miércoles, 21 de diciembre de 2011

La Emilia 127: Duró lo que el sueño de una noche de verano (o lo que un pedo en un canasto, decía mi abuelo)

Y que sea lo que Buda quiera, me dije. Está claro que don Buda no está interesado en ganar clientes. Un abrojo resultó el ferretero. El sábado lo despaché temprano, no quería ninguna frase inoportuna más. El domingo me llama a las 8.30 de la mañana. “¿Me extrañaste?” “¿Quién habla?” “El ferretero de tu vida, cielo.” “El único motivo por el que me podés llamar a esta hora es porque te acabás de enterar que tenés una enfermedad venérea.” “Lo que más me gusta de vos es tu sentido del humor.” Le corté. A las once me volvió a llamar. “¿Querés que almorcemos juntos?” Le volví a cortar. A las dos de la tarde me tocó el timbre. No sé cuál será el santo de los ferreteros, pero me cago en él. Le abrí, algo de lo que todavía me estoy arrepintiendo. “Como juega el cuervo, pensé que podíamos mirar el partido juntos mientras tomamos unos mates y, ya que estamos, divertirnos un poco en el entretiempo.” “O sea que me vas a dedicar quince minutos, un programa de la hostia el tuyo. Pasá pero mate no te cebo ni en pedo.” Fui testigo de un espectáculo francamente desagradable. El tipo sacudía las piernas, se inclinaba sobre la tele cada vez que su equipo avanzaba, metía las piernas entre las rodillas y gritaba “Nooooooooo”; al mismo tiempo que profesaba frases como: sos un tronco, allá allá que el cinco está libre, centro y a la olla papá, pegale de tres dedos, no le hacés un gol ni al arco iris, y otras trascendencias por el estilo. Iban perdiendo, así que del entretiempo olvidate. Por suerte, me llamó Vero. “¿Qué andás haciendo?” “Estudiando el comportamiento del homo si ganamos erectus.” “Estás con el ferretero, te lo dije.” Le corté. Detesto el telodije. Retiro el ‘por suerte’. Terminó deprimido y con ganas de que lo escuche. “Ah no, querido, ahora te vas a tu casita, hablás con tus amigos, te descargás, le prendés una vela a don Lorenzo Maza y, cuando te vuelva a funcionar el martillo neumático me avisás.” Y si te he visto no me acuerdo, pensé, me dejé engatusar por una remera que seguramente ganaste en una rifa de la Cámara Argentina de la Arandela pero no me engancho nunca más. Nunca, siempre, todo, nada, palabras que habría que erradicar del vocabulario porque una se las termina tragando. Porque lo peor que puede tener un tipo son destellos, con los que una se engaña y por culpa de los cuales cree ver fuegos artificiales y termina dándose cuenta de que es un simple chasquibúm del orto. Como me pasó la tarde en que estaba sacada con Mami, con quién si no, porque me recontrarepudrió el santo día para que armara el arbolito y no paró hasta que me mandó uno por radiotaxi. Ya lo he dicho, el que inventó el refrán el burro coge por insistidor se inspiró en Mami. Estaba yo mirando el adefesio blanco (ya me explayaré en otro momento sobre el tema de los colores navideños) y justo me llama. “Tengo la solución, en tres minutos estoy en tu casa.” Se cayó con un hacha para ayudarme a decorarlo, esos detalles me pueden. El problema es que ya que estábamos (frase que estoy repitiendo mucho últimamente, me la tengo que sacar de encima porque me esta trayendo demasiados problemas) se quedó. No digo que, por momentos, no la pasáramos bien, pero por lo general hacía agua, sobre todo y justamente hablando de la manguera. Y esas pelotudeces que tengo yo cuando me quiero hacer la educada... “¿Y si me quedo a cenar?” “Y bueno.” “Es muy tarde, me quedo a dormir, ¿no, gordi? Total mañana es feriado” “Si no roncás.” “Me levanté temprano y te fui a comprar medialunas.” “Só-lo-to-mo-ma-te.” Conclusión, inventario de la tarde: yerba alrededor del tacho de basura, cuchillos sucios en el cajón, puchos enterrados en las piedritas del gato en el balcón, revistas en el baño. Necesité salir a la calle para tomar una gran bocanada de aire y fumarme un pucho en paz. “Me voy al kiosco a comprar una revista que necesito, ya vuelvo.” “Bueno, cielo, mientras me baño.” Las palabras cielo y baño en la misma oración me dieron una puntada en el centro mismo del hígado. Unos minutos más, Emilia, me dije, volvés, y diplomáticamente le decís que se vaya porque te duele la cabeza. Ja, di-plo-má-ti-ca-men-te, otra palabra que no sé para qué carajo uso. Total que el diarero, con una sonrisa que viene practicando desde la época de Rolando Rivas taxista, me da la revista que le pido junto con una que yo desconocía, una tal Tiki Tiki. “¿Y esto qué carajo es?” “Llevaselá, Emilia, al pibe le gusta.” “¿A qué pibe?” “No te hagás la distraída que hoy pasó por acá cuando fue a la panadería. Cómo lo tenés, eh. Cuidalo, mirá que es un buen chico, laburador.” No le dije que hiciera un rollito con la Tiki Tiki y se la fumara por el orto porque estaba practicando mi diplomacia. Sólo la rompí y se la tiré en la cara. Entro al edificio, ya decidida a echarlo a la mierda, y Ramón con un papelito en la mano, me dice: “Emi, ¿me comprás estas cosas? A vos te va a hacer descuento, está como loco el bepi, una cara de contento tenía hoy a la mañana.” Me limité a mirarlo como Carrie, la de la película no la de la serie. “Tá bien, tá bien, yo decía nomás.” Cuando entré al depto todavía estaba debajo de la ducha, corro la cortina. “Pará, Emi, que no terminé.” “Qué pará ni pará, pedazo de pelotudo, qué tenés que andar por todo el barrio desparramando qué, forro.” “Es que estoy tan contento que no puedo disimularlo. Mirá lo que te digo, ya que sos profesora de inglés, ¿no está good lo nuestro?” “¿Good? Qué good, ni good; good bye salame oxidado. Salí de la ducha, y andate o te juro que te capo con el hacha que trajiste.” “No te entiendo.” “No necesito que me entiendas, tomatelaaaaaaaás.” “¿Pero no te das cuenta que nosotros podemos volar como los pájaros?” La que voló fue su ropa, por el balcón. “Y ahora andá y decile a tu amigo Ramón que si te presta un mameluco le hacés descuento de por vida. Salí de mi vista, proyecto de pato descerebrado”, grité mientras revoleaba el hacha como Soledad el poncho.
La entendió y se fue tapándose las bolitas con el papel de las medialunas que había dejado hecho un bollo sobre la mesa. Y bué… tendré que comprar los tornillos en otro lado y no confiar nunca más en Buda.

martes, 13 de diciembre de 2011

La Emilia 126: De tornillos, arandelas y semáforos.

“¿Con el ferreteeerooo?”, gritó Verónica. “Sí, ¿por? ¿Qué tiene?” “¿De qué vas a hablar? ¿De tornillos y arandelas?” “Justamente, de su tornillo en mi arandela, es lo único que me interesa en este momento.” Qué bárbaro, cómo nos ponemos las minas a veces, si no tenemos con qué o, mejor dicho con quién, nos quejamos, si tenemos, es poco, por favor. Como diría una amiga, si no lo quiero pa’ casarme. Bueno, en realidad, para casarme no quiero a nadie, imaginate, un quilombo, ¿qué hago con los gatos? Además, los huevos también tienen vencimiento y despertarse todos los días con el mismo par en tu cama, aún cuando ya huelen a podrido, es un asquito. Total que a las nueve en punto como habíamos quedado, tocó el timbre. “Ya bajo.” “No, esperá, ¿no puedo subir? Te traje algo.” Debo admitir que por un momento dudé, pasan muchas cosas, yo tengo mucha imaginación, tampoco lo conocía tanto, me vi de golpe ensartada por una llave inglesa y lo que es peor, ensartada en el lugar equivocado, qué sé yo, pero le abrí. Cuando llegó arriba y lo vi con la caja de herramientas en la mano, me cagué de risa. “¿Qué hacés, Mr Músculo?” “Pensé en traerte unas flores, pero después me decidí por algo más práctico, por ahí tenés otras cosas para arreglar en tu casa”. Bien, el muchacho empezaba bien. “Por ahora funciona todo, pero dejame pensar un cachito y enseguida te encuentro trabajo.” “Como usted mande.” Seguía bien. Todo indicaba una plácida luz verde, por fin. “Pasá así me esperás mientras me termino de arreglar.” Frase totalmente ridícula porque ya estaba cambiada, peinada y pintada como una puerta, pero una la ha escuchado tantas veces en las películas que la repite. Y el muchacho pasó y se sentó. Desde el dormitorio, mientras finjo estar arreglándome vaya una a saber qué, porque hay cosas que ya no tienen arreglo, le grito: “¿Adónde vamos?” “Donde quieras.” “Ah no, no me vas a hacer pensar a mí, vos invitaste, vos elegís.” “Si por mí fuera nos pedimos una pizza y nos quedamos.” Me pareció una buena idea. Es un clásico, si la sensación térmica reinante es muy alta, se te obnubila el cerebelo, dejás de ver las sutilezas, se te escapan las hijas de puta. Conclusión, pedimos las pizza, y hablamos de boludeces varias mientras la esperábamos, los dos haciendo como que nos importaba lo que el otro decía. Cuando voy a la cocina a buscar una cervezas, me sigue y me abraza por detrás. Yo, la seductora empedernida, salto como araña pollito. “¿Qué hacés, boludo? Me asustaste.” “Te hago el candadito del amor.” Silencio. La luz de pronto viró a amarilla. Y la vi, pero aceleré, pasé rápido, si me hacen la boleta, la discuto, si estaba amarilla, no roja. “Sabés que anda el termotanque, así que te tengo que pagar los repuestos.” “Pagame en especias, mami.”
En otro momento, al escuchar la frase prostibularia por esencia, lo hubiera mandado a hacerse una enema con W40 pero… otra vez la sensación térmica... Y aparte para qué andar peleando siempre… ¿Para qué? Para que no te pasen las cosas que te pasan pedazo de pelotuda, pero no me quiero adelantar. Al pibe de la pizza no le abrimos nunca. De golpe, en medio del quilombo y el revoleo, pone voz de nene de dos años, como mucho, y me dice, “Mamita, ¿me dash la te-ti-ta?” Luz roja, luz roja, luz roja… Lareputísimamadrequeterecontramilpariócarajo, Emilia, cruzala y que sea lo que Buda quiera. Me cago en Buda y sus deseos…

lunes, 5 de diciembre de 2011

La Emilia 125: Desayuno con pitutos y chavetas (no serán diamantes pero algo es algo)

