, para sensibilidades no acostumbradas a la observación de detalles mínimos que definen convivencias, estados de ánimo, captaciones en fin, de realidades tan comunes como la existencia misma. Cada uno de estos relatos deja al desnudo, como a contraluz, con sutileza, una personalidad oculta en cada personaje, como el de la madre, que deja mensajes anónimos en el contestador de su hija con el fin de desestabilzar su pareja; o el de la monja, que decide dejar en libertad sus instintos eróticos de manera exagerada; o las amigas, que hablan por teléfono interminablemente sin comunicarse nada realmente importante, sin escucharse siquiera la una a la otra; o el de la boda, en cuya fiesta convergen distintas clases sociales, lo que enfrenta las diferentes características personales e, inopinadamente la esposa de un subalterno de la empresa en que todos trabajan, decide romper con todas las reglas de etiqueta y de buen gusto. Todos los relatos muestran un trasfondo silenciado en sus protagonistas, que en algún momento se hace visible. No siempre en el más oportuno. La serie narrativa, que se agrega a dos títulos anteriores de Adriana Menendez (1965) "Un poquito de smog" y "Maquiavelos y estafados", se enriquece en una cuidada edición que lleva una contratapa firmada por Fernando Sánchez Sorondo.
Nina Thürler
( pido perdón por el ataque de vanidad, pero no me pude contener, lo quería compartir, gracias)

viernes, 14 de noviembre de 2008

el de la loca

En mí, la personalidad es una especie de forunculosis
anímica en estado crónico de erupción...
Espantapájaros – O. Girondo




...como los locos, dicen que hablo sola como los locos; y obvio, ¿qué esperan? ¿y los dormidos qué? ellos también hablan, como mi sobrino carlo, y nadie les da bola aunque confiesen que apuñalaron a diez por la espalda, y a mí sí; si no les gusta lo que tengo para decir es otra historia, encerrada como estoy entre estas cuatro paredes donde me pusieron; usted espere acá, ni que fuera fácil, para qué me rompí el culo estudiando tantos años en la facultad, la pasé bien igual, era tan joven... para terminar acá, no digo que no me guste, es lindo pero está lleno de viejos escleróticos y te viene a ver tanta gente que uno no conoce o sí, a ver voy a espiar, sí a esos dos los he visto antes, ja, mis hijitos lindas joyitas corazones de mamá tan perfectitos ellos ¿por qué me salieron así? yo no los quería y vinieron así que ahora a bancársela, hice lo mejor que pude si tienen alguna queja que vayan al psicólogo como yo qué mierda; admito que mi psiquiatra está loco dice que soy una soberbia, pero si mi perfección no deja lugar para la soberbia... se creen que no sé qué piensan él con su mujercita y esos dos angelitos que tiene de hijas nunca vienen a verme la madre no las debe dejar ¿qué problema tiene la abuela? esta señora no sabe que no se puede criticar a la madre de un ser humano, salvo a mi suegra que es un bicho canasto y como tal engendró a un gusano, ¿las voy a comer? cuántos bomboncitos me comí en la época en que viajaba, el italiano fue el mejor no tenía problemas no le hacía asco a nada, hablando de eso no hay nada que me genere más asco de ese tipo profundo carnal visceral que sentarme en el inodoro y que la tapa esté calentita... y cómo no van a ser así mis nietitas los monos tienen monitos y mi hijito se las trae, se cree que no me doy cuenta pero cuando puede me echa en cara que lo abandoné por mi carrera, si la niñera que les puse era bárbara la alemana, tres idiomas hablaba, no tengo culpa porque mi maridito hacía lo mismo se cogió a todas las minas de la oficina y cuando no quedaba ninguna llamaba putas, toda la vida haciéndome la boluda y comiendo con gente que también sabía y yo, lady di un poroto al lado mío, pobre mujer morir tan joven, otra cornuda consciente y complaciente pero que bien tenía sus asuntos por ahí, le gustaban mucho los tampones ¿o ése era el marido? no importa, lady di y yo somos parecidas, habrá abortado ella, y bueno ya tenía cuarenta y cinco para qué traer otro pibe al mundo, la alemana ya se había jubilado y vuelto a alemania y a mí me estaban por nombrar presidenta de la sociedad endocrinológica de américa latina qué iba a hacer, los otros ya estaban criados, si la nena ya vivía sola no como ahora con ese don nadie que se llevó al departamento, cómo no se da cuenta que la usa que lo único que quiere es vivirla y sacarle los pocos pesos que gana, en mi época vivir con un hombre sin casarse no existía, espero que por lo menos tenga orgasmos yo me enteré que existían los múltiples de grande y por la tele qué boluda pero después me puse a tiro qué desperdicio tantos años menos mal que por lo menos el doctorcito me hizo gozar como loca si no, gritaba como una yegua ¿seguirá viviendo en el campo mi primo? la verdad es que pensando te olvidás de la gente... y ahora que enviudé gracias a dios, se hacen los preocupados por mí, que si tuvieran lugar me llevarían con ellos que la plata no alcanza si no, yo me arreglo sola gracias, todo para terminar acá, con todo lo que leí en mi vida evidentemente no aprendí nada, tanta filosofía tanta filosofía terminé hablando sola, por lo menos tengo el pucho mi fiel compañero fasito, me gustaría conseguirme alguno de los otros hace tanto que no fumo voy a ver a quién le puedo pedir, pero ahora es más difícil vieja loca me van a decir a la vejez viruela qué se piensan, que nunca me fumé un porro, la puta que los parió a todos... ya me van a escuchar ahora en un ratito nomás les voy a hablar de la malaria argentina como epifenómeno del trastorno de conducta, desde los diaguitas hasta hoy, malaria es lo que deben tener todos estos si no tienen un mango, o la conducta se les habrá trastornado por otra cosa... el que nunca me vio fumada fue mi marido pobrecito dios lo tenga en la gloria, no lo hubiera soportado, o yo no hubiera soportado otro bife más cuántas cachetadas me dio no se bancaba que a mí me fuera mejor que a él, menos mal que se murió bien en el infierno debe estar con todas las que se mandó, cuando recién lo conocí y hablaba poco pensaba que era enigmático y seductor, mudo era el tipo nunca tenía nada interesante que decir y yo con ese huracán en la garganta permanente, un tendal dejó el turro, el peruano que si te descuidás te la agarra con la mano dice el chiste me quiso cobrar la deuda a mí a magoya cobrásela le dije andá mirate la de gibson vivite las doce horas de pasión en machu pichu y después hablamos bombón, igual mel gibson me gustaba más cuando hacía las de aventuras cómo me calentaba en arma mortal me acuerdo de la escena cuando se mete el revólver en la boca, yo no me quiero matar a veces me quiero morir nada más aunque sería mejor que nos muriéramos todos juntos si no te sentís muy mal porque en tu familia se quedan todos solos sin vos imaginate encima de muerta angustiada es demasiado, así no hay cuerpo que aguante... cuánta mierda junta... esta comida que te dan acá es horrible yo tengo la vesícula perezosa después me da gases y repito todo el día y para colmo no me cortan la rúcula a la gillette como a mí me gusta yo soy fina y delicada y nadie se da cuenta y la pizza que me dieron el otro día no era finita, qué mal te veo buenos aires todos comen carne podrida, bien espectacular va a ser mi muerte seguro después me van a llorar, al buey solo dios lo ayuda y bien se lame el que madruga no hay peor sordo que el que no quiere ver... ahí viene otra vez ese monigote cara de chupaleta, por qué no vino hoy a la mañana cuando me desperté y no me encontré no me ayudó a buscarme buen susto me di y a nadie le importó nada...

miércoles, 12 de noviembre de 2008

De vuelta.

El jueves pasado fue la presentación de Huracán. Día de nervios, expectativas, que quién vendrá, que quién no, que qué me pongo (típico de mina a último momento todo te queda mal). Día emocionante. La gente fue llegando, los amigos de siempre, los conocidos, y las sorpresas. Emoción enorme cuando llegó Esther Díaz,

doctoraza en filosofía, a quien admiro muchísimo. Y ni hablar de dos personas muy queridas por estos pagos, que siempre pasan y dejan sus comentarios: Marce D’Onofrio

(detrás del amigo en primer plano, esperando para saludarme y seguramente pensando "¿estas cosas dice después de una copa de vino?")
y de Espejo,

(sorprendido en un primerísimo plano, y tal vez también por las cosas que estaba escuchando de las reunidas a su alrededor). Me encantó conocerlos y les agradezco enormemente que hayan ido.
Las palabras de Fernando Sánchez Sorondo, un lujo.

