miércoles, 27 de julio de 2011

La Emilia 119: El tesoro de la Sierra Madre me importa una mierda.

Entrar en el cuarto y en estado de pánico fue una sola cosa. No había frigobar y la televisión 14 pulgadas Grundig modelo 84 me devolvía diez canales: el del campo, el de la virgen santísima, dos de dibujitos animados, uno de deportes, el del rey de la soja, el del rosario nuestro de cada día, uno de películas dobladas de mierda que se veía para el orto, uno de documentales de animales y el de noticias del pueblo (muy importante por cierto el debate que se generó sobre el uso de los fondos públicos porque a María se le ocurrió llamar a los bomberos para que le bajaran la lora que se le había escapado a la punta de un eucaliptos, juro que es verdad). “¿Qué hacemos acá, Vero?” “Ahora bajamos, caminamos, respiramos aire puro y tratamos de encontrarnos con nosotras mismas”, me contestó mi amiga, definitivamente poseída por un alien. Y eso hicimos, pero antes de salir a disfrutar de las delicias paradisíacas del lugar, Vero le preguntó al encargado del hotel qué lugares podíamos visitar. “Yyyyy… tienen el Cerro del Mate, el del Cristo y el de la reserva natural.” “¿Y qué los caracteriza a cada uno?”, preguntó mi amiga sorprendiéndome un poco más a cada momento. “Yyyyy… el Cerro del Mate tiene una piedra en forma de mate en la punta, el del Cristo, una cruz y el de la reserva natural, animales”, contestó el señor con una lógica aristotélica irrefutable. “Perfecto. Uno para cada día. ¿Vamos, Emi?” “Esperá que le quiero preguntar algo yo… ¿Tiene wi-fi el hotel?” “No, señorita, pero acá a dos cuadras hay un locutorio.” “Perfecto, vos andá arrancando, Vero, que yo ya te alcanzo.” “Dale, Emi, aprovechá el lugar y desconectate, aparte tenemos que ir en el auto.” El cerro eraaaa… algo así comoooo… una piedra muy grande… con muchos yuyos. “Bueno, ya lo vimos, ¿vamos yendo?” De ninguna manera. “No, Emi, subamos a ver la piedra.” “Pero mirá todas las piedras que tenés acá, ¿para qué querés ver otra más?” Había como una escalera, hecha de piedras por supuesto. Trescientos veintidós escalones.
Todo para llegar a la punta del cerro y ver una piedra que, sí, era un mate… porque era un flor de porongo y la reputísima madre que los recontramil parió a los guaraníes, pensé pero no le dije a mi amiga que parecía como emocionada. “Digo yo”, le dije mientras me prendía un pucho para recuperar el aire, “ya que llegamos hasta acá, ¿no vamos a hablar de lo que te pasa?” “Ay, Emi, si a mí no me pasa nada, miro el paisaje nada más.” Duro, muy duro. Y todavía quedaban dos días.

martes, 26 de julio de 2011

La Emilia 118: Rutas argentinas hasta el fin (y hasta la reputísima madre que lo parió carajo también)

La insoportable levedad del ser. El coágulo cerebral que avanza. El trapo rejilla que te atrapa como una telaraña. El útero de mamá que te llama sin cesar. Todo eso junto. De golpe, de manera indefinible, intangible, indescriptible, te arrastra, te arrastra y… fuiste, todo eso fuiste pero perdiste. Se te transforma la cara y tenés todo el tiempo la misma sonrisa de idiota que la mina que conduce el programa “Cómo fabricar velas y jabones en casa”, como si tu máxima aspiración en la vida fuera que no se te queme el cheesecake. Tus amigas te preguntan ‘¿Qué te pasa?’; y vos, con tu mejor voz de pelotuda a cuerda, respondés, ‘Nada’, porque es verdad, eso es precisamente lo que te pasa. Nada. Absolutamente nada. Pero no nos vamos a poner aquí a hablar de semejante palabreja que le ha dado tema a tanta gente muchísimo más preparada y por qué no virola que una. Además, es vox populi que, cuando una mujer responde ‘nada’ a tamaña pregunta es que Houston tenemos muchos problemas. Cuando empezás a cantar alternadamente canciones de Arjona y de Silvio Rodríguez ya la cosa se puso seria. Ni hablar si te encontrás susurrando En el hospicio de Pastoral mientras te duchás. Se te da por cocinar pan o hacer mermelada de frutilla. Capaz que hasta plantás perejil o hierbas en una maceta. Cambiás los muebles de lugar. Comprás repollitos de Bruselas que, por supuesto, se terminan pudriendo en la heladera. Y la culpa avanza casi al mismo ritmo que tus pelos sin depilar. Hay minas que no han podido parar y hasta se llevaron a la madre a vivir con ellas o le contaron secretos a la cuñada. Ahí las consecuencias son desastrosas. Bueno, a Vero se le ocurrió ir a las sierras porque el cambio de aire le iba a hacer bien. Casi le propongo que alquiláramos un tubo de oxígeno pero me pareció que lo mejor era acompañarla. Armé la valija con lo que supuse podría llegar a necesitar en las sierras (luego me daría cuenta de que no tengo la más puta idea de lo que se necesita en las sierras, pero ese es otro tema) y la pasé a buscar todo lo temprano que mi organismo me lo permite. A las once de la mañana le toqué el timbre y salimos onda Thelma y Louise por las rutas argentinas. No encontramos un Brad Pitt ni por putas y por suerte un precipicio tampoco. Digo por suerte porque a la vaca número cuatro mil que vi el impulso suicida comenzó a apoderarse de mí. Pero me controlé, y llegamos sanas y salvas a ese maravilloso lugar donde pasaríamos tres infinitos días rodeadas de un aire puro que yo sabía desde un principio me iba a pudrir los pulmones y, lo que es peor, el cerebro. En breve, el relato diario.