Siete de la mañana, ojos como huevo duro decía mi abuelo. Un día en toda la semana que puedo dormir hasta las diez, la puta madre carajo. No hay nada peor que quedarse dando vueltas, así que me levanto. Abro la heladera, nada para desayunar. Y bué, me voy a tener que bañar y bajar a tomar algo al bar de la esquina. No hay agua caliente, termotanque apagado. Me cago en la reputísima madre que lo parió a José Calorama. Como soy previsora, en algún momento pegué un cartelito en el aparato con las instrucciones para encenderlo. El cartelito dice: ‘es imposible prender este artefacto de mierda, llamalo a Ramón’. Igual, trato. No logro ni una llamita de lástima. No sé de qué me sorprendo, tengo la feromona tan por el piso que no logro encender ni un aparato. No hay manera. Intento una vez, dos, tres, a la cuarta lo cago a patadas y bajo a buscar a Ramón. “No está, Emilia, se fue a pagar unos impuestos, no vuelve hasta la tarde”, me dice la mujer. Este Ramón es un fenómeno, es el único encargado del planeta que tiene que ir a pagar algo mínimo una vez por semana, casi siempre los viernes. Teniendo en cuenta que fuera muy posible que no lo encontrara en todo el día, decido llamar al service. “Buenos días, habla Flavia, ¿en que lo puedo ayudar?” “La.” “¿Perdón?” “La puedo.” “¿Perdón?” “Perdoooón, perdoooooón, ¿te estás confesando, nena? ¿No me escuchás la voz, querida? Soy mujer, ‘LA’ puedo ayudar, ¿entendés ahora?” “Discúlpeme, ¿en qué LA puedo ayudar?” “A ver, corazón, si llamo a un servicio de reparación de termotanque, ¿vos pensás que estoy buscando el Santo Grial? Necesito un técnico.” “¿Qué modelo es?” “¿Quién?” “El termotanque, señorita.” “No tengo la más puta idea.” “Debe figurar en el manual, señorita.” “No me digás más señorita que me vas a sacar loca. Decime, ¿quién carajo guarda los manuales? ¿Qué te pensás que soy? ¿mi abuela?” “En el aparato mismo, debe haber una chapita con el número de modelo.” “No hay ninguna chapita.” “No puede ser, fíjese bien, por favor.” “¿Vos me estás tratando de miope? Tengo el termotanque delante, no hay nada.” “Si no me dice el número de modelo no hay nada que pueda hacer por usted.” Es una lástima no poder cagar a trompadas a alguien por teléfono. Tengo un objetivo, bañarme. “Digo yo, y si me mandás al técnico, ¿él no se dará cuenta de qué modelo es?” “Espere un segundo, no me corte, voy a ver que puedo hacer por usted.” Cinco minutos escuchando a Waldo de los Ríos, son unos hijos de puta. Vuelve Flavia. “El lunes entre las ocho y las catorce el técnico pasa por su casa. ¿Direcciooón?” “Hoy es viernes, mi amorrr.” “Nuestros técnicos están todos ocupados en el día de la fecha.” “A ver si me entendés, nena, no tengo agua caliente, me quiero bañar.” “Señorita, si quiere anote el número de reclamo, el lunes entre las ocho y las catorce un técnico pasará por su domicilio.” “Encima de bañarme tres días con agua fría me tengo que quedar seis horas esperándolo, ¿vos te pensás que yo me rasco la argolla? ¿que no tengo nada para hacer más que esperar a tu técnico del orto?” Me cortó, loca de mierda. Por suerte mi ángel de la guarda me toca el timbre. “¿Qué te anda pasando, Emilia? Me dijo mi mujer que me andabas buscando.” (Vengo medio mal de ángeles últimamente) “¿Qué te pasó a vos? ¿Te dejaron plantado?” “¿Por?” “Nada, yo me entiendo, y vos también me entendés pero te hacés el boludo. No importa… Ramón, se me apagó el termotanque, ¿lo mirás, por favor?” Diez minutos mirando el aparatejo en cuestión sin pronunciar una palabra. “Ramón, hay que prenderlo, no hay que hacerle cirugía cardiovascular.” “Emilia, tenés el orificio del piloto tapado.” “Podría contestarte tantas cosas, Ramón, pero sólo te voy a preguntar si lo podés destapar.” “Sí, es una pavada, pero aparte, la termocúpula está suelta, necesitaría una virola, y ya que estamos purgamos el aire de la tubería y de paso habría que cambiar este niple que está oxidado.” “¿Cuándo aprendiste a hablar chino vos?” “Si querés te anoto lo que necesito, vas a la ferretería y en un par de horitas tenés agua caliente.” “Y bué, ya que estamos.” Y sí, Ramón es definitivamente mi ángel de la guarda.
Entro al negocio en cuestión y me recibe un muchacho que tenía puesta una remera que decía: ‘Rompeme el corazón no las pelotas’. Interesante. “Hola, ¿qué necesitas?” Le entrego el papelito como si fuera muda, era bastante musculoso. “Tenés problemas con el temotanque.” “Entre otras cosas.” “Bueno, vamos a tratar de resolverte lo que podamos.” Mientras revolvía cajoncitos, me dice: “¿Sos del barrio? No te había visto nunca por acá.” “No soy asidua concurrente a ferreterías.” “Mal, muy mal, los ferreteros somos expertos en solucionar problemas.” “Ah, ¿sí? Mirá vos qué bien.” “¿Viste?”, me dice y mientras envuelve todos esos cachivaches y pitutos que me pidió Ramón en papel de diario agrega: “Te propongo algo, vos te llevás todo esto, no me pagás, y mañana a la noche, mientras comemos algo y nos tomamos una cerveza, me contás cómo te fue, si te sirvieron las cosas me pagás, si no me las devolvés y, ya que estamos, me contás tus otros problemitas a ver si puedo hacer algo.” Y bué, ya que estamos…

jueves, 24 de noviembre de 2011

No sos...

No sos bueno

ni malo

No sos bastante

ni basta

No sos justo

ni desequilibrado

No sos honesto

ni pecador

No sos víctima

ni verdugo

No sos muerto

ni vivo.

Simplemente, no sos.

Me tenés podrida.

martes, 22 de noviembre de 2011

La Emilia 124: Feos, sucios, malos (bastante boludos y muy rompebolas)

Me quedé pensando en las artistas, y digo, a lo mejor, hay otra vuelta. Porque en estos días me dediqué a observar el comportamiento de algunos hombres cuando dejan de trabajar. Están los que se dedican al deporte; juegan al fútbol (golf, tenis, básquet, bolita, whatever), miran fútbol por televisión y hablan de fútbol todo el tiempo sin dejar nunca de rascarse los huevos ni de regar la casa con vasos sucios, tazas de café pegoteadas, ceniceros llenos y ropa en el piso. Igual son un poquito más tolerables que los que de repente corren maratones aunque hasta hace unos meses fumaban dos paquetes diarios y tomaban cerveza hasta en el desayuno. Desarrollan hobbies extraños, a alguno se le da por hacer un curso de vihuela aunque tenga menos oído que una lombriz, se compran una moto, se convierten en expertos enólogos y pretenden que la mujer renuncie a su vestidor para hacerse una bodega, o se les da por la cocina y se enojan cuando toda la familia no salta de alegría porque estuvieron todo el día preparando espárragos blancos atemperados con pétalos de crisantemo.
También están los que se han acercado a la onda zen, lo que implica empezar a convivir con alguien que trata de imitar la cara del subnormal Claudio María Domínguez todo el tiempo, una entrada libre y gratuita a la trompada feroz. Empiezan a comer sano, dejan la harina, la fábrica de pastas se convierte en un antro de perdición y una molleja es un pasaporte al infierno. No se pierden una clase de tai chi ni por putas y suelen jactarse de poder vivir con poco dinero, eso sí, les encantan las cosas caras que compran con lo que gana la mujer. Pretenden que la casa se convierta en una especie de tienda de productos orgánicos y rompen las pelotas porque la mujer no compra mijo para condimentar la ensalada de rúcula. Porque lo cierto es que todos, absolutamente todos, tienen algo en común: rompen las pelotas sin parar. Qué carajo les pasa, me pregunto yo. Entonces, se me ocurre que lo de las minas es más meritorio, tal vez no se crean artistas con mayúsculas, tal vez sea sólo un tipo de terapia ocupacional. Una especie de “en lugar de reventarle el cerebelo de un itakazo, me pinto un cuadrito”. Viéndolo desde ese punto de vista, no está mal.

jueves, 17 de noviembre de 2011

No podía...

Entre otras cosas, volver a formar una pareja. “A mí no me enganchan más, a mí no me engañan más”, se dijo Nacho después de su última separación. No podía saber en ese momento que al poco tiempo aparecería Luz, tan llena de tacos, polleras cortas y sonrisas. Al principio, la trató con la frialdad y la distancia que le dictaba su herida. No podía entusiasmarse. Él hablaba, ella escuchaba. Él perdía algo, ella lo encontraba. Él hacía un chiste, ella se reía. Nada más. Pero las horas de oficina compartidas eran muchas e hicieron su trabajo. Desayunos y almuerzos laborales, reuniones después de las cuales se tenían que quedar solos para terminar alguna presentación tranquilos, llamadas nocturnas para cerrar algún tema pendiente en las que inevitablemente se filtraba algún comentario personal. Poco a poco, casi sin darse cuenta, se hicieron casi amigos, casi cómplices, y Nacho empezó a imaginar que tal vez Luz fuese diferente, que tal vez ella podría, que tal vez ella lo haría posible. Igual se tomó su tiempo. No podía apurarse, cansado de errores como estaba. Hasta que la invitación a cenar resultó inevitable, como inevitable fue que Luz aceptara ir a su casa. Lo que no dejó de producirle una cierta sensación ambigua. Hubiera preferido que la primera vez dijera que no. “No será perfecto pero será”, pensó. Pero no fue.