Algunas de las cosas que dijo:
La presentación del nuevo libro de Adriana Menéndez en un contexto social, político, filosófico y hasta económico sacudido por toda suerte de turbulencias del país y del mundo, confirma el don de sintonía, de oportunidad –oportunidad, no oportunismo- de la autora, propia del artista verdadero -contemporáneo, ante todo, de su propio tiempo. Precisamente uno de los rasgos más interesantes de Huracán en la garganta consiste en que sus cuentos operan a la manera de una catarsis pero no individual -o al menos no sólo individual, autobiográfica- sino colectiva: una biografía no autorizada de nuestra idiosincrasia. Jung habló del inconciente colectivo: estos cuentos son eso, más la mala conciencia colectiva; y constituyen también su exorcismo. Adriana pone la garganta por donde truena el huracán, que somos nosotros. Y la loca del cuento es la loca del cuento pero también esta Argentina rayada que encarnamos entre todos y que vio el Orgasmo del Primer Mundo por la tele. La que engañamos y nos engaña con otro, con muchos otros, aunque nosotros seamos como siempre los últimos en enterarnos (…)
Fue Mario Lion, en su doble perspicacia literaria y psicológica, quien lo vio primero, cuando Adriana nos dio a conocer los borradores. Recuerdo que se entusiasmó, ante todo, con el coraje, con la osadía de Adriana, con su destreza antológica en la exaltación de lo genuino y en la sátira y el desenmascaramiento de lo espurio, lo impostado, lo trucho; ese rictus social pretencioso que Moliere teatralizó en su tiempo a través de “Las preciosas ridículas”.
Y es cierto, espectacularmente cierto: leer este libro equivale a mirarse –mirarnos- sin anestesia. Y sin embargo y curiosamente no implica para nada un ejercicio masoquista ni sádico, sino todo lo contrario: como la protagonista de la película argentina “Un novio para mi mujer”, los personajes de Adriana, mufados y antihéroes, resultan finalmente hasta heroicos en su conmovedora sed de veracidad. Y por otro rasgo que seduce en la vibración narrativa de estas páginas, al que Leopoldo Marechal supo llamar en su Adán Buenosayres “humorismo angélico”; “gracias al cual –escribió- también la sátira puede ser una forma de la caridad, si se dirige a los humanos con la sonrisa que tal vez los ángeles esbozan ante la locura de los hombres”. (…)
Huracán en la garganta constituye otra vuelta de tuerca en el escrache literario que Adriana practica, relato a relato, libro a libro, cada vez con mayor saña y talento, pero con una sonrisa. (…) Estos cuentos muestran el don extraordinario de una escritora que sabe encontrar el tono, el modo justo y la manera despiadada pero tierna de acompañarnos a reconocer un mundo que es ancho pero no ajeno, de reconciliar los opuestos, sus luces y sus sombras, mediante un sentido del humor que queda a apenas una letra del sentido del amor. (…) Adriana, de un modo que parece reservado sólo a la vida misma (y a alguno de sus privilegiados intérpretes y/o “coautores”, por así llamarlos, entre los que cabe incluirla entonces a ella) logra deslumbrar por su talento para unir los opuestos, por ejemplo lo dramático con lo gracioso, mediante un desdoblamiento o a favor de una distancia que, paradójicamente, se vuelve cercanía, intimidad.
“El cuento de los mensajes –se entusiasmó al respecto un lector que es también escritor: Gabriel Sánchez Sorondo- está entre mis preferidos… Me reí mucho con el tono dramático que iba cobrando esa amenaza, tan infantil y a la vez tan jodida, con la mala leche de la que sólo son capaces las madres de hijas mujeres”. Por su lado, Julio Bárbaro destacó la condición de “cuentos capaces de adentrarnos en universos apasionantes”.
Sospecho que es al don unitivo, integrador, antimaniqueo por antonomasia de nuestra escritora, y a su consiguiente maestría para establecer la unidad en la diversidad, que debemos esa absoluta, misteriosa, perentoria, insistente y casi anómala conexión que sentimos cuando la leemos.
Por eso es muy placentero –escribe en el blog de Adriana uno de los muchos otros interlocutores suyos que allí dan su testimonio- encontrarse con los cuentos de esta escritora, que nos lleva, sin darnos cuenta, por la historia de sus personajes…Hay algo en esos personajes que conocemos sin conocerlos, como ese marido a quien podemos adivinarlo como un cretino, aún, tal vez, sin conocer a nadie así…”
(nota mía: fue D’onofrio)
Lo comparto plenamente y creo, para terminar, que en Huracán en la garganta la autora alcanza la nota más alta en su propia producción narrativa –precedida por Un poquito de smog y Maquiavelos y estafados- y una de las voces mejores y más genuinas de su generación.
Sus relatos, sus monólogos y hasta los epígrafes que interactúan con las historias logran esa difícil sencillez por la que parecen estar allí esperándonos desde siempre, a vuelta de página, encarnados por personajes familiares por lo cercanos. Y seducen y atrapan al punto de hacernos olvidar de todo lo demás, empezando por nosotros mismos y por el hecho de que estamos sólo leyendo, leyendo cuentos, cuentos maravillosos, cuentos divertidos, cuentos conmovedores, insolentes, patéticos, desesperantes, insoportables, irreverentes, puros cuentos, al fin.”

Luego Gabriel Sánchez Sorondo tocó dos de mis tangos favoritos, “Muñeca Brava” y “Chorra” y dos temas de Waits. Y dijo una frase que me encantó: “la ficción es ese lugar donde todos somos inocentes”.
Y después nos tomamos unos vinos y nos reímos y festejamos… que no es poco.

(Y el viernes tuve un ataque de muela feroz, que no me permitió hacer casi nada hasta el día de hoy – el tío Sigmund se haría un festín conmigo)

viernes, 31 de octubre de 2008

el del ama de casa


Ejércitos de ratas invadían
las casas con aliento a tumba.
Espantapájaros - O. Girondo




Se levantó a las siete, como siempre. Despertó a los chicos, los ayudó a cambiarse mientras preparaba el desayuno; jugo, cereales, fruta y tostadas. A las siete y veinte todos estaban sentados a la mesa frente a la taza de café con leche; él también, recién afeitado y perfumado. Ella no, todavía tenía que preparar las viandas para el mediodía.
Ni bien cerró la puerta con ellos afuera, se sentó a tomar unos mates y a leer el diario. Un titular le llamó la atención: “Los piojos cada vez resisten más: el efecto de los fármacos ha ido decreciendo progresivamente”.
Se puso a lavar las tazas. Mientras lo hacía, una hormiga negra, grande y culona, paseaba solitaria sobre la mesada. Se sacó los guantes y la atrapó. Quince minutos después, todavía estaba con la hormiga en la mano. O con lo que quedaba de ella, porque le había ido sacando despacito, con un escarbadientes, con cuidado de no despedazarla, todas las patas, menos una. Y ahora veía cómo el pobre bicho trataba de seguir andando sólo sobre el cuerpo. La gracia que le causaba se traducía en una sonrisa imperfecta, tosca y angelical. El espectáculo cansó por repetitivo. La aplastó, apagó el cigarrillo y se fue a dar una ducha.
Se sacó el camisón transpirado y lo tiró en el canasto de la ropa sucia. Investigándose la cara detenida y minuciosamente en el espejo de aumento, reventó unos cuantos granitos de la nariz. Se sentó en el inodoro. Sin pestañear, con los ojos fijos en un punto indefinido del piso, las palmas juntas sobre las rodillas como rezando, hizo pis y se limpió. Recién cuando sintió la humedad en su mano derecha se dio cuenta de que no había agarrado papel higiénico.
Como por un acto reflejo, sacó del cajón del botiquín la lista que había hecho en la terapia de grupo del hospital. El doctor Holztein les había pedido que dieran un motivo para vivir. Ella, como buena alumna que era, los anotó todos.
Por la maravilla más maravillosa, mis hijos.
Por el milagro de la vida misma.
Por el misticismo que impregna mi cuerpo cuando camino por las calles de Buenos Aires y en especial por Liniers.
Por la lejana existencia de Helsinski.
“Qué manga de locos”, pensó.
El resto del día se le escapó sin darse cuenta en qué. De golpe se hicieron las cinco y los chicos ya estaban en casa. Unos minutos más y fueron las nueve. Y él también.
Cenaron, lavó los platos, mandó a los chicos a dormir. Miraron un programa político en la tele, ella le pidió plata para pagar el campamento y él se la dio. Puso el agua para un café.
Se quedó parada al lado de la cocina, como encandilada por el vapor que empezaba a salir de la pava. Se imaginó que era un volcán a punto de entrar en erupción. A punto, siempre a punto de. Pero la lava nunca surgiría. Así que, cuando se evaporó toda el agua, apagó el fuego.
Se tomó su pastilla y se fue a la cama.

viernes, 24 de octubre de 2008

La Emilia 9: Sweet Home Luisiana

Tengo otra amiga, Luisiana. Casada más o menos desde que nació; cualquiera que la vea por primera vez se da cuenta; debe de ser por la felicidad que le brota de todos los poros. Luisiana; deprimida, bajoneada y cajoneada. Luisiana, llora. Luisiana piensa que es cornuda. Una vez más. Luisiana llama. También una vez más. Cada vez que hablo con ella sobre este tema me saca una hernia en el cerebro. Ya le expliqué más de una vez que hay preguntas que no se hacen y pensamientos que no se tienen. Pero no me hace caso. Testaruda como toda taurina. La astrología, otro tema diría Santo Biasatti, que no me puedo sacar de la cabeza. Bruja de mierda, repito. Como siempre, vuelvo. Que Luisi no es la primera vez que te pasa, ya basta. Que cómo me decís algo así. Que disculpame pero me parece que esta conversación la tuvimos la semana pasada. El mes pasado, el mes pasado fue, ordinaria, me contesta. Mis amigas, a veces, me tienen podrida. Me llaman para que les de mi opinión y después no se bancan lo que les digo. Y eso que digo el 10 % de lo que se me pasa por la cabeza, ellas no se dan cuenta, o sí pero en todo caso no les importa. A mí tampoco. Claro, a lo mejor, no llaman para que les dé mi opinión, sino sólo para hablar, es una opción, pero entonces que no pregunten, qué mierda. Vuelvo a volver. Siempre pensás que te mete los cuernos. Ya sabés lo que pienso, nunca se sabe, para qué te vas a preocupar por las dudas. Ojos que no ven, corazón que no siente, decía mi abuela postiza, pero justamente... Lo vi saliendo de un telo con Marianela. La concha de su tía la renga, la vida de este tipo siempre fue un cliché, Marianela es la secretaria, tiene veinticinco años, está re buena, es re rubia, re boluda, re cool, tiene un re culo, un culo de la hostia a decir verdad. ¿Estás segura que era él?, dije en un brillante arranque de lucidez intelectual, a veces cuando no sé qué decir digo cada boludez… ¿Estás pelotuda?, me quiero matar, hijo de puta, me voy a tomar todas las pastillas que hay en casa, me voy a convertir en una piraña en su estómago, esa hija de puta vino a mi cumpleaños, ¿entendés? Se sacó Luisiana, y ella no es como yo, que me saco todo el tiempo, es de las que hacen cheesecake casero y, por ende, son peligrosas. Encima es inocente, más peligrosa todavía. Me temblaron hasta los huesos. Salgo para allá. Colgué y llamé a Verónica. Te paso a buscar para ir a lo de Luisiana, está de atar. Emilia, son las tres de la mañana. ¿Y? Vive en la otra punta de la ciudad. Andá cambiandoté que en diez te toco el timbre. Hay veces que hay que repetir las cosas porque la gente no entiende. Mecachendié.

viernes, 10 de octubre de 2008

La Emilia 8: Life is like a box of chocolates...

