viernes, 31 de octubre de 2008

el del ama de casa


Ejércitos de ratas invadían
las casas con aliento a tumba.
Espantapájaros - O. Girondo




Se levantó a las siete, como siempre. Despertó a los chicos, los ayudó a cambiarse mientras preparaba el desayuno; jugo, cereales, fruta y tostadas. A las siete y veinte todos estaban sentados a la mesa frente a la taza de café con leche; él también, recién afeitado y perfumado. Ella no, todavía tenía que preparar las viandas para el mediodía.
Ni bien cerró la puerta con ellos afuera, se sentó a tomar unos mates y a leer el diario. Un titular le llamó la atención: “Los piojos cada vez resisten más: el efecto de los fármacos ha ido decreciendo progresivamente”.
Se puso a lavar las tazas. Mientras lo hacía, una hormiga negra, grande y culona, paseaba solitaria sobre la mesada. Se sacó los guantes y la atrapó. Quince minutos después, todavía estaba con la hormiga en la mano. O con lo que quedaba de ella, porque le había ido sacando despacito, con un escarbadientes, con cuidado de no despedazarla, todas las patas, menos una. Y ahora veía cómo el pobre bicho trataba de seguir andando sólo sobre el cuerpo. La gracia que le causaba se traducía en una sonrisa imperfecta, tosca y angelical. El espectáculo cansó por repetitivo. La aplastó, apagó el cigarrillo y se fue a dar una ducha.
Se sacó el camisón transpirado y lo tiró en el canasto de la ropa sucia. Investigándose la cara detenida y minuciosamente en el espejo de aumento, reventó unos cuantos granitos de la nariz. Se sentó en el inodoro. Sin pestañear, con los ojos fijos en un punto indefinido del piso, las palmas juntas sobre las rodillas como rezando, hizo pis y se limpió. Recién cuando sintió la humedad en su mano derecha se dio cuenta de que no había agarrado papel higiénico.
Como por un acto reflejo, sacó del cajón del botiquín la lista que había hecho en la terapia de grupo del hospital. El doctor Holztein les había pedido que dieran un motivo para vivir. Ella, como buena alumna que era, los anotó todos.
Por la maravilla más maravillosa, mis hijos.
Por el milagro de la vida misma.
Por el misticismo que impregna mi cuerpo cuando camino por las calles de Buenos Aires y en especial por Liniers.
Por la lejana existencia de Helsinski.
“Qué manga de locos”, pensó.
El resto del día se le escapó sin darse cuenta en qué. De golpe se hicieron las cinco y los chicos ya estaban en casa. Unos minutos más y fueron las nueve. Y él también.
Cenaron, lavó los platos, mandó a los chicos a dormir. Miraron un programa político en la tele, ella le pidió plata para pagar el campamento y él se la dio. Puso el agua para un café.
Se quedó parada al lado de la cocina, como encandilada por el vapor que empezaba a salir de la pava. Se imaginó que era un volcán a punto de entrar en erupción. A punto, siempre a punto de. Pero la lava nunca surgiría. Así que, cuando se evaporó toda el agua, apagó el fuego.
Se tomó su pastilla y se fue a la cama.

miércoles, 1 de octubre de 2008

El del ambiguo.

No es original, pero no se da cuenta. Él también quiere ser lo que no es. Siente que su cuerpo hace lo que debe pero que su cabeza va por otro carril totalmente distinto y paralelo.
Abogado que desea ser músico. Esposo que ambiciona vivir solo. Padre que sólo quiere educar a un perro. Hijo que envidia a los huérfanos. Dueño de una mansión que se identifica con los cartoneros. Infinidad de amigos a quienes escucha y que lo aburren. Siempre queriendo estar en otro lugar. Sólo la fantasía del suicidio en la soledad del baño y la masturbación le da placer. Nadie se da cuenta de nada. Maestro de la simulación.
Cuarenta años. El mundo se le está volviendo levemente insostenible.
Harto de sufrirse, busca con desesperación y avidez una grieta por donde sacar a pasear sus hambres viejas. Y tal vez poder conciliar.
Empieza por probar el cigarrillo, a pesar de las quejas de su madre y su mujer. A los dos meses ya fuma un paquete diario.
“Para las cosas importantes, se usan los pasillos”, escucha en Tribunales. Comprueba sin prejuicios ni pasiones que es verdad. Tiene cada vez más casos, más importantes, más dinero. Hasta aparece en un par de revistas.
Las mujeres que siempre han estado a su alrededor se corporizan. Prueba con una. Mentir le sale bien. Se fuma el primer porro con la tercera amante, la hija de un amigo.
Algunas personas se enteran de sus aventuras y, como las celebran, siente que está cerca del ideal. Humilla puertas adentro a su mujer, desprecia en silencio a las demás, maltrata con inteligencia a los empleados. Todo sin abandonar jamás la sonrisa perversamente seductora. Nada le alcanza. Quiere llegar al máximo. Quiere superar el exceso del exceso. Quiere producirle pesadillas a los demonios y que éstos se lo agradezcan.
Se felicita por ser ese uno en un millón; único, perfecto, soberbio. Hasta el momento en que el equilibrio que encontró ya no lo satisface.
Las palmadas en la espalda lo cansan. Las mujeres lo agobian. El cigarrillo le da asco.
Otra vez la soledad del baño.
Vuelve, tal vez más sabio, aunque todavía tiene en la boca el mismo sabor amargo que dejan los sueños incoherentes. La mujer, sin reclamos, lo acepta. Lo mira y sonríe sin estridencias. Guardando el silencio que ha sostenido durante quince años.
Al principio no lo nota. Cree que todo está igual que antes. Son pequeños y casi imperceptibles cambios. Hoy, el maquillaje; mañana, la ropa; pasado, la música que escucha. Y el silencio que sigue, aunque ahora la ausencia de palabras diga tanto. Reconoce en sus ojos lo que hace tiempo tantas veces ha visto de sí mismo en el espejo. Ella no quiere admitirlo.
Él sabe que algún día se atreverá.
Acepta las reglas del juego que provocó.
Espera con ansiedad el momento en que se decida.
Desea que también vuelva, para poder empezar de nuevo.
Lo aterra la idea de que no quiera.

miércoles, 13 de agosto de 2008

Josephine, la sirvienta y el arcipreste.