En un momento dejó de insistir, era inútil. Luz, soportando su cuerpo casi muerto sobre el propio, sólo le dio un par de palmaditas en el hombro, tratando de consolarlo, como una maestra trata de hacerlo con un chico de seis años al que se le rompió el juguete. “No es nada, no te preocupes, a veces pasa”. Fue el tono en que lo dijo lo que le hizo levantar la cabeza de inmediato. Se tiró para un costado y la vio; tan acostada, tan sonriente, tan blanca, tan desnuda, tan fácil y tan imposiblemente penetrable al mismo tiempo, que la escupió. “Y tomatelás, salí de mi casa, pensé que vos ibas a poder, pero sos tan inútil como las demás, pavonean ese culo que Dios les dio al pedo y que no les sirve para nada”, dijo mientras prendía un cigarrillo, con la misma voz que usaba para pedirle un café. Luz, con sus veintidós años, no quiso, no pudo, no se atrevió a decir nada; se vistió, se fue y al otro día renunció. “Me dejé engañar otra vez, no aprendo más, ahora me tengo que buscar otra secretaria”.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

La Emilia 123: El talentoso Sr. Ripley se fue de vacaciones ( y la Sra. también)

Es un clásico: mina que deja de trabajar, se dedica al arte. Así andan por la vida, totalmente convencidas de que son escritoras, pintoras, actrices, escultoras. Yo digo, en lugar de esculpir, ¿por qué no se juntan todas en una plaza a escupirse y crean una instalación efímera transguesora de la subjetividad? Seguro que en alguna revistita salen. Porque, a ver, todos tenemos derecho a expresar nuestros sentimientos pero de ahí a querer hacerle creer al mundo entero que sos un pichón de Picasso no reconocido hay un gran camino muchacha (entre paréntesis les pido por favor por este medio a todos los que me conocen que no me rompan más las bolas con el cigarrillo, y ya me fui de tema). No pueden dejar de sacar todo ese caudal de sentimientos encontrados que inunda su espíritu las hijas de puta, está bien, hay que sacarlo todo afuera (me tiene las bolas llenas la primavera, ¿vieron que yo también puedo ser una poeta?) pero que alguien por favor les diga que así como lo sacan lo pueden guardar otra vez en su cajón preferido y que no lastimen nuestros propios sentimientos encontrados. Todo esto viene a cuento porque si hay un lugar especial, antro recaudador de este tipo de especímenes como pocos, ése es la peluquería de mi amiga Natalia. Como María de Lourdes Maribel (a mí en su lugar y con ese nombre no me importaría terminar en naca por parricidio múltiple) que acaba de sacar su primer libro de poemas y en una gran campaña de difusión lo llevó a la peluquería para repartirlo entre las chicas. Y justo entro yo, me cago en las santas pelotas de Bécquer. Apenas crucé la puerta, me atacó; ella, sus cuarenta y tantos años, su bolso con la cara de Kitty y toda esa ropa de marca que combina para la mierda a propósito para dar onda desaliñada. Con toda la locuacidad que me caracteriza en estos casos, dije: “Gracias… Nati, vine para arreglar el tema del viajecito con Olga”. “Le hago el brushing a Mary y estoy con vos, Emi”, dijo Natalia llevando el risorio de Santorini a su máxima extensión. Cualquier día de estos se le rompe pobre. Me senté y, no pudiendo resistirme a la tentación, lo abrí. El mentado librejo se llama “El diablo y la pasión”, le habrá metido los cuernos al marido y se arrepintió, no sé. ‘Libre, como se hace para lograrlo’, empezaba el primer poema en un arranque de terrorismo sintáctico y ortográfico. No sé, nena, preguntale a Nino Bravo. Palabras repetidas ad infinitum: alma, amor, corazón, lágrima, aurora, silencio, demonio (oviusli), pasión (oviusli 2), y angustia (no puede faltar, oviusli 3). Algunas otras frases que lastimaron mis retinas (tengo que estar a la altura): ‘Necesito perderme en un marasmo de selvas translúcidas que conjuren las estrellas con las que copulan mis demonios mientras oradan con lodo mis proyectos desvencijados en mi mente desgastada por huracanes’ (la mierda por favor, esta mina agarró el diccionario, anotó todas las palabras que no entendía y las juntó); ‘Marioneta fugaz, enmudecida, desnuda y enmarañada, la génesis de tu incertidumbre es ese espejo que te lastima’ (operate la jeta y sé feliz de una vez, querida); ‘Días sin vértebras, lágrimas secas (oximoron que Borges envidiaría), cascabel de nostalgia, palabras rehogadas’ (éste evidentemente se le ocurrió mirando el programa de Narda Lepes); ‘Pesadumbre lacustre, siniestra y calva, buceo en mis entrañas pero no encuentro nada’ (bueno, se estará quedando pelada pero por lo menos no sufre de tránsito lento); ‘Espuma abandonada en el tiempo evanescente que diluye mis fantasmas perdidos en la noche devorada; la soledad aúlla en mis horas muertas, colmenas de Apocalipsis me rodean, necesito fugarme a través de laberintos de lluvia’ (pero fugate a la concha de tu abuela, la que está muertita y te aúlla todas las noches para asustarte y que te dejes de joder, por favor); ‘Me pierdo en mí misma, me busco y no me encuentro’, termina el último poema. Le voy a decir a Nati que para el cumple le compremos un Gps. Cierro el librito y escucho que Nati le dice: “Pero, no, Mary, no te tenés que hacer ese tipo de cuestionamientos.” “Es que yo estoy pero no estoy, ¿me entendés lo que te digo, Nati? Igual, yo el único cuestionamiento que me hago es el del escote del vestido”. Palabras dignas de un intelectual de pura cepa. Y bué, es lo que hay, decía mi viejo.

lunes, 24 de octubre de 2011

Paredes, sólo paredes.

una jirafa destartalada;
un sillón de mimbre,
trono de una muñeca tuerta;
papeles papeles y más papeles;
un póster de Chaplín que te mira
y te entiende;

tazas de café cascadas;
mapas con nombres
que ya no existen,
que sólo ayudan a perderte aún más;
destornilladores que hace años
no desatornillan absolutamente nada,
salvo hoy tus entrañas.
Cuarenta y tres años para dejar atrás
y, al mismo tiempo,
llevarse en la mochila.

jueves, 29 de septiembre de 2011

La Emilia 122: De todos los bares...

…de todos los pueblos de todo el mundo, entra al mío el reverendísimo hijo de una gran lombriz solitaria. La verdad que Humphrey no me conoció, si no me hubiera pedido ayuda para romantizar el libreto. Muchas veces había fantaseado con que me sucediera algo así, con encontrarlo de golpe en algún lugar inesperado. Hasta ensayé frente al espejo distintas reacciones. Mirá que hay que estar al pedo. O tener una vida tan llena de jolgorio como la mía y terminar entreteniéndose con una misma. En más de un sentido, la puta madre carajo qué sequía. Me estoy yendo de tema como siempre pero todo tiene que ver con todo, decía Pancho. Qué tipo raro ese, la iba de culto y terminó de catador de yogures. Pero qué te importa, Emilia, y ya empecé a hablar en tercera persona como el Diego, esta cabeza me tiene podrida, es una maldición… bué, ya me terminé de ir al carajo ahora puedo volver. Total que estoy en mi bar de la esquina preferido, con mi café, mi libro, una lapicera, el celular apagado, qué más puedo pedir. Tantas cosas podría pedir pero la verdad sería al pedo. Aparte a quién se las voy a pedir, ¿a Dios? Si el tipo existe me manda a la mierda con la cantidad de barbaridades que he dicho de él, de su madre y de todos sus santos acólitos. Bueno, que piense lo que quiera yo por mi parte pienso que si él es el responsable de todo y creó esto donde vivimos bastante subnormal es. Así que es una relación que no tiene futuro, una más y van… La verdad, me veo en la obligación de aclarar que no me he drogado en el día de la fecha, es que estoy tan bien que me pongo a discutir con alguien que no existe. Si sigo así me hago médium, total tengo tantos muertitos en el placard que a esta altura ya debe de ser un cementerio, podría empezar a practicar. Bueeeeeno, basta... Vuelvo al bar, jamás a la casita de mis viejos, lo único que me faltaría es que también aparezca Mami en este momento. Bingo. ¡Focalizá, carajo mierda! Cuando lo vi, me abataté. Me sentí la más pelotuda de todas las pelotudas con perdón de las pelotudas. Bueno, tampoco les tengo que andar pidiendo perdón, al fin y al cabo para algo son pelotudas. Entra el tipo, a cagarrrme la tarde obviamente, me ve y con la misma sonrisa sobradora de siempre, esa que te ganas de bajarle todos los dientes y dejarlo escupiendo chocolate por una semana como mínimo (hoy estoy tan pacífica que en cualquier momento me canonizan, no estaría mal, pensándolo bien… Santa Emilia de la Cuchufla Casi Oxidada me podrían poner, y después me prenden velas y todo… ¡¡¡Bastaaaaaa!!!) retomo, se acerca a saludarme. “¿Qué tal, Emilia, tanto tiempo?” “Bien, Iturralde, ¿y vos?” En una ciudad como Buenos Aires, con millones de personas gracias a la Virgen de la Caramañola desconocidos, a mí sola me pasa encontrarme con mi ex psicólogo. Dentro de poco me anoto en las olimpíadas de colecciones de ex, y saco la medalla de oro. Mientras transcurrían esos diez segundos en los cuales revolvía mi cerebro tratando de producir un pensamiento coherente para continuar con esa conversación inútil, veo que por sobre los hombros de Iturralde se asoma una mina. “¿No me vas a presentar a la señorita? Mirá que le cuento a la pendeja y te revolea el pibe por la cabeza.” E inmediatamente grita como desquiciada: “¡¡¡¡¡Emiiiiiiiliaaaaaaaaa!!!!” Sí señores, la realidad supera ampliamente a la ficción, era Olga Álvarez Zavala. Me abrazó con la exageración que sólo ella es capaz de sostener. “¿De dónde lo conocés al pelotudo este?” “Es una paciente, una ex paciente”, contestó Itu, imaginando estúpidamente que eso civilizaría a Olguita. “No te puedo cre-er, por todos los santos freudianos, Emi, de la que te salvaste, este tipo sólo te puede llevar al suicidio, no puede analizar ni a una ameba, ¡¡¡es mi ex!!!” “¿¡El reverendo hijo de puta con olor a pata que embarazó a la pendeja y redescubrió el amor?!” “El mismo que viste y calza”, me contestó Olguita en un arranque de modernidad lingüística. “Acabamos de firmar el divorcio, lo hice mierda al forro y con la plata que le saqué ¡¡¡pensaba invitarlas a ustedes a hacer algún viajecito para festejaaaar!!!” Aclaremos que mientras ella decía todo esto, el pobre Itu se iba poniendo cada vez más pálido, no habló más y se guardó su sonrisa sempiterna en el quinto forro del ojete, rogándole al mismo tiempo a Pichón Riviere que le diga qué carajo hacer. Lo vi tan poca cosa de repente, se me desdibujó tanto, que no pude dejar de sentir lástima… por mí, obviamente, por haber pensado en algún momento que ese ganso esmirriado me podía ayudar en algo. Una cae en manos de cada uno la verdad.

