domingo, 17 de junio de 2012

Es...


seriedad infinita,
carcajada inconmensurable,
vino de ojos pícaros,
lágrima escondida,
eterno Imparciales en la derecha,
sonrisa cómplice,
disco de tango,
copita de Legui,
inocencia sabia.
Es,
aunque muchos,
desde hace mucho,
digan era.


jueves, 14 de junio de 2012

La Emilia 134: Corre, Emilia, corre

Qué iba a hacer, ya lo tenía ahí adelante. Dar media vuelta y subir por donde había bajado era una buena opción que en ese momento, dada la cantidad de droga lícita que tenía en mi cuerpo, no contemplé. El pibe cuyo nombre no recordaba seguía teniendo la misma cara de bragueta triste y semi boludo de antaño, adornada ahora por una ridícula barba candado. Me esperaba sentado en los escalones de la entrada, el morral de cuero sobre las rodillas. Qué lindo detalle. Que cómo estás, que qué bien, que qué suerte, que pensé que nos podíamos dar una segunda oportunidad, que todas las mismas pelotudeces que se dicen en esos casos en los que nadie sabe qué carajo decir. El tema era que, si bien cuando me vio se paró para saludarme, después se volvió a sentar, y no se levantó más. Yo no entiendo, se querría hacer el romántico, pero que alguien por favor me explique dónde mierda puedo yo encontrar romanticismo si se me enfría el culo en el cerámico. Encima no paraba de hablar y de gesticular exageradamente, y a mí me pone nerviosa la gente que no puede dejar las manos quietas, porque si no las va a poner donde las tiene que poner que se las meta en el bolsillo, o en el culo, o en su bolso posmoderno pero que no me las mueva delante de la cara porque además tengo mucha efedrina en mi organismo y en cualquier momento se las muerdo, no sé si me entendés… “Mirá lo que te traje”. Abre el puto morral y saca un cd, ‘Canciones para andar en bicicleta’. “Decime que trabajás para la municipalidad y te sobró de la última campaña que hicieron para promocionar las bicisendas, no que lo compraste pensando en mí, por favor.” “Siempre la misma chistosa vos, está buenísimo.” “Sí, me imagino, pero bicicleta yo no tengo viste.” “Lo podés escuchar en tu casa, tontona (juro que dijo tontona y no se puso colorado el hijo de puta), te ayuda a despejarte. ¿A vos no te gusta poner la mente en blanco cada tanto?’ “¿Para ir ensayando cómo se siente estar muerta? No, gracias.” “Qué loca que sos. ¿Y qué estás haciendo últimamente, Emilia?” Ando aceptando invitaciones de pelotudos que no recuerdo e inconcientemente buscando motivos para clavarme la treinta y ocho en el paladar blando, fue lo primero que me vino a la cabeza pero, tratando de controlarme, contesté: “Lo de siempre, más o menos.” “¿Y no estás haciendo ningún curso?” Están raros, los tipos están muy raros… Yo tenía hambre; a remar, mi amor, vamos a remar, mi amor… claro que en dulce de leche hubiera sido más fácil. “No, la verdad que no.” “Yo estoy haciendo uno de griego antiguo.” I-rre-mon-ta-ble, surrealismo puro, misterio del universo, por qué carajo un tipo te invita a salir si lo único que te puede meter en la cuchufla es una bolsa de rolito me pregunto yo. “Yo preferiría ir a la guerra de almohadas en Palermo.” “¡No me digas que fuiste a la última! ¿Viste que buena estuvo? Qué lástima que no nos pusimos de acuerdo, podríamos haber ido juntos.” Too much. “A ver, Ju-lián, me está dando un poquito de frío, ¿vamos a ir a comer? ¿cuál es tu plan?” Le pregunté fantaseando ilusamente que me dijera ‘subir a calentarte negra, te gustó la jodita que te hice’; parece que todavía creyera en los reyes magos yo. “Justamente, quería invitarte a comer a un restaurante nuevo que hay acá cerca, orgánico, y después si tenés ganas podemos ir a un recital de música peruana que da un amigo mío.” “No, no, no, no, en primer lugar yo necesito carne, sobre todo en este momento; en segundo lugar, lo más cerca que pensé estar de la música peruana esta noche era soplándote la quena, mi amor, ¿qué me estás diciendo? ¿para qué carajo me llamaste?” “Te llamé porque pensé que tal vez aquella noche estabas nerviosa y que no eras así, pero veo que me equivoqué, ¿y vos por qué aceptaste?” “Pero de qué te la das, vos me invitaste porque hace mucho que no le das de comer a tu amigo y si seguís así se te va a morir famélico, bodoque culoroto, y yo acepté porque no tenía la más puta idea de quién eras, nabo de cuarta, porque si me llego a acordaaaarrrr…’ Me interrumpió, no me dejó terminar la frase, y yo enfedrinada hasta la médula… 
“Bueno bueno, yo estoy en una etapa en la que trato de no confrontar así que Emilia vamos adonde vos quieras y después vemos.” “Pero si vos ves menos que Andrea Bocceli, ameba con patas, ¿por qué no te vas a cagar a la Isla de Pascua y de paso te conseguís un par de huevos? Antes de seguir conversando con vos, me voy a mirar la transmisión del rally mundial de burros para consolarme a ver si por lo menos puedo pispear un pito que valga la pena en esta puta ciudad todo se incendia y se va y ya me hiciste ir al carajo no sé ni lo que digo; andá a hacerte una enema de Cachamai y después cagá jugo de pasto orgánico, pelotudo.” Y sí, ya todos saben que cuando se me sale la cadena, de mi boca sólo salen pétalos de rosa. Me di vuelta y finalmente subí por donde había bajado. La puta madre, ya no paso ni de la puerta, vamos cada vez peor.