Josephine estaba muy entusiasmada con su primera excursión. Hacía un mes que había llegado a esa ciudad, como escapando de la suya sin saber muy bien por qué. No había dejado detrás muchas cosas, y no lo lamentaba. Además, ese otro lugar la atraía desde hacía bastante tiempo. Hasta tenía la sensación de que volvía a un punto ya conocido. Tal vez porque era una ciudad llena de solitarios como ella. Como su jefe, con quien pronto congenió. Él le había propuesto ir juntos esa tarde a conocer un pueblito de las afueras. Tomarían un tren histórico, a vapor, que supuestamente ofrecía un viaje inolvidable hacia el pasado.
Cuando llegaron a la estación, se alegraron de ser los únicos pasajeros. Sería por el frío. El guarda, como no tenía mucho trabajo, se sentó con ellos a charlar un rato. Les contó muchas historias. Cuentos de romanos, musulmanes, judíos y cristianos. Expulsiones, asesinatos, matanzas. Batallas de invasión, de conquista y de reconquista. Arciprestes, arzobispos y cardenales disputando el poder. Crueldades y torturas cometidas en tiempos tan remotos como el siglo XVI y que sin embargo sonaban curiosamente actuales.
El relato que más les gustó a Josephine y a su jefe fue la leyenda de la sirvienta del palacio y el arcipreste. Juntos habían escrito en secreto “El libro del buen amor”, para dejar constancia de los que les sucedía y para, de paso, retratar en tono de parodia una sociedad hermosa y decadente. El problema surgió cuando esa sociedad los descubrió. Gran escándalo gran. Algunos, los menos, trataban de comprenderlos, pero eso no fue suficiente para salvarlos de la hoguera. Un día antes de cumplir la condena, desaparecieron. No quedó rincón sin registrar, pero nadie volvió a verlos ni a saber nada de ellos. El pueblo enfureció, culpando al inútil gobernador por dejarlos escapar, dándoles la oportunidad de ventilar su famoso libro y – lo más importante – sus enrevesadas y prohibidas relaciones. Tanto miedo tenían que incendiaron el palacio. El gobernador se salvó, aunque las llamas dejaron sus marcas.
-Se supone que alguno de los que simpatizaban con ellos los ayudó, pero nada se pudo comprobar. Igual mataron a unos cuantos. Dicen que en medio del fuego, el gobernador gritaba de dolor mientras juraba que esos impíos volverían algún día a cumplir con su destino y a morir en el pueblo que los había condenado – concluyó el guarda.
Entre tanta historia, el viaje se les hizo corto. En la estación, y como parte del tour contratado, los esperaba don Isidoro, un viejo muy colorado y sin dientes dueño de la mejor bodega del pueblo. Él iba a ser el guía. Algo en la mirada del viejo inquietó a Josephine, pero su jefe la tranquilizó.
-No te molesta su mirada sino el olor a vino que tiene encima.
“Puede ser”, pensó Josephine.
Los llevó a recorrer el palacio incendiado cuatro siglos antes, según él no por el pueblo sino por la última batalla con los mozárabes.
-Seguro que el guarda les contó la leyenda de amor, muy bonita sí, pero puro cuento.
Les mostró la habitación del verdadero arcipreste, un héroe defensor de las buenas costumbres y religiones. Los llevó hasta los antiguos corrales, y vieron las gruesas mesadas de mármol donde degollaban a los cabritos.
-Por ese agujerito que ustedes ven allí corría la sangre de los pobres animales.
“¡Qué necesidad de ser tan gráfico, yo me pregunto!”, pensaba Josephine. “Qué grotesco este hombre, por qué no contratarán a alguien más delicado como guía”. Lo siguieron por infinitos pasillos y pasadizos. Les mostró las catacumbas donde se escondían durante las batallas y donde muchos murieron de hambre, o de frío.
-O tal vez de ambas cosas, vaya uno a saber, ja, ja, ja.
Luego los llevó a su bodega y les hizo probar uno de sus vinos.
-Por favor, un brindis antes de comer. Para que nuestras mujeres nunca se queden viudas – dijo mirando al jefe de Josephine, que ya estaba bastante incómoda como para soportar chistes estúpidos.
El vino era sencillamente horrible, pero ellos no querían quedar como mal educados así que se lo tomaron todo. A partir de ahí, don Isidoro ya no les pareció tan pesado, ni tan bruto, ni tan colorado. Para llegar al comedor cruzaron un patio con un aljibe, don Isidoro tiró una piedra, y tardaron como tres minutos en escuchar el ruido del choque con el agua.
-Si tiráramos a alguien allí dentro, no lo encontrarían jamás, ja, ja, ja.
-Tiene usted razón – festejó Josephine, y también su jefe.
“Me parece que el vinito se me ha subido, ojalá no me dé sueño y no pase un papelón. Justo el primer día que me invita.” El jefe no se hubiera dado cuenta de ningún papelón, en realidad él estaba igual. El comedor estaba decorado con antorchas encendidas.
-Un toque romántico, no me lo va a negar usted – dijo guiñándole el ojo al jefe y haciendo que Josephine se pusiera colorada, tanto como él.
Almorzaron junto a un hogar y tomaron más vino. Y más vino. Tanto que ninguno de los tres paraba de reírse por cualquier tontera. Hasta que don Isidoro se levantó, copa en mano para hacer otro brindis.
-Juro que el último – anunció-. Agradezco a Dios que me los haya enviado. Porque les aclaro que estas marcas coloradas que ustedes atribuyeron a años de vino no son más que quemaduras. Ha llegado la hora de cumplir con vuestro destino. ¿No se preguntaron qué hacían en este pueblo? ¿Para qué habían venido si aquí no hay nada interesante para ver? Yo se los explico, vinieron a morir como deberían haberlo hecho hace cuatrocientos años, cuando escaparon. El tiempo es cíclico y da revanchas. Yo la tengo hoy – dijo, tomando una de las antorchas.
Josephine y su jefe no entendían demasiado o no querían hacerlo o el vino no se los permitía. Se vieron de golpe rodeados de fuego y gritando sus nombres.