“¿Sabés que toda su vida me hizo sangrar con los tímpanos con Silvio Rodríguez y ahora escucha a Arjona?” “Ah, no te tenía como un boludo tan importante, Itu.” “¡Le decís Ituuuu, qué fantástico! ¿Y vos qué te quedás ahí parado? ¿Qué te pensás? ¿Qué te vamos a invitar a sentarte con nosotras? Tomatelás, no te quiero ver nunca más en mi vida.” “Sí mejor me voy a casa.” “Andá a buscar al nene a la guardería y no te olvides de limpiarle el culo mientras tu mujer hace Pilates, proyecto de Lacan; o, si querés, andate a la mismísima mierrrrda.” Se fue, por supuesto, y nosotras nos pedimos una cervezas para ir planeando el viajecito. Y bué, a lo mejor, quién te dice, este es el comienzo de una gran amistad. Por lo menos, lo que gasté en terapia no fue plata perdida, algo amortizo.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Muchas gracias...

... a la gente de otramerica y en especial a Rodrigo Fino por sus palabras sobre este blog. Me encantó el título: Lo incorrecto, la literatura.



jueves, 1 de septiembre de 2011

La Emilia 121: El imperio contraataca (y la fuerza no me acompaña)

Hay gente que una no quiere ver muy seguido. Se las quiere, se las respeta, está todo bien, bla bla bla y todas las excusas políticamente correctas que podamos dar pero, la verdad, es que con saber que están bien nos alcanza, para qué encontrarnos. Para aburrirse, digo yo, para sufrir, para reprimirse, para hacerse un nudo con la lengua y no contestar lo primero que las tripas te manda a la cabeza. Pero, y los malditos peros me tienen las pelotas por el piso, a veces es inevitable. Porque siempre sucede esto: la persona que vos no querés ver es la que más insiste para verte. Y a una, boluda con cochera propia y baulera importante, le agarra la culpa. Ese adefesio indescriptible que te llena de responsabilidad y te lleva a correr a los lugares más equivocados. Lo peor es que, cuando te agarra la hija de puta, no te suelta. Como Mami, justamente, de quien hacía un tiempito venía zafando poniendo en práctica el ejercicio de convertirme en una especie de anguila en un fuentón con agua jabonosa. Ya me había avisado por teléfono que venía, porque hablar, hablamos; bah, habla ella, yo escucho y si puedo emito algún monosílabo. “Puse un poco de orden en casa y tengo algunas cositas para llevarte”, me dijo. Costumbre de mierda que tiene, cada vez que hace limpieza en su casa, todo lo que ella no quiere guardar pero no se anima a tirar viene a parar a la mía. Y yo me las quedo, por supuesto, ¿por qué? Por culpaaaaaa. Dos bolsas de consorcio llenas trajo la tipa, pensará que entre mis hobbies está el reciclaje. “Igual dejá, después ves todo cuando yo me voy.” Es que ella me quiere entretener, soy yo la que no la entiende. “Ahora, tomamos unos mates y me contás qué es de tu vida. ¿Cómo andás?” “Todo bien, mamá.” “Hace no sé cuánto que no te veo y me querés arreglar con ‘un todo bien mamá’, después dicen que hay que fomentar el diálogo con los hijos, con vos es imposible. No importa, hijita, yo no tengo capacidad de rencor.”
No sé por qué pondría un punto final después de la palabra ‘capacidad’. Mejor me callo. O trato de conformarla. Le cuento entonces de mi experiencia en las sierras. Para qué. No sé para qué insisto, Mami es imposible de conformar. “¿Ves cómo sos? ¿Cuántas veces te pedí que me acompañes a Salta a ver a la virgen y te negaste? Pero claro, a la señorita la invita su amiguita a ir a las sierras y va contenta y campante.” “No fui contenta mamá, pero Vero estaba mal, necesitaba que la acompañara.” “Y cómo te pensás que estoy yo.” “Por la manera en que rompés las pelotas estás bárbara, mamá.” Se enojó y se fue, un encanto Mami. Rápida como un rayo, pasa y te fulmina la guacha, o te deja rodeada de dinosaurios. Como el jean que usaba a los dieciséis años; no sé qué puedo hacer con él, llorar amargamente nada más. Esta mina me quiere mandar al psicólogo, es evidente. Pero no me va a ganar, voy a hacer catarsis por otro lado, las carpetitas que ella bordaba cuando era soltera se las voy a poner a los gatos de frazada. Y ese acolchado impresentable que tejió al crochet en cuadraditos de colores será la alfombra para limpiarme los pies en los días de lluvia. Qué mierda voy a hacer con la cantidad innumerable de adornitos y elementos inservibles varios que trajo, no sé, creo que el día que tenga ganas de sentirme en la piel de un francotirador me voy a apostar en el balcón y se los voy a tirar al camión que trae mercadería al kiosco de al lado y siempre estaciona en la puerta del garage de mi edificio. No sé por qué piensa que yo puedo tener un mínimo interés en ellos. No sé por qué piensa Mami en realidad. Cada vez que piensa, yo pago las consecuencias. ¿Qué tengo que hacer? ¿Tengo que llorar delante de la muñeca que me regaló mi abuela la muertita? ¿Tengo que mirar con cariño el librito de catecismo? ¿Me tengo que emocionar con mi vestido de comunión? A ver, no es necesario que me traiga el diario íntimo que escribía a los quince años. ¡¡¡¡¡Perdí la llave, mamaaaaaaaaaaaaaaaaaaá!!!!
A veces me pregunto qué mensajes escondidos de mierda me quiere mandar cuando me trae estas cosas. Cuando abrí la segunda bolsa, exploté, no me pude contener y la llamé. “Me querés explicar para qué me traes tu vestido de novia.” Es que a veces los mensajes no están tan escondidos. “Bueno, lo había guardado para vos pero si querés tiralo, hacé lo que quieras, total no creo que lo vayas a usar.” “Mamá, si te detuvieras a pensar por un minuto las barbaridades que decís, te darías cuenta de que no estás bien.” “¿Y qué te dije cuando estaba en tu casa? Y me contestaste una guarangada, como siempre.” “Mamá, ¿por qué no empezás terapia?” “¡Ja! El burro le dice orejudo al caballo.” “Pero, ¿por qué no te hacés un curso de espiritualidad con Claudio María Domínguez entonces, ma-má?” Le corté. Cuando se me pase la culpa de mandarla a la mierda, la llamo.

lunes, 29 de agosto de 2011

La historia de una dificultad (o, tal vez, la dificultad de la historia)

Se imaginó su futuro y no pudo evitar una sonrisa; casi angélica, casi espeluznante. Los poros se le dilataban y un enjambre de avispas le hizo nido en el estómago. Supuso que por fin conocería la famosa felicidad. Alguien reordenaba el mundo y le ofrecía esa libertad que ella no se atrevía a tomar por sus propios medios. Pensó en qué les iba a decir a todos, en cómo despedirse, saboreó y disfrutó la tristeza de los demás después de su partida, todos hablarían bien de ella, la halagarían y la alabarían, la convertirían por fin en alguien importante. Tal vez, hasta la alcanzara la fama. Tal vez, hasta la nombraran en la televisión. Porque ella había decidido que, en ese tiempo que todavía le quedaba antes de irse, iba a hacer todo lo que estuviera a su alcance para hacer conocer su caso. Para que la tomaran como ejemplo. Para que reconocieran su lucha. El orden soporífero que la cercaba se esfumaría de una vez por todas. Los recuerdos ya no la contaminarían. Ya no tendría que decir siempre lo que el otro quería escuchar. Abandonaría la fría oficina que la asfixiaba y la casa que la encerraba y deprimía. No tendría que seguir ocultando sus sombras, ya no viviría en la clandestinidad. Ella, dueña de una belleza que lastima al que la admira y a la que la posee, no necesitaría esconder nunca más el tajo cruel que adornaba su interior. Por fin le llegaba la excusa perfecta, podría separarse y librarse de la carga de educar a dos criaturas. La cuenta regresiva se le iba a hacer larga, trataría de dominarse y hacer un último esfuerzo para que no la traicionaran sus verdaderos sentimientos. Todos debían convencerse de que a ella también le costaba aceptarlo.

Pero cuando tuvo los resultados, cuando tuvo los resultados, sus planes se desplomaron. No estaba enferma. No se iba a morir. De vuelta a retomar su pequeña, cotidiana y aburrida vida. Una vez más, sus sueños no se harían realidad. “Y bueno”, pensó, “los problemas se seguirán resolviendo a la noche. Cuando las pesadillas los vuelven pequeños”.

martes, 9 de agosto de 2011

La Emilia 120: Lo que el viento nunca se podrá llevar.