jueves, 24 de mayo de 2012

La Emilia 133: Mujer soltera busca 2 (y si no busca, la encuentran carajomierda)

Qué costumbre de mierda que tenemos las minas de olvidarnos de lo que nos pasó. Ya sé que la memoria es selectiva, que una no se acuerda de lo que no le conviene decía mi abuela, que a veces una así se protege pero, la verdad… qué sé yo, la verdad no existe. No aprendemos nunca, somos tartamudas psicológicas, amnésicas emocionales, con el tiempo un recuerdo del orto se convierte como por obra y gracia del espíritu santo en un pimpollo de rosa. Ojo, sólo estoy usando una convención, a mí en general todas las flores me parecen una garcha. No hay nada peor que venga un tipo a hacerse el caballero con un ramo de rosas; no, sí, hay algo peor, que llegues a la casa y te reciba escuchando a Luis Miguel, me revienta que se hagan los románticos. En realidad, hay muchas otras cosas peores pero bueno no me quiero ir de tema, algo que como ya a esta altura todos saben, me resulta absolutamente imposible. Siempre me termino yendo al carajo, yo no sé por qué, debe de ser porque de chica… y daaale. Total, que estoy sola en casa, tranquila, leyendo con mis gatos (no, todavía no llegué al punto de creer que mis gatos leen conmigo, ni le leo cuentos a mis gatos, aunque a veces les hablo, también cada tanto los puteo… focalizaaá boluuuda focalizaaá)… bueno que ahí estoy, fumándome un puchito, tomando unos mates, cuando suena el teléfono. “Hola, Emilia, ¿te acordás de mí?” Otra costumbre de mierda que tiene la gente: pretender que una los reconozca por la voz, son todos pichones de Sinatra; a ver, no es tan difícil decir ‘Soy tal y cual…’, por favorrr… Yo para que no se enojen (porque se molestan si no te das cuenta de quién carajo son los hijos de puta) he llegado a sostener conversaciones telefónicas absolutamente vacías sin saber nunca con quién. Por ejemplo: ‘Hola, ¿cómo estás?’ ‘Bien, ¿y vos?’ ‘No me puedo quejar, el laburo bien y la familia también.’ ‘Qué suerte.’ ‘¿Y vos cómo andás con las clases?’ ‘Siempre más o menos igual, justamente ahora estoy entrando a una, disculpame pero tengo que cortar.’ ‘Bueno, hablamos en otro momento, saludos a tu mamá.’ ‘Gracias, chau.’ Listo, quo vadis, vaffanculo. En realidad, quo vadis quiere decir adónde vas, mirá si te lo voy a andar contando a vos que no te conozco, si ni yo tengo la más reputísima noción de adónde voy... Mamita, cómo estamos hoy... Ahora que lo pienso, también me ha sucedido de sostener este tipo de conversaciones con gente con la que me he encontrado cara a cara en la calle… ¿me tendré que hacer ver? Sí, Emilia, pero no por eso, son tantos los motivos que para qué, mejor lo dejamos ahí. ¿Dónde estaba? Ah, sí, el muchacho de la voz intrascendente. Yo sé que estamos en una época en la que hay que mejorar la dinámica humana, la comunicación con los demás, disminuir el estrés y mejorar la calidad de vida, pero como me cago en todo eso, le contesté, “No tengo la más puta idea.” “Soy Julián”. “¿Weich?” “Jajaja, no, el amigo del primo de Vero, hace un par de años tuvimos un encuentro.” No entiendo de qué se ríe la gente, me pasa mucho en el cine eso, cuando todos se descostillan a mí no se me mueve un músculo y cuando… ¡Bastaaaa! Leve, remotiiiísima idea... “Aquella vez, nos pusimos un poco nerviosos, no terminamos muy bien.” Ahora sí, con ese dato te re ubico, bombón, porque a mí no me pasa nunca de ponerme nerviosa con un ñato… “Y entonces pensé que, a lo mejor, si tenés ganás, podríamos volver a intentarlo.” Segundas partes nunca fueron buenas, dice el refrán, pero, vamos, que el período de sequía es más que importante, así que quedamos en que me pasaba a buscar el sábado. Por las dudas, la llamé a Vero. “¿Un amigo de mi primo? ¿De cuál primo?” Listo, para qué insistir, lo veré cuando lo vea, dejémonos sorprender, me dije en un rapto de notable, ilustre y prestigiosa pelotudez. Por otra parte, como en la reputísima vida de Mahoma a mí me va a pasar algo que corra mínimamente por los carriles de lo que la sociedad llama normalidad, un día antes del encuentro, me agarra la lluvia totalmente desprevenida, me empapo, sin un mínimo disfrute de por medio, y al otro día despierto llena de mocos y con una voz de camionero con la que no podía seducir ni a un tatú carreta. Llamo a mi asesora farmacológica. “Hola, Nachalia, shoy Emilia.” “¿Quién? Vos no sos mi amiga, nene, ¿por qué no te vas a hacerle bromas a tu tatarabuela?” Somos todas un encanto. “Shí, shoy yo, toy desfiada.” “¡Estás hecha percha, nena!” “Pod esho te shamo, tengo que salid con un pibe, ¿me podésh ayudad?” “Ya salgo para allá.” Viene a casa, me hace tomar un cocktail de no sé cuántos sobrecitos y pastillas efervescentes y un té con miel y alcohol, receta de su padre que, según ella, no falla nunca. Conclusión, en un par de horitas estaba hecha una reina. Un poquito acelerada, eso sí. Convengamos en que a mi lado Maradona en el mundial de Estados Unidos hubiera parecido una tortuga. Me arreglé y esperé. Cuando bajé, y le vi la cara… esa cara, por las santas pelotas de  Funes el memorioso, ¡¡¡cómo me pude olvidaaaar!!! Me vino todo junto a la cabeza y me quise amasijar. Pero ya era tarde. Ahí estaba el tipo.