A la final, decía mi abuela, fui a lo de la bruja nomás. Un poco para darle el gusto a Verónica, otro poco porque no tenía nada mejor que hacer, porque Vero me quiere ayudar y es mi amiga y hay que dejar que me ayude, porque a lo mejor quién te dice, siempre se aprende algo y porque que las hay las hay, decía mi otra abuela. No empezó muy bien el asunto, la casa de la adivina estaba a cincuenta cuadras a la derecha de la loma del orto. Encima cuando llegamos, la petisa (lo más parecido a la de Poltergeist que vi en mi vida) me dice “el señor esté contigo”. “Depende de qué señor”, le contesté y me lanzó una mirada verde furiosa, se ve que será muy bruja pero tiene poco sentido del humor. Que me tratara de “hermana” me jodía, pero que para colmo me hablara de tú me ponía peor, si como mucho sería rosarina, me llegaba a decir adianchi y juro que aplaudía. Empezó a hacer preguntas, muchas, demasiadas para mi gusto, que por supuesto no contesté, ¿no es bruja? Qué adivine, qué mierda, si le decía por ejemplo cuántos años tengo me iba a decir después que tenía problemas con algún amor, ja, chocoleit for the noutis. Igual las contestó Verónica, imbuida, poseída de repente por un espíritu místico que se ve que lo guarda bien guardado cuando dice que la suegra es una especie de víbora yarará. Vuelvo a la bruja. Primero dijo que teníamos que agradecer el bien de la lluvia, del aire, del sol que nos acaricia, de los pájaros y las flores que alegran el olfato. ¿Qué me pasa a mí con todas estas cosas? A ver: la lluvia, me moja; el aire, si no tiene un poco de humo me ahoga; al sol habría que ponerle un toldo; y si hay algo en este mundo que no tengo alegre es el olfato así que las flores se pueden ir a la puta madre que las parió. Ah, también dijo que hay que agradecer por los cuerpos y por lo que hay dentro de ellos al señor. Y dale con el señor, lo único que falta es que tenga que dar gracias por mis chinchulines. Vero cometió el error de decirle que estaba cansada, con los ojos en blanco dijo “cuando el líder de los gansos se cansa, se pasa a uno de los lugares de atrás y otro ganso toma su lugar, ¡mirad a los gansos!” Una metáfora que Baldomero Fernández Moreno sin duda envidiaría. Siguió: “Tu sol y tu luna están en la misma línea que Saturno y Urano y tu cruz cósmica está en la misma conjunción que los trabajadores de la luz. Esto quiere decir sólo una cosa”. ¿Qué, por el dios del olfato alegre, qué?, pensé en preguntar pero Vero se me adelantó “¿Qué fue antes, el huevo o la gallina?”- contestó la muy yegua lechuza vidente – “Hay preguntas que no tienen respuesta, o sólo las tiene cada uno en su propio ser”. Como era de esperar, se me soltó la cadena. “Pero por qué no te vas a la puta madre que lo parió a Saturno, a los gansos, a la lluvia y al sol que te acaricia el orto. Vero por favor, decime que esto es una jodita para Videomatch”. “Creo que no sabes utilizar la energía de tu enojo, hermana, no puedes transformar tu enojo destructivo en constructivo, no puedes expresarlo ni canalizarlo. ¿Cuánto tiempo hace que no actúas de acuerdo con el deseo que te habita? ¿Tienes idea de lo que necesita tu ser?”. Me fui a la mierda, cansada de escuchar pelotudeces, pero por favooooooorrrrr… canalizar el enojo… el deseo que me habita… la necesidad de mi ser... la puta que la parió, bruja de mierda, yo vine para cagarme de risa, nada más.

sábado, 4 de octubre de 2008

La Emilia 7: Friends will be friends...

Mi amiga Verónica dice que está preocupada por mí. Dice que estoy nerviosa. Dice que me quiere ayudar. Dicen que soy aburrido, dijo un boludo. Me pidió que vayamos a ver a una mujer que ella conoce. Que dice que tira las cartas, que dice que es buenísima, dice muchas cosas mi amiga Verónica últimamente, sobre todo pelotudeces. Muchas, demasiadas por minuto. Antes no era así, aunque debo reconocer que mi nivel de tolerancia a la pelotudez se ha visto sensiblemente disminuido en los últimos años. Debe de ser la tan mentada tolerancia cero que le dicen. Y temo que sea cada vez peor. No tengo idea cómo voy a llegar a la tercera edad, viviendo sola en el Everest si sigo así. Y a lo mejor, quién te dice, esa es la felicidad. Sola solita y sola. No, no creo, ¿con quién voy a hablar? No es que sea gran conversadora pero bueno una puteada cada tanto una se quiere mandar, y que el receptor esté allí es importante. Por favor, se me está haciendo, si no se me hizo ya, un agujero en el filtro y tengo miedo de que sea permanente. Porque cuando se te agujerea el filtro no hay zurcido que valga. Al toque me di cuenta de que era inútil que tratara de explicarle que no necesito ayuda, o que, si la necesito, no es del tipo que me pueda proveer esta señora que ella conoce. A lo mejor voy, aunque sea para darle el gusto. El gusto a mí para que no me rompa más las pelotas. Además últimamente no puedo parar de ser feliz y disfrutar de la vida, por lo que una visita a una bruja un sábado a la noche es un programa más que satisfactorio. Yo cuando quiero joder no me privo de nada.

miércoles, 1 de octubre de 2008

El del ambiguo.

No es original, pero no se da cuenta. Él también quiere ser lo que no es. Siente que su cuerpo hace lo que debe pero que su cabeza va por otro carril totalmente distinto y paralelo.
Abogado que desea ser músico. Esposo que ambiciona vivir solo. Padre que sólo quiere educar a un perro. Hijo que envidia a los huérfanos. Dueño de una mansión que se identifica con los cartoneros. Infinidad de amigos a quienes escucha y que lo aburren. Siempre queriendo estar en otro lugar. Sólo la fantasía del suicidio en la soledad del baño y la masturbación le da placer. Nadie se da cuenta de nada. Maestro de la simulación.
Cuarenta años. El mundo se le está volviendo levemente insostenible.
Harto de sufrirse, busca con desesperación y avidez una grieta por donde sacar a pasear sus hambres viejas. Y tal vez poder conciliar.
Empieza por probar el cigarrillo, a pesar de las quejas de su madre y su mujer. A los dos meses ya fuma un paquete diario.
“Para las cosas importantes, se usan los pasillos”, escucha en Tribunales. Comprueba sin prejuicios ni pasiones que es verdad. Tiene cada vez más casos, más importantes, más dinero. Hasta aparece en un par de revistas.
Las mujeres que siempre han estado a su alrededor se corporizan. Prueba con una. Mentir le sale bien. Se fuma el primer porro con la tercera amante, la hija de un amigo.
Algunas personas se enteran de sus aventuras y, como las celebran, siente que está cerca del ideal. Humilla puertas adentro a su mujer, desprecia en silencio a las demás, maltrata con inteligencia a los empleados. Todo sin abandonar jamás la sonrisa perversamente seductora. Nada le alcanza. Quiere llegar al máximo. Quiere superar el exceso del exceso. Quiere producirle pesadillas a los demonios y que éstos se lo agradezcan.
Se felicita por ser ese uno en un millón; único, perfecto, soberbio. Hasta el momento en que el equilibrio que encontró ya no lo satisface.
Las palmadas en la espalda lo cansan. Las mujeres lo agobian. El cigarrillo le da asco.
Otra vez la soledad del baño.
Vuelve, tal vez más sabio, aunque todavía tiene en la boca el mismo sabor amargo que dejan los sueños incoherentes. La mujer, sin reclamos, lo acepta. Lo mira y sonríe sin estridencias. Guardando el silencio que ha sostenido durante quince años.
Al principio no lo nota. Cree que todo está igual que antes. Son pequeños y casi imperceptibles cambios. Hoy, el maquillaje; mañana, la ropa; pasado, la música que escucha. Y el silencio que sigue, aunque ahora la ausencia de palabras diga tanto. Reconoce en sus ojos lo que hace tiempo tantas veces ha visto de sí mismo en el espejo. Ella no quiere admitirlo.
Él sabe que algún día se atreverá.
Acepta las reglas del juego que provocó.
Espera con ansiedad el momento en que se decida.
Desea que también vuelva, para poder empezar de nuevo.
Lo aterra la idea de que no quiera.

martes, 23 de septiembre de 2008

La Emilia 6: Say hello to my little friend.

Yo, la Emilia, con la autoridad que me da el haber visto muchas cosas en la vida declaro formalmente fundado el F.R.A.P.E. – Frente de Reivindicación y Apoyo al Pesimista Empedernido.
He aquí sus máximas:
1. La felicidad jaja ja ja no existe.
2. El amor a primera vista no existe.
3. El amor eterno no existe.
4. El amor, ¿existe?
5. El ser humano es un mal bicho.
6. Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, ergo, Dios es un mal bicho.
7. El pueblo siempre que puede se equivoca.
8. Todo, siempre, puede ser peor.
9. Nadie te va a salvar.
10.La salvación no existe.

Quien quiera adherir, que adhiera.
Quien quiera oír, que oiga.
Quien quiera entender, que entienda.
Quien quiera irse a la mierda, que se vaya.
Amén.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Qué bien se te ve.