Como todos los que me conocen a esta altura del partido ya lo saben, si hay algo en este mundo con lo que sueño permanentemente es trepar a un cerro que tenga una cruz en la punta. Sobre todo si ese cerro está atravesado por una cascada y hay que llegar a esa puta cruz trepándose por piedras húmedas. Mis zapatillas negras, de lona, empapadas, el culo lleno de barro, cagada de frío, y mi amiga sonriente como si estuviéramos recorriendo la Quinta Avenida. Pero aunque usted no lo crea, y esto ni Ripley lo hubiera imaginado, todavía nos quedaba por recorrer el de la reserva natural. A la mañana la cruz, a la tarde los bichos… un programón. Tres kilómetros de sendero entre yuyos secos y, por supuesto, piedras. Encima y como si esto fuera poco y a modo de oferta para el bolsillo de la dama y la cartera del caballero (los tiempos cambian, sí ya sé me estoy yendo a la mierda)… retomo, por el medio del cerro viene cantando una vieja y en el suspiro decía, cantaba mi abuelo y me estoy yendo al carajo otra vez pero es que recordar tamaña experiencia me provoca daño al cerebelo; vuelvo a retomar, venía cantando no una vieja, y tampoco cantando a decir verdad, una mina de más o menos nuestra edad, sola. Con una pinta de robar posavasos de los bares y coleccionarlos que daba miedo. Venía y nos alcanzó. “Hola, chicas, ¿cómo están? ¿No es maravilloso este lugar?” Me tuve que reprimir, no me quedó otra. Total que se nos unió en tal edificante paseo. El hambre y las ganas de comer, el roto y el descosido, la biblia y el calefón, Rambito y Rambón; eso eran mis dos acompañantes. Tuve que soportar tamaña catarata de pelotudeces que casi me sangran los tímpanos. Que qué lindo lugar, que qué paz, que qué tranquilidad, nada que ver con la ciudad, que hay que volver a la vida natural. Parecían un comercial de agua mineral las hijas de puta. “El silencio de las sierras me ayuda a descubrir el espacio existente entre un pensamiento y otro, permanecer y ahondar en él. ¿A vos no te pasa lo mismo?” “Totalmente”. Y entonces por qué mierda no se callan la boca, no dije otra vez, pero no sabía cuánto tiempo más iba a poder retener mis palabras en la laringe. Cada determinada cantidad de pasos me miraban como esperando que las aplaudiera. Sólo dije: “No doy más, Vero, ¿por qué no volvemos?” “Vamos, querida, nunca te rindas, todo es posible.” Sí, también es posible que en cualquier momento me dé un ataque, me metamorfosee en el Boxitracio y te cague a trompadas. “Evidentemente, no estás aprovechando el lugar, Emilia,” insistió el proyecto de Osho femenino con una confianza que no recordaba haberle dado, “yo, por ejemplo, vine hasta acá porque necesitaba una limpieza profunda, ¿y ustedes?” Demasiado. Tanto va el cántaro a la fuente… “Y, digo yo ¿no?, con todo respeto, si lo que necesitás es una limpieza profunda, ¿por qué no te lavás la argolla con lavandina? ¿O, si te da impresión y tenés miedo de quemarte, con alcohol en gel?” “¡Emilia!”, saltó Verónica como si nunca me hubiera escuchado putear. “Emilia las pelotas de Matusalén, Vero, ¿qué carajo estamos haciendo, en una reserva natural, me querés decir? En una sierra rodeadas de piedras y de yuyos, si nosotras hablamos de yuyos nada más que para mandar a cagar a alguien. El té de yuyos nos saca úlcera, nosotras tomamos café y bien fuerte, nada de cortados y mucho menos de mariconear con lágrimas.” “Pero son lindos los animalitos.” “Pero ¿qué te pensaás? ¿que estamos haciendo un safari en Mozambique? la puta madre carajo, si lo único que vimos fue un burro del orrrrto. Por nuestra amistad y nuestros ancestros te lo pido Vero, tengo barro incrustado en lo más recóndito de mi ser, reaccionaaaaaaaaaaaá. No estás sola por no tener un tipo al lado y definitivamente no lo vas a encontrar entre estos yuyos de mierda, mamá no tenía razón, la familia Ingalls es como dios o los orgasmos múltiples, no-e-xis-te. Nos tragamos el librito enterito y no paramos de vomitarlo en cómodas cuotas porque nos hizo mierda el estómago. No importan cómo te miren las otras minas, otras amigas, compañeras de oficina o esas vecinas de mierrrda que tenés, todas con cara de haber estudiado en el Sagrado Corazón de la Esposas Esclavas de la Sagrada Cuchufla, preocupadas porque no se les queme el cheesecake que tienen que llevar a la feria del plato del orrrto que organizan una vez por mes, no estás incompleta porque no te llenaron la barriguita. No sabés tejer al crochet ni hacer mermelada de frutillas, ¿yyyy? Sos un minón, una mujer con todo lo que la mayoría de esas envidia, que tal vez algún día, si tiene ganas y se le canta el culo también sea madre pero no porque le falte nada, sino precisamente porque le sobra. Volvé, boluda, te lo pido por favor, te extraño.”

Y me abrazó. Y nos abrazamos. La miró a la otra, que por la cara que tenía pensé que estaba al borde de un ataque de trombosis múltiple, y le dijo: “Nosotras nos volvemos, ¿vos qué hacés?” “Yo sigo”, contestó. A lo mejor pensó ‘con estas locas no voy ni a la esquina’. Qué importa. A lo mejor pensó que no entendíamos nada, o que la pachamama nos iba a castigar. Que se vaya a la mierda. Ella y unos cuántos más.

miércoles, 27 de julio de 2011

La Emilia 119: El tesoro de la Sierra Madre me importa una mierda.

Entrar en el cuarto y en estado de pánico fue una sola cosa. No había frigobar y la televisión 14 pulgadas Grundig modelo 84 me devolvía diez canales: el del campo, el de la virgen santísima, dos de dibujitos animados, uno de deportes, el del rey de la soja, el del rosario nuestro de cada día, uno de películas dobladas de mierda que se veía para el orto, uno de documentales de animales y el de noticias del pueblo (muy importante por cierto el debate que se generó sobre el uso de los fondos públicos porque a María se le ocurrió llamar a los bomberos para que le bajaran la lora que se le había escapado a la punta de un eucaliptos, juro que es verdad). “¿Qué hacemos acá, Vero?” “Ahora bajamos, caminamos, respiramos aire puro y tratamos de encontrarnos con nosotras mismas”, me contestó mi amiga, definitivamente poseída por un alien. Y eso hicimos, pero antes de salir a disfrutar de las delicias paradisíacas del lugar, Vero le preguntó al encargado del hotel qué lugares podíamos visitar. “Yyyyy… tienen el Cerro del Mate, el del Cristo y el de la reserva natural.” “¿Y qué los caracteriza a cada uno?”, preguntó mi amiga sorprendiéndome un poco más a cada momento. “Yyyyy… el Cerro del Mate tiene una piedra en forma de mate en la punta, el del Cristo, una cruz y el de la reserva natural, animales”, contestó el señor con una lógica aristotélica irrefutable. “Perfecto. Uno para cada día. ¿Vamos, Emi?” “Esperá que le quiero preguntar algo yo… ¿Tiene wi-fi el hotel?” “No, señorita, pero acá a dos cuadras hay un locutorio.” “Perfecto, vos andá arrancando, Vero, que yo ya te alcanzo.” “Dale, Emi, aprovechá el lugar y desconectate, aparte tenemos que ir en el auto.” El cerro eraaaa… algo así comoooo… una piedra muy grande… con muchos yuyos. “Bueno, ya lo vimos, ¿vamos yendo?” De ninguna manera. “No, Emi, subamos a ver la piedra.” “Pero mirá todas las piedras que tenés acá, ¿para qué querés ver otra más?” Había como una escalera, hecha de piedras por supuesto. Trescientos veintidós escalones.
Todo para llegar a la punta del cerro y ver una piedra que, sí, era un mate… porque era un flor de porongo y la reputísima madre que los recontramil parió a los guaraníes, pensé pero no le dije a mi amiga que parecía como emocionada. “Digo yo”, le dije mientras me prendía un pucho para recuperar el aire, “ya que llegamos hasta acá, ¿no vamos a hablar de lo que te pasa?” “Ay, Emi, si a mí no me pasa nada, miro el paisaje nada más.” Duro, muy duro. Y todavía quedaban dos días.

martes, 26 de julio de 2011

La Emilia 118: Rutas argentinas hasta el fin (y hasta la reputísima madre que lo parió carajo también)

La insoportable levedad del ser. El coágulo cerebral que avanza. El trapo rejilla que te atrapa como una telaraña. El útero de mamá que te llama sin cesar. Todo eso junto. De golpe, de manera indefinible, intangible, indescriptible, te arrastra, te arrastra y… fuiste, todo eso fuiste pero perdiste. Se te transforma la cara y tenés todo el tiempo la misma sonrisa de idiota que la mina que conduce el programa “Cómo fabricar velas y jabones en casa”, como si tu máxima aspiración en la vida fuera que no se te queme el cheesecake. Tus amigas te preguntan ‘¿Qué te pasa?’; y vos, con tu mejor voz de pelotuda a cuerda, respondés, ‘Nada’, porque es verdad, eso es precisamente lo que te pasa. Nada. Absolutamente nada. Pero no nos vamos a poner aquí a hablar de semejante palabreja que le ha dado tema a tanta gente muchísimo más preparada y por qué no virola que una. Además, es vox populi que, cuando una mujer responde ‘nada’ a tamaña pregunta es que Houston tenemos muchos problemas. Cuando empezás a cantar alternadamente canciones de Arjona y de Silvio Rodríguez ya la cosa se puso seria. Ni hablar si te encontrás susurrando En el hospicio de Pastoral mientras te duchás. Se te da por cocinar pan o hacer mermelada de frutilla. Capaz que hasta plantás perejil o hierbas en una maceta. Cambiás los muebles de lugar. Comprás repollitos de Bruselas que, por supuesto, se terminan pudriendo en la heladera. Y la culpa avanza casi al mismo ritmo que tus pelos sin depilar. Hay minas que no han podido parar y hasta se llevaron a la madre a vivir con ellas o le contaron secretos a la cuñada. Ahí las consecuencias son desastrosas. Bueno, a Vero se le ocurrió ir a las sierras porque el cambio de aire le iba a hacer bien. Casi le propongo que alquiláramos un tubo de oxígeno pero me pareció que lo mejor era acompañarla. Armé la valija con lo que supuse podría llegar a necesitar en las sierras (luego me daría cuenta de que no tengo la más puta idea de lo que se necesita en las sierras, pero ese es otro tema) y la pasé a buscar todo lo temprano que mi organismo me lo permite. A las once de la mañana le toqué el timbre y salimos onda Thelma y Louise por las rutas argentinas. No encontramos un Brad Pitt ni por putas y por suerte un precipicio tampoco. Digo por suerte porque a la vaca número cuatro mil que vi el impulso suicida comenzó a apoderarse de mí. Pero me controlé, y llegamos sanas y salvas a ese maravilloso lugar donde pasaríamos tres infinitos días rodeadas de un aire puro que yo sabía desde un principio me iba a pudrir los pulmones y, lo que es peor, el cerebro. En breve, el relato diario.