jueves, 17 de mayo de 2012

Por ahora.

Cansada, incómoda, fastidiosa, inquieta, irritada e irritante, sentada en el sillón del living, los ojos bien abiertos, la mente bien cerrada, sostenía en la mano un cochecito de madera que le habían regalado cuando cumplió diez años, hacía ya veinte. Todo en algún momento te puede ser útil, le había enseñado el padre. Generaciones de asignaturas familiares se le vinieron encima. Tanto unas como otras, las generaciones y las asignaturas, la acosaban como fantasmas desesperados y hambrientos, que la hacían guardar hasta las cosas más superfluas, horribles, traídas por personas que no recordaba. Fantasmas que no la dejaban convencerse de que no todo se puede reciclar, de que no todo se puede aprovechar, que la obligaban a aferrarse a lo que debía soltar. Empezó a hacer un recorrido mental por toda la casa y se vio rodeada de muebles viejos, sillones, camas donde otras personas habían dormido y desparramado sus cuerpos y fluidos. Tenía que quemar todo. Ni siquiera regalarlos la salvaría, no había tiempo, una urgencia contenida le explotaba de golpe. Vomitó. Vomitó todo lo que no había vomitado en muchos años. El nudo en la garganta ya apretaba tanto que creyó que podría cruzar esa tentadora línea que nos separa de lo siniestro y matar. Descuartizar, despellejar, cortar en pedacitos, hervir, freír, arrancar uñas, dientes, ojos; y después, casi como si nada, volver a la normalidad. Pero era imposible, como imposible es matar a los muertos, que siempre terminan viviendo más que los vivos. 
Guardó todos sus planes, proyectos e hipótesis, se sacó el maquillaje, se planchó el traje que usaría al otro día en la oficina, se lustró los zapatos y se fue a dormir, no sin antes guardar otra vez el cochecito. Todo en algún momento te puede ser útil, Martincito, le había enseñado el padre. Hay que hacer exactamente lo que corresponde, día por día. Por ahora.

jueves, 10 de mayo de 2012

Campanella, el pochoclo y el embole.

“El cine de ahora no me gusta mucho. (…) Hay una búsqueda de la pegada del fin de semana, sólo eso. (…) Los que tienen pretensiones artísticas son los peores. El cine de artista, para mí, perdió todo contacto con la realidad, con los sentimientos, con la gente. Entonces, la industria se divide entre el pochoclo más banal y el embole más absurdo. (…) Habemus papam… me pareció un comienzo genial, una historia super interesante. Estaba entusiasmado cuando de repente veo que la película se desbarranca en una estupidez total, vuelca. Lo que pasa con esa película me parece muy gráfico de lo que pasa en general con el cine. (…) Creo que la gente se hartó de ver cosas frías, que no la representan, de ver pajas mentales de cineastas. (…) Las series yanquis… generalmente están mejor escritas, tienen personajes más reales, finales menos esperables y además son moralmente más ambiguas, lo cual las hace más interesantes. No son los grandes relatos pero al menos están contando una historia con gente más real y, fundamentalmente, lo mejor es que no hay un director atrás que diga ‘yo les voy a mostrar a todos que gran director que soy yo’. (…) Yo creo que es cierto eso de que la gente constantemente quiere recibir información y estímulos nuevos y por eso busca cosas todo el tiempo, pero eso es porque la mayoría de las cosas que reciben son un embole. Si lo que ves no es apasionante, no te interesa, no estás recibiendo algo nuevo, sólo reciclado. Por ejemplo, con las comedias de Hollywood se ve claramente que no hacen reír a nadie.”
de la entrevista a Juan José Campanella, publicada en la revista 7D el 6/5/12

lunes, 7 de mayo de 2012

La Emilia 132: Volver (no sé si con la frente marchita pero con la cabeza hecha mierda, seguro)

