martes, 29 de marzo de 2011

La Emilia 105: Amores perros (o de perros, o con perros o perros de mierda y la puta que los parió)

En algún momento todas la hacemos. Es inevitable. Sobre todo si estás con amigas medio al pedo tomando mate, comiendo alfajorcitos de maicena y pintándote las uñas al mismo tiempo. Todo empezó porque Natalia contó que no sé en qué revista de esas de mierda que tiene en la peluquería había leído un artículo, escrito obviamente por un tipo, en el que decía que las mujeres tenemos mala memoria. Según él, nos acordamos toda la vida de nuestro primer amante pero nos olvidamos en seguida de los demás. “Pobre infeliz, no tiene idea”, dijo Vero con la contundencia que la caracteriza. Así fue como terminamos haciendo la famosa lista. Y la lista terminó en categorización. He aquí algunos de los genotipos que hemos conocido. A saber: El romántico empedernido: te regala muñequitos con cara de idiota, flores como si estuvieras enferma y chocolates aireados. Te llama todo el tiempo, o te manda mensajitos, o te pregunta por el chat ‘¿Qué estás haciendo, amorcito?’ cuando hace tres minutos le dijiste que no te rompiera más las bolas que estás trabajando. Le encanta caminar como un boludo bajo la lluvia y, a falta de hogar, es capaz de querer acurrucarse al lado de las hornallas porque el fuego es acogedor. Está convencido de que si te recita poemas de Vinicius de Moraes en la cama, tendrás orgasmos múltiples. Cuando lo mandás a cagar, hace pucherito y sufre. El exhibicionista: anda en bolas por toda la casa, se rasca sin complejos y juega distraídamente con su amigo colgante mientras habla con vos. Cuando estás mirando tu serie favorita es capaz de pararse delante de la pantalla y mover las caderas, sin entender por qué no te calentás. Según su criterio, cuando una pide un cuarto kilo de peceto al carnicero, se moja. El hincha de fútbol: el auténtico ‘si gana el equipo ganamos todos’, si pierde no hay grúa que pueda levantar ese muerto. Tiene el escudo del club hasta en los calzoncillos, que por lo general son tamaño extra large, no por la medida de lo que importa sino porque es un flor de pelotudo. Suele terminar último jugando todo el campeonato de local. No califica ni para jugar la promoción. El caballero: te abre las puertas, te acomoda la silla, te pone el saco. Sólo quiere ayudarte, complacerte, satisfacerte y tenerte entretenida y contenta hasta el hartazgo. Por lo general, para cuando él quiere llegar a algún lado, o más precisamente al lugar que una quiere que llegue, ya has leído las obras completas de Borges… y las de Shakespeare. La típica bestia:estilo camionero, fortachón, brazos como tenazas y dedos que mamma mía. Te lo bancás todo el tiempo que te puedas bancar que se meta los dedos en la nariz, eructe, se tire pedos y festeje. Si vas al baño después de él, cuando salís te pregunta, ‘¿Sobreviviste?’ y larga la carcajada. El perdido como turco en la neblina, como decía mi abuela: alguna vez escuchó hablar del juego previo y en la desesperación por ponerlo en práctica te agarra la teta como si fuera a hacerte una mamografía.
El progre bajas calorías: adora a Woody Allen (sobre todo al de Manhattan), usa barba candado y anteojos, lee a Benedetti y a Galeano, ve todas las películas de Lucrecia Martel y tiene un gato que se llama Che Fidel. Suele ser cultor del pollo deshuesado, le gusta hablar largamente hasta de tus orgasmos y, lo que es peor, capaz que mientras lo estás teniendo. Comparado con él, un monje benedictino te asegura una joda loca. El deportista: peor que los Testigos de Jehová, quiere convertirte a toda costa. Tótem a la salud, toma yogurt descremado con cereales y bebidas isotónicas de colores extraños, no fuma, no bebe, no vive. Si le gusta la aventura y, por ende, lo mandás a encarar por Corrientes de contramano en moto a las cuatro de la tarde, se enoja y, con suerte, se va, sintiendo lástima por vos que no te pudo rescatar. Del recién separado, no hablamos, pero nos acordamos. De él, de su madre, de su abuela, de su tía y de su chozna. “¿Y si lo googleamos?”, dijo Nati. Para qué… Quedó la lista por la mitad.

viernes, 18 de marzo de 2011

La Emilia 104: Se viene el estallido.