lunes, 18 de julio de 2011

La Emilia 117: A subir la colina (que espero que no sea de la vida porque no sé dónde mierda duerme la realidad)

Hay momentos en que una mujer de pronto se da cuenta de que hace días que no hace la cama, que la bombacha colgada en la ducha está reseca y hace como cuarenta y ocho horas que no se baña, que el jabón chorrea en la pileta, que hace mucho tiempo que no le pone la tapa al dentífrico, que en la heladera sólo tiene huevos rotos guardados en pocillos de café, un tupper con fideos con hongos y otro con restos de huesos de pollo. La luz roja se prende indefectiblemente cuando enciende la radio y deja la estación en la que están pasando a Arjona y, casi sin querer, canta la canción. Entonces, a esa mujer, que es Vero, tu amiga, tu hermana del alma, se le empiezan a ocurrir cosas que jamás pensaría en una situación normal. Como, por ejemplo, que la ciudad la ahoga, que necesita pasar unos días fuera, preferiblemente en las sierras y que por favor la acompañes. Ése es el problema de no saber qué hacer en estas situaciones, una empieza a hacer boludeces. Pero para qué estamos las amigas sino para hacer boludeces juntas. Allá vamos.

martes, 12 de julio de 2011

La Emilia 116: Dejemos de lado al cocinero, al ladrón y a su mujer... y hablemos del amante.

A raíz de mi última experiencia se me dio por pensar en las distintas formas y colores de los cuernos. En principio, es total y absolutamente diferente descubrir que el imbécil del marido de tu amiga se curtió a la vecina a que tu hermana de la vida se decida a tener una alegría ya que el inútil le da tan pocas. Ya sé, ya sé, los que me pidan objetividad se pueden ir al carajo. No es lo mismo. Ya lo dijo Alejandro Sanz. O Sáenz, como le dice Mami, que tiene la costumbre de cambiarle los nombres a las cosas. Para ella, Messi es Mechi; y no come sushi sino suchi, y no la vayas a corregir porque entrás en una discusión sin principio ni final, como siempre. Pero no me quiero distraer, y mucho menos con Mami, justo en este tema. Volviendo, hay distintos tipos de cornamenta. Por ejemplo, está el vengativo, el típico ‘me cagaste, te cago’, que tiene gran aceptación entre las mujeres. Por otra parte, alto ranking entre los hombres tiene el recreativo, un rápido para aliviar el stress y acá no ha pasado nada. Con el ex no puede ser considerado técnicamente un cuerno; ya anduvo en otro momento por acá, tiene una butaca a su nombre y es socio vitalicio. También existe lo que podríamos llamar el agradecido, han laburado tanto que se lo merecen. Una conocida, soltera con afición a casados, solía decir que ella lo hacía por solidaridad con la mujer: el tipo trabaja tanto que una tiene que colaborar para que su matrimonio siga funcionando, él vuelve feliz a la casa y la mujer agradecida. Demasiado rebuscado para mi gusto. El recetado es el que te tranquiliza más que el Prozac, y es más sano. Y seamos sinceros, hay muchos motivos por los cuales a veces un buen cuerno es justo y necesario, hay personas que tienen el derecho a una alegría y otras que se compraron todos los números del gordo de navidad de las guampas.

A saber: para un baile de disfraces tu pareja se viste de empanada; después de diez años de casados, te propone renovar los votos a la orilla del mar bajo el rito Zulú; para salir de la monotonía deciden ir a un telo y lo primero que hace es prender la tele y sintonizar un canal de noticias, de deportes o un programa de bricolage; de repente empieza a usar frases como ‘a papá mono con bananas verdes’; aún después de haberle dicho muchas veces que te molesta se sigue acomodando la bombacha o los huevos en público; después de estar un mes en España por trabajo vuelve diciendo coño, pitillo y chaval; para tu cumpleaños te regala un botellón de leche con manchitas de vaca; para demostrarte que todavía se calienta con vos te manda una canasta de preservativos a la oficina; cuando le planteás que tienen que buscar actividades en común te invita a cantar en el coro Kennedy; se gastó la plata de las vacaciones en la colección completa de la revista Anteojito que la mamá le compraba cuando era niño; se hizo adicto a la meditación y hace cuatro años que entona diariamente ‘nam-myoho-renge-kyo’; para celebrar el aniversario te invita el fin de semana a la Fiesta Nacional del Té en Campo Viera, Misiones; su culo hace rato dejó de sorprenderte. En resumen, cornelio, cornicheli, cornudo, corniche, vikingo o venado; llamalo como quieras… la verdad es que nadie muere mocho en esta tierra, no se hagan los boludos ni las virgencitas.

jueves, 30 de junio de 2011

La Emilia 115: Fiebre de sábado por la noche (y calentura de domingo por la mañana)

Todo el mundo sabe… que el sur también existe… uy, empecé yéndome a la mierda, todo mal, empecemos de vuelta… Ya sabe todo el mundo que no soy muy afecta a las reuniones sociales en las cuales participen más de tres o cuatro personas, siendo éstas mis amigas y yo, cuando me soporto, porque si estoy en uno de esos días en que me aburro de mí misma y me agoto, ni siquiera ésas me gustan. Si encima, en dichas tertulias te obligan a presenciar el bochornoso espectáculo de ver a un boludo grande soplando una velita y a un montón de otros boludos alrededor cantando el apio verde tuyú, el páncreas te explota. Pero total que una no quiere despreciar las invitaciones de los alumnos y allá fuimos (yo y todas mis personalidades) a intercambiar conversaciones innecesarias con nuevos personajes ya vistos muchas veces. Pero, siempre cada tanto aparece un pero… Y este pero era un morocho de ojos verdes que no paró ni un segundo de decir todo lo correcto. Como me gusta a mí. Sin vueltas. Sin necesidad de hacerse el gracioso. Yo no soy de las minas que cuando le preguntan qué espera de un hombre contesta ‘que me haga reír’. Para eso lo miro a Capusotto. Por ejemplo: “Me voy”, digo yo. “¿Estás en auto?”, contesta él. “No.” “¿Y para dónde vas?” “Para allá.” “Qué casualidad, yo voy para el mismo lado. Te llevo.” Una maravilla. Una joya de minimalismo dialéctico. Me llevó, por supuesto, a su casa. Qué noche, Teté. Tan Teté, y pe pé pe pé pe pé, que me quedé a dormir. Pero, siempre cada tanto aparece un pero… Y este pero era un cochecito de juguete que el susodicho pisó cuando galantemente se levantó a preparar el desayuno.
Desde la época que veía a Los Tres Chiflados que una caída no me hacía reír tanto. “¿De qué te reís? Ayudame a levantarme, nena, creo que me torcí un tobillo.” El tonito, de movida, me cortó la carcajada. Y el ‘nena’, la verdad, me cayó para el orto. “Nena no, nene debe ser el dueño del cochecito, ¿no?”, le contesté. “Sí, pero hasta la noche no llegan, se fueron el fin de semana al country… ¿Qué me mirás así? ¿Me vas a decir que te importa? Dale, traeme hielo de la cocina que si se me hincha mucho no voy a poder jugar al tenis a la tarde.” Y entonces, como yo no iba, a la luz del día, no paró de decir todo lo incorrecto. Esta vez, fui yo la que se vistió y se fue. Pero, por las santas pelotas de San Expedito, siempre cada tanto aparece un pero…

jueves, 23 de junio de 2011

La manzana.


Tarde o temprano hay que morder la manzana, escuchó o leyó alguna vez por ahí. Y ella mordió, en la noche más deshilachada de todas las noches, que para colmo no fue la única, aunque reconocía que algunas de esas noches no la había pasado tan mal. Por eso también estaba segura de merecer la consecuencia. Cuando se lo dijo a la tía Augusta, casi le cuenta todo pero ella la miró. Y a lo único que ella siempre la había tenido miedo era a los celestes y vidriosos ojos de la canosa tía Augusta, la especialista en ignorar el presente y en fabricar recuerdos. “Y ni pienses en agregar otro pecado al que ya cometiste. Porque ahí sí que no te voy a ayudar”. Ahora se encontraba en una cama de hospital y tenía dos miedos, algo había ganado. Rodeada de palabras pegajosas, de un silencio cargado de frases dichas tantas veces que no valía la pena repetirlas, segura de haberse metido en un laberinto del que nunca podría salir, porque aunque quisiera escapar por arriba, las paredes eran muy altas; lloraba, nada más. El tío la consolaba, “Yo te voy a ayudar, nunca te voy a dejar”, y al mismo tiempo le susurraba al oído, “pero no le cuentes a la tía, si no no voy a poder hacer nada”. Eso que le acababan de poner en los brazos, a lo que todavía no podía darle un nombre, recién empezaba, y no tenía la menor idea de cómo hacer para terminar queriéndolo.

miércoles, 15 de junio de 2011

La Emilia 114: Tarde de perros (y mañanas y noches y días enteros)

