lunes, 28 de febrero de 2011

La Emilia 99: Atardecer de un fin de semana agitado.

“No, señoritas, se equivocaron, el baile se arma en el bar del loco, donde fueron ustedes es donde van los chetos del pueblo”, nos aclaró el casero; tarde, muy tarde. “No pienso ir a ningún otro lugar”, saltó Vero. Nosotras tampoco. Así que nos quedamos ahí, comimos un buen asado, y al otro día, luego de distintas experiencias cuasi religiosas con insectos varios, nos fuimos. El retorno fue de lo más placentero, tardamos sólo cuatro horas para recorrer menos de cien kilómetros. Ahora entiendo por qué los lunes anda todo el mundo relajado después de haber pasado el fin de semana en las afueras de la ciudad. Cuando llego a casa después de dejar a Vero en la suya, agotada, entro el auto al garage y, como buena mina, sacudo la cartera para escuchar las llaves. Creo adivinar donde están, meto mano y nada. Revuelvo, nada. Puteo en arameo, nada. Decido volcar todo el contenido de la cartera sobre el asiento. Monedero y billetera. Monedas y billetes sueltos. Un encendedor. Monedas que ya no sirven y que me regaló un alumno porque sabe que me gustan. Un par de aros. No, un par no, dos aros de dos pares distintos. Un paquete de pastillas abierto. Otro encendedor. Un papelito con una dirección y un teléfono que no tengo la menor idea de quién es, debe datar del año 2002. Otro papelito con la lista de cosas a comprar en la farmacia-perfumería. Un cajita de chicles vacía. Sobrecitos de azúcar. Brillo labial. Dos paquetes de pastillas abiertos más. Otro brillo labial. Un blister de aspirinas. Entradas de cine del mes pasado. Pastillas sueltas. Un anotador. Una lapicera. Tickets de la tarjeta de crédito. Mi carnet de vacunas que le juré al médico que había perdido. Una boleta de impuestos para pagar y otra ya paga. Un programa de cine (de otro día distinto del de las entradas). La factura de un restaurante. La copia de un contrato de alquiler que un amigo me pidió que le muestre a otro que es abogado. Un sobre vacío que en algún momento debe de haber guardado algo que no recuerdo. Mi DNI. Cheques por clases a cobrar.Toallitas. Tampones. El carnet del ACA. La tarjeta de una inmobiliaria que no tengo la más puta idea de cómo llegó ahí. Volantes callejeros varios. Dos brillos labiales más.
Un paquete de pañuelos descartables por la mitad, otro sin abrir y otro vacío. Curitas de distintos tamaños. La propaganda de otro restaurante. La funda de un paraguas pequeño, vaya una a saber dónde quedó el paraguas. Un cepillo plegable que no sirve ni para peinar muñecas. Una pajita (me resisto a decir “sorbete”) que seguramente me dieron en un kiosco y nunca usé. El ticket de la estación de servicio. Tres paquetes de cigarrillos; uno empezado, otro por la mitad, otro vacío. La boleta de una zapatería a la que llevé a arreglar unas sandalias en diciembre y otra de la tintorería donde dejé un vestido la semana pasada. Celular. La boleta de teléfono que le pagué a Mami. Finalmente aparecen las llaves. “Subo y lo primero que hago es limpiar esta pocilga con manijas”, me juro espantada. Entro a casa, saludo al gato, saco una cerveza de la heladera, me tiro en el sillón, prendo la tele y un pucho. El gato se me acuesta al lado, dan Duro de matar. Será mañana. Si el cielo puede esperar cómo no va a poder hacerlo una cartera.

martes, 22 de febrero de 2011

La Emilia 98: Sí, soy así, quevachaché.