Desde la estación, el maquinista gritó:
-José, José, mirá el fuego.
-Pero la puta que lo parió a ese borracho. Otra vez con la historia del tiempo cíclico y la hostia. Si sigue así nos va a terminar de cagar el negocio.

viernes, 8 de agosto de 2008

Agarrate Catalina.

Catalina sabía sobremanera en qué terminaban las discusiones con su amante. En nada. Y también en ridículas y estrambóticas pesadillas. Por lo tanto, se acostó con la certeza de que no iba a tener algo nuevo para contarle a su psicoanalista en la próxima sesión. Pero su subconsciente parecía no tener intenciones de dejar de sorprenderla.
De pronto, y sin saber cómo ni por qué, se vio a sí misma como espectadora de un debate entre Dios y un loco.
-Yo puedo tener un leve desequilibrio, lo admito. Pero vos… podrías habernos ahorrado unos cuantos problemas si hubieras prestado un mínimo de atención a tu máxima criatura.
-No entiendo adónde vas.
-¿Cómo se te ocurre hacer un hombre sin ponerle una madre por delante primero? Esa falta, estoy seguro, es el origen de todos los conflictos de la raza humana.
-¿Y cómo sabes tú que Adán no tenía madre?- preguntó Dios.
-Por la simple razón de que he visto unas fotos suyas en el último número de la revista “Antropología Enigmática” y he notado que no tiene ombligo.
Catalina se distrajo cuando escuchó un ruido muy fuerte, como el alarido de una bestia. “Lo único que falta es que a esta discusión se sume el diablo”, pensó. Aunque en realidad, se parecía más al rugido de un león. O a alguien que corta leña con un serrucho. O… al ronquido de Francisco, su amante, que había logrado interrumpirle el sueño.
Tratando de no despertarse del todo, le incrustó la rodilla en las costillas. El ronquido cesó, pero Dios y el loco ya se habían ido.
A la mañana siguiente hicieron las paces en el desayuno. Ella, como siempre, reconoció que él no podía inventar más de un viaje a San Luis cada quince días. Él, también como siempre, le pidió un poquito más de paciencia.
Su mujer estaba muy enferma y, Dios mediante (esas fueron sus palabra textuales), en un par de meses estarían viviendo juntos.
-Sabés muy bien que la cosa no pasa por ahí. Lo que menos me interesa es que precisamente esa mujer se muera.
A Catalina, atea declarada y acérrima, la presencia de Dios dos veces en el mismo día le dio un pequeño escalofrío. Que Francisco lo involucrara como directo implicado en la solución de sus problemas de pareja la sacaba de quicio. Todo esto sin perder de vista el tema del ombligo. Después de todo, qué podía importarle el olvido de un pequeño detalle, nadie es perfecto. Pero no pudo ignorar la obvia vinculación del sueño con otro conflicto, irresuelto, omnipresente: su propia madre. Entre otras cosas, ella no podía dejar de reprocharle que saliera con un hombre casado. Mamá no podía entender que no tuviera en cuenta los sentimientos de esa pobre mujer engañada. Por otra parte, lo que menos toleraba Catalina era que a continuación metiera al padre en el medio:
-Si tu padre viviera… - solía decir, así, con puntos suspensivos y todo.
A veces, hasta nombraba a su actual marido.
-Yo le pedí que me ayude a convencerte de que esto es una locura, pero él no se quiere meter. Dice que no tiene tanta confianza con vos como para sentarse a hablar de estas cosas. Si ni siquiera quiere estar en casa cuando vos venís, lo que hacés le da vergüenza.
Punto exacto en que Catalina daba por concluida la visita.

Había conocido al hombre del día del casamiento. Catalina recordó en ese momento una frase en inglés que había aprendido en el instituto al que iba de chica “I couldn’t believe my eyes”. Exactamente lo que le pasaba. Porque era más que no poder creer lo que estaba viendo. Era como si los ojos le estuvieran jugando una mala pasada. Como si la estuvieran traicionando y le mostraran otra cosa distinta de la realidad. Eso no podía estar sucediendo. Hacía sólo cinco meses que había muerto el hombre más amado por Catalina en este mundo. Su amigo, su cómplice, su compinche, su maestro, su confidente. Es decir, su papá. Y ahí estaba ella, tan radiante y tan contenta con el marido nuevo. Al mes de casados, éste, tratando de ganarse a la hija adoptiva, le hizo una confesión. Hacía dos años que él y su madre eran amantes. En ese instante, Catalina pensó lo bueno que sería que este hombre, que entre paréntesis era más joven que la tramposa y bastante buen mozo, encontrara otra mujer. Así, su madre, como suele decirse comúnmente, tomaba un poco de su propia medicina.