Resfrío. Trabajo. Recaída. Demasiados días adentro, demasiada energía contenida, como para que el mundo me reciba de esta manera. Bah, no fue el mundo, pero fue suficiente. Resulta que me encuentro a la esposa del portero, vieja chusma delincuente, y me dice, “Ya estás mejor, Emilia, qué suerte, hacía varios días que no te veía.” “Sí,” contesto yo con la locuacidad que me caracteriza. “Y bué, hay que ver el lado positivo de las cosas, pudiste descansar.” Listo ya me cagó el día. El-la-do-po-si-ti-vo-de-las-cosas, ¿qué dice esta mina?, si hasta mi sangre es rh negativo. Si hay algo que detesto son los distraídos repetidores de frases vacías, abribocas abombados, filósofos de pacotilla que con tres o cuatro palabras desteñidas pretenden demostrarte lo buenos que son cuando lo único que hacen es demostrar que tienen la capacidad de reflexión de un protozoo. A ver, por ejemplo, ‘Hay que ver el vaso medio lleno’, pero mirá, babieca con Master en satisfacción, lleno tenés vos el culo con todos los proyectos con los que no te animaste a terminar de llenar ese vaso, merecerías que te proclamen Rey de la Fiesta Nacional del Salame. ‘Donde hubo fuego cenizas quedan’, vocifera a los cuatro vientos una boluda inefable cuya vida es tan aburrida que si le llegás a pedir que te cuente un secreto te dice que de vez en cuando se toma un laxante. ¿Qué carajo querés hacer con las cenizas, idiota? ¿Recibirte de ave fénix? Estos repetidores, imbéciles convencidos de que el justo medio existe, tienen menos crecimiento que un enano; no fuman, no beben, y cuando lo hacen la culpa los lleva a ir caminando a prenderle una vela a la Virgen de Yaciretá Aapipé. ‘La felicidad se encuentra en las pequeñas cosas.’ Entonces vení que te doy una pequeña patada en el medio de tu reverendo traste y hacémela conocer. ‘El dinero no trae la felicidad’, dice una forra de cuarenta años, vestida como adolescente y escuchando Radio Disney, mientras se baja de su camioneta cuatro por cuatro a la que le polarizó los vidrios para que no la jodan los pibes que piden en la calle. Y no quiero entrar demasiado en los que tienen un tufillo religioso para que no se me ofenda nadie. Bué, oféndanse y vayánse a cagar. ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo’. Pero dejate de joder, yo no sé si me amo a mí misma, mirá si voy a andar perdiendo el tiempo amando al inservible de mi vecino, que sacó un crédito para pagar la fiesta de quince de la nena, crédito que va a terminar de pagar cuando él cumpla noventa, con suerte; si hasta la mujer piensa que es un pobre tipo. ‘Hay que dar hasta que duela’, otra. Claro, así te convertís en una bola de resentimientos inabarcable. Lo que pasa es que es mucha la gente que se mata por aclarar que es buena, solidaria y feliz.

Manga de hipócritas malparidos, coleccionistas de figuritas de superhéroes que no se atreven ni una vez en su vida a pisar siquiera un poquito la línea amarilla; capaces de dar clase sobre la Ilíada cuando todo lo que saben de mitología griega lo aprendieron escuchando a Dolina en la radio. Seres que trabajan en fotocopiadoras del orto y aceptan acompañar al amor de sus vidas adonde sea para después echárselo en cara, o deprimirse, como si fueran lo suficientemente inteligentes para alcanzar ese estado. Después la jodida maleducada soy yo porque puteo… Qué bárbaro, me parece que la efedrina que me tomé para curarme la gripe me cayó para la mierda.

jueves, 2 de junio de 2011

Letras Salvajes.



Muchas gracias a la Revista Letras Salvajes, y especialmente a Alberto Martínez-Vázquez, por incluir en el último número mi cuento ‘Regla de oro’. La revista se publica en PDF y circula a través de correo electrónico; o se puede leer acá. Los que quieran recibirla por correo, escriban a letrassalvajes@yahoo.com

miércoles, 1 de junio de 2011

La Emilia 113: Fumar es un placer, sensual, embriagador... y no me rompan más las bolas.

Sabía que no iba a ser un día fácil. En estos tiempos de corrección política a ultranza, de tolerancia ilimitadamente hipócrita, de no poder decirle pelado a mi amigo por miedo a que me denuncie porque él se considera una persona con capacidades capilares diferentes; en estos tiempos, señores, yo fumo. Y era el día libre de humo. Día en que los periódicos llenan páginas enteras con fotos a color de pulmones podridos y en que muchas personas se convierten repentinamente en policías de la salud, supongo que para evitar pensar en sus propias cagadas. A ver, nadie va a dejar de fumar por ver fotos desagradables o porque le rompan las pelotas. La verdad, los terroristas del pulmón blanco me tienen recontra podrida, pertenecen al mismo genotipo de los que se indignan con los balleneros japoneses pero le compran un caniche toy al nene de dos años para que juegue. El otro día uno estos especímenes me dijo, “Te vas a morir”. “¿Y vos quién sos? ¿Highlander, boludo?”, le contesté. Te miran mal, te soplan y te bufan en la cara, te hacen abanico con la mano, maleducados del orto. Harta de que estos guardianes de bronquios ajenos, fanáticos, santos del oxígeno, me miren con cara de ‘ahí va la portadora de metástasis’. “Por favor, me hace mal el humo, ¿podés tirarlo para el otro lado?”, me dijo otra que eligió sentarse en el mismo banco de la plaza que estaba yo fumando. “Y a mí me hace mal el aliento a vaca podrida que tenés, ¿podés hablar para el otro lado?” Por suerte, se levantó y se fue. Y en este día difícil, en el que una trata de que no se le salga la cadena cada dos minutos, me pasó lo peor. Camino por la peatonal entre una clase y otra y se me cruza uno de esos seres detestables, pintarrajeados, mudos, inútiles convencidos de que hacen arte mientras juegan a un dígalo con mímica berreta. Sí, me crucé un mimo. Pero eso no fue lo peor. El tipo se me acerca, con esa sonrisa de ternero con fiebre que suelen tener, se me para adelante, no me deja caminar, me saca el cigarrillo que tengo en la mano, pone una flor pedorra en su lugar y luego con las dos manos forma un corazón y hace como que me lo entrega. Lo emboqué. Punto. Acto seguido, me le trepo a cococho, agarrándome de sus rulos y al grito de “Devolveme el pucho, hijo de puta” no paro de darle piñas en la espalda. Un policía que andaba por el lugar, gentilmente me bajó tironeando de mi campera. ¿Y qué hace el pelotudito? Baja las comisuras de los labios y con el puñito de la mano se frota el rabillo del ojo como secándose las lágrimas. Entre cuatro me tuvieron que agarrar. Y el pibe mientras tanto se escondió detrás de una gorda (perdón, de una señora con adiposidades acumuladas) desubicada que me dice, “Él sólo quiere cuidar tu salud”. “Que se cuide el culo, porque si me lo vuelvo a cruzar se lo reviento a patadas”. Y ahí nomás, abrí la cartera, me prendí otro cigarrillo, me acerqué, le tiré el humo en la cara, y me fui. Abrase visto, pss.

Hace un tiempo, un morocho brazos de camionero, de esos que te critican a la cara y te adulan a las espaldas, me miró y me dijo “soy negro, de Boca y peronista, ¿y qué?” Parafraseándolo digo, me gusta fumar, me gustan las corridas de toros, no me cuelgo una chinchilla del cogote porque no me da la plata para comprarla, detesto a los mimos, las estatuas vivientes me parecen pelotudas, ¿y qué? Hoy es correcto no fumar, y a mí lo correcto, y los correctos, me tiene los huevos al plato. ¿Querés aire limpio? Andate a vivir a la montaña y de paso llevate a la concha de tu hermana para que te haga compañía. Lo que mata no es la humedad ni el cigarrillo, es vivir; y vivir, ya lo dijo un poeta, sólo cuesta vida.

martes, 31 de mayo de 2011

Transparencias.


Muchas gracias a la Revista Transparencias, y en especial a Antonio Torres Tripiana, por incluir en su último número dos de mis cuentos, “el del abuelo” y “el del ama de casa”. Aquí la revista en formato PDF.

viernes, 27 de mayo de 2011

La Emilia 112: Volvió una noche, sí lo esperaba.

Un día se rajó. Para mí que en ese momento vio el quilombo de la hostia que se avecinaba y prefirió evitárselo. Lloré, lo extrañé, me busqué otro, lo reemplacé. La relación con el nuevo no fue fácil al principio. Las comparaciones eran inevitables. No me mordía la oreja como el otro, no me calentaba los pies en la cama, prefería dormir cabeza con cabeza. Sin embargo, nos fuimos adaptando, en el fondo tienen muchas cosas en común: a ninguno de los dos les molestan las perchas que dejo colgadas en los picaportes, no me critican la media manzana que dejo oxidándose en la heladera ni el medio limón eternamente seco, no les jode que las puertas estén siempre entreabiertas, por el contrario, sobre todo esto último les encanta. Por otra parte, los dos pueden llegar a comportarse como psicóticos en el auto, les gusta acompañarme al baño e interrumpirme cuando estoy leyendo o escribiendo. Casualidades de la vida tal vez, volvió cuando yo estoy convencida de que todo terminó. No pienso averiguar dónde carajo estuvo todo este tiempo, no me importa. Total, que me parece que Siamés, Negro Atorrante y yo vamos a tener una convivencia envidiable.

martes, 24 de mayo de 2011

La Emilia 111: El banquete de la boda y sus consecuencias.