‘Carlos Manuel’, el bar de moda del pueblo. Mesas y sillas de algarrobo, más bien oscuro, paredes de ladrillo a la vista minadas de cuadritos con fotos de revistas, pósters de películas, tapas de vinilos, herraduras, llaves viejas y frases del estilo ‘Te ofrezco un sueño, no me preguntes si es peligroso’. De fondo, música de lo más variada, de Charly García a Montaner, de Soledad a Los Piojos sin solución de continuidad, decían antes en la tele. La televisión, justamente, encendida, sin volumen, en un canal de noticias. Tres tipos en tres mesas distintas mirando la nada en la pantalla. En otra mesa, una pareja, o por lo menos un hombre y una mujer que si bien estaban tomados de la mano, como casi no se hablaban, bien podrían haber sido hermanos. Y en otra cuatro amigos. Menos onda que un renglón. Cuando entramos nos sentimos Luciana Salazar en la doce de Boca. “Ni en pedo me quedo acá,” dijo Vero, al borde de un ataque de asma por falta de monóxido de carbono. “Dale, Vero, ya que estamos nos pedimos unas cervezas, hace un calor de la hostia”. “Bueno, tampoco es que este ventilador que sopla desde el techo te va a calmar mucho”. “Ponele un poco de onda, Vero, ¿qué carajo te pasa?” “Me estoy por indisponer, en el medio del campo, ¿cómo querés que esté?” “Ay, chicas,”, intervino Luisiana, siempre cuelgue, “no saben cuánto les agradezco que hayan venido, de verdad, yo sé que es un bajón.” Quién no se hubiera enternecido. La ternura nos duró lo que un pedo en un canasto o, más precisamente, hasta que el mozo, junto con la cerveza, nos entregó un celular. Lo juro, el aparatito propiamente dicho, con una servilleta doblada en cuatro. “Se los manda el caballero de aquella mesa”. Pelo corto, rubio, ojos claros, pantalón beige pinzado, camisa a cuadros celeste y blanca, suéter de hilo gris colgado al hombro y mocasines de gamuza marrón clarito, sin medias of course. Sonrió. Socorro. ‘Les acabo de dar el celular, ahora ustedes me tienen que dar el suyo’, rezaba el papelito. Sólo le faltó agregar tu ruta es mi ruta. No se pudo contener y se acercó a cosechar el fruto de tamaña originalidad. Pobrecito. “Hooolaa, ¿van a estar muchos días por acá estas preciosuras? A mis amigos y mí nos encantaría llevarlas a conocer el pueblo.” “Por Dios,” dijo Vero, “¿trajeron repelente?” Estaba hecha un encanto. “Pero qué mala, tampoco hay necesidad de contestar así.” “¿Y vos qué carajo sabés cuáles son mis necesidades?” “Por la cara que tenés, yo creo que las podría satisfacer.” Las hormonas de Vero se liberaron. “Escuchame, pelotudo a cuerda, por qué no te volvés a tu mesa y nos dejás de joder.” “Me parece que vos tendrías que hacer un curso de buenos modales.” “Y a mí me parece que vos tendrías que hacer uno para que te enseñen a meterte la lengua en el orto.” Creo que Tinelli hubiera despertado menos atención que nosotras.
“Agrandada, como toda porteña”. Nadie se atreva a tocar a mi vieja. Fue tal la caterva de insultos superpuestos que recibió de las tres el pobre tipo que creo que, literalmente, se asustó. El mozo se nos acercó y, con la gentileza propia de un cardo, nos pidió que nos fuéramos. “Como si nos pensáramos quedar en este lugar horripilante”, le aclaró Luisiana, con una indignación copiada de una telenovela antigua de Verónica Castro, “vamos chicas”. Y así salimos, Lady Máxima, Lady Di y Lady Gaga, de vuelta a la paz del campo.

viernes, 4 de febrero de 2011

La Emilia 97: Rebelión en la granja.

Hay un cierto prejuicio positivo hacia el campo, ese lugar en el que resulta muy incómodo caminar con tacos y andan dando vueltas animales que a mí sólo me despiertan el apetito o me hacen pensar en carteras y zapatos. El campo te desintoxica. El campo tiene otro aire. El campo te tranquiliza. El campo es básicamente verde, está poblado de insectos indescriptibles y te aburre soberanamente, dejate de joder. Además, el campo es creepy. Llega el atardecer, todos esos pájaros que vuelan a esconderse, las vacas que mugen, las ranas que croan, los grillos que vaya una a saber qué carajo de ruido hacen, todo se pone oscuro, no ves un alma, el celular casi siempre se queda sin señal, no te podés tomar un taxi para rajarte… claustrofobia me da el campo a mí, eso es lo que me da. Igual el concepto que peor me cae es el que santifica: “la gente de campo es buena”. Pero por favor, si vos tenés todos los días la posibilidad de matar un ser vivo, sea este chancho o gallina, el instinto de asesinar gente se te debe de reducir bastante supongo. Y además convengamos en que tienen muy poca gente alrededor para joder. Si yo ando sola por la calle tampoco toco bocina. Y después también están los insoportables pelotudos que se ponen un par de alpargatas y se convierten en Don Segundo Sombra ipso facto. Como el tilingo a gran escala que tiene por marido mi amiga Luisiana, que alquiló una especie de chacra para que la familia pase el verano porque, según sus palabras, “ir a la playa con tantos chicos se te complica, Luisi”. Porque por supuesto que siendo un ejecutivo de alta gama como es él, de esos que van exitosamente por la vida disfrazando boludeces de propuestas, no puede abandonar su puesto de trabajo y debe sacrificarse permaneciendo solito su alma en la ciudad de lunes a viernes, pobreciiitooo. Con toda la casita para él. Flor de mejor no digo qué porque últimamente me andan rompiendo mucho las pelotas con que puteo demasiado. Y Luisiana se sigue haciendo la boluda. Hasta que me llama por teléfono: “Como este fin de semana no puede venir amenaza con mandarme a la madre para que no me quede sola; si no me vienen a visitar me corto la yugular con una ortiga.” Así que allá fuimos Vero y yo. Como es la más negadora de las tres, cuando llegamos (con tierra metida hasta el más recóndito lugar de mi organismo porque a mi batata querida se le rompió el aire acondicionado) nos recibió con un:

“Vieron, chicas, qué lindo lugar, no se lo podían perder”. “Le estás dado duro al Rivotril, ¿no?” “Sí, Emilia, para qué te voy a mentir, tengo a los chicos con síndrome de abstinencia de Facebook.” “¿Los trajiste a un lugar donde no tenés computadora? ¿Pero vos estás loca?”, casi gritó Vero, más preocupada por ella y por mí que por los pendejos. “Es que la idea es que disfruten del aire libre.” “Pero, nena, con una buena conexión podés sacar la compu al patio, lo tuyo es abuso.” “Los llevo todas las noches al pueblo, hay un locutorio.” “¿Y hay alguna otra cosa interesante para ver en el pueblo?”, intervine yo porque la discusión cibernética me estaba por hacer sangrar el oído. “Hay un bar para tomar algo y creo que tarde a la noche se hace baile.” “¿Tenés con quién dejar a los chicos?” “Están los caseros.” “Perfecto”, concluí, “nos bañamos y vamos a conocer el famoso rancho ’e la cambicha.” La descripción del lugar y sus parroquianos queda para otro momento.