Siempre lo digo, no hay nada más lindo que la familia unida. Hoy me vienen a visitar mis hijos, Pablo y María, y también el padre, López. Me gustaría tener rositas rococó rosadas para poner en la mesa, pero éramos tan pobres.
Pablo de chiquito fue un rebelde sin causa; lograr que me diera el besito de las buenas noches era una misión imposible. No entendía que hay que besarse más. Ahora dice que hace su música en libertad. Yo le digo si lo sabe, cante, m´hijo. Pero, ojo, mamita sabe, y yo sé que eso de la musiquita no va a andar.
María, simplemente María, predestinada a ser uno de los grandes valores, de hoy y de siempre, de esos que en Europa no se consiguen, se puso de novia con un vago. Ella lo llama mi chanta favorito; en cualquier momento se convierte en el fugitivo y lo único que va a conseguir es convertirla en una pobre diabla. Justo ella, que es el arte de la elegancia. Es una lucha. Así no hay corazón que aguante, pero ¿qué puedo hacer? Es la nena. Yo le decía "no me dejes sola" pero ella, impasible, "yo me voy mamá, si querés llorá, llorá".
A López lo eché yo, sin repetir y sin soplar. Él de un día para el otro se transformó en un malevo. Pretendía ser el amo y señor de mi vida. Llegamos a una situación límite. Ya ni me decía "Claro que te quiero, bobalicona", como cuando éramos novios. Con esa actitud el vos y yo toda la vida se fue a la miércoles. Un corte, una quebrada y a otra cosa.
Al final, acá estoy. El único que me escucha siempre y con el que puedo hablar sin censura es Rolando, el taxista que me lleva todos lados. También cada tanto viene a visitarme mi amigo el pintor, pero con ese hablo poco. Ya casi no me queda ni una voz en el teléfono.
Llegan y cuando los saludo con un “buenas tardes, mucho gusto” me miran con cara rara. Nunca me entendieron. Es que no me tienen paciencia.

martes, 9 de septiembre de 2008

La Emilia 5: El tiempo y la eternidad, de aquí a ella o al más allá.

Últimamente se me dio por anotarme en distintos cursos. Vaya una a saber por qué. Linda frase esa, por lo general cuando la usamos las posibilidades de que sepamos por qué y no lo queramos decir son altísimas. Cambiando de tema o, mejor dicho, volviendo al tema. Volviendo, siempre estoy volviendo, parezco Pichuco. Cómo se me va la cabeza todo el tiempo, ya es preocupante, no puedo parar de pensar en varias y distintas cosas a la vez y entonces las mezclo todas y sale cualquier cosa. Y lo peor es que no me drogo, porque si no tendría por lo menos una excusa. Stop. Ahora curso de filosofía, carajo mierda, no es tan difícil. Concentrate y tomá apuntes.
Agarro la lapicera y empiezo a escribir, frenéticamente.
Vuelvo a casa y leo:
* el tiempo no es objetivo, es una condición del individuo humano… y del animal empírico y por qué no fenoménico (arranco boludeando, empezamos mal)
* es concebible un tiempo en el que no pase nada pero no una nada en la que no pase un tiempo… la chica de adelante tiene una botas simil cebra o vaca, horribles, recordar no comprar nunca nada igual (Dios mío, cómo me disperso, cómo me disperso)
*somos finitos,… pero por favor, finito serás vos y tu pito, porque yo llega el verano y me siento que vengo haciendo muuuu sin parar desde la quebrada de Humahuaca (por algún motivo cuando me caliento escribo boludeces, y después me pierdo la mitad de lo que dijeron, siempre me pasa lo mismo)
* San Agustín, el Corán (Ajá, ¿y? qué poder de síntesis que tengo la puta madre que me parió)
* un bálsamo, una ilusión (¿el tipo habrá dicho esto o yo me puse a pensar en un tango?)
* ¿Chou fan? ¿Kung fú? (evidentemente no entendí lo que decía)
* López García dedicó su vida al estudio de Parménides… uy, ¿no me lo querés presentar para irme de joda el sábado a la noche? (ya le había perdido el respeto a los presocráticos y eso que todavía era temprano; grave, grave)
* el eskatón, la eskaje y el aión (para mí que el café que me dieron venía con ácido)
* ya me parecía que tenía que aparecer el compañerito comentarista y acotador, qué carajo querés preguntar, hace media hora que estás hablando y todavía no dijiste una mierda, el tipo no sabe qué decirle, un papelón (no es que me quiera justificar, pero ese tipo de alumno es muy molesto; igual no es buen síntoma que en la clase yo empiece a escribir sólo lo que se me pasa por la cabeza y no lo que dice el profesor)
* Guenón Guenoooooón qué grande sos, (Me acuerdo que lo nombró mucho)
* ah bueeeeeeeeno ¿el tullido karmático de San Agustín? (entendí todo para el carajo, me quiero matar)
* Sigo copiando pero ya no entiendo más nada (se avecina lo peor, lo presiento)
* ¿Vínculo neofilosófico? ¿Qué me perdí? Nadie te entiende, la puta madre, ¡no me hablés más en griego que te tiró de las patas y dejá el misterio up supra en paz!... Uy me fui a la mierda otra vez… concentrate, Emilita, concentrate… (a esta altura es muy probable que ya no haya retorno)
* pero cómo me voy a concentrar si este hijo de puta sigue jodiendo con el samsara y la puta concha que me parió a mí y a todos los griegos hijos de una gran siete, la Sara es la que se murió el año pasado Dios la tenga en la gloria y no la cuide ni la suelte… encima la de acá al lado tiene una letra de mierda y no puedo copiarme (ni siquiera pude usar mi último recurso, se viene el estallido)
* se metió con el Apocalipsis y ahora sí nos fuimos a la mierda del todo me cago en la hostia de San Agustín y en su tiempo y en los persas también que eran unos pelotudos cíclicos y en la anástasis o en la anestesia del cuerpo y del alma, y en el teósofo que vivía en la esquina y al que Guenón cagó a palos, Kandinski se metió y también cobró por anticristiano, qué te metés boludo le dijo el griego primo del persa reencarnado en el oriente literario de la castilla de Isabel, la esposa del Dante… Panzeri, no me traigás más gente desconocida a la mesa te lo pido por favor, no sé para qué carajo me anoto en estos cursos, pretenciosa intelectual (Evidentemente hacia el final de la clase se me soltó la cadena y no voy a poder sacar nada en limpio de lo que escuché. Y bue, otra vez será.)

viernes, 5 de septiembre de 2008

Alimentando a Mr. Ego.

Esto es lo que opina el señor escritor Fernando Sánchez Sorondo sobre mi próximo libro:

"Son trece cuentos desopilantes titulados mediante otras tantas viñetas gráficas alusivas, con un denominador común: la sátira de la vida post-moderna a través de un corte transversal que abarca todas las capas sociales y culturales en sus más desaforados tics: los conchetos, los trepadores, las tilingas lipoaspiradas hasta el cerebro -a quienes se les escapa, por ejemplo, un "te quiero mucho...", seguido de un "¡yo tampoco!", y los palurdos que poco menos que pedorrean en plena cena de presentación laboral. Adriana Menendez desenmascara aquí la verdadera identidad de los personajes que habitaban hasta ahora en las llamadas "revistas de corazón", con sus confesiones espontáneas y ese reconocimiento casi estupefacto de sí mismos frente a un espejo que da hondura y calado literario a su estridente y patética superficialidad. Y en este sentido retoma la exploración llevada a cabo por un Manuel Puig en sus Boquitas pintadas".

Y, bueeeno... es un amigo.




martes, 2 de septiembre de 2008

La Emilia 4: Relaciones Peligrosas o Mon Amour II.

Mi locólogo me dejó dando vueltas carnero en el aire, una vez más. A ver, ¿qué es el amor? Pensá, Emilita, pensá. Igual por más que me escurra el cerebelo, no creo que haya una definición. Está bien, ya sé que él me pidió que le diga que es lo que yo pienso. Minga se lo voy a decir, que lo adivine, para qué fue a la facultad. Que aprenda a leerme cuando hablo... No me quiero ir por las ramas, voy tratar de focalizarme…………..
No puedo. Es más fuerte que yo. Una pasa tanto tiempo tratando de armarse, de edificarse, de contenerse. De golpe, páfate, llega el amorrrrr y, si te descuidás, se te cae la estantería a la mierda. Entonces, para que no se caiga la mía ni la tuya lo mejor que se nos ocurre es… ¡¡hacer una juntos!! ¿No es romántico? Y así se nos va la vida, tratando de encontrar un equilibrio entre lo que yo construí, lo que construyó el otro y lo que construimos juntos. Lo que se dice, un verdadero quilombo.
A veces la pereza nos invade o erróneamente creemos que dos personas que se aman tienen necesariamente que convertirse en una sola. Puede pasar que “A” invite amablemente a “B” a que se sume a lo que ya construyó o que “B” se sume sin que lo inviten. En cualquiera de los dos casos, “B” deja atrás lo que construyó. Todo por el bien de la pareja, y en general por el mal individual. En nombre de la media naranja que encuentra la otra mitad, del ying y el yang, de Adán y Eva, de Pelopincho y Cachirula, de la azul y oro…Y bue…, una vez más me fui al carajo. En definitiva, no sé. Pero no está mal cada tanto empezar con un “no sé”, ¿no?

sábado, 30 de agosto de 2008

La Emilia 3: Mon amour... Sur, paredón y después... Hiroshima.

