viernes, 28 de mayo de 2010

La Emilia 57: Ex in the city.

A veces nos mandamos cagadas de puro aburridas que estamos. Llega el sábado a la noche, estás sola en tu casa y tenés ganas de salir. Una amiga tiene programa. A otra le agarró un ataque, se metió en el lavarropas y no piensa salir hasta que alguien le compruebe fehacientemente y con pruebas irrefutables que dios existe. A una tercera le encantaría pero no tiene con quién dejar los chicos. “Si querés vení a casa y nos miramos una peli cuando se duerman”. No es la idea. Llamás hasta aquella compañera del curso de filosofía que hiciste hace cuatro años y que de lo único que le gusta hablar es de Epicteto. La mina se levantó al plomero. Y entonces te das por vencida, sacás lo que quedó de la comida china que pediste hace tres días, te abrís una cerveza y, obviamente, prendés la compu. Y tecla va, tecla viene, te clavás una cagada de la hostia. El peor tipo de cagada, ese que te jode sólo a vos, que no te da ni siquiera el placer de un mínimo resarcimiento. Cuando veo en el teléfono que la que llama es Vero, atiendo. “¿Podés venir?”, me dice. “Ni en pedo, Vero, ya te dije que no, que no pienso salir de casa.” “¿Qué estás haciendo?” “Voy por el quinto capítulo seguido de Sex and the City, última temporada para ser más exacta.” Lavarropas yo no tengo. “Lo busqué a Santiago en Facebook.” Me cago en Marquitos Zuckerberg. Santiago es el ex marido de Vero. Un chico impecable, correcto, trabajador, el yerno ideal. Tan perfecto era que, al mes de casados, ya estaba listo para aprenderse todas las canciones de María Elena Walsh y comprar el combo bebé-carrito-vacaciones en Pinamar. La esperó un año a Vero y después la dejó. Lo que dije antes, un flor de pelotudo. “Se casa el mes que viene. Con una tal María Pía. Está de cinco meses.” “Bueno, ojalá que tengan muchos pollitos”. “Emilia…” “¿Tenés cerveza o llevo?”

miércoles, 19 de mayo de 2010

La Emilia 56: To be or not to be, y sobre otras cuestiones.

¿Para qué negarlo? Es evidente que tengo un problema. Uno, bah, mejor no ahondar. Pero al que me refería es a no callarme la boca. Trato, juro que trato, pero no me sale. Escucho boludeces y me agarra una incontinencia verbal imparable. Igual, diplomática no quiero ser, así que… Con eso también tengo problemas, con el ser, digo. No entiendo cual es la necesidad que tiene la gente de ponerte etiquetitas todo el tiempo. Tampoco sé por qué de golpe se me da por hablar con diminutivos, parezco maestra jardinera… Bueno, no me quiero ir para cualquier lado… El tema es que me rompe soberanamente que, cuando alguien recién te conoce, lo primero que te pregunta es ¿Y vos qué sos? Qué sé yo que soy, el tipo estuvo años escribiendo y lo único que se le ocurrió por título es El ser y la nada, y yo te lo tengo que contestar en dos minutos. Todo esto viene a cuento por culpa de este muchachito con el que últimamente estuve intercambiando liquiditos, por supuesto. Lo único que podía intercambiar con él, por otro lado, porque convengamos que tenía menos conversación que Bernardo el del Zorro. Como estuve como hasta las cuatro de la mañana tratando de convencerlo de que teníamos muchas diferencias y que no podía estar todo el tiempo en mi departamento, no tuvo mejor idea para tratar de convencerme de lo contrario que volver a las ocho y media de esa misma mañana, con el diario bajo el brazo y con todas las intenciones de debatir la coyuntura política nacional e internacional. Lo único que yo puedo debatir a esa hora si me venís a despertar es si te asesino con una 38 o con un cuchillo. Le abrí, of cors. “Te iba a comprar flores pero no sabía cuál era tu favorita, ¿cuál preferís?” “El cardo”. Y yo le contesto así y el boludo se ríe porque se piensa que le estoy haciendo un chiste. Tiene veinticinco años, ése es el problema, piensa el 99 por ciento del tiempo con el pito. Acto seguido me hace una centésima lista de las cosas que quiere hacer en su vida, y a las que pretende que yo lo acompañe, entre las cuales figura hacer bungee jumping, imaginate. “Si querés podés empezar a practicar sin mí,” le sugerí, “estamos en un décimo piso, be-my-guest; eso sí, negrito, la soga te la debo”. “La verdad, Emilia, no te recordaba tan ácida”. “En el botiquín tengo Uvasal.”