lunes, 18 de julio de 2011

La Emilia 117: A subir la colina (que espero que no sea de la vida porque no sé dónde mierda duerme la realidad)

Hay momentos en que una mujer de pronto se da cuenta de que hace días que no hace la cama, que la bombacha colgada en la ducha está reseca y hace como cuarenta y ocho horas que no se baña, que el jabón chorrea en la pileta, que hace mucho tiempo que no le pone la tapa al dentífrico, que en la heladera sólo tiene huevos rotos guardados en pocillos de café, un tupper con fideos con hongos y otro con restos de huesos de pollo. La luz roja se prende indefectiblemente cuando enciende la radio y deja la estación en la que están pasando a Arjona y, casi sin querer, canta la canción. Entonces, a esa mujer, que es Vero, tu amiga, tu hermana del alma, se le empiezan a ocurrir cosas que jamás pensaría en una situación normal. Como, por ejemplo, que la ciudad la ahoga, que necesita pasar unos días fuera, preferiblemente en las sierras y que por favor la acompañes. Ése es el problema de no saber qué hacer en estas situaciones, una empieza a hacer boludeces. Pero para qué estamos las amigas sino para hacer boludeces juntas. Allá vamos.

martes, 12 de julio de 2011

La Emilia 116: Dejemos de lado al cocinero, al ladrón y a su mujer... y hablemos del amante.

A raíz de mi última experiencia se me dio por pensar en las distintas formas y colores de los cuernos. En principio, es total y absolutamente diferente descubrir que el imbécil del marido de tu amiga se curtió a la vecina a que tu hermana de la vida se decida a tener una alegría ya que el inútil le da tan pocas. Ya sé, ya sé, los que me pidan objetividad se pueden ir al carajo. No es lo mismo. Ya lo dijo Alejandro Sanz. O Sáenz, como le dice Mami, que tiene la costumbre de cambiarle los nombres a las cosas. Para ella, Messi es Mechi; y no come sushi sino suchi, y no la vayas a corregir porque entrás en una discusión sin principio ni final, como siempre. Pero no me quiero distraer, y mucho menos con Mami, justo en este tema. Volviendo, hay distintos tipos de cornamenta. Por ejemplo, está el vengativo, el típico ‘me cagaste, te cago’, que tiene gran aceptación entre las mujeres. Por otra parte, alto ranking entre los hombres tiene el recreativo, un rápido para aliviar el stress y acá no ha pasado nada. Con el ex no puede ser considerado técnicamente un cuerno; ya anduvo en otro momento por acá, tiene una butaca a su nombre y es socio vitalicio. También existe lo que podríamos llamar el agradecido, han laburado tanto que se lo merecen. Una conocida, soltera con afición a casados, solía decir que ella lo hacía por solidaridad con la mujer: el tipo trabaja tanto que una tiene que colaborar para que su matrimonio siga funcionando, él vuelve feliz a la casa y la mujer agradecida. Demasiado rebuscado para mi gusto. El recetado es el que te tranquiliza más que el Prozac, y es más sano. Y seamos sinceros, hay muchos motivos por los cuales a veces un buen cuerno es justo y necesario, hay personas que tienen el derecho a una alegría y otras que se compraron todos los números del gordo de navidad de las guampas.

A saber: para un baile de disfraces tu pareja se viste de empanada; después de diez años de casados, te propone renovar los votos a la orilla del mar bajo el rito Zulú; para salir de la monotonía deciden ir a un telo y lo primero que hace es prender la tele y sintonizar un canal de noticias, de deportes o un programa de bricolage; de repente empieza a usar frases como ‘a papá mono con bananas verdes’; aún después de haberle dicho muchas veces que te molesta se sigue acomodando la bombacha o los huevos en público; después de estar un mes en España por trabajo vuelve diciendo coño, pitillo y chaval; para tu cumpleaños te regala un botellón de leche con manchitas de vaca; para demostrarte que todavía se calienta con vos te manda una canasta de preservativos a la oficina; cuando le planteás que tienen que buscar actividades en común te invita a cantar en el coro Kennedy; se gastó la plata de las vacaciones en la colección completa de la revista Anteojito que la mamá le compraba cuando era niño; se hizo adicto a la meditación y hace cuatro años que entona diariamente ‘nam-myoho-renge-kyo’; para celebrar el aniversario te invita el fin de semana a la Fiesta Nacional del Té en Campo Viera, Misiones; su culo hace rato dejó de sorprenderte. En resumen, cornelio, cornicheli, cornudo, corniche, vikingo o venado; llamalo como quieras… la verdad es que nadie muere mocho en esta tierra, no se hagan los boludos ni las virgencitas.