Muchas veces Catalina había estado apunto de confesarle todo. Pero el corazón de mamá andaba fallando, y Catalina no quería ser responsable de algo así. De eso que se hiciera cargo el Dios de Francisco. Exagerada como siempre, la madre, sin embargo, no se cansaba de repetir que no se quería morir sin conocerlo. Que los años y la enfermedad la habían vuelto más abierta y que podía llegar a aceptarlo. Si algún día la colmaba demasiado con sus peroratas moralistas, era capaz de acceder y todo. Es más: cuando fantaseaba con el encuentro, le surgía una semisonrisa amarga.
Mientras rumiaba todo esto y se perdía en sus laberínticos delirios, se puso el uniforme de ejecutiva – tailler gris, zapatos negros de taco alto – y salió para la oficina con el maletín cargado de papeles y de proyectos para analizar. La esperaba un día de mucho trabajo. La Ford Chase Chicago Group Corp. decidiría – basándose en sus informes – qué nuevos emprendimientos eran dignos de ser tenidos en cuenta.
Entre reuniones llamó a su amiga Lidia, que no pudo evitar reírse cuando ella, justamente ella, Catalina, comenzó a hablarle de Dios, soluciones y ombligos, convencida de que todo eso junto significaba algo. Lidia sólo atinó a responderle que no había que ser psicóloga ni vidente. Le aconsejó que, en lugar de perderse en divagues sobre Dios, se concentrara en solucionar sus propios problemas, personales y terrenales, pero no por eso menores. El consejo de su amiga no le sirvió. No tenía tiempo, bastante con la sesión de terapia semanal. Debía enfrentar a una galería de alacranes y hacerse respetar. En realidad, le venía bien estar tan ocupada, para no recordar.

A los dos meses Dios no tuvo mejor idea que darle la razón a Francisco. Pero sólo en parte, porque en realidad no les solucionó ningún problema. En el entierro, el viudo trataba de consolar a la huérfana. Y todo el mundo se enterneció ante esa imagen.
Todos, menos Catalina, que por dentro se enojaba todavía más con Dios por mandarle de golpe toda la culpa que no había sentido nunca hasta ese momento.

martes, 5 de agosto de 2008

Rafa.

Hasta ese momento había sido, como mínimo, peligroso. Tenía plata, mucha. No importaba si propia, ajena o prestada, bastante que fueran grandes cantidades. Nadie supo nunca qué profesión u oficio ejercía. Su tarjeta de presentación informaba: Rafael Cascón – Empresario. Hacía negocios. Con una envidiable creatividad y una regla de oro propia: no subestimar la estupidez.
Según la moda, tuvo canchas de paddle o pistas de patinaje sobre hielo. Importó millones de chucherías. Creó el “yo-yo que nunca falla”, que en vez de hilo tenía una cinta elástica. Con el invento del muñeco del Hombre Invisible logró vender miles de lindas cajas vacías.
Casado desde hacía treinta años con Renata, no tuvieron hijos. Razón por la que ella estaba tal vez un poco, según él, alterada. O a lo mejor Dios, con divina sensatez, no se los había concedido precisamente por eso. Nunca se llevaron del todo bien; aunque las cosas habían ido mejorando paulatinamente.
Tanto que en público, en todo caso, siempre mostraban una sonrisa, un aire de vean-todo-lo-que-se-logra-con-mucho-diálogo-y-psicoanálisis; una versión de la pareja que, en comparación, los Ingalls resultaban unos sádicos depravados.
Se habían conocido en un baile. “Si yo fuera vos, me enamoraría de mí”, le dijo él con esa incontenible originalidad tan suya y siempre a flor de labios. A ella le gustó, y se casaron. Sobre la idiosincrasia femenina, él tenía su teoría: “La mujer, como las locomotoras antiguas, funciona a pito y leña”.
Claro que también era capaz de apabullarla con una generosidad espantosa. A Renata no le faltaba nada.
Hacía veinte años, por ejemplo, que una vez por mes la invitaba a internarse un par de días en un spa donde recibía los más burbujeantes baños de champagne, sales y algas marinas y le aplicaban un tratamiento facial a base de extracto de caviar. No ignoraba, por otro lado, que su marido le había regalado el lavarropas modelo “Inteligente” sólo para humillarla.
Aunque la fiesta que le organizó cuando cumplió cincuenta años fue la envidia del barrio. Ninguna de las vecinas dejó de comentar lo mucho que la debía de querer para agasajarla así. A medianoche hasta apareció un super auto de regalo. Con un moño y una torta gigantes, con un número cincuenta más grande todavía, pero con otra sorpresa adicional: una odalisca que bailó casi exclusivamente para él, y que se llevó unos cuántos billetes.
Rafa bailó, con ella por supuesto, y después con todas; con cada una de las chicas de la fiesta de su esposa, y con las amigas de Renata, sin privarse tampoco de las hijas de las amigas, que lo llamaban tío Rafa y morían de risa con sus chistes, deslumbradas por tanta solicitud.
Total que, cada más o menos media hora, Renata se escapaba al baño, se miraba en el espejo, verificaba las arrugas y la incipiente celulitis y lloraba un poco. Después se retocaba el maquillaje y volvía a salir a escena. Inútilmente claro, pues ya nadie parecía seguir pendiente de ella ni recordar que era su cumpleaños.
Cómo no se iba a permitir entonces aunque más no fueran pequeñas venganzas. Como cuando Rafa se operó de la vista. Se sabía que él iba a quedar ciego por un par de días. Un amigo lo acompaño al sanatorio porque Renata tenía mucho que hacer. Envuelta en un vértigo decorativo, cambió todos los muebles de lugar. Él puteó un poco, y se magulló bastante, nada más. Pero si nunca le había dado importancia a lo que su mujer hacía o dejaba de hacer, por qué ahora habría de dársela: quizás ella se había distraído, simplemente.
Es que, sin ninguna duda, con el tiempo habían logrado limar asperezas y alcanzar ese estado en que el veneno no pasaba por lo general de un simple e inofensivo duelo dialéctico. Pero rencores, lo que se dice verdaderos rencores, ya no los tenían.

sábado, 2 de agosto de 2008

Gregorio, el torpe.