Mi psicólogo, tipo jodón si los hay, me preguntó qué pienso yo que es el amor. A mí me dan un poquito de ganas de saltar por sobre el escritorio y despeinarlo y darle una clase práctica ahí nomás, en el diván que tiene al lado y me resisto a usar. Después de todo, que la respuesta teórica me la dé él, joder, ¿para qué carajo le pago? Pero la neurona civilizada que tengo me contiene, un poco. Le contesto que no sé qué mierda es el amor, que si supiera no iría a terapia. El degenerado sonríe, con esa sonrisa agotadora que nunca se le borra de la cara. Un día de estos le rompo el risorio de Santorini de una piña. Como no se digna a emitir un solo vocablo, yo me digno a entretenerlo y empiezo. “A ver, el amor es un concepto amplio, etéreo, subjetivo. Ya lo dijo el escritor Raymond Carver, ¿no? ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? ¿Sabés? A veces me pregunto si existirá el amor en estado puro. Si todos somos capaces de amar, si se puede amar cualquier cosa, si Hitler o Videla, por ejemplo, amaban algo o alguien. Supongo que sí, ¿no? Porque si partimos de la base de que amar es querer algo con pasión, se puede amar cualquier cosa.” Hago un silencio, me esfuerzo para que sea uno interesante. “Muy bien, alumna Emilia, hemos terminado por hoy. Para la próxima trate de esforzarse un poco más a ver si me puede contestar la pregunta que le hice”, me contesta, sonriendo obviamente, el muy hijo de una reverenda gran puta. No sé si darle un beso o escupirlo. ¿Qué se cree? ¿Qué es inteligente porque sabe agredir?

viernes, 29 de agosto de 2008

La Emilia 2: Su atención, por favor.

Más de una vez me he sumergido, zambullido de cabeza, en lo más profundo de mi ser y mi conciencia. Juro y recontrajuro que lo he hecho, y aclaro: no pertenezco a la especie de los que dudan por pura satisfacción. Mi pregunta es simple, hasta frívola en un punto. No se trata del origen del universo ni del fin de nuestros días. No hablo de la transmutación ni de la trasmigración de las almas. Sin embargo, hasta ahora, nadie ha sabido darme una respuesta que me deje tranquila. No quiero tampoco dejar de asumir lo que me corresponde. Reconozco que disparé, es verdad, pero no maté a nadie. Fueron todos tiros al aire nada más; un poco de piedad, por favor. Por eso insisto y no me cansaré jamás de repetir a quienquiera que me escuche la misma pregunta: ¿por qué mierda no me dejan de romper las pelotas? Si yo soy sólo una persona que se va; no tengo la culpa de que ustedes sean personas que sólo se quieran quedar.

miércoles, 27 de agosto de 2008

La Emilia 1 - Presentación.

La Emilia es un personaje que, con diferentes nombres, pieles y cáscaras, ya ha aparecido en varios de mis cuentos. Decidí independizarla para que pueda gritar, patalear y putear en paz. Tiene unos treinta y pico y una compulsión irrefrenable a decir lo que piensa.








PD: tu corazón ha muerto.

Me cago en la hostia, decía mi abuelo asturiano; ¿qué se puede hacer con esto? Si lo intelectualizo, ya sé que nada, pero el intelecto no te sirve en estos casos, como no te sirve en realidad en casi ninguno. La teoría también te abandona. Y entonces, ¿qué se hace? ¿Se sigue la intuición o no? El sábado el tipo no estaba conmigo, parecía que sí pero ya no. Culpa, dolor, impotencia, angustia, omnipotencia desbaratada. ...... La muerte es infinita, no perdona ni al que se muere ni a los demás. Tiene más vueltas que la vida, la hija de puta. Es absurda. “No sirve para nada”, me dijo el viejo; “para una mierda”, agrego yo. La gente dice boludeces todo el tiempo. “Pobre, todo lo que se perdió”, es una de las frases más escuchadas. Pero cómo es posible que no entiendan que no ganó, ni perdió, que simplemente se murió. “Hay que vivir todos los días como si fuera el último porque algún día vas a tener razón”, dijo una, poseída por el espíritu de Heidegger después de haber leído las obras completas de Bucay. Y todos los que la rodean asienten en un silencio respetuoso, como en misa. ¿Cómo vamos a vivir así, manga de pelotudos? Cuándo se van a avivar que hoy puede ser un gran día es sólo una linda canción, nada más. Imaginate la situación: como pienso que hoy puede ser el último día; me levanto, desayuno cinco porros, salgo a la calle, levanto todo los tipos que pueda, cualquiera, me hago una fiesta y realidad todas mis fantasías; a la tarde me voy al shopping, me lo compro entero, visto a todas mis amigas hasta que cumplan sesenta y cinco años, vuelvo a casa, llamo a toda la gente que quiero, hago otra fiesta, alcohol, drogas, sexo y rock and roll hasta caer dormida en el piso, a esperar la muerte… pero me despierto. Y entonces vuelta a empezar porque no hay que olvidarse que hoy puede ser el último día… a la semana soy drogadicta, tengo el orto roto en siete partes y, lo que es peor, soy indigente y entonces….. me suicido. Al final la boluda tenía razón…. Uy, me colgué pensando qué pasaría si se muriera y me fui a la mierda, pero no se va a suicidar porque es él el que me dejó a mí. Qué hijo de puta.

jueves, 21 de agosto de 2008

Lo que viene, lo que viene...


Les presento la tapa de mi tercer libro, en breve en su librería amiga.

miércoles, 13 de agosto de 2008

Josephine, la sirvienta y el arcipreste.

Josephine estaba muy entusiasmada con su primera excursión. Hacía un mes que había llegado a esa ciudad, como escapando de la suya sin saber muy bien por qué. No había dejado detrás muchas cosas, y no lo lamentaba. Además, ese otro lugar la atraía desde hacía bastante tiempo. Hasta tenía la sensación de que volvía a un punto ya conocido. Tal vez porque era una ciudad llena de solitarios como ella. Como su jefe, con quien pronto congenió. Él le había propuesto ir juntos esa tarde a conocer un pueblito de las afueras. Tomarían un tren histórico, a vapor, que supuestamente ofrecía un viaje inolvidable hacia el pasado.
Cuando llegaron a la estación, se alegraron de ser los únicos pasajeros. Sería por el frío. El guarda, como no tenía mucho trabajo, se sentó con ellos a charlar un rato. Les contó muchas historias. Cuentos de romanos, musulmanes, judíos y cristianos. Expulsiones, asesinatos, matanzas. Batallas de invasión, de conquista y de reconquista. Arciprestes, arzobispos y cardenales disputando el poder. Crueldades y torturas cometidas en tiempos tan remotos como el siglo XVI y que sin embargo sonaban curiosamente actuales.
El relato que más les gustó a Josephine y a su jefe fue la leyenda de la sirvienta del palacio y el arcipreste. Juntos habían escrito en secreto “El libro del buen amor”, para dejar constancia de los que les sucedía y para, de paso, retratar en tono de parodia una sociedad hermosa y decadente. El problema surgió cuando esa sociedad los descubrió. Gran escándalo gran. Algunos, los menos, trataban de comprenderlos, pero eso no fue suficiente para salvarlos de la hoguera. Un día antes de cumplir la condena, desaparecieron. No quedó rincón sin registrar, pero nadie volvió a verlos ni a saber nada de ellos. El pueblo enfureció, culpando al inútil gobernador por dejarlos escapar, dándoles la oportunidad de ventilar su famoso libro y – lo más importante – sus enrevesadas y prohibidas relaciones. Tanto miedo tenían que incendiaron el palacio. El gobernador se salvó, aunque las llamas dejaron sus marcas.
-Se supone que alguno de los que simpatizaban con ellos los ayudó, pero nada se pudo comprobar. Igual mataron a unos cuantos. Dicen que en medio del fuego, el gobernador gritaba de dolor mientras juraba que esos impíos volverían algún día a cumplir con su destino y a morir en el pueblo que los había condenado – concluyó el guarda.
Entre tanta historia, el viaje se les hizo corto. En la estación, y como parte del tour contratado, los esperaba don Isidoro, un viejo muy colorado y sin dientes dueño de la mejor bodega del pueblo. Él iba a ser el guía. Algo en la mirada del viejo inquietó a Josephine, pero su jefe la tranquilizó.
-No te molesta su mirada sino el olor a vino que tiene encima.
“Puede ser”, pensó Josephine.
Los llevó a recorrer el palacio incendiado cuatro siglos antes, según él no por el pueblo sino por la última batalla con los mozárabes.
-Seguro que el guarda les contó la leyenda de amor, muy bonita sí, pero puro cuento.
Les mostró la habitación del verdadero arcipreste, un héroe defensor de las buenas costumbres y religiones. Los llevó hasta los antiguos corrales, y vieron las gruesas mesadas de mármol donde degollaban a los cabritos.
-Por ese agujerito que ustedes ven allí corría la sangre de los pobres animales.
“¡Qué necesidad de ser tan gráfico, yo me pregunto!”, pensaba Josephine. “Qué grotesco este hombre, por qué no contratarán a alguien más delicado como guía”. Lo siguieron por infinitos pasillos y pasadizos. Les mostró las catacumbas donde se escondían durante las batallas y donde muchos murieron de hambre, o de frío.
-O tal vez de ambas cosas, vaya uno a saber, ja, ja, ja.
Luego los llevó a su bodega y les hizo probar uno de sus vinos.
-Por favor, un brindis antes de comer. Para que nuestras mujeres nunca se queden viudas – dijo mirando al jefe de Josephine, que ya estaba bastante incómoda como para soportar chistes estúpidos.
El vino era sencillamente horrible, pero ellos no querían quedar como mal educados así que se lo tomaron todo. A partir de ahí, don Isidoro ya no les pareció tan pesado, ni tan bruto, ni tan colorado. Para llegar al comedor cruzaron un patio con un aljibe, don Isidoro tiró una piedra, y tardaron como tres minutos en escuchar el ruido del choque con el agua.
-Si tiráramos a alguien allí dentro, no lo encontrarían jamás, ja, ja, ja.
-Tiene usted razón – festejó Josephine, y también su jefe.
“Me parece que el vinito se me ha subido, ojalá no me dé sueño y no pase un papelón. Justo el primer día que me invita.” El jefe no se hubiera dado cuenta de ningún papelón, en realidad él estaba igual. El comedor estaba decorado con antorchas encendidas.
-Un toque romántico, no me lo va a negar usted – dijo guiñándole el ojo al jefe y haciendo que Josephine se pusiera colorada, tanto como él.
Almorzaron junto a un hogar y tomaron más vino. Y más vino. Tanto que ninguno de los tres paraba de reírse por cualquier tontera. Hasta que don Isidoro se levantó, copa en mano para hacer otro brindis.
-Juro que el último – anunció-. Agradezco a Dios que me los haya enviado. Porque les aclaro que estas marcas coloradas que ustedes atribuyeron a años de vino no son más que quemaduras. Ha llegado la hora de cumplir con vuestro destino. ¿No se preguntaron qué hacían en este pueblo? ¿Para qué habían venido si aquí no hay nada interesante para ver? Yo se los explico, vinieron a morir como deberían haberlo hecho hace cuatrocientos años, cuando escaparon. El tiempo es cíclico y da revanchas. Yo la tengo hoy – dijo, tomando una de las antorchas.
Josephine y su jefe no entendían demasiado o no querían hacerlo o el vino no se los permitía. Se vieron de golpe rodeados de fuego y gritando sus nombres.