Detesto las sorpresas, sobre todo cuando no me las espero. Ya sé, no va a faltar el boludo que cuando lea esto piense, ‘ahí está La Emilia tratando de escribir una frase original y pretenciosamente literaria’. Yo pensaría lo mismo, pero váyanse a cagar, porque lo que por lo general me sucede es que de verdad me las veo venir, lo que es un embole y toda una carga porque me veo obligada a hacerme la sorprendida todo el tiempo o por lo menos cada vez que las circunstancias lo ameritan, que es muchas veces aunque usted no lo crea, por ejemplo, cuando te hacen un regalo de cumpleaños, sobre todo si te lo hace Mami que abona la teoría del regalo necesario y siempre dice ‘no sé qué regalarte porque tenés de todo’, vaya una a saber qué es lo que ella entiende por todo… me estoy enredando en un quilombo del que no sé cómo voy a salir, aunque ya debería estar acostumbrada, es sólo uno más de los tantos que pululan por mi existencia. Total que, repito, las detesto. Por eso cuando lo vi haciéndose un café como si fuese lo más natural del mundo pegué un grito todo lo chillón que los mil cigarrillos que me había fumado la noche anterior me permitieron. “¿Qué hacés acaaaaaaaaá, desubicadooooooo?” Creo que a esta altura no es necesario aclarar que para mí la paz no pertenece a las mañanas, no pertenece a ninguna parte del día la verdad, pero a las mañanas, menos. O sea, el compuesto mañana+sorpresa es devastador. Y si encima me hablan en diminutivo, la hecatombe es inevitable. “No me vas a decir que no te acordás nada de lo de anoche, preciosa. ¿Tan borrachita estabas?”, me contesta el pelotudo. Y sí, de todo me acordaba, por supuesto, de los impresentables que me tocaron en la mesa; de los videos empalagosos (la exhibición impúdica y exagerada de sentimientos es berreta, no jodan); del baile y de la cara de ganarse el Loto que tenía el abuelo cuando lo saqué a bailar el tango; del infaltable carnaval carioca, con los sombreros gigantes, la crema pegajosa y las cosas que hacen ruido, (entre paréntesis, no entiendo a la gente que se los lleva a la casa, ¿qué carajo vas a hacer con un collar de telgopor o un sombrero de goma eva? ¿Y los que se llevan el centro de mesa? Cirujas, eso es lo que son); me acordaba también del comportamiento de los amigos del novio en el carnaval carioca: asquerosos tirapedos, transpirados, borrachos y saltando todo el tiempo juntos como una manada de monos en celo; me acordaba de las cintitas (había dos tortas, una con cintitas para las mujeres y otra con cintitas para los hombres, un detalle muuuuuy posmo gordi), las ligas y el ramo que pensé que ya habían pasado de moda pero no, ramo por el que ahora compiten no sólo las solteras que lo pretenden con devoción si no también las liberales que conviven con sus parejas porque firmar un papel es estúpido pero en el fondo están desesperadas por tener el anillo y también acuden a él las separadas a las que por obra y gracia del espíritu santo les creció nuevamente el himen y quieren volver a casarse cual doncellas. Por supuesto que no faltaron las superadas que hacen como que no les importa y van por obligación, yo prefiero aprovechar para ir al baño. A la pata de cordero no llegué, demasiados daikiris, el vestido ya me apretaba, quería sacármelo y el flamante cuñado se ofreció para la tarea, y acá nuevamente a él, el desubicado que se anda paseando en calzoncillos por mi casa. Espectáculo desagradable como pocos a la luz del día, cuando una se acaba de levantar, apenas puede abrir los ojos y se dirige arrastrando los pies, rascándose la cabeza, y por qué no otras partes del cuerpo con la completa y total impunidad que te da el vivir sola y estar absolutamente segura de ello. “Me acuerdo perfectamente de todo, nene, hasta de que lo último que te dije fue ‘en la mesa de la cocina están las llaves, chau’. Repito, ¿qué hacés acá?” “Bueno, no te quise dejar solita, preferí quedarme a cuidarte.” Y dale con el diminutivo… “No necesito que nadie me cuide, bombón.” “Ay, che, después de la noche que pasamos, pensé que te ibas a alegrar al verme”. “¿Pero vos sos boludo de nacimiento o estás haciendo un curso on-line? Aparte, de qué noche me hablás, idiota, si lo tuyo fue más corto que pito de chihuahua.” En el barrio cuando me ven pasar dicen ‘ahí va La Emilia, la sutil’. “Había escuchado algunas cosas de vos pero pensé que no eran ciertas.” “Pero lo que escuchaste de mí me importa tres porongas, querido, haceme el favor, vestite y andate”. Porque era verdad, no me importaba. Porque lo mejor de la noche fue darme cuenta de que lo que pensé que todavía me importaba, no me importaba un carajo. Volver a empezar, diría Lerner. Por suerte, porque este capítulo ya me tenía re podrida. Chan chan.

jueves, 19 de mayo de 2011

La Emilia 110: Una sola boda y ningún funeral (aunque muertitos había unos cuántos)

Como siempre, llegué tarde; suelo llegar tarde a muchos lados, sobre todo a las iglesias, en realidad creo que es dios el que me llega tarde, no, como escuché alguna vez por ahí, a mí dios me queda lejos; eso, ni tarde ni temprano, lejos. Pero bueno, no me quiero ir de tema como siempre... Los curas me alteran el sistema nervioso central, me entusiasman tanto como ser jurado del Festival Latinoamericano de Documentales de la Industria Metalúrgica y Afines, sobre todo si se quieren hacer los piolas, ‘cura piola’ la verdad me suena a oximoron, la mierda que soy culta y si quiero puedo usar palabras difíciles; y bué, me alteran tanto que no puedo parar de decir boludeces con sólo recordarlo. Total que los novios ya estaban saludando, como corresponde, en el atrio. Voy directamente hacia Sandra, que me lleva a un costado y me dice: “No sé cómo me ves vos, pero yo me veo el ojo derecho un poco redondo, ¿qué opinás?” “Quedate tranquila, los tenés los dos iguales”, le contesto como si me hubiera hecho la pregunta más normal de la tierra. “Ah, bueno, menos mal, ¿te gustó la ceremonia?” “Preciosa”. Qué otra cosa podía yo decir. Beso de rigor con el novio y me alejo rápidamente porque casi se me escapa un ‘lo siento mucho’. A veces me pasa, confundo las frases que hay que decir en distintas circunstancias, entonces me apuro porque tampoco es cuestión de llegar a un velorio y saludar a la viuda con un ‘te felicito’, bueno en realidad depende del muertito, basta, Emilia, flaca, no te vayas, flaca vení… y ya me estoy por ir a la mierda otra vez pero me contengo. Total que de ahí huí raudamente a buscar mi batata cósmica, no fuera a ser que me encajaran a alguna de las sobremaquilladas tías para llevar al salón. Me esperaba el famoso cocktail de recepción, ese momento en que los malabaristas del Cirque du Soleil te envidiarían por la capacidad que desarrollás para sostener al mismo tiempo la cartera, el pucho, la servilleta, la copa y ese bocadillo indefinible que vaya una a saber de qué es, atún o cerdo sabe igual, al mismo tiempo que hacés equilibrio sobre los tacos, y reprimís la tentación de mandar a la reputísima madre que la parió a la tía de tu amiga, porque zafaste de llevarla en el auto pero no de que te pregunte “¿Y vos para cuándo?” Peor estaba la suegra, aunque ella no se diera cuenta. La madre de Sandra tenía razón, es bastante culo con arandela, vestida con todos los oropeles (¿qué carajo me pasa hoy? O-ro-pe-les, Houston, tenemos muchos problemas) bueno sigo, como pretendiendo aparentar que la novia era Josefina Vergara Crotto de Quiroga y su hijo Joaquín Edgardo Micheo Pennington. Le salió para el culo igual, porque el vestido se lo había hecho la modista de Devoto, y la verdad la hija de puta merecería estar del lado de adentro de la Villa. Verde loro, perlas, strasses y brillos, le agregaba un par de plumas y la declaraban Monumento Nacional al Loro Barranquero. Mucho spray y sombra a tono, of cors. El suegro, de riguroso pingüino y toda la pinta de ponerle trabavolante al Fiat Duna cada vez que se baja a comprar cigarrillos y de tomar mate con edulcorante, con eso te digo todo. Mientras tanto, la pareja en cuestión, no la protagonista si no la en cuestión para mí, estaba un tanto alejada. El chancho jabalí no paraba de clavarme los ojos, menos mal que me había puesto el calzón rojo. Hice un leve gesto con la cabeza, que él respondió con uno aún más leve, y la verdad, para mi sorpresa, la cucaracha que me anda en esos momentos por el estómago no me chifló, lo que me tranquilizó, porque si la cuca está calma, está todo bien. El que se me acercó fue el hermano del novio. No sé qué le picó al niño. “¿Con quién te tocó en la mesa?” “No tengo la menor idea.” “Si te aburrís te salvo.” “¿Cuándo te recibiste de superhéroe vos?” “Ah, sos brava.” Me han dicho tantas veces eso que ni me molesté en contestarle, para qué, permiso. La hago corta, tres parejas que no conocía y una antigua vecina de Sandra del barrio de cuando era chica que cuando me vio lo primero que dijo fue, “Ay, Emilia, estás igual, no te reconocí.” No pienso entrar a analizar tamaña frase en este momento. Los novios entraron con Soy feliz de Montaner, de ahí en más ya nada podía ser peor, pensé yo. Equivocada, como de costumbre. Por un lado, nobleza obliga, la comida era bastante rica, indescriptible eso sí, no tengo la más puta idea de lo que comí, algo así como quiche de melón a la palta con salsa de limón sobre finas lonjas de lomo. Pero por el otro, mamita, por el otro… La vecina no paraba de repetir ‘¿te acordás cuando…?’, algo a lo que yo siempre respondía ‘no’ con la mejor sonrisa que podía fingir; la pareja que tenía al lado se daban de comer en la boca todo el tiempo; vimos cuatrocientos treinta y tres videos, de fotos románticas, de ellos juntos, de ellos por separado, de ellos chiquitos, de ellos en situaciones ridículas, de él con cuatro años agarrándose el pitulín en las playas de Mar del Plata y de ella con el culito al aire en la bañadera, y todos invariablemente terminaban con alguna frase que nos ilustraba sobre cómo ellos se aman, supongo que entre ellos y a sí mismos, los padres los aman, los amigos los aman, todos aman a todos y a su prójimo como a sí mismos (alguna vez voy a escribir algo sobre esas frases que me sacan de quicio), un asco de amor, bah, todo tan ‘cute’ y rosa que no sabía si dormir o vomitar; y las tres minas casadas hablaban continua y superpuestamente de niñeras, mucamas, pediatras, jardín de infantes… cuando llegaron al tema ‘la practicuna y su funcionalidad’ pensé en simular un paro cardíaco y huir pero, y por suerte siempre hay un pero, apareció el hermano en cuestión y me dijo al oído, “¿Querés que te salve?” “Por favor… y no te agrandes.” Y bué, pensé, con que sepa sacar un vestido con corset me alcanza... Continuará…