Gregorio siempre tuvo el mismo problema. De chiquito a muchos, a la mayoría – a todos, en realidad – les daba risa; por ejemplo, cuando a los doce meses trataba de dar sus primeros pasos y se llevaba todo por delante.
Ahora que tiene cuarenta años también se ríen, aunque resulta un poquito más patético. Nadie se explica cómo ni a la puerta le emboca, pobre.
En realidad, los objetos le juegan sucio.
A él las llaves y los anteojos, por ejemplo, no se le pierden, se le esconden. Las escaleras se aplanan de golpe con tal de que se caiga. Los cuchillos se deslizan silenciosamente hasta su dedo justo en el preciso instante en que él esta cortando la carne y levanta la vista para ver el noticiero. Y cuando va a servirse el vino, con el pie izquierdo no tiene más remedio que tocar la pata de la mesa, el vaso se corre y la botella lógicamente parece reírse mientras vierte el líquido, por supuesto todo afuera.
Y así, una mañana, en el revuelto de páginas en que se había convertido el diario mientras desayunaba, al lado de la mancha de café con leche, vio un aviso importante. “Terapias breves de disfunciones”. “Justo para mí”, pensó. No entendía muy bien las abreviaturas que completaban el aviso, pero creyó que “eyac.prec.” e “impot.” debían de encajarle. Después de todo, cualquiera fueran, las disfunciones siempre eran disfunciones. Llamó y concertó una cita para esa misma tarde. Casi no llega. Varias veces se le cayó el jabón mientras se bañaba, y el muy guacho la misma cantidad de veces se le puso justo debajo del pie.
Después de algunos contratiempos inevitables (la puerta del ascensor le agarró la manga de la camisa, que por otra parte llevaba fuera del pantalón porque antes de salir fue al baño, se le rompió el cierre y ya no tenía tiempo para cambiarse) llegó al consultorio. Los cuadros que adornaban las paredes le llamaron la atención pero, por las dudas, no se quiso acercar demasiado para verlos mejor. La secretaria le cobró los ciento cincuenta pesos de la consulta y le indicó que esperara. Apenas entró, la doctora lo miró por encima de sus anteojos y anotó algo.
-Usted dirá, Gregorio, en qué lo puedo ayudar.
-Bueno, no sé cómo explicárselo, doctora, no es fácil.
-Animesé, por favor.
-A mí las cosas… es como que se me anticipan, salen disparadas antes de lo que yo quiero.
-Ajá – dijo ella con cara de entender.
-Y siempre termino teniendo accidentes, que me dan mucha vergüenza.
-Comprendo, comprendo, continúe.
-Y yo no sé qué hacer. A veces prefiero directamente no hacer nada. Y es ahí cuando sufro, cómo decirle, no me sale la palabra…
-¿Impotencia?
-¡Exacto, doctora! Esa es la palabra. En resumen, yo quiero pero no puedo. ¿Usted cree que me puede ayudar?
-Sí, por supuesto. Mire, para empezar le voy a recetar unas pastillitas que hacen maravillas. Se me toma una todos los días, con el almuerzo. Va a ver que a la noche está fuerte como un toro.
-Eso es lo que necesito, doctora, fuerza.
-Claro, claro. Hágalo durante una semana y venga a verme el miércoles que viene.
-Gracias, doctora, gracias.
-Por favor, es mi obligación. Antes de irse, no se olvide de pedirle el turno a mi secretaria. Hasta luego.
Salió del consultorio bastante satisfecho. La doctora le había caído bien. Lo había comprendido enseguida. Ojalá pudiera ayudarlo.
Al cerrar la puerta de calle se agarró un dedo y, al sacudir la mano para aliviar el dolor, se le enredaron las piernas y el piso lo recibió duramente. Sin despegar todavía la nariz de la baldosa escuchó un pedacito de un tango que salía del bar de al lado. Le llamó la atención.
Se paró, entró y se pidió un café y una ginebra. Escuchó el tango, pagó, salió otra vez a la calle y tiró la pastillita de la doctora. No hacía falta. Nada iba a cambiar. Se dio cuenta de que todo estaba escrito en algún lugar y de que cualquier esfuerzo resultaría inútil.
“Nació un día que estaba borracho Dios”, decía el tango. Y entonces, por primera vez, se sintió importante. No cualquiera tenía la suerte de constituir la prueba viviente, como él, de que ni siquiera el Maestro era perfecto.

miércoles, 23 de julio de 2008

Spotta.