Como últimamente me está molestando quedar siempre como la mala de la película, trato… trato… no sé qué trato, pero bué. “Yo era tu profesora, te acordás, y cuando estoy dando clase me esfuerzo para que no se me vuelen los patitos. Ahora es distinto, corazón.” “Claro, ahora soy tu novio.” “No, mi amor, me limpiaste el filtro, nada más, y no creo que lleguemos a otra instancia”. Cuando quiero soy una poeta, no me lo podés negar. “Jamás le negaría nada, Emilia. ¿Y qué otra cosa es usted cuando quiere?”. “Iturralde, una sola palabra, lareputaqueteparió”.

viernes, 14 de mayo de 2010

La Emilia 55: A las jóvenes de ayer.

Mujer argentina: Si quieres ser una P.E.N.D.E.J.A. (Pelotuda Enrollada Noviante de Joven Ardiente), debes:

1- tener caramelos Sugus o similar en la cartera.

2- sacarte cuenta en Twitter, sin cuestionarte para qué carajo.

3- entender el vértigo de la playstation.

4- no decir que hay un Farmacity a dos cuadras de donde están cuando él te habla de Las Pastillas del Abuelo.

5- jamás contestar con un automático “queterecontra” si recibes un mensaje de texto del tipo toy n klc zzz ymam + trd kricias y bss a2

6- estar dispuesta a escuchar sus miedos, sus fantasías, sus expectativas, sus intereses, sus proyectos, sus logros, sus notas, sus ambiciones… y mostrarte tan interesada como si fuera la primera vez que escuchas esas cosas.

7- pensar que las utopías son posibles.

8- no ofrecer pagar el taxi cuando él románticamente te ofrece volver caminando de la mano a tu casa, aunque estén a veinte cuadras.

9- olvidarte de los zapatos taco aguja.

10- aceptar que hay que proteger los recursos naturales y por eso no es necesario bañarse todos los días.

La verdad, demasiado laburo…

miércoles, 12 de mayo de 2010

La Emilia 54: Rayos y culebras en el circo (beat o como quieran llamarlo)

Natalia, la dueña de la peluquería, nos recibió con la misma sonrisa congelada de siempre. “Soy yo, mamita, relajá y pará de mostrar todos esos dientes que dios te dio que te vas a contracturar”. “Ay, Emilia, no sabés el día que tengo”, murmuró al tiempo que revoleaba los ojos por sobre el hombro. Lo que estaba sentado frente a uno de los espejos era un ejemplar difícil de describir, una de esas personas que te miran con los ojos muy abiertos y una sonrisa que Jack Nicholson hubiera envidiado. “Esta es mi amiga Verónica”. Vero estaba un poco intranquila, por ponerlo de alguna manera, con un humor de dóberman. “Termino de pasarle la tintura a ella y estoy con ustedes. ¿Qué se van a hacer?”, nos dijo la Lady Di del cepillo. “Yo no tengo la menor idea”, saltó Vero, “Pero vos te tendrías que pintar un par de mechones de color turquesa o algo parecido, o hacerte un corte flogger, ¿no?”. Acabáramos, el jovencito era el problema. Me hice la boluda, que es lo que una hace cuando no quiere mandar a la mierda a una amiga. En eso estábamos, en silencio como sólo dos burras amigas pueden estarlo, cuando desde el espejo se oye un “Y entonces, como te contaba, Nati, el hijo de puta me dejó por una pendeja, ¿a vos te parece?, ¿qué tengo que hacer? Después de todos estos años, es para matarlo”. “¿Escuchaste?”, rebuznó mi compañera de ruta. “¿Qué tengo que escuchar, Vero de mi corazón? Bajame un cambio, por favor”. “Para la naturaleza”, seguía la clienta despechada, “cuando llegás a los cincuenta estás muerta, entendés Natalia, a la naturaleza no le importa si vos lubricás o no, es una hijaputez, pero es así”. “Me parece un poco exagerado, Oooolga, ya vas a ver que todo mejora”. “No-mejora-nunca-nada-un-carajo”, terció Vero, que por algo es mi amiga. La señora de escasa lubricación inmediatamente se paró, se nos acercó y le extendió la mano. “Soy Olga Álvarez Zabala, terapeuta, ahora busco una tarjetita y te la doy, me parece que necesitás charlar un poco sobre lo que te pasa”. Doble apellido… high, española o pretenciosa ridícula. “¿Y por qué das por sentado vos que a mi amiga le pasa algo?” “Ah, veo que vos sos de las que tienen una actuación antisocial transgresiva”. Creo que Natalia debe de haber pensado que iba a tener que cerrar el negocio por destrucción total del inmueble. Me miró con cara de piedad-por favor-piedad. Y Vero, insoportable como estaba, “¿Vos qué sabés si no me pasa algo?”. Y ahí sí, ya está. “Pero, ¿qué es lo que te jode? ¿Qué me revolvieron un poco la cuevita? ¿Estás celosa? ¿Durante cuánto tiempo me rompiste las pelotas para que me dejara llevaaaaar, dejá los prejuicios de laaaaado, Emiiiilia, ¿Y ahora qué?” “Sí, estoy celosa, porque te extraño boluda, porque desde que estás con el muchachito no me llamaste más!!!!!”. “Vero, ¡¡¡hace cuatro diiiiiíaaaas!!!” “Si me disculpan,” nos interrumpió la señora, y Natalia se sentó, ya exhausta y entregada, “yo las podría ayudar. Por medio del psicodrama, podríamos ejercitar la expresión verbal de angustias, conflictos y motivaciones inconscientes y así reinscribirnos en el orden socio cultural”. “¿Por qué no te callás la boca y te comprás una cremita mi amorrrrr?” “Mirá, querida, no me hagas un cuadro histérico. Yo sólo las quise ayudar”. Pensando en Natalia, que a esta altura tenía uno de los cepillos prácticamente incrustado en su oreja derecha, le contesté, “Gracias, yo ya hago terapia”. Para qué, era imparable el bodoque. “¿Y qué hacés? Qué enfoque, digo. ¿Sistémico? ¿Gestáltico? ¿Cognitivo?” “Co-gi-ti-vo, hago yo, ¿entendiste? Y no sabés lo bien que me está haciendo, no me jodas más”.