Desde la estación, el maquinista gritó:
-José, José, mirá el fuego.
-Pero la puta que lo parió a ese borracho. Otra vez con la historia del tiempo cíclico y la hostia. Si sigue así nos va a terminar de cagar el negocio.

viernes, 8 de agosto de 2008

Agarrate Catalina.

Catalina sabía sobremanera en qué terminaban las discusiones con su amante. En nada. Y también en ridículas y estrambóticas pesadillas. Por lo tanto, se acostó con la certeza de que no iba a tener algo nuevo para contarle a su psicoanalista en la próxima sesión. Pero su subconsciente parecía no tener intenciones de dejar de sorprenderla.
De pronto, y sin saber cómo ni por qué, se vio a sí misma como espectadora de un debate entre Dios y un loco.
-Yo puedo tener un leve desequilibrio, lo admito. Pero vos… podrías habernos ahorrado unos cuantos problemas si hubieras prestado un mínimo de atención a tu máxima criatura.
-No entiendo adónde vas.
-¿Cómo se te ocurre hacer un hombre sin ponerle una madre por delante primero? Esa falta, estoy seguro, es el origen de todos los conflictos de la raza humana.
-¿Y cómo sabes tú que Adán no tenía madre?- preguntó Dios.
-Por la simple razón de que he visto unas fotos suyas en el último número de la revista “Antropología Enigmática” y he notado que no tiene ombligo.
Catalina se distrajo cuando escuchó un ruido muy fuerte, como el alarido de una bestia. “Lo único que falta es que a esta discusión se sume el diablo”, pensó. Aunque en realidad, se parecía más al rugido de un león. O a alguien que corta leña con un serrucho. O… al ronquido de Francisco, su amante, que había logrado interrumpirle el sueño.
Tratando de no despertarse del todo, le incrustó la rodilla en las costillas. El ronquido cesó, pero Dios y el loco ya se habían ido.
A la mañana siguiente hicieron las paces en el desayuno. Ella, como siempre, reconoció que él no podía inventar más de un viaje a San Luis cada quince días. Él, también como siempre, le pidió un poquito más de paciencia.
Su mujer estaba muy enferma y, Dios mediante (esas fueron sus palabra textuales), en un par de meses estarían viviendo juntos.
-Sabés muy bien que la cosa no pasa por ahí. Lo que menos me interesa es que precisamente esa mujer se muera.
A Catalina, atea declarada y acérrima, la presencia de Dios dos veces en el mismo día le dio un pequeño escalofrío. Que Francisco lo involucrara como directo implicado en la solución de sus problemas de pareja la sacaba de quicio. Todo esto sin perder de vista el tema del ombligo. Después de todo, qué podía importarle el olvido de un pequeño detalle, nadie es perfecto. Pero no pudo ignorar la obvia vinculación del sueño con otro conflicto, irresuelto, omnipresente: su propia madre. Entre otras cosas, ella no podía dejar de reprocharle que saliera con un hombre casado. Mamá no podía entender que no tuviera en cuenta los sentimientos de esa pobre mujer engañada. Por otra parte, lo que menos toleraba Catalina era que a continuación metiera al padre en el medio:
-Si tu padre viviera… - solía decir, así, con puntos suspensivos y todo.
A veces, hasta nombraba a su actual marido.
-Yo le pedí que me ayude a convencerte de que esto es una locura, pero él no se quiere meter. Dice que no tiene tanta confianza con vos como para sentarse a hablar de estas cosas. Si ni siquiera quiere estar en casa cuando vos venís, lo que hacés le da vergüenza.
Punto exacto en que Catalina daba por concluida la visita.

Había conocido al hombre del día del casamiento. Catalina recordó en ese momento una frase en inglés que había aprendido en el instituto al que iba de chica “I couldn’t believe my eyes”. Exactamente lo que le pasaba. Porque era más que no poder creer lo que estaba viendo. Era como si los ojos le estuvieran jugando una mala pasada. Como si la estuvieran traicionando y le mostraran otra cosa distinta de la realidad. Eso no podía estar sucediendo. Hacía sólo cinco meses que había muerto el hombre más amado por Catalina en este mundo. Su amigo, su cómplice, su compinche, su maestro, su confidente. Es decir, su papá. Y ahí estaba ella, tan radiante y tan contenta con el marido nuevo. Al mes de casados, éste, tratando de ganarse a la hija adoptiva, le hizo una confesión. Hacía dos años que él y su madre eran amantes. En ese instante, Catalina pensó lo bueno que sería que este hombre, que entre paréntesis era más joven que la tramposa y bastante buen mozo, encontrara otra mujer. Así, su madre, como suele decirse comúnmente, tomaba un poco de su propia medicina.

Muchas veces Catalina había estado apunto de confesarle todo. Pero el corazón de mamá andaba fallando, y Catalina no quería ser responsable de algo así. De eso que se hiciera cargo el Dios de Francisco. Exagerada como siempre, la madre, sin embargo, no se cansaba de repetir que no se quería morir sin conocerlo. Que los años y la enfermedad la habían vuelto más abierta y que podía llegar a aceptarlo. Si algún día la colmaba demasiado con sus peroratas moralistas, era capaz de acceder y todo. Es más: cuando fantaseaba con el encuentro, le surgía una semisonrisa amarga.
Mientras rumiaba todo esto y se perdía en sus laberínticos delirios, se puso el uniforme de ejecutiva – tailler gris, zapatos negros de taco alto – y salió para la oficina con el maletín cargado de papeles y de proyectos para analizar. La esperaba un día de mucho trabajo. La Ford Chase Chicago Group Corp. decidiría – basándose en sus informes – qué nuevos emprendimientos eran dignos de ser tenidos en cuenta.
Entre reuniones llamó a su amiga Lidia, que no pudo evitar reírse cuando ella, justamente ella, Catalina, comenzó a hablarle de Dios, soluciones y ombligos, convencida de que todo eso junto significaba algo. Lidia sólo atinó a responderle que no había que ser psicóloga ni vidente. Le aconsejó que, en lugar de perderse en divagues sobre Dios, se concentrara en solucionar sus propios problemas, personales y terrenales, pero no por eso menores. El consejo de su amiga no le sirvió. No tenía tiempo, bastante con la sesión de terapia semanal. Debía enfrentar a una galería de alacranes y hacerse respetar. En realidad, le venía bien estar tan ocupada, para no recordar.

A los dos meses Dios no tuvo mejor idea que darle la razón a Francisco. Pero sólo en parte, porque en realidad no les solucionó ningún problema. En el entierro, el viudo trataba de consolar a la huérfana. Y todo el mundo se enterneció ante esa imagen.
Todos, menos Catalina, que por dentro se enojaba todavía más con Dios por mandarle de golpe toda la culpa que no había sentido nunca hasta ese momento.

martes, 5 de agosto de 2008

Rafa.