¿Te sirvo más vino? Dale, terminate ese que abro otra botella. Hay que festejar. Me encontraste al Cachilo. Vos sabés que ya se había ido otras veces atrás de alguna perra. Pero nunca había estado de joda tanto tiempo. No sabés cuánto te agradezco.
¿Así que estaba en el baldío de la otra cuadra? Qué raro, yo lo busqué por ahí. Aparte el tonto sabe volver; bah, a lo mejor las mujeres lo dejaron mal, ja, ja. Se ve que vos le inspiraste confianza, porque el Cachilo no sigue a cualquiera. Y eso que vos hace poquito que vivías en la pensión. Pero ya te lo ganaste, así es la vida.
¿Y qué hacés vos?... Ah… ¿Está dura la yeca, no? Se debe vender poco, la gente no tiene un mango. … ¿Yo? Y… me las rebusco. Tengo mis changuitas. Lo que pasa es que lo que hago es difícil de explicar. Es extraño…
Una vez, aburrido, me puse a buscar oficios raros en las páginas amarillas. Hay muchos, pero ninguno como el mío. El de “desabollista a domicilio” se le acercó bastante. Me acuerdo que si te habían chocado el auto iban a tu casa y te lo dejaban como nuevo. Nunca se me hubiera ocurrido. Igual no me llega ni a los tobillos. La verdad es que yo no hablo de estas cosas con nadie. Tengo que tener cuidado. Pero vos me das confianza. Tenés cara de bueno. A lo mejor te cuento algo.
Pará que abro otra botella. La verdad, no tendría que tomar. Enseguida empiezo a hablar boludeces. Pero total hoy no tengo que trabajar, así que…
Bueno, como te decía, lo que yo hago es extraño. Soy “especialista en limpiar lugares donde se ha cometido un crimen”. Ja, a ver quién me gana. Tengo pocos clientes, pero buenos. Lo más importante es que pagan bien.
Nadie hace el laburo como yo. Los pibes que mandan a hacer el trabajo sucio están re tranquilos conmigo. Saben que después voy yo y aquí no ha pasado nada. Nunca dejé ni una manchita, ni un pelito. Les cuido bien las espaldas. Porque si llega a haber algún quilombo, los que pagan los platos rotos son siempre los perejiles. Los pescados grandes zafan siempre, viste cómo es.
Igual ahora voy a ver si me jubilo. Junté unos manguitos y por ahí me voy a algún pueblito de la provincia. Me lo llevo al Cachilo y listo. Además me parece que me llegó la hora... No, en serio, pibe. No es sólo por lo viejo. Me mandé una cagada y me parece que me la quieren cobrar. No sé por dónde pero, si no me apuro, me la van a dar... ¿En serio querés que te cuente? ¿Te interesa? Bueno, no me va a venir mal descargarme un poco.
Hace poco tuve un problemita, menor, no importa qué. La cuestión es que, por las dudas, tuve que poner unos billetes. Un contacto que tengo me arregló todo con el juez. A mí no me gusta transar, porque no me gusta deberle nada a nadie, pero no me quedó otra. El tema es que después tenés que pagar. ¿Vos podés creer que tuve tanta mala suerte que este juez que me arregló todo había sido mi jefe? Es ese que ahora quiere ser diputado, ¿lo ubicás?
De pibe, yo le hacía los trabajitos sucios. Pero en esa época no había un Spotta, nos teníamos que arreglar solitos. Vivíamos con el Jesús en la boca. Yo por suerte siempre fui muy prolijo. Pero una noche que estaba enfermo no pude ir y lo mandé a Barreiro, un hermano para mí. No sabés cómo lo quería. El muy chambón dejó huellas por todos lados. Encima el tipo que se había cargado era regrosso. Obvio que el jefe figuraba en la agenda del chabón y lo llamaron a declarar. Cuando dijo que no conocía a Barreiro, me quise morir. Falluto de mierda. Hay códigos que hay que respetar, ¿no te parece, nene? La cuestión que al pobre Barreiro lo mandaron en naca. Yo lo fui a ver un par de veces antes del juicio, la verdad estaba bastante tranquilo. Le agarró un paro cardíaco un día antes de declarar, mirá qué justo. Ahí me di cuenta que los padrinos existen en las películas nada más. O serán yankis. Porque lo que es acá.
Así que ahí nomás me cambié el nombre, y me puse a hacer esto otro. Dale, tomate otro vaso que no hace nada. Es un vino bueno, no se te sube a la cabeza.
Y bue, favor con favor se paga, decía el abuelo cuando le arreglaba una canilla a alguna vecina y no le quería cobrar. Mirá las vueltas que tiene la vida. Me lo vengo a encontrar después de tantos años, debiéndole una. Cuando me pidió que le hiciera un laburo no me pude negar. No va el diablo a meter la cola y justo me vengo a olvidar una carpeta que los pibes habían llevado para apretar al objetivo. No me di cuenta de mirar abajo del auto. Te juro que se me pasó, fue sin querer. Pero el tipo no me cree. Se piensa que lo hice a propósito por lo de Barreiro.
Igual va a zafar. Salió en los diarios pero acá mañana hay una inundación o un partido de fútbol y se olvida todo. Pero a mí no me la van a perdonar. Por eso me tengo que ir, ¿entendés?
Dale, che, terminate el vino. Total qué tenés que hacer… Al final, hablé todo yo, te dije que no tenía que tomar tanto. Che, ¿y lo que sacás en la calle te alcanza?... Ah, vos también tenés otra changuita. ¿Y qué es?... ¡No te puedo creer! Somos casi colegas, ¿por qué no me dijiste antes? No te querías deschavar, ¿no? Pero si yo te estaba contando la vida, nene. Además, entre bomberos no nos vamos a pisar la manguera. Lástima que me esté por retirar, si no me gustaría cuidarte. Conmigo no tendrías ningún problema. Igual si alguna vez te pasa algo, me avisás. Mirá que yo tengo muchos contactos.
¿En serio no querés más vino? ¡Dejate de joder, qué laburar ni ocho cuartos! Si a esta hora no vas a vender nada... Ah, bue, entonces mejor no me cuentes. Andá y hacé lo que tengas que hacer. Eso sí, cuidate, pibe.
Pará que te abro la puerta… No, si no es ninguna molestia, por favor, con la compañía que me hiciste. Puta, parece que tomé mucho, apenas me palmeaste el hombre me caí otra vez en la silla. Che, ¿otra vez? ¿Me estás empujando, vos nene?
No, no, guardá el chumbo, acá en casa no me gusta joder con eso. Mirá si se te escapa un tiro el cagazo que se pegan los otros. Ah, tenés silenciador. Igual guardala. Pero, ¿qué hacés, che? Apuntá para otro lado… Entonces… No me vas a decir que lo del Cachilo no fue casualidad. ¡Cómo no me avivé antes, la puta madre carajo! Te dije que me estaba poniendo viejo.

domingo, 20 de julio de 2008

Lucrecia.