Siempre me cayó para el orto el ‘me dijo que dijiste que yo había dicho que vos, etc. etc’. El chusmerío me revuelve las tripas, no me interesa, me hace vomitar, no quiero saber lo que la gente dice de mí, ni de vos, ni de nadie, me importa un pito. Si tenés alguna duda vení agarrala que está dura decía la canción, uy me fui a la mierda, lo que quiero decir es que si querés aclarar algo (para no caer en la tentación de repetir lo anterior) vení y preguntame directamente a mí, no hablés con el vecino, ni me vengas a dar consejos en base a lo que otro piensa que tengo que hacer. Y si no querés, callate la boca, haceme el favor. Hay gente para la que hacerse cargo de sus propias cuestiones es peligroso entonces decide romperle las pelotas a los otros. Los trapitos se lavan en casa, dice Mami, a quien nunca pensé citar como si fuera Marechal, pero bué acá estamos, hablando de varios temas al mismo tiempo, para no perder la costumbre. La cabeza se me va, se me va, me agota, no le puedo seguir el ritmo. El caso es que los chismes son para quilombo, siempre. Suelen basarse en un mínimo detalle que puede tener algo de verdad, detalle que se agranda ad infinitum, por lo general con bastante mala leche. O para sacar rédito, o para quedar bien, o de puro hijo de puta nomás. Total que no me interesa, no vale la pena engancharse. Hasta que me venís a contar lo que el tipo que me rompió el corazón (cuando quiero soy una poeta) y otras cosas más (se me fue la poesía al carajo) anda desparramando por ahí. Y Sandra me llamó para contarme que había hablado con Fernando, que está tan superado que da asco, y que le dijo que le parecía genial que yo fuera la otra testigo (ge-nial, si realmente usó esa palabra es para darle cicuta por endovenosa) y que por supuesto no tenía ningún problema con ello. No sé, pensaría que yo no había aceptado porque me preocupaba su comodidad. Hasta ahí todo bien.

Pero hete aquí que Sandrita agrega “Y me contó lo que había pasado entre ustedes, yo nunca supe.” “Ajá”, contesté haciéndome la boluda, cosa que como todos saben a esta altura me cuesta poco. “Emilia, ¿ves que al final tendrías que suavizarte un poco? No te vendría mal.” “¿Perdón? Sua-vi-zar-me. ¿Qué querés? ¿Qué me tome un litro de enjuague para ropa todas las mañanas? No entiendo, Sandra. Aparte, ¿a qué viene esto?” “Y, él me contó que tu carácter fue el que lo llevó a revalorizar la relación que tenía con Sol.” No sé por qué, de golpe sentí como un deseo de comprar una gillete y hacer carpaccio de bolas para la cena. Me conformé con tirarle un chancletazo al gato, que anda caliente otra vez y grita como un degenerado. Hoy lo llevo a la veterinaria para que lo operen y me deje de joder, alguna pelota tengo que cortar y son las únicas que tengo a mano. “No me conoció vestida de Mary Poppins, Sandra.” “Sí, pero…” Me dio el empujoncito que me faltaba. “No empecés con los peros que me sacás loca. Pasemos de tema… cambié de opinión, lo estuve pensando, voy a ser tu testigo.” “¡Gracias, Emi! No sabés la alegría que me das”. “Por favor, San, la alegría es mía”. Me fuiii… me voy de vez en cuando a algún lugaaaar… vaya una a saber dónde, pero ese es otro tema, como siempre.

miércoles, 16 de marzo de 2011

La Emilia 103: La vida es bella.

Podría escribir no los versos más tristes esta noche pero sí muchas cosas. Podría repetir mantras, soñar con hacer realidad mis sueños, pensar que puedo alimentar mi espíritu observando la luna, volverme inocente y creer cuando me dicen que es la primera vez que les pasa, convertirme al judaísmo y hacerme devota de San Expedito al mismo tiempo, inscribirme en un curso de fitoterapia, en otro de hiperventilación asistida y en un tercero de tai chi chuan, hacerme groupie de Brian Chambouleyron el juglar del tango, barajar la posibilidad de empezar a practicar budismo mahayana para florecer desde el pantano como la flor de loto, o consolarme con que tengo un flor de orto. Pero no. Prefiero citar a alguien que ya dijo todo lo que siento en este momento: “I see some guy walking down the street, you know, with a clear head, you know the type, he´s always whistling like the happy fucking wanderer. I just want to go after him and I just want to rip his throat open. I want to fucking grab him and punch him right there, for no reason.” O sea: “Veo a un tipo caminando por la calle, con la mente despejada, usted me entiende, conoce a esa clase de tipo, el que siempre va silbando como un puto caminante feliz. Lo único que quiero es ir tras él, abrirle la garganta y cagarlo a trompadas, ahí nomás, sin ningún motivo”. Es palabra de Tony Soprano, alguien de quien hoy me gustaría ser amiga.