Vero se rió, y ella se puso a llorar. “Ustedes son jóvenes y no entienden, ¿sabés lo que es haberle soportado durante años el olor a pata a un tipo y que de golpe un día te mire y te diga muchas gracias por los servicios prestados y se vaya porque embarazó a una pendeja y redescubrió el amor?”. Como para que no se le vuelen los patitos, pobre mina. Natalia le hizo un té y nosotras nos llamamos a silencio, que es lo que se debe de hacer en esos casos. Escuchar, nada más.

lunes, 10 de mayo de 2010

La Emilia 53: And here´s to you...

El marido de Luisiana, ese monumento al joven empresario exitoso, lindo, y bruto como un arado, que lo último que leyó debe de haber sido El Quijote en el secundario y ni siquiera porque seguro que se consiguió una versión abreviada, porque así es, el típico ejemplar que después de leer Foucault for dummies te convence de que es licenciado en filosofía, no sé cómo hace; bueno, me fui al carajo, total que se fue de viaje de negocios a Nueva York, nunca le toca Alaska, qué lástima… y, como cada vez que él no está, ella quiere “aprovechar” y salir con sus amigas, es decir con Vero y conmigo. Qué cosa, un día de estos la mando a aprovechar su tiempo tejiendo carpetitas crochet, ya se lo dije, qué se piensa que nosotras estamos siempre disponibles, está bien que así sea porque la mayoría de los viernes no tenemos un pedo a la vela que hacer pero ese es otro tema, pero bueno, cada uno hace lo que puede. Lo que no sabe ella qué hacer es con los cinco pibes que tiene, sobre todo si la empleada que trabaja en su casa justo ese día tuvo un ataque de caspa y se tomó el piróscafo, por ser moderna. La mamá de Luisiana es tan… tan… cómo decirlo, tan así es, que ella cuando necesita una ayuda de este estilo prefiere llamar a la suegra… ya he dicho todo. Las suegras, dios algún día las lleve a todas a su gloria, son un espécimen extraño. Ésta es la típica que está siempre que la necesites, con el sólo objetivo de tener el derecho a pasarte la factura con IVA discriminado a pagar en cómodas cuotas mensuales hasta el 2025. “Nos vamos, Nora, muchas gracias”. “Ay, por favor, Luisianita, gracias hacen los monos, yo me quedo con mucho gusto con los chicos. Andá, andá y disfrutá vos con tus amigas que yo total ya había dicho que no iba a la fiesta en el centro de jubilados porque me imaginé que tenía que venir a cuidarlos, es lo que pasa siempre que mi bebé se va de viaje”. Con razoooón, era un bebé, debe de ser por eso que cada tanto busca a alguien que le ponga talquito en las bolas, pensé pero, obviamente, me callé. Porque cuando dice esas cosas, es el preciso instante en que una duda entre mandarla a la mismísima y cagarse la salida o sonreír. Y Luisiana le sonríe, qué va a hacer. Antes de cerrar la puerta escuchamos, “Vamos, chicos, que hoy cocina la abuela y van a comer bien”. Es para inyectarle cicuta por vía endovenosa.