Recordemos que mi amiga Luisiana tiene cinco hijos, hace cheesecake casero, planta orégano y albahaca en una maceta, se mudó hace poco a un country y toma clases de tenis con el profesor del ídem. Si a eso le sumamos que está casada con el príncipe encantador del subdesarrollo al que cada vez que le preguntás cómo está te contesta ‘quemado’ y se cree importante; así, no hay cuerpo que aguante, tenía que explotar en algún momento. “Me tienen harrrrrrrrrrta, podriiiiida, hace catorce años que lo único que hago es limpiar mocos y culos cagados, ¿qué carajo se piensan que soy yo? A ver, Emilia, decime, vos seguro tenés forros en la cartera, ¿no es cierto? ¿Sabés qué tengo yo? Termómetro, Ibupirac, curitas y la receta de una torta de cumpleaños con forma de Transformeeeer… Me estoy ahogaaaando, me estoy ahogaaaando, me estoy ahogaaaando…”, repetía al mismo tiempo que se balanceaba de manera peligrosa, onda Rainman, y se largaba a llorar a moco tendido. “Tranquilizate, Luisi,” alcanzó a decir Vero mientras yo trataba de abrazarla, con todo el espíritu de guardavidas que pude encontrar en mi ser. “No me pueeeedo tranquilizar, a estos pendejos, que les juro que los amo con toda mi alma, un día de estos los prendo fuego, un día de estos les voy a dar tantas patadas que les voy a dejar el culo como mandril. ¿Saben lo que les dije el otro día? No me hablen más, esto que ven no es mamá, es un holograma, mamá se fue a Jamaica con un negro y no piensa volver por un tiempo, estoy loca, desquiciada, soy la peor madre del universoooo.” “No, Luisi, no es así”, alcanzó a decir Vero. “Siiiiií es así, no me contradigan, lo único que necesito es que me digan a todo que siiiiií”, y lloraba y lloraba, se terminó todo el rollo de cocina. 

Nosotras, ante tamaño pedido de que la tratáramos como una loca y viendo cómo su cara pasaba de ser la imitación perfecta de Jack Nicholson en El resplandor a la de Andrea del Boca en Celeste, siempre Celeste, nos limitamos respirar hondo y a escucharla en un respetuoso silencio. “Y al marido perfecto con el que me casé que no puede parar de irse de viaje, a ese turro que me dice ‘bueeeeno, pero estoy trabajando’, la puta que lo parió, como si yo me estuviera rascando la quetejedi todo el día, qué se piensa, la diferencia es que el termina su jornada laboral y está en la Quinta Avenida y yo me tengo que conformar con salir a pasear por el medio del culo del mundo y con mirar los putos bichitos de luz, a ese hijo de puta lo voy a cagar, les juro, tan cagado. Miren lo que tengo acá”, dijo y nos mostró un número de teléfono anotado en una servilleta de papel con dibujitos de granitos de café que sacó de adentro de una lata de pimentón español. “Ajá”, dijimos al unísono. “Es el número de Gabriel.” “¿Qué Gabriel?”, parecíamos Nu y Eve. “Gabriel González, ¿no se acuerdan?” Al ver nuestra cara de no tener la menor idea, gritó con una sonrisa, “Chicaaas, mi novio de la secundaria, lo encontré por Facebook.” Por las santas pelotas de Marquitos Zuckerberg, a cuánta gente más le va a cagar la vida este pendejo, nadie se da cuenta de que es al pedo tratar de enganchar gente por ahí, quién va a poner entre sus intereses que es fanático de los Wachiturros o que su máxima fantasía es casarse con la Tigresa del Oriente y hacer un trío con Wendy Sulca, por favorrrrr. De tanto comer lechuga para no engordar se han olvidado de cómo se pela una chaucha, entonces se ponen nostalgiosas, vuelven al pasado a reencontrarse con sus amores, my Zeus… “Por ahora estamos rescatando algo tierno de la infancia, pero les aseguro que esta vez si me tengo que tirar un tirito me lo tiro.” Mientras que no sea en la cabeza, pensé yo pero no dije porque no quise dar ideas. Bueno, en realidad como decía mi abuela, peor es nada, qué sé yo, si le hace bien, yo no puedo pensar en mi amor adolescente sin vomitar y que me agarre un deseo irrefrenable de irme a vivir a Tanzania… Siempre la exageración, Emilia, si al final no te vas ni a Villa Caraza, dejate de joder, evidentemente yo vine con algo fallado, es al pedo tratar de disimularlo… uy tanto quilombo me terminó pintando el bajón chán chán.

miércoles, 25 de abril de 2012

Nudos.

Rara, como encendida dice el tango, ella más bien como apagada. La cabeza repleta de pensamientos absurdos que la inmovilizaban; de listas eternas de tareas que año tras año, indefectiblemente cada dos de enero a la mañana, copiaba a otro papel sin poder tachar ninguna y sin dejar de  agregar otras. No sabía por dónde empezar, ni a realizarlas ni a pensar en lo que le sucedía. Su mente era un ovillo de lana enredado, cuando más desesperadamente buscaba la punta, más nudos encontraba. Año tras año, a medida que las listas aumentaban, la cantidad de gente a su alrededor disminuía. Ya nadie estaba dispuesto a escuchar lo que quizás ella tampoco quería decir. Año tras año, se iba convirtiendo en una especie de fantasma vagando por una ciudad de zombies. Convencida de que había tomado

el rumbo equivocado; de que no se debería haber casado, ni parido hijos, ni comprado una casa, ni tenido amigos. Porque todo eso sólo la había hecho ilusionar y creer en lo que ya sabía sobremanera que no creía. Convencida también de que si hubiera tomado otro camino igual estaría hoy en la misma situación. Segura de que había en ella una falla, un error, de que había nacido con algo de menos. Así se sentía. Esa madrugada, de ese último dos de enero, sin poder dormir aunque los párpados pesaran cada minuto más, sentada en la cocina y fumando sin parar deseando que se le pudrieran los pulmones, cansada de esperar algo que no sabía siquiera qué era, abrió el cajón y sacó la tijera. Sí, en algún momento hay que hacerse cargo de que lo único que se puede hacer con los nudos, es cortarlos. 

martes, 17 de abril de 2012

La Emilia 131: De como el discreto encanto de la burguesía a veces se va al carajo.