lunes, 14 de marzo de 2011

La Emilia 102: Tiempos (pos)modernos... (Y sin ningún Charly que nos haga reír)

“Bueno, no deja de ser una gran demostración de cariño”, me contestó Vero cuando le conté que Sandra me pidió que fuese su testigo de casamiento. “El testigo por parte de él es Fernando”. “¿Pero esta mina estudió para pelotuda o es autodidacta?” Sabía que mi amiga me iba a comprender. Aunque no me alcanzara. No podía sacarme esa sensación de malestar, como si de golpe Mami hubiera decidido ponerse tetas. No va, no me jodan. Hay cosas que no van. Que incomodan. Paren de hacerse los modeeernos, los superaaaados, los liberaaaales... Ahora todos son políticamente correctos y, obviamente, super open mind (léase óupen maaaind). Por favorrrrrrrr, si la nena de dieciocho se pone de novia con tu compañero del secundario, que ya tiene cincuenta y nueve, lo lógico es que lo quieras cagar a trompadas no que lo invites a un asado. Que después lo termines aceptando es otra cosa. Pero primero lo cagás a trompadas, como corresponde. Y entonces si te cruzás con el tipo que te cagó el año porque te dejó porque embarazó a su ex, el manual de buenas costumbres de este principio de siglo indica que debés poner tu mejor sonrisa y desearles un buen parto. Yo le deseo que se vaya a la reputísima concha que lo parió y que la mujer le meta los cuernos con el ginecólogo. Para empezar.
“¿Y qué le dijiste?” “Que me disculpara pero que no.” Antes de aceptar prefiero dedicarme al estudio de la literatura en la época védica por el resto de mis días. Sé que no lo hace de mala mina, en definitiva se casa porque, según sus propias y sí modernas palabras ‘no quiero que se me pase el tren’. Pobre, no se da cuenta de que es el tren fantasma al que se subió. Pero igual me rompe las pelotas. Aunque pensándolo bien, a lo mejor no me viene mal. Verlo, digo. Por ahí hasta me doy cuenta de que de verdad ya está. Capaz que la llamo y le digo que sí. Algo hay que hacer. “¿Me vas a acompañar a comprarme ropa, Vero?” “Por supuesto, la vamos a llamar a Natalia, vamos a ir las tres y vamos a comprar absolutamente todo lo necesario para que te mire y sufra, como corresponde.” Esa es mi amiga. Por suerte.

miércoles, 9 de marzo de 2011

La Emilia 101: Arroz con leche, me quiero rajar.