Lucrecia no lo había inventado. Se lo habían enseñado y repetido durante años y años tanto su mamá como las hermanas del colegio donde estaba pupila. Lo creyó, porque no podía no hacerlo. ¿Qué le habría quedado si no hubiera podido confiar en ellas? Por lo tanto, era verdad: Dios lo veía todo. Absolutamente todo, hasta nuestros pensamientos. Y el día de mañana, cuando tuviéramos la dicha de encontrarnos con Él, debíamos rendir cuentas sobre todos nuestros actos, honrando los dones que Él había invertido en nosotros.
Sabiéndolo, ponía el máximo cuidado en lo que hacía, incluso cuando estaba sola en su cuarto: sabía que en realidad no estaba sola.
De chiquita no le resultó difícil. Simplemente trataba de evitar las cosas que, aunque le gustaran, su mamá le había dicho que estaban mal. Si no lo lograba, el domingo le confesaba al padre Américo que se había metido los dedos en la nariz o no se había lavado bien las orejas. Después rezaba dos Ave Marías, comulgaba y volvía a casa contenta, a disfrutar con su mamá de la única tarde por semana que compartían.
Desde que el padre había muerto, la mamá también tenía que trabajar los sábados. Iba a limpiar la iglesia y a lavarle la ropa a Américo. Y en esas tardes de domingo, Lucrecia aprendía todo lo que una niña como ella debía saber. A veces tejían, otras bordaban y otras cosían vestidos largos, azules o negros, como los que debían usar todas las chicas que honraran a Dios.
Al llegar a la adolescencia, ya eran otras las cosas que Lucrecia quería hacer cuando estaba sola en su cuarto. Pero apenas se acordaba de que Dios la estaba mirando (la madre había distribuido por toda la casa cartelitos que recordaban “Mira que Dios te mira”), se le iban las ganas. Aunque igual tenía que confesarse porque, de todos modos, lo había pensado y Él ya lo sabía. Claro que la penitencia por tener malos pensamientos (“pecados veniales”, como aprendió que se llamaban) era más leve.
Cuando terminó la escuela, la mamá no quiso que siguiera estudiando ni que empezara a trabajar. Con lo que ella ganaba alcanzaba para las dos y alguien se tenía que hacer cargo de la casa. Lucrecia limpiaba y ordenaba todo. Al principio también hacía las compras, pero cuando le contó a su madre que el panadero la había invitado al cine, no la dejaron ir más.
La madre no quería que nadie la distrajera, por eso tampoco le permitía tener amigas. Pero a Lucrecia mucho no le importaba, total sabía que, con Dios, nunca estaba sola.
Igual le hubiera gustado ir alguna vez al cine, por lo menos para saber qué era.
El domingo se confesó: no debía siquiera pensar en contradecir a su madre.
Una tarde se encontró hablando en voz alta, contándole a Él o a quien fuera que la estaba mirando lo que le gustaría hacer. Ir al cine, tener una tele, viajar, por qué no ir alguna vez a bailar. Dudó sobre si contarle estas cosas al padre Américo; no lo sintió necesario. Mejor sin intermediarios.
Además, últimamente él estaba muy riguroso con ella. Antes parecía que era el único que la entendía. Ahora, escucharlo a él y a la madre era lo mismo.
Cuando el tiempo le descubrieron una afección cardíaca, la madre se jubiló. Le preparaba la comida, la ayudaba a lavarse, levantarse y acostarse. Rezaban juntas todas las noches y después Lucrecia le daba las gotas para que no le fallara el corazón.
Casi no conversaban. La madre sólo hablaba con el padre Américo, que la venía a ver todos los días y las ayudaba económicamente. Ella se confesaba y quedaba más tranquila.
Lucre no entendía qué tantos pecados podía cometer ahí tirada en la cama.
Tampoco entendía por qué cuando venía Américo de visita y la mamá estaba acompañada por él – cosa que ocurría cada vez más y se prolongaba durante más y más tiempo – considerando todas las obligaciones que tenía entre las propias y las de ella, y encima sin una sola amiga, la mamá ni siquiera así la dejaba aprovechar y salir a respirar aunque fuera un minuto.
Tampoco entendía por qué Dios permitía todo esto.
Por supuesto, no ponía en duda que Dios lo sabía todo. Se lo habían enseñado y ella no dudaba de que fuera verdad.
Pero una noche, por primera vez, no le importó.
Y acercó a su madre el vaso lleno sólo con agua, rogando que sucediera lo que Dios ya sabía que ella quería que sucediera, porque Dios lo sabía todo.

martes, 15 de julio de 2008

Las hermanas.

Quedamos en encontrarnos a las cinco de la tarde. Hace como dos horas que la espero. Miro el reloj y son en realidad las cinco y cinco. Saco un paquete de cigarrillos. El segundo del día. Tengo que dejar de fumar. Aunque este no es el mejor momento. Estoy en un bar, de estos muy modernos y progres. La oscuridad nos rodea y luces amarillas lo cruzan. Rebotan contra la pared, el techo, el suelo, la nada.
Ahora mi hermana llegó, la miro sentada frente a mí, oscura ella también. Una loca oscuridad despeinada, como siempre. Lo único que le preocupa, y eso que tiene tantas otras cosas más importantes, es darle un nuevo y conocido sermón a su hermanita descarriada. Como cuando éramos chicas.
Ella, la niña modelo. La alumna ejemplar. La que nunca se metía los dedos en la nariz. A la que tías, abuelas y vecinas invitaban a sus casas porque era una monada. Yo, la menor. La consentida. A la que no le gustaban los moños, ni los vestidos y sí treparse a los árboles. Aunque se lastimara las rodillas. Y que, según ella, le hacía pasar malos ratos a papá. Como si yo alguna vez me hubiera llevado una materia. O no hubiera ido a la facultad. Lo que más me molesta es esa costumbre de querer quedar bien con todo el mundo. Pero a mí no me engaña. Yo sé muy bien cómo es. Conozco esa cara de buenita, de nada, de carnero degollado. Como cuando me fui a Europa, por ejemplo, que todos me llamaban para contarme que ella me extrañaba, y tanto que se le llenaban los ojos de lágrimas de sólo nombrarme. Pero eso sí: venir a visitarme, nunca. Me mandaba saludos cuando iban mamá y papá. Lo único que le gusta es dar lástima. Y yo, sin querer, la ayudo. Aunque sólo me interese quebrarle un poco esa perfección y volverla, cómo decirlo, más normal. Más como yo.
Tratamos de entablar un diálogo, pero sólo conseguimos una incomunicación altisonante y obsesiva. Las palabras rebotan. Ya no las escucho. Me limito a ver una cara gesticulando y cinco dedos que se amontonan y me enfrentan. Y, por supuesto, las lágrimas. Igual, y a pesar de todo, no puedo dejar de intentar oírla. Quiere que me arrepienta. A mí no me sale.