Mi amiga Luisiana, ese monumento a la familia feliz y numerosa, se mudó hace poco a un country del orto en la loma del ídem. No entiendo a la gente que se va a vivir a un barrio cerrado buscando tranquilidad, como si eso te lo fuera a dar un alambre. Aparte si igual terminan desayunando clonazepam compuesto, a quién quieren engañar. A mí, la sola idea de tener que subirme al auto cada vez que necesito un puto paquete de cigarrillos me altera el sistema nervioso central, que demás está decir ya bastante alterado lo tengo. Total que el sábado me llamó y me dijo: “Si no me vienen a ver, me voy yo para tu casa con los chicos.” Ante tamaña amenaza a la humanidad, decidimos ir a conocer el tupper en el que se había metido nuestra amiga. Yo por las dudas pasé por el kiosco antes. “¿Te fijaste cómo llegar, Vero?” “No, pero es facilísimo, yo sé ir, te voy indicando.” Por supuesto que nos pasamos de bajada en la autopista, hubo que retomar, pagar otro peaje of cors; una vez que logramos enganchar la salida, seguimos por un caminito de mierrrda que no era empedrado ni asfaltado ni de tierra ni de adoquines ni de una reverendísima garcha, llegamos a la loma del ojete y doblamos, hicimos cinco kilómetros más y estuvimos a las puertas del antro de bienestar y beatitud. El señor de seguridad, lo más parecido a una cara de culo de mandril con hemorroides que vi en mi vida, nos miró mal o, mejor dicho, miró mal a mi batata feroz o, mejor dicho, más que mal, con cara de estar oliendo mierda, decía mi abuelo. No hay nada que me caiga peor que un pelagatos pulguiento que se comporta como un magnate petrolero porque trabaja para ricos. Alcahuetes, chupaculos repugnantes, se merecerían… pero no me quiero ir de tema porque igual logramos entrar a pesar de no haber llevado el certificado de la BCG. Por las santas pelotas de Barrabás, qué lugar creepy… Las casas son todas casi iguales, los pajaritos cantan, las viejas se levantan y salen a andar en carritos de golf, los pibes andan en bicicleta por el medio de la calle y los padres contentos porque los están ‘criando libres’ y no se dan cuenta de que lo que están criando son generaciones de pelotudos a cuadros que no tienen idea de lo que es un semáforo, el único espacio en el que florece un pensamiento ahí es en esos canteros prolijos espeluznantes del orto. A ver, un lugar en el que no se puede tocar bocina es un hospital no un lugar para vivir. Pero lo peor estaba todavía por llegar. Luisiana sale a recibirnos vestida con una especie de jogging celeste bebé indescriptible, zapatillas, nuevo corte de pelo carré prolijísimo y en brazos un chihuahua cuya descripción merecería un párrafo aparte. Collar de strass para empezar, remerita leopardo para seguir y botitas color rosa para terminar, después nos enteramos de que hasta le sacó una cuenta en Facebook. Como si esto fuera poco y a modo de oferta para el bolsillo de la dama y la cartera del caballero, la tipa, con una sonrisa a medio camino entre la de Maru Bottana y la de Claudio María Domínguez, dice: “Saludá a las tías, Simón.”… “Emilia, algo tenemos que hacer”, me dijo mi amiga gps antes de bajar del auto. “Sí, Vero, irnos a la mierda, es irrecuperable.” “Mejor entramos.” “Ok.” Nos mostró toda la casa y después nos invitó a pasar a la cocina a tomar el té. “Vamos a estar más tranquilas, hice un budín de limón que me salió riquísimo y así aprovechamos que los chicos andan por ahí para chusmetear un poco, acá no los tenés que controlar tanto, viste, hacen lo que quieren.” Siempre hicieron lo que se les cantó el culo estos pendejos, pensé pero no dije, no fuera a ser cosa que Norman Bates despertara de su siesta. “¿Y tu marido?”, preguntó Vero. También debe de andar por ahí haciendo lo que se le canta el culo, pensé pero otra vez me callé, para qué hablar si estaba Luisiana con tantas ganas de expresarse. “Ni me hablés de ese tipo, ¿sabés lo que me hizo la otra noche? Me tiró el Fernet, no se le hace eso a la mujer con la que estás desde hace tantos años, ¿o no?” Cri cri cri cri cri cri… “Igual no sé por dónde anda, se fue otra vez de viaje por la empresa… tanto avión que se cae en el momento equivocado digo yo.” Cri cri cri cri cri cri… al cuadrado… “No vayan a llevarse una mala impresión, eh, yo no me quiero separar, ni loca, mucho laburo, los pibes, un quilombo, yo sólo quiero enviudar, es más digno, te juro que lo lloro y todo.” Miré alrededor y como no la vi, tenía ganas de preguntarle dónde había dejado la olla en la que estaba hirviendo el conejito. “Lu, no sé cómo decirte esto, pero me parece que vos no estás bien”, dijo Vero con la delicadeza que ameritaba la situación. “¡Cómo voy a estar bien si acabo de matar una cucaracha en el baño! Encima la hija de puta se me encocoritó, se infló, ¿vos podés creer que me hizo frente? Me amenazó la conchuda.” Cri cri cri cri cri cri… a la enésima potencia… “¿Saben qué me voy a hacer? Las tetaaas, miren lo que tengo, dos chupetes que me llegan a la cintura de tanto que me las han chupado, una vida sin tetas es una vida que no merece vivirse, chicas.”