Fin de semana largo, tranquilo, es carnaval pero no hay a la vista ninguna perspectiva de que vaya a apretar ningún pomo y tampoco me sumé a ninguna murga bastante tengo con el corso a contramano que habita en mi cerebelo. Pienso leer, escribir, mirar alguna película, tomar unos mates justos y necesarios con Vero y como mucho pasar por la peluquería a saludar a Natalia. Y resistir los embates de Mami para que vaya a comer con ella. Pero, y siempre hay un pero la puta madre carajo, llama mi amiga Sandra, esa del secundario con la que me veía poco y con la que me veo menos después del affair Fernando, e insiste en que tiene que tomar un café conmigo. Que hace mucho que no nos vemos. Que quiero saber cómo estás. Que tengo una noticia para darte. Pensé en sugerirle que llamara a Crónica para enterarme por ese medio pero me miré en el espejo y repetí cien veces “Metete en el quinto forro de ya sabemos donde todas las recriminaciones que tengas, es Sandra, la conocés de chica, la mina hace lo que puede”. Que por supuesto no fue llamarme cuando pasó lo que pasó, diría la canción (entre paréntesis cómo se te pegan aunque las detestes esas canciones de mierda que pasan por la radio todo el tiempo, pero no te vayas de tema, Emilia, y la cosa ya arranca mal cuando me empiezo a hablar a mí misma frente al espejo y no con el gato, y me sigo yendo lo parió, no puedo parar es un sentimiento, basta carajo). El tema es que Fernando es amigo íntimo de su novio, que no sé cómo se llama porque ella todo el tiempo le dice ‘Bebu’. Qué mal que me cae cuando le ponen apodos infantiles a tipos que hace rato tienen pelitos en sus partes íntimas, diría mi abuela que era muy pudorosa y le daba vergüenza decir pelotas. Llamalo Gordo, Flaco, Pelado, Tito, Pepe… pero ¿Bebu? ¿Alito? Dejate de joder. Ni hablar cuando empiezan con el Cuchi, Pipi, Pupi, Cuqui o Conchi. Francamente desagradable. Total, y volviendo una vez más, que el encuentro fue un tanto frío al principio y luego fue sumando temperatura pero no precisamente por calidez. En todo caso por acidez estomacal. Saludo, semi abrazo y semi beso de rigor. Que como andás. Que muy bien. Que ta ta ta. Que bla bla bla. Que terminamos la pileta. Que qué suerte (menos mal que me lo contó, me interesó tanto como saber que Misiones exporta mondongo a Polonia). Que nos compramos un perro (en otro momento me explayaré sobre las diferencias entre los perros y los gatos y sus respectivos dueños) Y Sandra hablaba y hablaba, no hay quién la supere cuando se pone a hablar sin decir nada. Hasta que me canso. “Bueno, me dijiste que tenías algo para contarme supongo que no sería lo del perro”. “Mirá, antes que nada, quería pedirte disculpas porque no te llamé después de lo que pasó.” “Todo bien, lo que pasó pasó dice la canción.” (y dale, la puta madre, no me la puedo sacar de la cabeza) “No pero yo sé que estuve mal, pero…” “Sí, Sandra, basta de peros, estuviste para la mierda, ok, disculpa aceptada, está todo bien.” “Sí ya sé que está todo bien pero correspondía que me disculpara con vos, sé cuándo tengo que hacerlo, no en vano hace doce años que hago terapia.” Se nota que le hace bárbaro. Pero no me quiero ir de tema, again. “Igual, yo sabía que me ibas a entender. ¿Qué tomás?” “Un café… Bueno, ¿qué tenías para contarme?” “Me caso.” “¡Mozo! ¡Una ginebraaa! ¡¿Por queeeeé?!” Se me escapó, creo que a esta altura no hace falta aclarar que no soy de las que creen que al final el chico besa a la chica y comen perdices, y mucho menos este chico que tiene por costumbre regalar electrodomésticos en los cumpleaños. “¿Cómo por qué, Emi? Es la lógica.” “¿La lógica de quién?” “Bueno, cada uno hace lo que quiere.” Sí, por supuesto, y ya todos sabemos que cuando una mujer quiere joderse, cagarse la vida y está decidida a lograrlo, no hay nada ni nadie que la detenga.
Hasta ese momento, shockeada por la noticia, no había reparado en un pequeño detalle. Disimuladamente pregunté si hacían fiesta. La respuesta era obvia, como obvio era que todos sus amigos estaban invitados. Y todos es todos… con respectivas parejas incluidas. Pensé en inventar una excusa del tipo ‘Ay, me vas a tener que disculpar pero justo ese día me invitaron a la Fiesta Nacional del Gaucho en General Madariaga’, cuando Sandra arrancó: “Para mí es muy importante que vos estés, yo sé que es difícil, pero sos la única amiga que me queda de aquella época”. En el fondo, soy un ser sensible. “Y además quiero pedirte algo.” Lo peor estaba por venir. Como dice una amiga, tengo tanta suerte que si me regalan un muñeco de madera se me muere. Lo que pasó, ¿pasó?

miércoles, 2 de marzo de 2011

La Emilia 100: ...

No me llevo bien con los pájaros así que prefiero cien volando a tener uno en la mano y correr el riesgo de que me cague. Ladrón que roba a ladrón merece que lo metan en una pieza de dos por dos con el otro y se arreglen. Ser un cien-pies me encantaría, sólo para tener cincuenta pares de zapatos. Ciento por ciento, vaya Alá a saber qué. Hay males que sí duran cien años o más, lo que pasa es que como nos morimos antes no nos enteramos. Cien veces no debo, o sí, qué sé yo. Total que ya van cien. Me han dejado, me han roto las pelotas; hice terapia, dejé, volví y volví a dejar y el marote bien gracias; pensé sobre el famoso amor, hice cursos de filosofía y de otras yerbas también; visité brujas y hasta me tenté leyendo el horóscopo; soporté cuernos, propios y ajenos; me enfermé, me curé; salí con señores mayores, también con pendejos; fui a la playa más de una vez y se me soltó la cadena muchas más; empecé a ir a la peluquería y seguí; me hice la boluda, salí como una reina y también rota y mal parada; terminé definitivamente con uno, me entusiasmé con el fútbol y me llenaron el arco de goles; tomé vino, cerveza, daikiris y alguna que otra cosita también, fumé, sí fumo, ¿y?; sufrí a Mami, casi tanto como la peleé y la abracé; tuve pensionistas que me vaciaron la heladera y por suerte no me llenaron la cocina; laburé, conocí gente, escuché un millón de pelotudeces y dije otras tantas. Cien. Una porquería exquisita.