Apenas nos sentamos en el restaurante, llama el señor de los anillos, por supuesto, la mamá le avisó y él, que es un encanto, quería mandarnos saludos, y de paso pidió hablar con Vero por no sé qué boludez. Desconfiado de mierda. Qué boludo, ¿qué se piensa?, ¿que Luisiana necesita que esté a 10.000 kilómetros de distancia para meterle los cuernos?, por favor… Sólo necesita que lo esté durante un año seguido, si es más buena que el Quáker, y lo bien que le vendría tener una emoción fuerte, al marido le vendría bien, sobre todo, para que… no sé para qué, creo que ya dejé en claro que no lo soporto más. Me estoy yendo de tema, como siempre. Total que, después nos fuimos a tomar algo a uno de esos lugares donde todo el mundo va a charlar y no puede porque la música está muy alta. Así somos. En realidad, fuimos ahí porque Vero insistía en que iban muchos muchachos y que yo necesito uno. Es verdad que lo necesito, pero que mis amigas me lo recuerden a cada rato me tiene un poquito alérgica.

Cuando ya tenía mi tercer daiquiri encima escucho “¿Cómo estás, Emilia, tanto tiempo!” Me doy vuelta… un ex alumno mío, lindo chico, joven, con un poquito de cara de haber dejado estacionado el skate en la puerta, en realidad… pero lindo, prolijito… Palabra va, palabra viene cuando quise acordar las otras dos se habían ido. Y me tuve que quedar con el chico lindo, sólo le di mi teléfono, por ahora… veremos, a lo mejor todavía le puedo enseñar algo.

jueves, 6 de mayo de 2010

La Emilia 52: Criaturas celestiales.

Como escuché alguna vez por ahí, últimamente no tengo el coño para ruidos, que no sé muy bien qué quiere decir pero creo que es una frase que yo podría usar con toda tranquilidad. Conclusión, en uno de esos días en que no quiero estar ni conmigo misma, me fui al cine. Éramos tres personas. Un placer. Porque cuando una va al cine a la una y media del mediodía, lo que se busca es soledad. Soledad Dolores Solari, no te vayas, Emilia, volvé… Bajaron las luces y, con una tranquilidad de espíritu inusual en mí, me predispuse a disfrutar de la función. Cuando, y siempre tiene que haber un cuando que te joda la vida, en ese preciso instante, escuché un par de voces que me llegaban desde atrás. Evidentemente, éramos cinco, no los había visto. Cagamos, dijo Ramos, pensé. Apenas iniciada la película, se empezaron a reír. Y se tentaron. Aclaro, detesto a los adolescentes, en general, y los detesto más en el cine, en particular. Con olor a pata y llenos de granos, son un combo que viene con bolsas de pochoclos gigantes, nachos, panchos y baldes de coca cola incluidos. Si van a ver una comedia se ríen siempre a destiempo. Si van a ver un thriller, ven sospechosos hasta en las palomas de la plaza, comentan a los gritos que seguramente le pusieron un chip en el orto al pobre bicho para seguir al protagonista, y anticipan en voz muy alta lo que piensan que va a suceder. “Vas a ver que ahora la mata”, dicen cuando el tipo ya le clavó diez puñaladas; “Te apuesto a lo que quieras que es ella misma cuando está noctámbula, bolú”, dicen con un dominio del idioma que Borges envidiaría. Ni que hablar cuando atienden el teléfono y le empiezan a contar al que los llamó toda la película, que por lo general cuentan mal porque entienden todo para el carajo. En resumen, como diría una amiga mía, te alteran el sistema nervioso central.
A los diez minutos, me dije, Emilia, o te vas o hacés algo al respecto. Me di vuelta con toda la intención de decirles a las criaturitas que Harry Potter la daban en la otra sala cuando me encuentro con lo que finamente se denomina dos flor de pelotudos de aproximadamente cuarenta y cinco años. Quedé tan obnubilada por su aspecto en general y, por el arito en forma de osito que le colgaba a uno de ellos de su lóbulo derecho, en particular, que, yo, La Emilia, me quedé sin palabras. No sé qué cara les debo haber puesto, pero se callaron. Me parece que lo tengo que hablar con Iturralde. No sé qué, la verdad. Si las cosas que me molestan, o que me estoy quedando sin palabras o que he desarrollado la extraña habilidad de hacer callar a la gente con sólo mirarla. Me cago en la hostia, decía mi abuelo asturiano. Y yo que me elegí una comedia.

miércoles, 5 de mayo de 2010

No tiene nombre.