Justo antes de que el grillo explotara, entró la nena adolescente. “Mamá, ¿dónde están las zapatillas negras?” “No tengo la menor idea, mi amor, ya quedamos en que vos te tenés que empezar a hacer cargo de tus cosas.” “¿Y vos que vas a hacer? No te quiero dejar sin tareas para que no te aburras.” Nunca imaginé que Evangelina Salazar se pudiera transformar en Chucky con tanta rapidez. “Mirá, pendeja maleducada, en primer lugar saludá a mis amigas como corresponde y, en segundo lugar, me volvés a contestar y te estampo los dientes contras la pared, ¿me entendiste?” dijo y ya no pudo parar. Luisiana es de las mujeres que plantan hierbas en maceta, cuando se saca es brava, por no decir peligrosa. Continuará… Cri cri cri cri cri cri…

miércoles, 4 de abril de 2012

La Emilia 130: Feliz domingo para todos.

“Me duele la muela, hijita.” “Y, ¿qué querés que haga, Mami, que sufra con vos por teléfono?’ “Siempre la misma vos”, me dijo y me cortó. Eran las cuatro de la mañana… no tiene paz, esta mina, no tiene paz… Me desvelé, parece mentira pero a esta altura del partido, Mami todavía tiene la capacidad de desvelarme y, lo que es peor, creo que no la va a perder nunca. Total que prendí la tele y justo enganché un par de capítulos de Six Feet Under, excelente programa para calmar mis cucarachas estomacales y después dormir tranquila para despertar descansada a las dos de la tarde y así olvidarme de que era sábado a la noche y de que nunca me había sacado el pijama que me había puesto el viernes a la tarde cuando volví de dar clases y me duché para liberarme de la pelotudez que traía encima. Y ya estoy escribiendo frases de seis líneas con sólo una coma, vamos mal… Continúo… Sin embargo, no pude dormir hasta la hora que se me cantó el orto, ¿por qué? Porque me tocaron el timbre a las ocho y media de la mañana. ¿Quién? Mamiiiiiiiiiiiiii… a quien ya su dolor molar la había abandonado y entraba fresca y campante a mi humilde morada con un ramito de olivo recién bendecido. Cartón lleno. La recibí con todo el cariño que mi cara pudo demostrar. Yo no sé esta mina, ¿dónde carajo estaba en su juventud? ¿No escuchaba a los Beatles? ¿No le correspondería por edad tener amigos hippies? Qué sé yo, me desconcierta. Igual tampoco le voy a andar preguntando mucho sobre su juventud, a ver si todavía me cuenta. Además, no sé qué es peor; nada más insoportable que un sexagenario cantando Rasguña las piedras todo el día y diciendo pelotudeces como ‘seamos realistas, pidamos lo imposible’ a cada rato. “No me digas que todavía estabas durmiendo con este día divino.” “No, mamá, estoy estudiando teatro y ensayaba cómo hacerme la muerta.” “¿Te anotaste en un taller de teatro? Tené cuidado, mirá que en ese ambiente corre mucha droga.” No escucha, la tipa no escucha, y así anda por la vida cagándose en todo lo que una dice. Y lo bien qué hace, pensándolo bien. Yo tendría que aprender un poquito de ella y… ¿qué-es-toy-di-cien-do? Emilia, controlaaaateeee que a lo de Iturralde ya no podés volver, por favorrrr… “Mirá lo que te traje para que te proteja, colgalo atrás de la puerta”, me dice sacudiendo el ramito. Yo para que me proteja hubiera preferido al hermano mellizo de Terminator o, en su defecto, que me trajera un frasco de aceitunas para el desayuno, pero bué, hay que conformarse con lo que hay. Podrida estoy de conformarme con lo que hay, tengo que hacer algo, el problema es que no sé qué carajo, basta, no puedo seguir divagando porque la imagen de Mami con el olivo colma mi cerebelo. “¿Sabés que estaba pensando?” Cagamos, encima piensa… “Que me podrías dar la llave de tu departamento, así cuando vengo temprano no te despierto.” Danger, danger, reprimite, Emilia, no podés sostener esta conversación antes de tomar mate… “Después vemos, mamá.” “¿Después de qué? ¿Qué tenemos que ver? Mirá si alguna vez te pasa algo, como a las viejas esas de la Recoleta, que cuando las encontraron ya hacía dos meses que estaban muertas.” “Qué lindo lo que me contás, mamá… Igual, no te preocupes, Vero tiene llave y vive a cinco cuadras así que cuando el olor le llegue hasta su casa viene con la bolsa de plástico.” “Ah, ella tiene llave y yo no, qué bonito.” De cada dos cucharadas de yerba que trataba de meter en el mate, una iba afuera, ya había logrado que me temblaran las manos, y recién eran las ocho cuarenta. Como no le contesté, se llamó a silencio por exactamente treinta segundos. “¿Qué hacemos hoy a la tarde?” La idea de pasar el día con Mami hizo que me inundara un deseo irrefrenable de pedir asilo político en una escuela de monjas. Y la verdad es que la segunda opción sería menos dolorosa. “Yo me tengo que quedar en casa a releer todo Shakespeare para preparar las clases para la semana, no puedo ir a ningún lado.” “A vos los libros te han cagado la vida, hijita, disculpame que te lo diga de esta manera.” “Sí, los libros, seguro… ¿vos sos tapa dura o tapa blanda?” “Ay, mirá, esos chistes fáciles y estúpidos dejalos para tus amigas.” Es de mármol la tipa, que la parió. “Bueno, está bien, no importa, no importa, ¿viste que viene semana santa?” Me la vi venir, bah no sé de qué me jacto, lo vería venir hasta Andrea Bocelli.
“Ya organicé el almuerzo de Pascuas en casa con Mecha y sus hijos.” Si Cristo viviera, se auto crucificaría para no escucharla más. “Ellos son tan divinos y Jorgito te quiere tanto, tendrías que prestarle más atención a ese muchacho.” Listo, tanto va el cántaro a la fuente… “¿Sabés qué estaba pensando yo, Mami querida? Que vos tendrías que hacer un viaje.” “Ah, siiií.” “Sí, a España, el otro día leí en Internet que hay un pueblo, que no sé bien dónde está, lo voy a buscar y si no existe te lo invento que se llama La concha de la loraaaaaaaaaaa, ¿por qué no te pegás una vuelta por ahí?” “Siempre la misma vos”, dijo y esta vez no me cortó pero se fue. A Zeus gracias. Claro, yo ya estaba desvelada… again.