Hasta ese momento había sido, como mínimo, peligroso. Tenía plata, mucha. No importaba si propia, ajena o prestada, bastante que fueran grandes cantidades. Nadie supo nunca qué profesión u oficio ejercía. Su tarjeta de presentación informaba: Rafael Cascón – Empresario. Hacía negocios. Con una envidiable creatividad y una regla de oro propia: no subestimar la estupidez.
Según la moda, tuvo canchas de paddle o pistas de patinaje sobre hielo. Importó millones de chucherías. Creó el “yo-yo que nunca falla”, que en vez de hilo tenía una cinta elástica. Con el invento del muñeco del Hombre Invisible logró vender miles de lindas cajas vacías.
Casado desde hacía treinta años con Renata, no tuvieron hijos. Razón por la que ella estaba tal vez un poco, según él, alterada. O a lo mejor Dios, con divina sensatez, no se los había concedido precisamente por eso. Nunca se llevaron del todo bien; aunque las cosas habían ido mejorando paulatinamente.
Tanto que en público, en todo caso, siempre mostraban una sonrisa, un aire de vean-todo-lo-que-se-logra-con-mucho-diálogo-y-psicoanálisis; una versión de la pareja que, en comparación, los Ingalls resultaban unos sádicos depravados.
Se habían conocido en un baile. “Si yo fuera vos, me enamoraría de mí”, le dijo él con esa incontenible originalidad tan suya y siempre a flor de labios. A ella le gustó, y se casaron. Sobre la idiosincrasia femenina, él tenía su teoría: “La mujer, como las locomotoras antiguas, funciona a pito y leña”.
Claro que también era capaz de apabullarla con una generosidad espantosa. A Renata no le faltaba nada.
Hacía veinte años, por ejemplo, que una vez por mes la invitaba a internarse un par de días en un spa donde recibía los más burbujeantes baños de champagne, sales y algas marinas y le aplicaban un tratamiento facial a base de extracto de caviar. No ignoraba, por otro lado, que su marido le había regalado el lavarropas modelo “Inteligente” sólo para humillarla.
Aunque la fiesta que le organizó cuando cumplió cincuenta años fue la envidia del barrio. Ninguna de las vecinas dejó de comentar lo mucho que la debía de querer para agasajarla así. A medianoche hasta apareció un super auto de regalo. Con un moño y una torta gigantes, con un número cincuenta más grande todavía, pero con otra sorpresa adicional: una odalisca que bailó casi exclusivamente para él, y que se llevó unos cuántos billetes.
Rafa bailó, con ella por supuesto, y después con todas; con cada una de las chicas de la fiesta de su esposa, y con las amigas de Renata, sin privarse tampoco de las hijas de las amigas, que lo llamaban tío Rafa y morían de risa con sus chistes, deslumbradas por tanta solicitud.
Total que, cada más o menos media hora, Renata se escapaba al baño, se miraba en el espejo, verificaba las arrugas y la incipiente celulitis y lloraba un poco. Después se retocaba el maquillaje y volvía a salir a escena. Inútilmente claro, pues ya nadie parecía seguir pendiente de ella ni recordar que era su cumpleaños.
Cómo no se iba a permitir entonces aunque más no fueran pequeñas venganzas. Como cuando Rafa se operó de la vista. Se sabía que él iba a quedar ciego por un par de días. Un amigo lo acompaño al sanatorio porque Renata tenía mucho que hacer. Envuelta en un vértigo decorativo, cambió todos los muebles de lugar. Él puteó un poco, y se magulló bastante, nada más. Pero si nunca le había dado importancia a lo que su mujer hacía o dejaba de hacer, por qué ahora habría de dársela: quizás ella se había distraído, simplemente.
Es que, sin ninguna duda, con el tiempo habían logrado limar asperezas y alcanzar ese estado en que el veneno no pasaba por lo general de un simple e inofensivo duelo dialéctico. Pero rencores, lo que se dice verdaderos rencores, ya no los tenían.

sábado, 2 de agosto de 2008

Gregorio, el torpe.

Gregorio siempre tuvo el mismo problema. De chiquito a muchos, a la mayoría – a todos, en realidad – les daba risa; por ejemplo, cuando a los doce meses trataba de dar sus primeros pasos y se llevaba todo por delante.
Ahora que tiene cuarenta años también se ríen, aunque resulta un poquito más patético. Nadie se explica cómo ni a la puerta le emboca, pobre.
En realidad, los objetos le juegan sucio.
A él las llaves y los anteojos, por ejemplo, no se le pierden, se le esconden. Las escaleras se aplanan de golpe con tal de que se caiga. Los cuchillos se deslizan silenciosamente hasta su dedo justo en el preciso instante en que él esta cortando la carne y levanta la vista para ver el noticiero. Y cuando va a servirse el vino, con el pie izquierdo no tiene más remedio que tocar la pata de la mesa, el vaso se corre y la botella lógicamente parece reírse mientras vierte el líquido, por supuesto todo afuera.
Y así, una mañana, en el revuelto de páginas en que se había convertido el diario mientras desayunaba, al lado de la mancha de café con leche, vio un aviso importante. “Terapias breves de disfunciones”. “Justo para mí”, pensó. No entendía muy bien las abreviaturas que completaban el aviso, pero creyó que “eyac.prec.” e “impot.” debían de encajarle. Después de todo, cualquiera fueran, las disfunciones siempre eran disfunciones. Llamó y concertó una cita para esa misma tarde. Casi no llega. Varias veces se le cayó el jabón mientras se bañaba, y el muy guacho la misma cantidad de veces se le puso justo debajo del pie.
Después de algunos contratiempos inevitables (la puerta del ascensor le agarró la manga de la camisa, que por otra parte llevaba fuera del pantalón porque antes de salir fue al baño, se le rompió el cierre y ya no tenía tiempo para cambiarse) llegó al consultorio. Los cuadros que adornaban las paredes le llamaron la atención pero, por las dudas, no se quiso acercar demasiado para verlos mejor. La secretaria le cobró los ciento cincuenta pesos de la consulta y le indicó que esperara. Apenas entró, la doctora lo miró por encima de sus anteojos y anotó algo.
-Usted dirá, Gregorio, en qué lo puedo ayudar.
-Bueno, no sé cómo explicárselo, doctora, no es fácil.
-Animesé, por favor.
-A mí las cosas… es como que se me anticipan, salen disparadas antes de lo que yo quiero.
-Ajá – dijo ella con cara de entender.
-Y siempre termino teniendo accidentes, que me dan mucha vergüenza.
-Comprendo, comprendo, continúe.
-Y yo no sé qué hacer. A veces prefiero directamente no hacer nada. Y es ahí cuando sufro, cómo decirle, no me sale la palabra…
-¿Impotencia?
-¡Exacto, doctora! Esa es la palabra. En resumen, yo quiero pero no puedo. ¿Usted cree que me puede ayudar?
-Sí, por supuesto. Mire, para empezar le voy a recetar unas pastillitas que hacen maravillas. Se me toma una todos los días, con el almuerzo. Va a ver que a la noche está fuerte como un toro.
-Eso es lo que necesito, doctora, fuerza.
-Claro, claro. Hágalo durante una semana y venga a verme el miércoles que viene.
-Gracias, doctora, gracias.
-Por favor, es mi obligación. Antes de irse, no se olvide de pedirle el turno a mi secretaria. Hasta luego.
Salió del consultorio bastante satisfecho. La doctora le había caído bien. Lo había comprendido enseguida. Ojalá pudiera ayudarlo.
Al cerrar la puerta de calle se agarró un dedo y, al sacudir la mano para aliviar el dolor, se le enredaron las piernas y el piso lo recibió duramente. Sin despegar todavía la nariz de la baldosa escuchó un pedacito de un tango que salía del bar de al lado. Le llamó la atención.
Se paró, entró y se pidió un café y una ginebra. Escuchó el tango, pagó, salió otra vez a la calle y tiró la pastillita de la doctora. No hacía falta. Nada iba a cambiar. Se dio cuenta de que todo estaba escrito en algún lugar y de que cualquier esfuerzo resultaría inútil.
“Nació un día que estaba borracho Dios”, decía el tango. Y entonces, por primera vez, se sintió importante. No cualquiera tenía la suerte de constituir la prueba viviente, como él, de que ni siquiera el Maestro era perfecto.

miércoles, 30 de julio de 2008

Matrimonio feliz.

Florencia y Clara son dos amigas que hace un tiempo no se ven. Más exactamente, desde que Clara se casó, unos seis o siete meses atrás. Durante la primera media hora del encuentro, la recién casada cuenta con lujo de detalles la luna de miel, los regalos, los que le gustaron, los que tuvo que cambiar, cómo guardó el vestido de novia envuelto en papel azul para que no se ponga amarillo con el tiempo, lo enojada que está con el fotógrafo porque no le hizo bien las copias y … todo todo lo relacionado a su nueva situación.
- Estoy re feliz, Flor, no sabés, casarme me cambió la vida. Además, Juan es tan…. tan…. especial… es dulce, cariñoso, me cuida.
- Ajá, ¡qué bueno! – le contesta Flor, con una risa que queda a mitad de camino entre la caridad y la cortesía.
- Estamos todo el tiempo que podemos juntos, ¿viste? Y nos disfrutamos tanto… Si hasta vamos juntos a natación.
- ¿A natación? Pero si toda tu vida le tuviste pánico al agua.
- Bueno… Lo superé… Tampoco es necesario abras tanto los ojos, se te van a salir.
- Disculpame… Estoy sorprendida con tanto cambio, nada más… Cambiemos ya que estamos de tema también, ¿te parece? Contame cómo te va con el laburo en la facu.
- Noooo, lo dejé, imaginate que no puedo con todo, tengo mucho trabajo en la casa; y a Juan le va bárbaro, no necesitamos mi sueldito de profesora.
- Pero, Clara, a vos te encanta dar clases.
- Ya me había dicho Juan que iba a ser difícil que mis amigas solteras me entendieran. Te cuento que no necesito la aprobación de nadie.
- No es aprobación, Clara, pero estás haciendo todo lo que siempre dijimos que nunca íbamos a hacer.
- Bueno, mirá, para pelearnos, mejor dejamos el café para otro día.
- No, no, está bien…. Tenés razón, disculpame… A ver, contame los regalos que te hicieron para tu cumple.
- Varias cosas, qué sé yo, un par de libros, un vestido y un cd de Caetano Veloso.
- ¡¡De quién!! ¿Quién fue el desubicado? Cualquiera que te conoce mínimamente sabe que odiás la música brasilera, ¿quién te lo regaló?
- Juan, y para que sepas hace dos meses que me encanta la música brasilera.

martes, 29 de julio de 2008

Él no era nada...