Yo solía pensar, ilusa de mí, que ese tipo de cosas pasaba sólo en los teleteatros que veía mi tía Dora. “¡Pero qué boludos! ¿Cómo se van a besar en la cocina si la esposa está en el living?”. A lo que mi tía sólo contestaba un “¡Ay, nena, la boquita!”. A veces, hasta me enojaba:
-¿Pero no se da cuenta el autor que a nadie en este mundo se le ocurriría ir con su amante al telo que está a dos cuadras de la casa?
-¿Cómo al pelo, nena? ¿No te das cuenta que eso está mal, que esa no es la esposa? – contestaba Dorita.
-Telo, tía, telo, no pelo.
-¿Y eso qué es, nena?

Lo conocí en casa de mis padres, el día que me hicieron la fiesta de bienvenida cuando regresé después de varios años en España. Ya me habían hablado de él, aunque todavía no había tenido el gusto de verlo. El impacto fue mutuo. Apenas mi mejilla rozó la suya en ese primer beso introductorio, millones de hormigas me invadieron el pecho, descendieron al estómago y siguieron. Alto, musculoso, pelo negro, ojos verdes. Encima, joven ejecutivo en ascenso.
Al otro día fuimos de visita a uno de esos lugares que mi tía desconocía. Fueron dos meses maravillosos. Todo dejó de existir. Todo. Demasiado todo. Una tarde, buscando a dónde ir, yo, estúpidamente, propuse:
-Acá a la vuelta hay uno. Esta zona la conozco bien.
Cómo no la iba a conocer si justo, justo a una cuadra estaba el negocio de mi hermana.
Entonces pasó precisamente como en las telenovelas. Y yo sabía que a mi hermana eso sí que le iba a molestar bastante.
Porque Roberto, con ser casi perfecto, tenía un problema.
Un detalle.
Estaba casado.
Y era mi cuñado.

sábado, 12 de julio de 2008

Henry, para los amigos.

“No se puede vivir escupiendo al cielo”, pensó Elena. Pero no lo podía evitar. Ni el poder, ni el vivir, ni el escupir. Una amiga le había mandado un mail con una serie de bendiciones. Elena las tenía todas: más salud que enfermedad, comida, ropa, techo, padres vivos. En resumen, una sarta de pavadas. Cada vez soportaba menos esa manía de las personas de hacerse los espirituales. ¿Por qué no se sacaban la careta y reconocían que nadie se conformaba con eso? Durante mucho tiempo, ella había sido la tonta que le creía todo a todo el mundo todo el tiempo. Ya no.
Apagó la computadora, prendió un cigarrillo y miró por la ventana. El piletero hacía su trabajo y cada tanto se detenía para tomar el mate que le llevaba la mucama. “No se puede vivir escupiendo al cielo”, se repitió. Se sentó y volvió a prender la computadora. Intentaría escribir algo para llevar el próximo jueves al taller literario. En una época había soñado con su exposición de pintura en Bellas Artes. O con sus diseños para Casa Foa. Estaba segura de su creatividad, que ahora volcaría en una novela. Pero no le salía nada.
Enrique, Henry para los amigos, tenía mucho trabajo y llegaba todas las noches cuando ella ya hacía rato dormía. Y se iba cada vez más temprano. Tres días que ni lo veía. Ni hablaban. No lo llamaba a la oficina para no interrumpir ninguna reunión importante. El celular lo tenía siempre apagado. Mensajes no iba a dejarle. Se sentía estúpida diciéndole a la nada “hola, llamaba para ver cómo andabas”. No eran tres días, era muchos más – ya ni se acordaba cuántos. Volvió a mirar por la ventana.
El piletero ya había entrado en calor y sacado la remera. La espalda y el pecho le brillaban. Había llegado a la casa de la mano de Enrique, por recomendación de otro amigo. Enrique le tomó mucho afecto. Decía que le hacía acordar a sus comienzos. Cuando trabajaba de cualquier cosa con tal de juntar unos mangos. Lo adoptó como a un hermano menor. Le dejaba la ropa que ya no usaba, le conseguía otras casas para trabajar. Y le daba consejos sobre cómo progresar. A veces, incluso le compraba cosas que necesitaba. Un par de zapatillas, de botines, o un jean. O algo que sabía que quería pero que no se lo podía comprar. Como el último cd de los Redonditos. Un día lo invitó a jugar al fútbol en el country. A Henry y sus amigos no les venía nada mal incorporar un joven para inyectarle un poco de dinamismo al equipo. Elena fue un par de domingos a verlos jugar.
Ahora lo miraba trabajar. En un momento, él se dio vuelta y ella creyó que la había visto detrás de la cortina. Se escondió, por las dudas. Trató otra vez de escribir algo, pero desistió de la idea, ahora para siempre. Se dio cuenta de que no quería que otros leyeran lo que ella pensaba y así violaran su intimidad. Tal vez, no le gustaba violarla ella misma. Volvió a mirar por la ventana. En el preciso instante en que Enrique entraba por el garage. A la tarde por primera vez en mucho tiempo. “Justo hoy”, pensó. Se acercó al piletero, lo saludó.
-¿Cómo andás, Henry?
-Bien, bien – contestó, y le palmeó la espalda con una confianza que a Elena, sin entender bien por qué, le molestó.
Cualquiera de nosotros puede ver lo que no existe. ¿O es al revés?