La deja caer
y la suelta.
Figuras desconocidas.
Sombras acentuadas.
Película impenetrable.
No ignora lo que viene.
No va a llegar a tiempo.
Tal vez no quiera.

lunes, 3 de mayo de 2010

La Emilia 51: Independence Day.

Salgo de casa… Vuelvo a entrar. La calle está cortada y no puedo sacar mi descapotable. Le dedico una oración a nuestro benemérito señor alcalde, convencida de que está haciendo que arregla un bache. Atravieso la puerta de entrada, acordándome de la bisabuela del antes mencionado benemérito que me hace caminar dos cuadras para conseguir un taxi, cuando una horda de desaforados, todos con remeras del mismo color, me ataca. Corren. Respiran. Corren. Gritan. Siguen corriendo. Pasan a mi lado, la mayoría con cara de tener un paro cardio respiratorio antes de llegar a la esquina. Son muchos, interminables. Casi todos están cerca o ya pasaron los cuarenta, pero tienen un aspecto de tanta juventud que dan asco. Se hacen los sanos, pobrecitos. Corren cinco kilómetros y dicen que corren maratones. Si los griegos se enteran los cagan a patadas en el culo. Maratooones, más respeto, por favor. Corren porque tienen dos patas, nada más. Y lo peor, es que se sienten superiores. Sanos, ecologistas, llenos de vida. De una vida de mierda, supongo, porque si no no se explica que se levanten un sábado a las siete de la mañana para correr. Yo les diría que, aunque corran, las edad los alcanza, boludos!!!!! Y también los mandaría a lavarse el culo con kerosén pero el otro día Vero me dijo que tengo que putear menos. Me siento en el bar, prendo un cigarrillo. La moza, alta, flaca, rubia lacia y con pinta de usar su libretita hasta para anotar “un café en jarrito”, se me acerca y me dice “Disculpame, este es un lugar libre de humo”. “Disculpame vos, pensé que era libre de idiotas”, le digo al mismo tiempo que apago el cigarrillo. Ya no se puede vivir. Te acorralan por todos lados. Me mudo a una mesa de afuera. Hace un poco de frío y casi está por llover pero no me interesa. Lo importante es lo importante. Y llega. Él. Con una remera… una remera… como decirlo, del mismo color de los que me crucé en la puerta de mi casa y una botellita de jugo color indefinido en su mano derecha que después me entero que es de mango con naranja. No podés. Si hay algo que ya me supera son las nuevas tendencias de los tipos. Qué sé yo, toman jugos isotónicos y usan crema para el contorno de ojos. Me superan. “No te doy un beso porque estoy muy transpirado”. Así me saluda el lindo. “Seguís fumando, ¿no te parece que es hora de que dejes”, sigue ayudándome. “Pero si vos fumás como dos paquetes por día”. “Fumaba. Ahora entré en otro ritmo.” Ritmo, ritmo de la noche, no te disperses, no te disperses, Emilita, que si no no vas a podés decir lo que tenés que decir.
“Mirá”, arranco con la velocidad de un Ford T. , “te llamé porqueee…” “Sí, ya sé, ya sé, Emilia, yo también estuve pensando en nosotros, en nuestras idas y vueltas y me parece que ya es hora de que reconozcamos que el destino siempre nos cruza y que podemos darnos una segunda oportunidad.” Se va la segunda, lo único que falta, ahora se le dio por el folklore. “Yo creo que lo nuestro puede andar”, sigue, “vos tendrías que cambiar algunas cosas de tu carácter y yo prometo ayudarte. Sólo tenemos que dejar explotar este amor que hace rato nos une”. “¿Explotar? Pero si vos tenés menos explosión que un chasquibum, boludo.” “¿Ves lo que te digo? Es algo que he hablado muchas veces con tu madre…” “Con-mi-ma-dre… es la frase que siempre necesito escuchar para sentirme definitivamente seducida.” “No sigas usando la ironía para esconder tu verdadero ser”. “Ah, bueno, ahora además de pelotudo, sos sano y zen… Pero por qué no le vas a prender una vela a Jesse Owens y, de paso, a la reputa madre que te parió. Eso, más o menos en resumen, es lo que te quería decir. Ah, y sabés qué, no soy yo, sos vos.”