…ni siquiera la sombra de un objeto sin sombra. Ni siquiera un sueño no soñado jamás por nadie. Encima, tenía otro problema: no quería darse cuenta y se empeñaba en pasear impune e impúdicamente su inexistencia. Muchos lo ignoraban, aunque él tenía la sensación de que lo observaban de reojo, tratando de disimularlo. No obstante, había otros tantos – tal vez aquellos en su misma situación – que, a pesar de todo, lo miraban directamente a los ojos y lo saludaban con un leve movimiento de cabeza y una sonrisa aunque, por supuesto, en silencio. A lo único que le costaba acostumbrarse. Al silencio que se filtraba por todas las rendijas posibles y no dejaba hueco sin invadir.
Seguía yendo a la clínica todos los días aunque, víctima según él de una injusticia sin nombre, tuviera prohibido atender. Aquellos que le habían sacado la licencia no comprendían en lo más mínimo el proyecto del que había formado parte. Un proyecto cuyo objetivo central había sido alcanzar una causa justa, superior, que llevaría a lograr el bien común. ¿Cómo él, que contaba con los medios y los conocimientos, no se iba a poner al servicio? Llegó a la conclusión de que lo condenaban por altruista.
Cuando no vagaba sin cesar por los pasillos blancos, caminaba sin rumbo por las calles, ya que a su casa no podía volver. Podía entrar si quería, pero prefería no hacerlo. Al principio pensó que era sólo cuestión de tiempo, que al menos sus hijos volverían a hablarle. Pero no pudo tolerar que ya ni siquiera pusieran un plato para él sobre la mesa.
A medida que pasaban los días, disminuía su memoria. Los recuerdos permanecían intactos hasta el momento de aquella fatídica mañana en la que se sintió un condenado por la Inquisición al que le habían colgado el sambenito. A partir de ahí eran sólo flashes. A veces ni siquiera se acordaba de lo que había hecho diez minutos antes.
El hambre y el sueño fueron poco a poco desapareciendo. Justo él, que siempre había considerado una tortura cualquier cosa que tuviera que ver con el ejercicio físico, comenzó a ser presa de una necesidad cada vez más imperiosa de vagar. Parecía alimentarse de aire, humo, ruido, frenadas, gritos, rocío, viejas y frías mugres de madrugada.
Una mañana de sol de otoño lo encontró más cansado que de costumbre. Había deambulado toda la noche sin parar y le dolían las piernas, que ya parecían no caminarle. Miró por la ventana de un bar. Una señorita leyendo, una pareja discutiendo en voz baja y un niño pidiendo. Poca gente. Ese era el lugar indicado para descansar y recuperarse. No le importó que en otros lados, donde seguramente habían reconocido su ahora famoso e impopular rostro, no lo hubieran querido servir. Volvería a intentarlo. Necesitaba con urgencia aunque más no fuera un café.
Antes de entrar, se detuvo en el puesto de diarios que estaba frente a la puerta. Leyó los titulares pero no compró nada. Hacía ya tiempo que se había quedado sin dinero. Se dio vuelta y enfrentó la puerta de vidrio del bar, que gracias al sol parecía un espejo. Que reflejaba muchas cosas. La gente que pasaba rápida por la vereda mirando las baldosas, los coches, los colectivos, el puesto de diarios… Muchas cosas… Menos lo que él necesitaba ver.
Recordó el revólver en su mano.
Se quiso morir, pero ya era tarde, aunque se negara a admitirlo.

viernes, 25 de julio de 2008

Javier en el shopping.

Javier terminó lo que estaba haciendo, cerró la computadora y le dijo a su secretaria que iba a salir un rato. Al otro día era el cumpleaños de su esposa y quería pasar por el shopping para comprarle un buen regalo. La pobre, con el aguante que le tenía, se merecía que al menos una vez postergara el trabajo por ella.
-Vaya, señor. No se preocupe, yo me encargo de todo – le contestó la secretaria, dedicándole una sonrisa que le confirmaba lo que él ya sabía: era el marido perfecto.
Recorrió distintos negocios sin poder decidirse, hasta que se detuvo frente a uno. “Con esto la mato”. Sin pensarlo dos veces, entró a la lencería. Un señor maduro pero tan buen mozo y elegante como él no podía ocasionar otra cosa que no fuera una estampida de empleadas.
-Estoy buscando algo especial para mi esposa, no sé, un camisón o un pijama de seda, tal vez ustedes puedan asesorarme.
-Por supuesto – contestó la que supo adelantarse -. ¿Tiene idea de cuánto quiere gastar?
-El dinero es lo de menos.
Todas murieron. Javier, que sabía hacer valer el azul de sus ojos, no paraba de hablarles de su mujer y sus dos hijos. Todo esto sin dejar de observar distintos modelos de camisones, camisolines y baby dolles que levantaba y extendía para verlos mejor o posabas ligeramente sobre alguna de las chicas para imaginarse cómo le quedaría a su esposa. Finalmente, dijo:
-Este, me quedo con éste. ¿Puede ser también una robe y unas pantuflas que hagan juego?
“Este hombre es un divino”, pensó la cajera, que hacía rato lo miraba con el mentón apoyado en el puño y una tierna semi sonrisa. “Cuándo será el día que el flaco me compre aunque más no sea una bombacha. Mejor me dejo de pensar estupideces y le hago el cupón de la tarjeta”. Javier firmó y salió con dos enormes cajas envueltas en papel de seda violeta y moños dorados, dejando a las chicas con tema de charla para todo el día.
Apenas había cruzado la puerta cuando le sonó el teléfono.
-Te tenemos rodeado. En cuanto asomes la nariz te matamos.
Click.
El socio le había advertido que con esos tipos no se jodía, que si no pagaban la coima prometida, ellos se la iban a cobrar de alguna manera. Nunca pensó que llegarían a tanto. Pero no, no podían ser ellos. Profesionales así no iban a cometer una desprolijidad tal como matarlo a la vista de todo el mundo. Seguro que lo apretarían, pero con otros métodos más lógicos en estos tiempos. Y Javier estaba preparado para enfrentarlos en ese terreno. Sin embargo, alguien lo había amenazado y no podía darse cuenta de quien. Decidió que lo mejor era quedarse a almorzar en el patio de comidas. A lo mejor era una broma. Tal vez si pasaba el tiempo y no salía, se acobardaban. La hamburguesa se le hizo un bollo en el estómago. El café que se tomó sin acordarse de la úlcera, casi lo mata. No sabía si irse o no. Tenía una reunión a las tres y no quería llegar tarde. Iba a hacer un intento y aunque más no fuera asomarse. Por las dudas, antes de cruzar la puerta llamó al socio para que pagara de inmediato lo que debían.
-Pero che, ¿por qué tanto apuro?
-Después te explico.
-Ok, si vos lo decís.
-Te llamo en un rato para que me confirmes que ya está.
Diez minutos y cuatro cigarrillos después lo llamó.
-Listo, quedate tranquilo. No sabés, los tipos no podían creerlo, ya habían dado la guita por perdida. Como mucho no podían hacer para no ponerse en evidencia… Al final tenías razón vos, no eran tan peligrosos.
-Sí, sí, chau.
La puta, había pagado al pedo. Ahora estaba convencido de que había sido una broma. Caminaba hacia el estacionamiento con pasos largos y rápidos, mientras pensaba cómo averiguar quién había sido el gracioso y cómo cobrarle a él la plata. Dos metros antes de la puerta de salida, volvió a sonar el teléfono.
-No te olvides que te estamos esperando.
Click.
Trató de escuchar algo más, pero fue imposible, sólo pudo captar un ruido extraño de fondo que no llegó a distinguir. ¿Sería el hermano de Isabel? El flaco era medio raro, no trabajaba, no estudiaba, pero tenía un auto y una moto, en algo debía de andar. No, tampoco podía ser. Ya hacía dos años que había terminado con Isabel. Era verdad que ella había quedado bastante mal después del aborto, pero tampoco podía pretender que él, con una familia ya formada, se hiciera cargo del pibe. Además, ella había estado de acuerdo. Le compró el departamento y la mantuvo durante un año. ¿Qué más quería? Plata. Seguro que el hermano quería chantajearlo con contarle a su mujer. No se iba a dejar ganar por un vago. Sin dudarlo, la llamó y le contó una historia de una secretaria que él había echado por inútil y que ahora, para vengarse, había desparramado el rumor de que ellos habían sido amantes y un montón de cosas más.
-Así que si te llaman, mi amor, ya sabés que es todo una mentira.
-¿Seguro que no tuviste nada que ver con ella?
-Te lo juro.
-Bueno, está bien. Cuando llegues a casa hablamos... Ah, gracias.
-Por favor, amor, ¿cómo no te iba a avisar?
-No, gracias por este lindo regalo de cumpleaños, boludo.
Click.
Bueno, parecía que hoy todo el mundo le cortaba. Para colmo, no se la escuchaba muy convencida. Ya que estaba en el shopping, le iba a comprar otro regalo; el reloj o la gargantilla con esas piedras que ni se acordaba cómo se llamaban pero que a ella le encantaban. Lo importante era que si ese hijo de puta volvía a llamar, él lo podía mandar a la mierda. Pero no, había hablado de matarlo. Entonces, no buscaba sólo plata. A lo mejor, Isabel estaba deprimida, peor, se había suicidado y el pibe lo quería matar en serio. Quién sabe había hablado de más, ahora encima su esposa sospechaba. Tenía que tranquilizarse y no mandarse más cagadas. Para despejarse y hacer más tiempo, se metió en el cine. No aguantó la película y se fue a la mitad. Con el apuro ni se había fijado qué daban y justo hoy era una de aquella época. ¿Serían algunos de sus ex compañeros? Nunca lo iban a perdonar. Era cierto que ante el primer grito que escuchó, largó todo lo que sabía, pero qué pretendían, ¿qué él fuera el único héroe? Para qué hacerse matar al pedo. “Pero no, ¿qué estás pensando, Javier?”, se dijo. “Esa gente hace años que te perdió el rastro, ¿cómo van a tener este número? Aunque nunca se sabe…” No sabía qué hacer, si salir y enfrentarlos o pasar la noche escondido en el shopping. Otra vez el teléfono.
-Todavía estamos acá.
Y otra vez el ruido, que ahora Javier sí llegó a distinguir. Era un tren. “¿Un tren? ¿Un tren? Si acá no hay ninguna vía cerca”, pensó al mismo tiempo que decía:
-Perdón, señor, pero…
-Topo, no la estirés más que nos estamos cagando de frío y total ya sos boleta.
-Topo, ¿qué Topo? Yo soy Javier Arándana, señor.
Otro tren.
-Che, negro, ¿quién carajo te dio este número? Está mal. Qué cagada, la puta que lo parió.
Click.