martes, 20 de marzo de 2012

La Emilia 129: R.A., Respiración Artificial.

La verdad es que la moda esta de andar haciendo cursos me tiene las bolas llenas. Vivimos rodeados de bodoques seudo enólogos que lo único que aprendieron es a hacer firuletes con la copa y meter la nariz adentro, de asquerosos que pretenden fabricar cerveza en su propia casa y de chefs de pacotilla que entran en éxtasis ante una hamburguesa de lenteja o un helado de bergamota ácida. Pero ahora hay que soportar algo aún peor: llegaron los fanáticos de la espiritualidad. Todos los días te cruzás con algún boludo al que le cambió la vida porque hizo un seminario donde le enseñaron a respirar. ¿Y hasta ahora qué hiciste, pedazo de nabo?, ¿viviste muerto? Bueno sí, muchos andan por la vida bastante muertitos pero esa es otra historia, como siempre. Toooodos se quieren encontrar consigo mismos, no sé por qué no se encierran en el baño con una Filcar y se dejan de joder. Además, para qué, yo me llego a encontrar conmigo misma y salgo rajando. El otro día nomás en la peluquería de mi amiga Natalia, dónde si no, apareció una que venía de hacer un curso de no sé qué mierda de la conciencia. “No saben chicas lo divino que es, estoy aprendiendo a concentrarme en el aquí y ahora, ¿me entienden lo que les digo? A disfrutar cada momento presente, a gozar de mi respiración.” “¡Qué bueno! Te felicito”, le contestó Nati con esa capacidad impresionante que tiene de seguirle conversaciones pedorras a todas sus clientas; ‘Mierda que gozás con poco, tu marido debe de estar contento’, pensé yo pero no le contesté para no cagarle el negocio a mi amiga. “Y medito, por supuesto, todos los días, porque la meditación es genial, te calma, te reduce el colesterol, te levanta la autoestima, el optimismo, te alivia los problemas bronquiales y además…” “Me decís que te hace crecer las tetas y te levanta el culo y me voy a la mierda”, se me escapó, sorry, juro que estoy tratando de que la cadena no se me salga, pero a veces… “No te rías, Emilia, vos tendrías que hacer algo para abrir más tus chakras”. “Yo el chakra lo tengo recontra abierto, negrita, y por suerte cada tanto alguno que otro todavía me lo quiere llenar”, oops sorry, se me escapó 2, próximamente en el cine de su barrio. “Vos no entendés, pero es absolutamente necesario purificar la mente.” ¿Y si purificás tu interior con una enema de caña Legui y cagás fuego?, pensé pero esta vez no se me escapó porque antes vi que Natalia me miraba con cara de ‘si seguís, me inyecto keratina’. Opté por, simplemente, prender un inofensivo puchito, mi pequeño truco para evitar que se me salte la térmica. “Ah, no, Emilia, perdoname, pero no te puedo permitir que contamines el ambiente con ese veneno que lo único que hace es enfermarnos el prana.” “¿Por qué no dejás que yo me ocupe de mi prana y vos te vas a visitar el de tu hermana?”, se me escapó 3, la saga. “No, Emilia, no es así. Mirá, en este lugar donde voy también dan un curso para dejar de fumar, en la cartera tengo un folleto, ya te lo estoy dando, te va a cambiar la vida te lo juro.”
Por qué será que cualquier cachitrula espiritual botoxeada y lipoaspirada, con cara de necesitar urgentemente que la empernen como mínimo todos los nietos de la troupe de Martín Karadagián, se siente con derecho a decirte que tenés que cambiar tu vida, me pregunto yo. Por qué será que cualquier paspado se cree superior sólo porque leyó tres hojitas de la biografía de Krishnamurti, plantó dos cañitas de bambú en la puerta de su casa y desayuna alpiste, me pregunto yo. Por qué, ya que son tan felices respirando, todos estos cara de bragueta triste no se juntan a hacerlo acompasadamente en un ambiente cerrado hasta que se les termine el oxígeno, me pregunto yo. Me parece que en vez de preguntarme tantas boludeces, vengo a cortarme el pelo otro día y listo, ¿no?

martes, 6 de marzo de 2012

La Emilia 128: Volviendo...

El día que entré a casa convertida en un Ekeko con tacos, me colgaban la cartera del cuello, las llaves de casa del dedo índice, las del auto del meñique, un pucho apagado de la boca, otro encendido de la otra mano, se me caían libros y papeles que trataba de sostener con los codos y las rodillas y, con una sonrisa digna de Evangelina Salazar, le grité a los gatos “holaaaaaaaa, llegó mamaaaaaá”; ese día, empecé a mirar el lavarropas con cariño. Pensé ‘muchos boludos acá no entran y Mami no cabe, es un buen lugar’. Y ahí fui. A mi favor diré que había sido un año duro. Laburé como una yegua en la época de la colonia, atravesé la boda de una amiga con la dignidad de una ameba con hepatitis, me cansé de toparme con cornudos y corneados, abombados que ven la vida a través de un botón que encima está roto, asistí a fiestas de cumpleaños tan divertidas como un tratamiento de conducto, visité el campo y las sierras sólo para confirmar que la naturaleza y yo debemos vivir a una distancia mínima de, digamos, cien kilómetros. Fui invadida por gente que se quiere quedar y una quiere rajar con desesperación y visitada casi médicamente por otros que se rajan y una no sabe cómo pedirles que se queden. Alguno me dejó, otro me plantó, algún que otro subnormal pretendió instalarse y a muchos, por suerte, pude mandar a la recalcadísima concha de su tatarabuela. Porque son mamertos… Mamertos que esperan que los aplaudas porque tienen la necesidad de hacerse los graciosos y ocurrentes todo el tiempo y están convencidos de que dicen genialidades; reyes del vacío, al horno y con papas; abribocas que se la pasan fingiendo orgasmos y que como no tienen las tripas necesarias para patear el tablero se tendrían que someter a una cirugía de rejuvenecimiento de cotorra para dejar de intoxicarle las neuronas a los demás con sus depresiones de pacotilla; pejertos a los que se les deprimió el ganso y para ocultarlo simulan ser profundos mientras se hacen tatuajes en chino hasta en el orto; pretenciosos ridículos que maquillan su brutalidad meándose en público por una película muda y en blanco y negro porque es un homenaje a ese cine que en la reputísima vida de Alá vieron, te muestran las fotos que se sacaron en Jujuy con los coyitas para que vos veas lo buenos que son y, para seguir barriendo la basura debajo de la alfombra de su sucia conciencia y sentirse ciudadanos comprometidos con el mundo, cuando vuelven organizan en Villa Crespo una manifestación en contra de la matanza de sanguijuelas en el Tibet y dejan de comer carne porque no se quieren alimentar de energía muerta, por favorrrrr, muerta tenés la gallina paspado, por más que comas chocolate no vas a cagar alfajores babieca, ojalá que el médico te recete una enema diaria de jugo de ortiga, que se vayan todos a lavar la bolas con limpiavidrios así les quedan brillantes total las tienen de adorno… Listo, me siento más livianita… Y bué, qué le vamos a hacer…Vada a bordo, cazzo!!

viernes, 2 de marzo de 2012

El día que perdí a B.


Hace unos meses dije palabras que nunca debieron ser pronunciadas. Pero estaban ahí, tan al alcance de la boca que no pude evitar hacerlo. Además, ella preguntó. Además, nunca imaginé que podía ser tan grave. Además, ése había sido el acuerdo: decir siempre lo que pensábamos. Nunca fui bueno entendiendo acuerdos, nunca sé cuándo cumplirlos y cuándo no, ni cuándo hacer como que sí pero no. La mañana después de la noche en que dije las cosas que nunca deben ser dichas aunque todo el mundo las sepa, me desperté contento. Un minuto después me acordé. Ella, de una manera muy civilizada, no emitió ningún comentario. Ni antes, ni durante, ni después, ni nunca. Fue lo peor. Empezar a convivir con un recelo cada vez más cotidiano, con una mirada cada vez más enjaulada, con silencios cada vez más empantanados, con fragmentos de charlas contradictorios, con alguien que día a día envejecía antes de tiempo, con la certeza de que era el culpable, y no saber qué hacer y entonces hacer nada. Ella había sido todo para mí, o casi. El “casi” fue el problema. Porque se fue agrandando, se fue metiendo, poco a poco, cada día, cada mañana, cada noche, hasta reemplazar al todo, hasta ya no conocernos. En definitiva, eso somos todos, perfectos desconocidos, esencialmente para nosotros mismos. Nadie sabe cuándo va a ser la última vez, nadie sabe cuándo te van a engañar, nadie sabe cuándo te van a perdonar, nadie sabe cuándo ese perdón es una perfecta mentira. Nadie sabe nada. Sin embargo, yo sí sé algo. Sé que ese día hace unos meses perdí a B. Irremediablemente.

miércoles, 4 de enero de 2012

Pendientes

Nada concluye al fin,

te mintieron

los que cantaban en el parque.

Portón oxidado,

golpeás, pateás,

empujás, gritás,

llorás, implorás,

martillás, apedreás,

puteás, rezás,

insistís,

se niega,

queda abierto.

Cartas que ya no serán leídas,

ni jugadas

ni marcadas,

que necesitás quemar.

Y nadie te alcanza un fósforo.

Y vos no te animás.